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Full text of "Francisco Piria 1898 El Socialismo Triunfante"

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j" RAN CISCO pTRlA 


EL SOCIALISMO 
TRIUNFANT 








EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


Expiraba el afio 1897 cuando, después de un alio de es- 
tadía en la India, donde un fakir me inició en los misterios 
de su, preciosa ciencia, regresaba á mi patria, la República 
Oriental del Uruguay. 

¡Cuánto había aprendido! ¡Qué revelaciones se me ha- 
bían hecho! ¡Qué ciencia! ¡Y qué hombre! ¡Cuánta sabi- 
duría! Y sobre todo, ¡qué profundos conocimientos había 
adquirido sobre las cosas que en mi país se juzgaban so- 
brenaturales, excuso decirlo. 

Mi carácter, de suyo alegre, después de los misterios que 
había penetrado, me había abandonado : atravesaba por en- 
tre la humanidad con la misma indiferencia con que cru- 
zaría por triste y solitario bosque; — los hombres para mí no 
existían, los .hechos más notables de mi época y que en 
torno mío se desarrollaban, no me llamaban la atención, es- 

9 - . 

taba complemente absorto en mis ideas sobrenaturales, y 
mi sola y dominante preocupación era llevar á cubo el ex- 
perimento que 'había presenciado en la India, y deseaba rea- 
lizarlo in anima vite, como decían antafío los discípulos de 
Hipócrates. 

Preparé, al efecto, una caja de cristal herméticamente 
cerrada, con triple pared del mismo material, ordené todos 
mis asuntos, y después de haber arreglado mis disposicio- 
nes testamentarias bajo una reunión de sabios, — si es que 


G 


FRANCISCO I'IRIA 


así puede llamárseles á los rutineros del siglo xix á que 
me refiero, — procedí á la operación. 

No faltaron amigos que se opusieran a mi intento, ni mé- 
dicos que reputaran una utopía la mía, pues éstos siempre 
calificaban así lo que no alcanzaban á comprender; y hubo 
hasta quien me tachó de desequilibrado. ¡En ese siglo! Y 
hasta no faltó quien dijera que las autoridades debían opo- 
nerse á mi resolución; — recuerdo que alguien se atrevió á 
calificarme de suicida! 

Mi resolución estaba tomada; yo era dueño de mí mismo, 
.V nadie tenía el derecho de prohibirme lo que no me podía 
conceder: el derecho de transportarme á fines del siglo xxt. 

Procediendo, pues, con libre albedrío, entré en mi triple 
cuarto, destapé el frasquito de néctar que me dió el fakir, 
tomé su contenido y me acosté tranquilamente. Los movi- 
mientos de mi corazón fueron paralizándose gradualmente; 
la vida concentrada en este último baluarte, comenzó pau- 
latinamente su marcha lenta y descendente, hasta llegar al 
punto indicado por los fakires, es decir, el de cinco pulsacio- 
nes por minuto, que es el momento en que se produce el 
sueño cutaléptieo, del que debía despertar dos siglos más 
tarde. 

La Comisión de sabios cerró herméticamente las tres 
puertas, una después de otra, haciendo todo de manera 
como de antemano ya lo había dispuesto ; cuando la tem- 
peratura llegó á 2ó grafios bajo cero, en el pequeño tubo de 
comunicación, cerróse herméticamente, y yo quedé comple- 
tamente inmóvil. 

En el contenido del frasquito que bebí, había alimento 
para dos siglos ! 

Todos se retiraron, creyendo que había pasarlo á mejor 
vúla. 

La gran caja de cristal fué depositada en una pieza de 
antemano dispuesta y. . . 


¡MI PATRIA! 


EL AÑO 2098 


PRIMERA JORNADA 


¡Qué lindo es el sol! 

Fué mi primera exclamación cuando abrí los ojos, sor» 
prendido al ver el inmenso número de personas que me ro- 
deaban. 

Como yo lo había indicado, 200 nílos después, el mismo 
día l.°do Enero, una Comisión de los más distinguidos ciu- 
dadanos, llenando todas las formalidades, procedieron á la 
apertura de la caja. 

La primera sensación que sentí fué la de extrema debili- 
dad, al mismo tiempo que un templado rayo de sol me arru- 
llaba suavemente, cuando abrí los ojos y saludó con la ima- 
ginación al astro-rey. 

Dos ancianos de simpática figura, de blanca y luenga barba 
ayudaron á levantarme suavemente, dirigiéndome las frasea 
más tiernas. 

Yo miraba todo, sorprendido; pero, á fe mía que de nada 
me di cuenta en los primeros momentos. La gran cantidad 
de gente que me rodeaba mirábame como un ser extraño. 
No era para menos. Habían transcurrido doscientos años!! 

A algunos les causaría sorpresa si estas cosas se dijerun 
en pleno siglo xix, pero á los habitantes del siglo xxi, 
nada de esto les sorprende, pues cosas mayores han visto 
con la más grande naturalidad y hasta indiferencia. 


8 


FRANCISCO PIRIA 


¿No hay animales de breve vida que duermen toda una 
estación sin alimentarse? ¿Qué habría de extraño que el 
hombre, que, como todos los animales, debe vivir ocho veces 
más del tiempo que necesita para desarrollarse, es decir, 200 
años; qué extraño es, repito, que pueda, mediante el auxilio 
de la ciencia, prolongar su existencia, poner un paréntesis, 
adormecer, narcotizar todas las funciones del estómago, pa- 
ralizar todos los gastos de fluidos, reducir á la más mínima 
expresión los movimientos del corazón, alimentar insensi- 
blemente las arterias y prolongar en un estado de sopor é 
inmovilidad la existencia por un par de siglos? 

Desgraciados los que han vivido en el siglo de la locura, 
pues no han visto más que espejismos ; y toda la ciencia y 
progreso de que tanto blasonaron y por la que fueron ufa- 
nos los vivientes del siglo xix, no fué más que el reflejo 
de los organismos desordenados de I03 habitantes de la tie- 
rra á fines de ese siglo de mentira, de farsa, de embuste y 
engaño ! 

¡ Siglo de progreso ! 

Sí, pero de progreso nocivo. 

Todos querían ver ese habitante del siglo de los locos, 
como más tarde supe que se les califica actualmente. 

Yo había perdido la noción del tiempo. ¡Noera para menos! 

— Vamos, amigo mío, me dijo uno de los ancianos, estás 
entre los tuyos, no te asombre, estás en el Estado Cispla- 
tino, tu patria! 

Yo no comprendía nada, ó mejor dicho, no me daba 
cuenta de nada. 

Quise avanzar un paso, apoyado en los brazos de mis bue- 
nos acompañantes, pero no fué posible: las piernas no me 
sostenían, estaba completamente entumecido. Se me con- 
dujo en los brazos como á un niño á un pequeño carruaje 
que había inmediato, y apenas tocado un resorte, emprendió 
la marcha con una rapidez extraordinaria, sin oir más sen- 
sación que el de la leve brisa que acariciaba mi rostro. Yo 
ignoraba si andábamos por las calles ó íbamos por el aire 
sin tocar el suelo. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


9 


Pocos minutos después habíamos salvado una distancia 
inmensa. Detúvose el vehículo, y mis buenos acompañantes 
me bajaron de él de la misma manera que me habían su- 
bido, conduciéndome á una magnífica casa. 

Yo empezaba á revivir, mis miembros se desentumecían 
gradualmente, mi mente se iba despejando, mi vista se acla- 
raba, empezaba á sentir. 

Ya podía sostenerme sobre mis piernas, y apoyado en el 
brazo de uno de los ancianos, penetré en la casa, subiendo 
la amplia escalinata de mármol. Una vez salvado el propi- 
leo, atravesamos un amplio corredor sostenido por columnas 
de mármol de un estilo completamente nuevo, pues ni al 
dórico, ni al corintio, ni á ninguno de los órdenes conocidos 
por mí antiguamente pertenecían. Qué esbeltez de edificio! 
Qué elegancia de columnas! Qué capiteles hermosos! 

— Amigo mío, me dijo uno de los ancianos, es necesario 
que un baño templado vuelva á tu cuerpo la elasticidad 
que le falta, que la circulación siga en perfecto curso y la 
vitalidad recobre su interrumpido dominio en todo tu ser. 

— Gracias, señor, exclamé lleno de reconocimiento por la 
afable y paternal acogida del buen anciano. 

— Aquí no hay señores, amigo mío, me observó el otro 
anciano; di amigos: tú has venido al mundo, puede decirse 
hoy. desde que has dormido mucho tiempo y te encuentras 
en otra sociedad muy distinta á la en que has pasado gran 
parte de tus días; hoy no hay señores, todos los hombres 
somos hermanos, y si quieres distinguirme, tutéame, que es la 
forma usual en los tiempos actuales. 

—¿Podría saber en qué año estamos? pregunté recor- 
dando mi encierro voluntario, el fakir, y, en fin, el brebaje. 

— Amigo Fernando, el año actual es el 2098! 

— ¡Cómo! exclamé sobresaltado. ¿He dormido, ó mejor 
dicho, he permanecido aletargado 200 años? 

— Cabalmente, repuso mirándome tranquila y suave- 
mente, sonriendo el buen anciano. 

— Y podrá usted hacerme el favor de decirme qué 
día es? 


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FRANCISCO PIRIA 


— Yn le he dicho que entre nosotros dos hay un tercero 
que sobra ; si quieres hacerme un obsequio, suprime el usted 
de que tanto abusabais en tu triste época. Dime de tú. 

— Bien, amigo, gracias, le dije estrechándole la mano; de- 
searía saber en qué fecha del ano estamos. 

— Nuestros años no tienen fechas: hoy estamos en el sols- 
ticio de verano. 

— Pero, no es eso lo que deseo saber; lo que yo te pre- 
gunto, buen amigo, es el día del mes. 

— Nosotros no tenemos meses del abo, como teníais en 
vuestra época, contestó el buen anciano. Nuestro afio se di- 
vide en cuatro estaciones : Primavera, que simboliza naci- 
miento; Verano, que es la juventud; Otoño, que representa 
la edad viril ; é Invierno, que es el final de la dulce estadía 
en este delicioso mundo. 

—Delicioso mundo, has dicho? 

— Sí, hijo núo, delicioso mundo. 

— Pero, ¿ no es éste el mundo en que yo nací ? ¿ No es éste 
el valle de amarguras, de penas, de dolores, de desengaños, 
de sufrimientos, en que he vivido? ¿Acaso ha desapare- 
cido el egoísmo humano? 

— Sí, es el mundo en que has nacido, es el en que has vi- 
vido y en que los hombres, hasta la época en que tú viviste, 
y más tarde aún, convirtieron en todo lo malo que tú aca- 
bas de decir ; pero que mucho después han cambiado los hi- 
jos de esos hombres, volviéndolo gradual y paulatinamente 
el más agradable mundo, como acabo de manifestártelo y 
que tanta sorpresa te ha causado. Pero, continuó, se conoce 
que tus nervios están en plena tensión ; cálmate, no te im- 
pacientes, que tiempo te sobrará para saberlo todo; lo que 
abora necesitas es descanso. 

—Gracias, buen amigo, exclamé estrechando efusiva- 
mente las blancas manos de mi interlocutor. 

En ese instante, una joven de ojos negros como el azaba- 
che, trigueña, esbelta y afable, se presentó en el umbral de 
la puerta de la pieza en que departía con el anciano. 

— Salve, ¡oh padre! exclamó la joven doblando la rodilla 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


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ante el anciano, quien, poniéndole la diestra sobre la cabeza 
y dirigiendo la mirada al cielo, contestó : 

— Que el Espíritu divino te inspire, hija mía. 

Besó la joven la huesosa mano del padre, levantándose 
á la vez. 

El viejo, recogiendo con la diestra la falda de su blanca 
túnica, extendió la izquierda á la joven, y avanzando hacia 
mí, exclamó: 

— Fernando, sé bien venido al seno de tus compatriotas 
los cisplatinos; aquí sólo encontrarás amistad, lealtad y ca- 
riño; esta joven es mi hija Rosa del Alba; ella será tu guía 
cuando mis ocupaciones no me permitan acompañarte; en 
ella encontrarás una leal amiga, una hermana. 

Rosalba sonrió dulcemente, arrobando con su tierna mi- 
rada todo mi ser. Extendióme la mano, dióine un fuerte 
abrazo, estampando un dulce beso en mi mejilla, al mismo 
tiempo que me decía: 

— Fernando, haré cuanto pueda por hacerte grata la es- 
tadía en el seno de nuestra familia. 

Una doncella de quince años presentóse para avisar que 
el baño estaba preparado, ofreciéndome la mano para con- 
ducirme. Accediendo á sus instancias, apoyando mi brazo en 
el de Rosalba, y precedido por la doncella, me dirigí al baño. 

Era éste un vasto salón, y en el centro, en el mismo suelo, 
á nivel del piso, había la piscina, á la que so descendía por 
una escalinata de mármol rojo ; todo el piso de mosaico, de 
mármol azulado el baño, y las paredes y cielo-rasos tapiza- 
dos con piedras del Salto y estelatitis, le daban un aspecto 
fantástico; en el mismo centro del techo, una ancha aber- 
tura daba entrada á los templados rayos de) sol. 

Retiróse Rosalba, diciendo á la criada: 

— Mirla, ayuda á este buen amigo á despojarse de sus 
hábitos para que tome su baño, mientras yo voy á prepa- 
rarle el traje nuevo con que debe sustituir el que lleva; y 
con una leve sonrisa, acompañada de un gracioso movi- 
miento de cabeza, respondió la linda Mirla á la indicación 
de Rosalba. 


12 


FRANCISCO I’IRIA 


La joven se acercó á mí y empezó á ayudarme á des- 
vestir! 

En vano traté de disuadirla para que tal no hiciera: no 
hubo forma; allá fué la levita, el chaleco; y cuando quise 
acordar, me sacaba los calzones. Yo me quería morir de 
vergüenza; en vano quise resistirme: no hubo forma; y 
cuando quise acordar, sin más traje que el que había traído 
al mundo al nacer, descendí la escalinata de la gran piscina, 
llevado de la mano por la bella Mirta! 

Ella lo hacía como la cosa más natural del mundo; y á 
fe que mirándolo con calma, y sobre todo con el criterio de 
la época actual, he concluido por creer naturalísimas muchí- 
simas cosas que en la época en que viví parecían extrava- 
gantes, inmorales y sólo merecían cer.sura. 

Indudablemente los habitantes del siglo xix eran unos 
grandes cretinos, llenos de pillería zorruna y no poca tonte- 
ría. Se pagaban de las apariencias: en el fondo, la inmora- 
lidad triunfante; á la vista, la hipocresía dominante. 

Mirta al rato me invitó á salir. 

Obedecí como un niño. 

Tendió sobre ancha mesa de mármol, que estaba á cin- 
cuenta centímetros sobre el nivel del suelo, una sábana de 
finísimo lino, y me invitó á extenderme sobre ella. Sacó de 
un armario de cristal engarzado en plata dos vasos de fina 
porcelana llenos de perfumes, y con una delicada esponja 
roció todo mi cuerpo. 

Acto continuo, envolviéndome en mantel de fina lana y 
seda, me hizo pasar al pequeño tepidario, en donde al cabo 
de pocos minutos quedó seco mi cuerpo, exhalando la más 
pura ambrosía. 

Iíosalba se presentó trayendo mi nuevo traje; digo, con 
el nuevo traje que debía usar desde entonces. 

Una túnica de fino lino cubría mis ropas interiores. 

Una faja de seda blanca, amplia, rodeaba mi cintura; za- 
patos bajos encerraban mi pie dentro de fina media ; y una 
pequeña y finísima manta de seda y lana, con franja griega, 
bordada en azul, pendía de mis hombros. 


EL (SOCIALISMO TRIUNFANTE 


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Mi traje verdadero fué enviado al Museo, en donde tuve 
el sentimiento de verlo más tarde. 

Después que Rosalba húbome ayudado á vestir, me con- 
dujo á la gran sala del refectorio. 

Estaba ésta en el centro de la casa. Era una vasta pieza 
toda de bronce niquelado; digo, armazones de bronce y 
cristales de colores con espléndidos cuadros esmaltados al 
rededor, y á la altura de un metro una vasta jardinera ro- 
deaba el salón y de ella salían millares de plantas tropica- 
les de las más raras variedades, cubiertas todas de bellas 
flores. El techo se abría y cerraba según el tiempo y tam- 
bién según la estación; el calórico no faltaba cuando era 
necesario para mantener fija una temperatura agradable, 
pues supe más tarde que por medio de una insignificancia 
mensual que se abona al gran centro meteorológico, se tiene 
en las casas la temperatura que se quiere, tocando apenas 
un resorte: calor en invierno, fresco en verano y hasta fuer- 
tes corrientes de viento cuando se desean. 

En la cabecera, un chorro de agua saliendo con violencia 
de un ángulo, chocaba contra la paleta de bronce dorado 
que giraba sin cesar, y un fresco agradable saturaba el re- 
fectorio. 

Mientras daba vueltas el eje las alas de la amplia rueda 
que estaba en comunicación con un aparato de música, eje- 
cutaba los trozos más melodiosos de la época. 

El desayuno fué breve: pan, fruta, leche y huevos! 

El anciano apareció ni ruto diciéndotne: 

— Mi querido Fernando, desentumecidos tus miembros y 
refocilado el estómago, te invito á hacer una breve excursión 
á pie para que hagas un poco de ejercicio, pues te será pro- 
vechoso. 

— Gracias, mi buen amigo; estoy á tus órdenes, le res- 
pondí. 

Rosalba avanzó hasta ponerse á mi lado. 

Yo iba á darle la mano como se usaba tontamente en mi 
época; pero Temístocles, que así se llamaba el anciano, in- 
terrumpió nuestro mutismo, diciendo: 


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FRANCISCO rlRIA 


jjijo mío, la mejor y más leal prueba de afecto en 

nuestra época, es el ósculo <le paz, amistad y fraternidad. 
Cuando un joven se separa, aunque sea momentáneamente, 
de una señorita á la que distingue, la mejor prueba de 
afecto y simpatía es un beso en la frente. 

Besa á Rosalba, y vamos. 

La joven se había aproximado lentamente; alzó sus gran- 
des ojos, que penetraron hasta el fondo de los míos, y con 
su dulce mirada, que pudo leer en el fondo de mi alma, 
abrazó todo mi ser, allegando á mi boca su pura frente, so- 
bre la que deposité el beso más puro y casto. 

Acompañado del buen anciano emprendimos la breve 
gira. Yo caminaba automáticamente, pues era tal la varia- 
ción que en Montevideo se había operado, que quedaba ab- 
sorto ante todo lo que veía. 

Indudablemente los primeros días me pasaba á mí, ni más 
ni menos que lo que le habría pasado á cualquier habitante 
de la antigua y muy fidelísima ciudad de Han Felipe y San- 
tiago tic fines del siglo xvm,si á fines del siglo xix, es decir, 
cien años después, se hubiera encontrado en Montevideo. 

Las construcciones completamente cambiadas; ese estilo 
chabacano, híbrido y sin orden arquitectónico alguno de mi 
época, fruto del caletre de constructores de media cuchara, 
. había desaparecido; los frentes de las casas eran tersos, pu- 
lidos, sencillos; predominaba en el exterior el orden pom- 
peyano, las líneas rectas admirables se destacaban ; casi to- 
dos los frentes eran de mármol y granito pulido; los edifi- 
cios, la mayor parte, de un 'piso, pero alto, lo menos dos 
metros sobre el nivel de la calle, con su amplia escalinata 
al frente y preciosos jardines sobre lo que antiguamente 
llamaban azotea; las terrazas estilo babilónico, con jardines 
colgantes, predominaban. El piso de las calles era de mo- 
saico, y gracias á Dios, ni tubos de gas ni cañerías, ni alam- 
bres flotantes que tan puercamente afeaban la ciudad á 
fines del siglo xix, ya no se veían. El progreso, en su ace- 
lerado avance, como Hat urno devoraba sus hijos, se había 
engullido sus producciones. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


15 


Las ruedas de los vehículos, de goma ; y excuso decir que 
todo era movido sin caballos. 

Cruzaban en todas direcciones vehículos pequeños, ele- 
gantes, que servían de cargueros; pues la hora temprana 
estaba destinada á ese movimiento, que empezaba al escon- 
derse el sol nocturno y duraba hasta las nueve de la mañana. 

Durante el día, las calles centrales sólo están destinadas 
al movimiento de personas con sus respectivos carruajes, si 
así puede llamarse á una especie de canastos de alambre, 
niquelados unos y dorados otros, forrados de fina seda, sos- 
tenidos por un eje de aluminio que descansa sobre dos rue- 
das del mismo metal, con llantas de goma, movidos eléctri- 
camente algunos, mientras los más eran impulsados por el 
aire comprimido, que tantos beneficios ha reportado en la 
vi<la actual, según el invento hecho por el célebre Oscar 
Rossini á mediados de este siglo. 

Gracias al invento de Iíossini se ha podido resolver fá- 
cilmente la vialidad aérea, y últimamente, basado en el 
mismo invento, el ingeniero Roberto Ascasio, de la facultad 
de Rabia Blanca, ha inventado el volador, ó sea un pequeño 
carruaje aéreo, que remontándose á la altura que uno 
quiere, recorre el espacio con la velocidad de tres kilóme- 
tros por minuto. 

Yo seguía recorriendo calles y plazas : todo era nuevo 
para mí, todo me causaba sorpresa extraordinaria. El buen 
anciano iba dándome explicaciones sobre cuanto veíamos. 

— Este edificio que ves es el Palacio Gubernativo, dijo 
indicándome un vasto y suntuoso edificio de tres pisos, que 
ocupaba una extensión no menor de cuatro hectáreas. 

— ¿ Podrías hacerme el servicio de decirme cómo se deno- 
mina esta calle, y en qué punto nos hallamos de la antigua 
ciudad de mi época ? 

— Esta calle conserva su nombre primitivo: se llama 
Avenida 18 de Julio, arranca de la Plaza Moralidad y ter- 
mina en la Plaza Orden Público. 

— Todo esto está bien, querido amigo; pero ¿qué plazas 
son ésas y en dónde están ? 


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FRANCISCO PIRIA 


-Hijo mío. la mejor .mj *£»- 

cJSSÍíTovensc separa, aunque sea moinentóneamente. 
S una sesiorita á la que distin^e, la mejor prueba de 
afecto y simpatía es un beso en la frente. 

Besa á Rosalba, y vamos. 

T a joven se había aproximado lentamente; alzó sus gran- 
des ojos, que penetraron basta el fondo de los míos, y con 
8U dulce mirada, que pudo leer en el fondo de mi alma, 
abrazó todo mi ser, allegando á mi boca su pura frente, so- 
bre la que deposité el beso más puro y casto. 

Acompasado del buen anciano emprendimos la breve 
gira. Yo caminaba automáticamente, pues era tal la varia- 
ción que en Montevideo se había operado, que quedaba ab- 
sorto ante todo lo que veía. 

Indudablemente los primeros días me pasaba a mí, ni más 
ni menos que. lo que le habría pasado d cualquier habitante 
de la antigua y muy fidelísima ciudad de San Felipe y San- 
tiago de fu) es del siglo xvtu.si á fines del siglo xix, es decir, 
cien ni) os después, se hubiera encontrado en Montevideo. 

Las construcciones completamente cambiadas; ese estilo 
chabacano, híbrido y sin orden arquitectónico alguno de mi 
época, fruto del caletre de constructores de media cuchara, 
había desaparecido; los frentes de las casas eran tersos, pu- 
lidos, sencillos; predominaba en el exterior el orden pom- 
peyano, las líneas rectas admirables se destacaban ; casi to- 
dos los frentes eran de mármol y granito pulido; los edifi- 
cios, la mayor parte, de un piso, pero alto, lo menos dos 
metros sobre el nivel de la calle, con su amplia escalinata 
al frente y preciosos jardines sobre lo que antiguamente 
llamaban azotea; las terrazas estilo babilónico, con jardines 
colgantes, predominaban. El piso de las calles era de mo- 
saico, y gracias á Dios, ni tubos de gas ni cañerías, ni alam- 
bres flotantes que tan puercamente afeaban la ciudad á 
fines del siglo xrx, ya no se veían. El progreso, en su ace- 
lerado avance, como Saturno devoraba sus hijos, se había 
engullido sus producciones. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


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Las ruedas de los vehículos, de goma; y excuso decir que 
toilo era movido sin caballos. 

Cruzaban en todas direcciones vehículos pequeños, ele- 
gantes, que servían de cargueros; pues la hora temprana 
estaba destinada á ese movimiento, que empezaba al escon- 
derse el sol nocturno y duraba hasta las nueve de la mañana. 

Durante el día, las calles centrales sólo están destinadas 
al movimiento de personas con sus respectivos carruajes, si 
así puede llamarse á una especie de canastos de alambre, 
niquelados unos y dorados otros, forrados de fina seda, sos- 
tenidos por un eje de aluminio que descansa sobre dos rue- 
das del mismo metal, con llantas de goma, movidos eléctri- 
camente algunos, mientras los más eran impulsados por el 
aire comprimido, que tantos beneficios lia reportado en la 
vida actual, según el invento hecho por el célebre Oscar 
Rossini á mediados de este siglo. 

Gracias al invento de Rossini so ha podido resolver fá- 
cilmente la vialidad aérea, y últimamente, basado en el 
mismo invento, el ingeniero Roberto Ascasio, de la facultad 
de Bahía Blanca, lia inventado el volador, ó sea un pequeño 
carruaje aéreo, que remontándose á la altura que uno 
quiere, recorre el espacio con la velocidad de tres kilóme- 
tros por minuto. 

Yo seguía recorriendo calles y plazas : todo era nuevo 
para mí, todo me causaba sorpresa extraordinaria. El buen 
anciano iba dándome explicaciones sobre cuanto veíamos. 

— Este edificio que ves es el Palacio Gubernativo, dijo 
indicándome un vasto y suntuoso edificio de tres pisos, que 
ocupaba una extensión no menor de cuatro hectáreas. 

— I Podrías hacerme el servicio de decirme cómo se deno- 
mina esta calle, y en qué punto nos bailamos de la antigua 
ciudad de mi época ? 

— Esta calle conserva su nombre primitivo: se llama 
Avenida 18 de Julio, arranca de la Plaza Moralidad y ter- 
mina en la Plaza Orden Público. 

— Todo esto está bien, querido amigo; pero ¿qué plazas 
son ésas y en dónde están ? 



FRANCISCO I’IRIA 


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TT^aza Moralidad es la que en la época llamaban 
7 1 . 1 . «laza Orden l’úblico está en las inmediacio- 

Li 'Ti; L cSSc? íl»n.«h»n Vito <le 1« Unión; p«, 
v”ién<lo desunidos como vivíais, siendo una familia de c 
marrones rabiosos, no puedo comprender, cada vez que 
pienso, ni darme cuenta de cómo podíais tener á las baibas 
íle la ciudad una villa que denominabais de la l mon ; pero, 
prosiguió, es verdad que no vivía nadie en ella. 

En tu época todo era alegórico, hijo mío; hoy todo es real, 
vosotros vivíais en medio de la mentira, del engaito, del 
fraude, de la envidia; todo lo malo lo encubríais con el an- 
tifaz do la hipocresía. Pero no conseguían su intento los 
hombres de tu época, pues unos d otros se conocían los de- 
fectos y sus vicios ; no sabían reprimir sus pasiones, y casi 
siempre los más corrompidos, los más crápulas, los más cí- 
nicos eran los portaestandartes de la honradez, de la sin- 
ceridad, de la virtud! Hasta hablaban impunemente de pa- 
tria profanando su santo nombre aquellos mismos que pi- 
soteaban las leyes, escarnecían á los ciudadanos, se mofa- 
ban de la opinión pública, violaban los derechos del pueblo 
por medio de los fraudes más inicuos, rastreros y atentato- 
rios- se acoderaban en comandita de la cosa pública, que 
convertían en un feudo, invocando el nombre de partidos 
que sólo habían existido en el desgraciado periodo de las 
luchas que sucedieron al período de las pasiones incandes- 
centes, después de la independencia de la patria. Cuando 
querían escalarlos puestos públicos, cuando querían impro^ 
visar fortunas ó conseguir una renta vitalicia, sacaban á 
relucir la momia npolillada del partidarismo. ¡ellos, los 
que á solas se reían de sus farsas! — y el pueblo era sacrifi- 
cado de la manera más infame. 

— Tienes razón, buen amigo, respondí. 

Ante mi memoria reposada y tranquila, al través de - 1 11 1 
liños, veía desfilm* los grandes comediantes y titiriteros po _ 
1 ¡ticos de mi época. ¡Qué pequeíios eran! ¡Dios mío! ¡Qué 
liliputienses! 

— Hijo mío, me desvío del detalle que me pedías. El 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


17 


gran edificio que tú ves, es, como te decía, la Casa de Go- 
bierno, la sede de los Doce; aquí estaba antiguamente un 
edificio que, según tengo entendido, sirvió de hospital para 
los italianos. 

— Indudablemente estamos en el punto que se conocía 
por Tres Cruces, respondí. ¿ Y ya no hay hospitales extran- 
jeros en el país? me atreví á preguntar. 

— No, esas instituciones que no tuvieron razón de ser 
nunca, ni en la triste época en que viviste, ya no existen. 

El año 195S, hace más de un siglo, el Gran Congreso del 
Salto declaró la ciudadanía obligatoria pañi todo el que 
pisara los Estados Unidos del Río de la Plata, que en aquel 
tiempo los formaban la República Oriental del Uruguay, 
Entre-Ríos y Corrientes. En 1960 aumentó la Confedera- 
ción con la incorporación del Paraguay. Y en 1965 la 
Unión Americana fué proclamada en la ciudad de la Paz» 
capital de Bolivia. El año 1945 el general oriental Marco 
Lavalleja reconquistó de los Estados brasileros los terri- 
torios que el antiguo Imperio le había usurpado al Uru- 
guay, y la victoria de Ibicuí coronó las fuerzas de nuestra 
República ; un ejército de ciento ochenta mil orientales de- 
rrotó trescientos mil enemigos. La paz de Yaguarón selló 
ki victoria; más tarde, todos los Estados de la América del 
Sud concurrieron por medio de sus representantes á la ciu- 
dad de la Paz, donde fué proclamada la Unión Sud- Ame- 
ricana, «Uno por todos y todos por uno.» Éste fué el lema 
y sigue siéndolo, y no hay más peligro de que nadie se 
aparte de él, pues todos tienen interés en ello. Chile ya ha- 
bía devuelto los territorios tomados al Perú y Bolivia; pues 
esta última, debido ni ferrocarril que atravesando el Chaco 
la puso en contacto con el Río do la Plata, aumentó nota- 
blemente su población y comercio, á tal punto que á media- 
dos del siglo xx contaba una población de más de 15 mi- 
llones de habitantes. 

Hace 132 años que ese hecho memorable ha sellado la 
paz entre la familia de este hemisferio, y desde entonces la 
época de prosperidad se ha iniciado. 

2 


18 


francisco piria 


Podrás decirme qué cantidad de habitantes tiene hoy 

""Ülw.neÍ último censo, el Estado Cisplatino, que lo for- 
ln nnticua República Oriental del Uruguay y los terri- 
torios 'reconquistados, tiene veinte y dos millones de habi- 

^ Yo quedé asombrado. Las palabras del viejo me parecían 

un sueño. , . 

— ¡Veinte y dos millones de habitantes! exclame auto- 
máticamente, hablando conmigo mismo. 

-Yo te asombre, hijcfmio, di jome el buen anciano; los 
acontecimientos europeos han contribuido el siglo último 
poderosamente al desarrollo de la población de nuestra 
América. 

— ; Podría saber cómo ? pregunté. 

_ Antes de evacuar tu pregunta, debo completar otra 
respuesta que quedó trunca. Decíate que los hospitales ex- 
tranjeros hace tiempo que no existen y nunca debieron 
existir en un país hospitalario como fué siempre el nuestro; 
ni debieron existir extranjeros, pues el hombre que nace en 
este planeta no puede ser extranjero en él. La patria del 
hombre no debió ser el terruño donde accidentalmente na- 
cía no : la patria debió ser el suelo en donde vivía, en donde 
trabajaba, en donde se formaba su hogar, en donde cons .- 
luía una familia, en donde se hacía propietario mejor di- 
cho, en donde quiera que se arraigaba V habitaba: ésa cía 

8U Ésta es la fórmula del derecho universal de los tiempos 

¿Acaso en tu época, prosiguió mi interlocutor, había e»- 
tricciones en los hospitales nacionales para recibir en ellos 
á los extranjeros que solicitaban el ingreso . 

— Tienes razón, no las había. 

Pero, agregó el buen anciano, en cambio en tu men- 
guada época" se les obligaba á hacer profesión de fe res- 
pecto a una religión que no aceptaban y no profesaban al- 
gunos desdichados: la caridad imponiendo condiciones, 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


19 


exigiendo claudicaciones vergonzosas, que muchos hacían 
por la necesidad. Era así tu época! Y esa caridad se hacía 
con los dineros públicos, sin tener para eso en cuenta las 
creencias del pueblo que hacía los donativos! 

— Es cierto, respondí bajando la mirada avergonzado. 

— Y sin embargo, en tu época menguada se invocaba la 
libertad de conciencia! Teníais un hospital que sosteníais 
por medio de la caridad! ¡La caridad! ¡Qué sarcasmo! 
Cuando debíais decir por el vicio, la corrupción, por la de- 
gradación humana! 

Yo sentía que la sangre gradualmente afluía á mi rostro, 
mis mejillas ardían, la austera palabra del anciano produ- 
cía en mis mejillas el efecto de una bofetada. ¡ Tenía razón ! 

— Por el vicio, prosiguió, pues siendo el juego el más de- 
gradante de todos, exceptuando la embriaguez, su digna 
compañera gemela, os sondáis del juego para sostener los 
institutos de beneficencia; fomentabais el vicio para con su 
fruto alimentar la virtud! Empobrecíase al pueblo ponién- 
dole el juego á la puerta del hogar, al alcance de la mano; 
y en vez de formar ciudadanos honrados, corrompíais al po- 
bre para degradarlo por el infame vicio del juego. 

Sin el ahorro no se concibe cómo podía existir la sociedad 
do tu época, aunque más tarde no fué ésa la vía que con- 
dujo á la humanidad al bienestar supremo que actualmente 
gozamos. El ahorro fué sólo una etapa en la gran evolu- 
ción ; mientras el Estado solamente era un despojador fa- 
mélico insaciable; devorar dominando era su lema! Hoy 
ampara administrando. 

Empobrecido el pueblo, era más fácil corromperlo; y si 
la tiranía y el despotismo encontraban fácil adaptación 
echando hondas raíces allí en donde el pueblo trabajaba 
poco y gastaba poco á la vez viviendo en la miseria, otro 
tanto sucedía allí en donde ganando más y teniendo mayor 
trabajo, el impuesto se lo robaba todo, empobreciéndolo, fo- 
mentando el ocio y el embrutecimiento que producían el 
vicio del alcoholismo y el juego, preparando así el terreno 
en donde debía germinar el despotismo. 


20 


FRANCISCO piria 


¡Blasonabais «le libertad y erais verdaderos esda% os! 

V , edificio que tenía enfrente, desuñado á Ga*a de Go- 
bierno, abarcaba una extensión de no menos de cuarenta 
mil metros «le superficie ¡amplio parque le rodeaba, cubierto 
de frondosos arbustos desconocidos en mi época, en que 
sólo se plantaban en las calles y raquíticos paseos públicos, 
plantas sin más mérito que el de ser traídas de otros países, 
muchas de ellas exóticas y la mayor parte mezquinas. 
Como más adelante me explicó el buen Temístocles, la in- 
mensa variedad «le árboles y arbustos que allí existían pro- 
cedían «le nuestra campaba: canelones gigantes, de verde 
follaje; sombra de toro, aruera, cliirca, blanquillo, ceibos 
cubiertos con guirnaldas de flores rojas, y mil variedades. 
La hermosa envira, planta olvidada en mis tiempos, for- 
maba alamedas bajas con una belleza extraordinaria, y de 
entre la flora de nuestros bosques transportada al bello par- 
que, surgía el majestuoso edificio que servía de sede al 
Gobierno. 

Su forma era completamente cuadrada; cada fachada 
medía alrededor de 200 metros ; v una amplia y alta esca- 
linata de granito lo circundaba. Á los cinco metros «leí suelo 
estaba el último escalón. Una fila de columnas de granito 
«le 15 metros de alto coronaba la escalinata, y amplia gale- 
rín de 20 metros de ancho circundaba la base sobre la cual 
surgía el monumental edificio. En el centro estaban dis- 
puestas las vastas- salas que servían «le sede al Gobierno 
del Estado Cisplatino. 

El edificio en su exterior todo era de mármol, excep- 
t uando la escalinata, columnas, cornizones y capiteles; los 
cornizones representaban en toda la circunferencia los he- 
chos más notables de nuestra independencia en una taja 
«le bronce «le tres metros «le altura, que circundaba el coro- 
namiento. Esta monumental construcción fué ejecutada poi 
el ingeniero cisplatino don Orestes 1 ereira, de la 1' acuitad 
de Maklonado, el abo 20GL 

—No te iuvito para que entres, «lijóme Temístocles, por- 
gue deseo que antes de presentarte á las autoridades del 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


21 


país veas todos nuestros adelantos y puedas formarte una 
idea, sino exacta, al menos aproximada de la época actual. 
Y dicho esto posó suavemente el dedo sobre un botoncito 
de marfil de nuestro vehículo, el cual, alz tildóse suave- 
mente de la superficie del suelo, emprendió la marcha len- 
tamente. 

Un minuto después se detenía. 

— Descenderemos aquí un rato, me dijo el buen anciano, 
pues estamos en uno de nuestros primeros parques pú- 
blicos. 

En efecto, el sitio en donde nos hallábamos tenía todo 
el aspecto de un parque ; las calles, eso sí, eran angostas, 
la vegetación exuberante; bajamos y emprendimos la mar- 
cha lentamente, pues mis fuerzas no me permitían aún ha- 
cer excesos y ellas volvían gradualmente. 

Apoyado en el brazo de mi buen acompañante, seguimos 
la marcha por estrechas callejuelas y vericuetos completa- 
mente cubiertos de árboles que formaban bóveda herméti- 
camente cerrada; de cuando en cuando cristalinos arroyos 
serpenteaban debnjo de nuestros pies; millares de pájaros 
del país poblaban las ramas, y sus trinos daban encanto 
armonioso á la floresta. 

Habíamos andado unas diez cuadras, cuando llegamos á 
la orilla de un gran estanque. Un viejo de luenga y marfi- 
lada barba estaba allí con una góndola de aluminio, sen- 
tado en la popa. Al vernos acercó su barquichuelo y á él 
descendimos con mi acompañante. 

Ocupó el caronte su sitio, tomó los cordones de seda del 
timón, y tocando suavemente un botón, emprendió lenta- 
mente la marcha la embarcación. 

Inmensa cantidad de cisnes blancos y rosados la se- 
guían. 

— ¿Deseas música? preguntó un momento después el 
conductor. 

— Sí, amigo, contestó Temístocles; toca una melodía de 
Welite. 

Acababa de responder mi acompañante, cuando el gon- 


22 


francisco piria 


dolero tocó un pequeño resorte y dió principio á una melo- 
día, la más suave, la más encantadora de cuanto idearon 
los'mósicos del porvenir en mi época. 

J,a marcha del pcquefio barquichuelo servía de motor 
suave ni instrumento que embriagaba con sus melodiosas 
armonías. 

Los cisnes y otros mil pájaros acuáticos de extraordi- 
naria belleza, lo acompasaban en su lenta marcha. 

Pequeños islotes diseminados en el lago, cubiertos de um- 
brosos sauces, cuyas cortinas de ramas bañábanse en las 
tranquilas y cristalinas aguas, deslizándose tranquilamente 
por (lebajo la leve barquilla, acompañándola el trino armo- 
nioso de los millares de pájaros que poblaban el parque; 
mientras que infinidad de peces de los más brillantes colores 
seguían nuestro andar, y de trecho en trecho asomaba de las 
aguas alguna columna de mármol, sobre la que se osten- 
taba tan pronto una bella estatua, como un vaso de pórfido 
lleno de guirnaldas de bellas flores, mientras que inmensas 
bandas de pájaros endulzaban tanto encanto con sus gorjeos. 

El conductor detuvo la marcha y cesó la melodía armo- 
niosa. Estábamos frente á la entrada de una estupenda 
gruta construida en el mismo lago. 

Saltó á tierra el gondolero, apretó un resorte, y la gruta 
quedó iluminada. — Seguimos la marcha. — Aquello era un 
sueño de hadas. Estalactitas de los más brillantes colores 
brillaban al reflejo de la luz electro -solar, que allí como en 
pleno día resplandecía. 

Describir la belleza de aquella encantadora excursión es 
algo sobrenatural. 

Cuando salimos eran las 16 , hora del almuerzo. 

Tomamos asiento en nuestro aéreo vehículo y nos dirigi- 
mos á la mansión de mi acompañante. 

Ese espléndido parque abarca los terrenos que en mi 
época eran conocidos por Potrero de Pereira, y otros que 
desde la antigua localidad conocida por Tres Cruces, seguían 
hasta la que se llamaba Quinta de Cibils, y siguiendo el 
arroyo de los Pocitos hasta el mar. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


23 


Al regresar lo hicimos por la amplia avenida que, fran- 
jeada de frondosos y gigantescos plátanos, arranca de la 
encrucijada de las calles Constituyente y 1S de J ulio y si- 
gue en línea recta hasta los antiguos baños conocidos por 
playa de los Pocitos ! 

— En tus tiempos, díjomc el buen Temístocles, se inver- 
tían los dineros del pueblo en reparto de las comanditas 
que trepaban al poder, y cuando se hacía algún raquítico 
paseo público, como el que denominabais Prado, era allá, 
al fin del mundo, para que sólo pudieran ir á gozar del 
aire del campo y de los paseos públicos los que menos lo 
necesitaban : los ricos ; pues debido al excesivo precio del 
transporte eran inaccesibles para los pobres. Nosotros, más 
prácticos, hacemos los paseos públicos para aquellos que 
más los necesitan y los aprovechan : los pobres, como de- 
cían en tus tiempos; si bien en nuestra sociedad no hay ta- 
les pobres, pues todos tienen su pasar y viven muy felices. 
Y cuando el hombre de nada carece, se puede reputar rico. 

— ¿Y qué habéis hecho del Prado? le pregunté. 

— Eso que ustedes llamaban Prado, lo hemos convertido 
en un Asilo de ancianos. 

— Me llevarás algún día, porque deseo visitarlo, le dije. 

— Tendré mucho gusto, y desde que eres mi huésped, 
tengo el deber de enseñarte cuanto bueno y útil hemos he- 
cho, y explicarte todo nuestro sistema actual de gobierno y 
administración. 

En ese momento se detenía nuestro transporte á la puerta 
de la casa ; descendimos, y el buen Temístocles, dándome 
la mano, me introdujo en ella. 

Una señora de aspecto severo y de sencillísimo traje, nos 
esperaba. Era la señora Azucena, esposa de mi acompa- 
ñante, á la que me presentó diciendo : 

—Te presento á Fernando, nuestro huésped, nuestro 
amigo. 

— Sé bien venido en el seno de los nuestros, respondióla 
afable señora abrazándome y dándome un beso, que retribuí 
con el cariño con que un hijo puede besar á su madre. 


FRANCISCO PIRIA 


24 

Rosalba aparecí.'» al rato. Traía un ramo de frescas vio- 
las que me ofreció, presentándome al mismo tiempo su tersa 
frente sóbrela que imprimí un ósculo de cariñoso afecto. 

La cena fué frugal y sencilla, y como estaba rendido de 
cansancio, el buen viejo, comprendiéndolo así, me invitó á 
retirarme al aposento que se me había destinado, lo que 
hice con mucho agrado, después de despedirme con toda 
ternura de la familia de mi acompañante. 

Atravesamos ancha galería, cuyas paredes estaban cu- 
biertas de ricas pinturas y diseminados en el pavimento 
numerosos vasos llenos de flores. 

Mi acompañante se detuvo, y señalándome una pieza com- 
pletamente iluminada, indicóme el aposento que me había 
destinado. 

Una cama de aluminio niquelado, un pequeño bibelot del 
mismo metal y cuatro taburetes de estilo pompeyano eran 
todo el mueblaje, amén de dos pequeñas mesitas del mismo 
metal, en forma de trípode, colocadas á los lados de la ca- 
becera. Una percha invisible estaba dentro de un armario 
incrustado en la pared, el cual se abría tocando un pequeño 
resorte. 


SEGUNDA JORNADA 


El sol del nuevo día tendía sus tenues rayos cuando Ro- 
salba abrió suavemente la puerta de cristal de mi pieza, a 
cuyo ruido abrí mis ojos. 

— ¡Dios sea contigo! exclamó con dulce voz la visión 
angélica que tenía delante de mí. 

Sus ojos, grandes, llenos de luz, me miraban con toda 
la dulzura, con todo el poético imán con que una virgen 
beldad de diez y ocho años puede mirar á un mísero mortal. 
Yo no podía resistir su mirada; bajé confuso mi vista, con- 
testando : 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


25 


— Dios te acompañe; — fórmula usual que había obser- 
vado durante el día anterior, se usaba entre los hombres. 

Rosalba venía envuelta en una túnica í uelta, de fina lana 
blanca, de rectos y graciosos pliegues que le daban forma 
escultural; una pequeña franja griega, dorada, impercepti- 
ble, era el único adorno; amplio y liviano manto de crespón 
de seda sembrado de pequeñas violetas bordadas do relieve, 
llegábale hasta la rodilla; pequeñísimas sandalias de cuero 
de cocodrilo aprisionaban lascivamente su pie, el cual, al 
caminar, jugueteaba ligeramente con los rectos pliegues de 
su vestido; dos brazaletes do oro, lisos, anchos y relum- 
brantes, adornaban sus mórbidos y lácteos brazos, mientras 
que una diadema imperceptible de oro esmaltada en verde 
claro circundaba su abundante cabellera, que sujetaba un 
pequeño alfiler forma deestileto, y de plata; avanzó lenta- 
mente, y cuando estuvo junto á mi lecho, extendióme la 
mano, la que aprisioné entre las mías, y tentado estuve de 
besarla; pero no lo hice, pues no había visto aún besar la 
mano á nadie, de lo que deducía que osa costumbre de hi- 
pócrita adulonería de mi época había caído en desuso. Nues- 
tra conversación fué breve; yo estaba anonadado, había 
perdido la costumbre de expresarme. 

— Supongo que desearás levantarte, me dijo Rosalba al 
rato. Y como le indicara afirmativamente, prosiguió: 

— Ahí, á la derecha, tienes el cuarto de baño tododispuesto; 
no tienes más que empujar la puerta figurada y hacer la 
ablución en la piscina, y cuando necesites que te sirvan toen 
el llamador, que Mirta acudirá: te esperamos en el jardín. 

Media hora después tomaba mi desayuno en el jardín, 
debajo de los árboles, entre las flores, rodeado de toda clase 
de encantos, mientras toda una orquesta de variados pájaros 
cantaba al rededor nuestro. 

Nuestro almuerzo consistió ese día en huevos pasados 
por agua, leche, bizcochos y miel helada en vez do man- 
teca, y fruta. 

El vehículo nos esperaba á la puerta. 

Temístocles dió orden para que esa noche se pusieran dos 


2G 


FRANCISCO TIRIA 


cubiertos más en la mesa, porque tendríamos la v.s.ta de un 

amigo y la de un hijo suyo que llegaba de Panamá, de 
donde había salido esa misma mañana. El vehículo em- 


prendió la marcha. 

Yo no salía de mi estupor al ver tantas maravillas. 

Ni remota ¡dea quedaba, ni rastros de las casas de mi 
época. ¡Cómo había cambiado todo! 

La calle 18 de Julio, desde la antigua plaza Libertad, en 
donde el último caudillo del siglo xix erigió una estatua 
representando la libertad con una daga en la mano, hasta 
concluir en el mar, tiene el ancho de la que fué plaza Inde- 
pendencia. 

Aquella arquitectura sin pies ni cabeza de los edificios 
que circundaban la plaza Independencia, ha desaparecido. 
De aquellos edificios de cuerpo pequeño con piernas de gi- 
gante, sostenidos por columnas de ningún orden, no queda 


ni rastro: todo ha cambiado. 

El año 2050, Eurípides Rosental, ingeniero oriental, ve- 
cino de Tacuarembó, después de haber cursado en el Poli- 
técnico de la ciudad de Artigas, en donde fué laureado con 
el premio de sobresaliente, presentó en concurso y obtuvo 
el premio por oposición de la confección de los planos y 
proyecto para el desventramiento de Montevideo. Como 
apenas había cumplido 21 años, el Superior Consejo de Ins- 
trucción Pública lo envió á viajar durante varios años para 
que visitara todo lo que habían producido los más esclareci- 
dos ingenios humanos. 

Al regreso dió principio á la gran obra, en la que se in- 
virtieron ochenta millones de Artigas, y al cabo de seis 
años quedó terminado el gran paseo público, que desde la 
antigua plaza Libertad conduce al centro del puerto, supri- 
miendo el antiguo Cabildo, la que fué iglesia Matriz y todo 


cuanto encontró á su paso. 

Vastos y monumentales edificios surgen de ambos costa- 
dos, y amplia galería sostenida por columnas de granito, 
franjea la gran avenida desde su punto de arranque hasta 
el extremo opuesto. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


27 


El centro está cubierto (le verde césped, plantas, árboles, 
flores y estatuas. Es un prolongado parque de 60 metros 
de ancho en toda su extensión, interrumpido sólo de distan- 
cia en distancia en los puntos en donde deben pasar las ca- 
lles transversales. 

En cada punto de éstos surge una estatua representando 
muchos de los genios benefactores de la humanidad de este 
siglo. 

Fuera de la galería hay pequeños kioskos de cristal, en 
donde se venden flores, periódicos y juguetes para las cria- 
turas. Oficinas de reclamos, anunciadores o pregoneros, 
sistema que ha dado el mejor resultado en estos tiempos, 
según me informó mi acompañante. 

Yo estaba atónito ante tanta maravilla. 

Ya no se oye el infame ruido de aquellos cascajos «le 
tranvías de mi época, ni están las calles adoquinadas y lle- 
nas de rieles : todo ha desaparecido. El pavimento de la 
ciudad es mosaico todo. A las primeras horas del día, el 
gran riego en forma de lluvia, lava toda la ciudad, así que 
las calles brillan por su extraordinaria limpieza. Ni siquiera 
tenemos hoy las flechas en las bocacalles, que impedían en 
mi época los choques del vacío. 

¡ Qué edad de cretinismo ese siglo xix, (pie llamábamos 
ampulosamente, dándonos el tono de saberlo todo, gran si- 
glo de progreso! ¡Qué pequeño siglo! ¡Qué siglo de pig- 
meos ! 

— Apenas sabíais imitaros unos á los otros, y eso mismo 
lo hacíais siempre peor, — lo que demuestra el estado pa- 
tológico de vuestra degeneración. — dijo Temístocles al 
hacerle yo presente algunos de nuestros errores de an- 
taño. 

Colocar en las estrechas calles de la ciudad vieja los rie- 
les de tranvía y en cada bocacalle un desvío, permitirles 
recorrerlas á los trenes en todas direcciones, no era otra 
cosa que concederles el absoluto dominio de la vía pú- 
blica. . . y al mismo tiempo se colocaban flechas en las bo- 
cacalles para impedir que los carruajes, que no tienen rieles. 


28 


FRANCISCO rlRIA 


pudieran hacer lo que hacían los trenes 1 Y lo peor de todo, 
eso sucedía en épocas que ni tránsito había. 

— Y la iglesia Matriz ¿en donde la habéis colocado f 
pregunté al buen patricio. 

— Hijo mío, ya no tenemos las iglesias ni los templos de 
las distintas y múltiples religiones que en tu época había. 

El catolicismo sé lo fué una forma de religión inventada 
por los hombres; ha hecho su época, cediendo al fin á la 
inclemencia de los tiempos, como cedieron las distintas re- 
ligiones que le precedieron y que á su vez sucumbieron 
más tarde unas tras otras, como fatalmente se derrumba 
todo lo construido sobre el error, como sucumbe toda obra 
humana en la evolución continua. 

Sólo el sentimiento religioso no puede sucumbir ni ser 
destruido, pues como obra divina, innato en el hombre, ha 
llegado á tal punto de perfección, que ha terminado por for- 
mar una religión científica. Las ciencias han hecho tanto 
camino, han avanzado tanto en este último siglo, que su 
apogeo es completo, y cual imponente torrente desbórdase 
la verdad, reduciendo á polvo los sueños fantásticos de an- 
taño. 

La base angular del catolicismo fué la Fe, que nunca 
fué otra cosa que la razón de las cosas no aparentes. 

Religióil, Justicia, Economía: todo ha estado siempre 
sujeto á la ley evolutiva del progreso. 

No debió, pues, nunca tacharse de inconsecuente al hom- 
bre que mejorando evolucionaba, pues el que así no proce- 
día era absolutista y por ende retrógrado ; puesto que avan- 
zando todo, como en efecto avanza, siempre evolucionando, 
aquel que se detiene aferrado a una idea, á un principio, á 
una doctrina ó á un sistema, ése se queda rezagado, mien- 
tras el progreso siempre avanza destruyendo y creando. 

Cada afirmación de filósofo provoca una negativa equi- 
valente; cada ley deroga otra anterior, sentando de ante- 
mano la base de la que más tarde ha de derogarla. 

Nada hay estable, fijo, inmóvil : la evolución continua 
es la ley del espíritu y de la materia. 


EL SOCIALISMO TRIUNFARTE 


29 


El hombre se eleva en la virtud bajo el imperio de la 
razón, atraído por la soberana belleza que él mismo va 
creando, y destruyendo, y mejorando siempre! 

Aquellas religiones, siguiendo la evolución délos tiempos, 
se hicieron liberales, y de ahí arranca su período, sino de 
decadencia, que ya estaban en él en tu época, diremos do 
precipitación. Tenían en su seno demasiados gérmenes de 
retroceso que las hacían exóticas para la adaptación del am- 
biente nuevo. Como todo lo que nace, murieron de decrepi- 
tud. Sólo la verdad, encarnada en la personificación del su- 
blime mártir del Gólgota, es la que no perece: es eterna ; 
y la figura del Galileo está entre los gratules genios de la 
humanidad, como lo verás cuando visites nuestro templo. 

En nuestro siglo, la humanidad entera se ha encontrado 
al fin en el camino déla verdad: todos los pueblos son 
cristianos. 

La religión de Cristo, como la de los grandes pensadores 
que le precedieron, es la que impera: ella aproximo á los 
hombres, y haciéndolo, realizó la fraternidad universal. 

—Y la religión del Estado ¿cuál es? No es acaso la ca- 
tólica ? La religión de nuestros padres ? 

— ¡Cómo se conoce, hijo mío, que aún conservas el ata- 
vismo de tu desgraciado siglo ! En tu época do tan decan- 
tada libertad, vivíais completamente amarrados desde la 
cuna A la peor de las esclavitudes. Erais libres en teoría; 
¿en la práctica? ¡Santo Dios! llevabais á cuestas todos los 
errores tic cien generaciones, los que aun aumentabais con 
los vuestros! Nosotros no profesamos más religión que la 
del deber; para nosotros la sociedad es una familia, la pa- 
tria el mundo! Á vosotros, al nacer se os imponía un nom- 
bre, se os afiliaba A una secta, se os educaba sin consulta- 
ros, y cuando llegabais á la edad viril, debíais muchas veces 
ejercitar una profesión que no ora de vuestro agrado, desde 
que no habíais sido consultados para aprenderla, y contra 
vuestra inclinación debíais seguir. 

Empezabais por ser esclavos de las formas sociales, en la 
que os amaestrabais y comenzabais á aprender á mentir y 


30 


FRANCISCO TIFIA 


á engañar; pues vuestra sociedad, vuestros hombres y 
vuestra ¿poca así lo exigían, i Cuántos, á los que no les 
convenía ser católicos, se hacían protestantes! ü no pu- 
diendo ni conveniéndoles lo uno ni lo otro, se trocaban en 
liberales ! Cuestión de nombre aparentemente, de interés 
en la realidad. Estas determinaciones dependían de la ma- 
nera que conceptuabais más arreglada para abriros paso 
y luchar por la existencia; es decir: os acomodabais en 
donde encontrabais estar mejor trabajando ménos. Empe- 
zabais á abriros camino con el antifaz de la mentira, y en 
esa senda, una vez puesto el hombre, va muy lejos. Cuando 
obteníais una posición, se batía palmas al Gobierno, aun- 
que éste fuera un bribón .... Cuando no se encontraba 
acomodo, se vociferaban improperios, aunque el que gober- 
nara fuera un buen ciudadano y cumpliera con su deber. 
Así avanzabais en edad, perfeccionados en la mentira. Si 
el gobernante era liberal, lo combatían á sangre y fuego 
los católicos ; v si era católico ó cristiano, los liberales le 
tiraban piedras por la misma razón que á ellos se les com- 
batía. Vivíais en continua lucha, sin tregua ni descanso, 
sembrando odios y rencores, cuya semilla caía al rededor 
vuestro y germinaba en 1 1 corazón de vuestros hijos, ex- 
cepto cuando ellos con desapasionamiento y claro criterio 
se sobreponían á vuestro enceguecimiento ! 

Entornas aparecíais pequeñísimos á sus ojos, y de ahí 
nacía esa falta de respeto de hijos á padres que tanto se 
difundió en las postrimerías de tu siglo. Llegaba la edad 
en que el hombre so enamora de veras. ¡Vosotros os ena- 
morabais de mentira I Para eso fingíais lo que no erais, os 
endeudabais con cuanto desgraciado permitía que lo tram- 
pearan; gastabais un tren que no estaba con arreglo á 
vuestra posición, y deslumbrabais con ese aparato fastuoso 
y vuestras mentiras á las mujeres, que á su vez os pagaban 
con la misma moneda. 

Yo sentía que la indignación, fruto de mi irascible tem- 
peramento, como hijo de mi siglo, me dominaba por inter- 
valos: no podía oir la verdad! pues como en mi época no 




EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


31 


se decía, ni á ello estaba avezado, sonaban mal en mi oído 
las frases de Temístocles. Sin embargo, comprendía que le 
sobraba razón para expresarse en la forma que lo hacia. 

— Mi querido Fernando, prosiguió el ouen anciano des- 
pués de una leve pausa, á juzgar por el color de tus meji- 
llas, parece que mis palabras no han sido de tu agrado; — 
perdóname si te puedo haber ofendido ; sé muy bien que 
no hay regla sin excepción, y reconozco que en tu época, asi 
como había mucho malo, también no faltaba algo bueno. 

Los hombres eran el fruto del medio ambiente en que se 
desarrollaban los acontecimientos, y así mismo, muchos, al 
obrar mal, lo hacían creyendo todo lo contrario. ¿ De qué 
sirve que una semilla sea buena si se arroja en terreno es- 
téril ? 

Y el terreno del corazón humano, en la edad en que tu 
vivías, era estéril completamente á todo sentimiento de 
amor y de lealtad, de cariño, de amistad. La verdad había 
sido desterrada, y la mentira, hija de la hipocresía y del 
egoísmo, imperaba, y ella sola se enseñoreaba en los espí- 
ritus. 

Los buenos ciudadanos, las excelentes madres de fami- 
lia, los buenos hijos eran plantas exóticas que á duras pe- 
nas atravesaban esa época de desmoronamiento moral, con- 
servando ileso en el sacrosanto fnego del hogar el amor, la 
religión y la caridad. 

Con razón exclamaba un buen hombre, un excelente 
ciudadano de tu época: «Cuando salgo de mi casa, todo lo 
encuentro vacío! Cuando entro en mi bogar encuentro la 
verdad ; fuera del umbral de mis lares sólo hay una jauría 
de lobos hambrientos!» Esos lobos hambrientos eran los 
hombres de tu siglo en todo el planeta. 

Prosiguiendo nuestro camino debajo de los amplios pór- 
ticos franjeados por columnas de granito, llegamos al punto 
de nacimiento de la gran avenida, en la parte Ueste de la 
antigua ciudad vieja, éntrela prolongación de las calles Sa- 
randí y Rincón, desde su punto de arranque donde anti- 
guamente estaba el mar. 


32 


FRANCISCO PIRIA 


La ciudad en esa parte había avanzado unos quinientos 
metros hacia el mar, y el murallón de circunvalación, dando 
la vuelta al Sud, proseguía hasta terminar en el antiguo di- 
que .Mauá. 

Yo no salía de mi asombro. 

Comprendiéndolo así Temístocles, hizo leve pausa á su 
disertación sobre mi época y los hombres de fin del siglo 
xix, y prosiguió diciendo: 

— Te asombra el bello cuadro que ante tu vista tienes? 

Pues bien : esta obra fué realizada jí principios del si- 
glo xx. 

Esa estatua de bronce, á la que monumental peílasco le 
sirve de pedestal, que ves ahí, es la del ingeniero oriental 
Leonardo Aparicio, dijo, ensenándome con la tendida dies- 
tra un hermoso monumento. 

Fué el autor y ejecutor de esta obra grandiosa. 

Las sociedades anónimas que en tu edad se fundaban, 
por lo general para entregar al pueblo papeles sucios y 
mojados en cambio del dinero efectivo que con sus econo- 
mías aquél había ahorrado, destruyendo así las bases de 
toda asociación, símbolo fiel de la anarquía social y econó- 
mica de tu época, minando en su base inicuamente las fuer- 
zas colectivas de toda una nación, retardando todo pro- 
greso y haciendo imposible cualquiera iniciativa, por más 
noble y levantada que fuese; un cuarto de siglo más tarde 
de tu época, la Sociedad Fomento Criollo, compuesta de ele- 
mentos nacionales, echó las bases sólidas de su estabilidad; 
arraigó en el pueblo la confianza y la convicción de su pa- 
triótica iniciativa. Abrió grandes ideales con ánimo levan- 
tado y con hombres al frente de acrisolada honradez y sano 
criterio, iniciando la primera obra del derrumbamiento de 
una parte del Montevideo antiguo, promoviendo grandes 
iniciativas, dando ocupación á miles de obreros, reportando 
inmensos beneficios al país, mejorando desde el punto de 
vista higiénico y á la vez estético, una parte de la asquerosa 
ciudad vieja, reportando á la vez inmensos beneficios á sus 
asociados, obteniendo lucros tan extraordinarios, que sus 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


33 


acciones de á 100 $ nominales cada una, llegaron á valer 
cinco mil pesos! 

^ o estaba atónito y pequeño ante tales resultados, no 
concebidos ni soñados en mi época, si bien es cierto que en 
ese entonces, cuando se fundaba una sociedad fomentística, 
se empezaba á retirar, á título de prima, una parte de las 
supuestas ganancias futuras que nunca llegaban á reali- 
zarse; resultando, pues, que los fundadores empezaban por 
repartirse centenares de miles de pesos de los desgraciados 
accionistas, y todo ello por haber copiado malamente sus es- 
tatutos de cualquiera otra sociedad, — cósala más sencilla 
de hacer y también de aprobar, desde que no se oponían á 
la ley. 

En mi época, las sociedades anónimas las fundaban por 
lo regular todos aquellos que, no teniendo nada, conspira- 
ban contra los intereses de los que tenían algo. Algunas 
veces hasta las realizaban inconscientemente con buen fin 
personas honestas. La misión de las sociedades anónimas 
en el Río de la Plata á fines del siglo xtx, fué: arrancar el 
capital á los que lo habían formado á fuerza de sacrificios 
>’ economías, y repartirlo á la marchanta entre los zánganos 
de la colmena humana. 

--¿Podrías decirme cuáles fueron las grandes obras que 
inició el Fomento Criollo á que aludes, Temístocles? 

— A eso voy, amigo mío. Como te decía, durante el pri- 
mer cuarto del siglo xx, se formó esa Sociedad. 

lira Ministro de Fomento en esa época Rodolfo Fierro, 
hombre de grandes iniciativas y verdadero carácter empren- 
dedor, de ideales tan vastos, que bien se podría decir que se 
adelantó más de un siglo á su época. 

Si la Sociedad Fomento Criollo realizó tan vastas obras, 
se lo debe en gran parte til Ministro Fierro, su iniciador,’ 
quien, en sus grandes concepciones, dióle el gran impulso] 
y secundóla en cuanto se lo permitía su esfera de acción! 

Pero, dejemos bis grandes obras realizadas por el Minis- 
tro, de quien nos ocuparemos más adelante, y pasemos á las 
que se llevaron á cabo por el gran «Fomento Criollo». 

8 


FRANCISCO I'IRIA 


34 


Por medio de una ley, solicitó y obtuvo la expropiación 

de toda la zona de la ciudad vieja compréndala desde la 
callo Reconquista y prolongación al mar basta la calle flo^ 
Sla, comprendiendo la zona al Oeste de la calle Guaraní 


Proponía expropiar, abonando á tasación, todos los terre- 
nos y casas encerrados dentro de los indicados límites. 

Solicitaba todos los terrenos fiscales que pudiera tomar al 
mar al Sud y Oeste. Se obligaba á levantar el nivel de la 
parte en que avanzaría sobre el mar, al de la calle Recon- 
quista y Guaraní. Construiría un canal en la parte Sud, de 
Este á Oeste, de cien metros de ancho por 1500 de largo, 
entregando al Estado, durante los primeros 50 artos de ex- 
plotación, una cuarta parte de las utilidades, durante los 
50 artos siguientes la mitad, y al llegar á los cien artos pa- 
saba el canal á ser propiedad del Estado. 

Al rededor de este espléndido dock se comprometía a 
hacer un gran paseo en toda la costa, de SO metros de an- 
cho. Ahí tienes la obra, dijo el viejo deteniéndose. 

Acabábamos de dar vuelta al ángulo Sudoeste, y ante mi 
mirada atónita se presentaban el dilatarlo dock, los grandes 
depósitos, el grandioso parque, el canal lleno de buques. 

¡Qué movimiento! 

¡Cuánta vida! Yo estaba extraordinariamente asombrado. 

I n edificación que franjeaba el parque era esbelta, suelta; 
casi tollos los edificios de tres pisos, con jardines colgantes 
de extraordinaria belleza, circundados por calles espaciosas; 
cada edificio era poco más ó menos un cuarto de nuestras 
manzanas antiguas, rodeado de calles con cuatro frentes, es 
decir, cincuenta metros de cada costado. Los frentes, todos 
de granito y mármol; abundando el orden de columnas de 
rico pórfido, que con tanta abundancia lo había en el país 
y se ignoraba en mi época. 

— Esa fué la primera obra de la Sociedad Fomento Crio- 
]] 0 t y hecha esta gran obra lanzóse de lleno a la coloniza- 
ción, reportando con ello al país innumerables beneficios. 

El sol descendía lentamente en lontananza, entre las te- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


:r> 


mies brumas formadas en el horizonte por espléndida tarde 
de estío. Numerosos barquichucloa de aluminio, impulsados 
por el aire comprimido, recorrían la bahía en todas direccio- 
nes, tripulados por paseantes. Otros mayores, con espléndi- 
dos toldos de colores, surcaban el trayecto que divide Mon- 
tevideo del Cerro, cargados de pasajeros, y al emprender la 
marcha, el movimiento impulsor servía para dar rienda 
suelta á los grandes aparatos de música que cada uno lle- 
vaba. 

Uno, diez, cien y mil más emprendían la marcha. 

El puerto nuevo estaba cuajado de buques de todas cla- 
ses, y en el centro do la bahía, entre el Cerro y la ciudad, 
sobre gigantesco peñasco de rocas batidas por el mar, íí cuyo 
pie revoloteaban millares de blancas gaviotas confundidas 
con la espuma de las olas, surgía imponente la colosal esta- 
tua de la Confederación, que con una antorcha colosal de 
color azul en la mano derecha, alumbraba el vasto estuario. 

La noche avanzaba lentamente. Temístoeles se detuvo 
junto á uno de los kioscos de la gran avenida, tocó un botón, 
y medio minuto después un pequefío vehículo de tres ruedas, 
guiado por una señorita, se detuvo al lado nuestro. 

Tomamos asiento en él, y confundidos entre el millar de 
vehículos de igual género, atravesamos la gran avenida en 
medio del bullicio y la algazara que formaban no menos 
de cincuenta mil transeúntes que allí estaban reunidos. 

Excuso decir que aun cuando era de noche, estábamos en 
pleno día. Los progresos de este siglo han suprimido las 
noches: el sol alumbra siempre. Se ha aprovechado lo 
que en mi época no era conocido, pero que indudablemente 
lo conoció, comprendió y aprovechó Arquítnedes ! 

Serían las ocho de la tarde cuando regresamos al hogar. 
Un joven de alta estatura, que frisaría en los 2ñ años, 
todo afeitado, de aspecto varonil, de simpática figura, espe- 
raba en la parte alta de la escalinata. 

Vestía una hermosa túnica violácea, sujeta al cuerpo por 
amplio cinturón de escamas de fino y relumbrante acero. Al 
vernos descendió rápidamente, y al Megar á nosotros inclinó 


FRANCISCO riRIA 


36 

respetuosamente la frente. Temístocles extendió la diestra 
mano v posándola sobre la cabeza del joven, exclamo. 

_Óuc el Espíritu Universal sea contigo, hijo mío. Le- 
vantó éste la faz, abrazándose padre é hijo, dándose á la 
vez un fuerte y cariñoso beso. 

Tomó el buen anciano de la mano al joven, y dirigién- 
dose á mí : . .. _ „ . 

— Fernando, me dijo, te presento á nu hijo Orestes; > al 

mismo tiempo, volviéndose á éste, dijo. 

— Fernando, nuestro huésped, nuestro amigo, y de hoy en 
adelante un hermano tuyo. Quiéranse como se quieren los 
hombres de este siglo, y que el Ser Supremo os inspire. 

Yo abracé y besé, y fui á la vez abrazado y besado por 
el hijo de mi protector, el hermano de la encantadora Ro- 
sal ba. . , 

La casa estaba iluminada á sol, como se iluminan las 
casas en este siglo ; ya no tenemos esa incómoda y vetusta 
luz eléctrica de antaño.— Gracias al invento de Roberto Oli- 
veira, sabio químico de Pernambuco, el alumbrado público 
y particular nada cuesta, y mediante pequeños condensa- 
dores que están al alcance de todos, puede uno proveerse 
de la luz solar que necesita para el uso particular, — decíame 
Temístocles al ver mi asombro, mientras les preguntaba de 
dónde provenía la hermosa luz que por todas partes irra- 
diaban la ciudad, negocios y casas particulares. . 

— Hijo mío, note asombre el invento de Oliveira: ¿acaso 
no Uníais vosotros aparatos que encerraban la voz humana; 
la voz humana, que es intangible? ¿Qué extraño es que 
nosotros tengamos los rayos solares, que lo son ? 

El grnn peristilo estaba completamente iluminado; más 
que de noche, parecía que estábamos en pleno día de ve- 
rano, en una hermosa mañana de estío, ''l en medio de 
aquella claridad exuberante, de aquel ambiente templado, 
centenares de vasos de ricas flores, entre las que predomi- 
naban las rosas, embalsamaban el ambiente con los gratos 
perfames que exhalaban. 

Varios amigos de Temístocles y Orestes departían ami- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


37 


gablemente sentados sobre pequeños sillones de figura X, 
tapizados de fino cuero de yacaré perfumado. 

Al rato la dueña de casa hizo avisar que la cena estaba 

pronta. 

Precedidos por nuestros huéspedes, pasamos al comedor. 

Las hojas de aluminio fueron impulsadas por el chorro de 
agua perfumada que, estrellándose en ella, refrescaban la 
atmósfera, mientras el eje daba movimiento al engranaje 
suavemente, haciéndonos oir una dulce y la más suave de 
las melodías de Miguelli. 

La cena fué sencilla; allí no había esas porquerías de 
salsas con que se estragaba el estómago la generación del 
siglo xix ; pescado, carnes asadas, legumbres al natural ó 
ligeramente cocidas, abundantes frutas, queso, manteca, le- 
che. poquísimos vinos, pero selectos, y te ; el pan era lo único 
que no se había modificado del titulado siglo do progreso, 
pero bajo otra forma :1o constituían pequeños rolletes ama- 
sados con manteca y del grueso de un dedo, bastante tos- 
tado y fácil de digerir. Cada comensal tenía á su frente una 
eanastita de plata afiligranada llena de panes de esa espe- 
cie. 

Durante la comida se habló de muchas cosas que, á decir 
verdad, yo nada entendía. Y esto no era de extrañar, dada 
mi calidad de habitante del siglo xix! es decir, con todos 
los usos, costumbres y modales de mi época. 

Para darnos una idea remota de mi situación, basta- 
ría suponer que un habitante de nuestro país de principios 
del siglo pasado, cuando Montevideo lo constituían uno que 
otro rancho y en el centro la antigua cindadela, que más 
tarde fué transformada en mercado y que después derribó 
La torre, convirtiéndola en plaza pública; si un habitante 
de aquella época, digo, siglo y medio atrás, hubiera po- 
dido levantarse de su tumba y encontrarse de improviso en 
Montevideo de fines del siglo xix, espléndida ciudad, in- 
mensa, dilatada, rodearla de bosques, cruzadas sus calles 
por tranvías en todas direcciones y por los aires aprisio- 
nada por miles de hilos de alambre y pequeños cables, 


3S 


FRANCISCO PIRIA 


viendo nuestras calles adoquinadas, nuestros tí ajes, nues- 
tras costumbres, el grado de adelanto material que había- 
mos alcanzado, el confort en el vivir, la elegancia en el 
vestir, que con tanta coquetería descollaban las nietas de 
aquellos antiguos colonos, — las familias patricias con sus ri- 
betes de nobleza, nietos de aquellos tataranietos de los po- 
bres labradores que colonizaron las chacras del Cordón y 
de la Aguada, — los teléfonos, los telégrafos, la ópera, el va- 
por y la luz eléctrica, y paremos de contar, indudablemente 
todas esas cosas nuevas para él, sin comprender nada, ig- 
norándolo todo y no podiendo dar fe sino de aquello que 
viera y se le explicara ; de la misma manera, yo, transpor- 
tado al abo 2098, es decir 200 años más tnrde, no podía 
comprender la mayor parte de lo que oía á mi al rededor 
ni darme cuenta de cuanto veía. 

¡ Y eso que en esos 20*3 años el mundo había realizado el 
gran vuelco 1 

A cada momento recurría al buen Temístocles, quien me 
explicaba cuanto deseaba saber y no podía entender. 

En el curso de la conversación, se habló, entre otras 
cosas, de las grandes cosechas que ese abo produciría el 
África. 

Telémaco González dijo que hacía pocos momentos ha- 
bía hablado con su socio, que tiene una gran casa en Tum- 
buctú, quien le comunicaba ciue el abo actual es tal y tanta 
la cosecha de arroz en el África, que se calculaba poder 
vender á 50 centavos el quintal de ese producto, y que tal 
vez no fuera posible el consumo en todo el abo de lo que 
va á producir la región faraónica. 

— ¿Qué región es esa? pregunté á Temístocles. 

Pero Telémaco, dándose por interrogado, respondióme: 

— Amigo Fernando, tú eres para nosotros ni más ni me- 
nos que un ciego de nacimiento á quien se le acaba de dar 
la vista en plena edad adulta: ha oído hablnr de muchas 
cosas, pero al verlas no las conoce ni comprende. Debes sa- 
ber que el África es boy una región pobladísima; que la 
civilización ha sentado en ella sus reales, y que en donde 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


3 » 


liasta tu época sólo imperaba el desierto, éste ha desapa- 
recido por completo después de la gran invasión. 

— Yo sabía tanto como antes! No comprendía nada. 

Y entendiólo así, en efecto, González, cuando prosiguió 
diciendo : 

— Hay ciertos hechos en los que se ve claramente mar- 
cado el impulso del Ser Supremo: los hombres marchan 
inconscientemente hacia la solución de grandes problemas 
siendo simples factores. El hombre que marcha con un pro- 
grama fijo á realizar, es un imbécil ; lo imprevisto es la ló- 
gica de la vida, y los grandes problemas se resuelven sola- 
mente por influencia de fuerzas superiores que él no concibe 
ni comprende, las que lo convierten en simple factor, arras- 
trando la oleada humana como el vendaval furioso arrastra 
en su fiero impulso las hojas que del árbol se desprenden. 
Arriba de la inteligencia humana está la universal: la del 
Ser Supremo. A fines del siglo xix todas las naciones eu- 
ropeas extendieron sus dominios sobre las costas africanas. 
¿Qué iban á buscar? ¿Iban á colonizar? No, pues la colo- 
nización era contraproducente; todos los pueblos que sur- 
gían en pos del impulso colonizador de una nación de otro 
continente llevaban el virus de la independencia. Eran laa 
colonias para las naciones, lo que los hijos para los padres: 
adolescentes, producían gastos; cuando llegaban á la edad 
viril, cuando ya podían y debían ayudar á los padres, se 
declaraban independientes y no sufrían la tutela de nadie. 

La Europa iba avanzando sus dominios en el africano 
sucio. Cuando se repartieron las costas, empezó la invasión 
interior. Iban invocando el pretexto de civilizar! Santo 
Dios! Ellos iban á civilizar llevando el germen de las co- 
rrupciones de treinta siglos! en medio de los que languide- 
cían estes razas degeneradas La degeneración aumentaba 
de día en día, las enfermedades de la sangre y el alcoho- 
lismo, con todo su séquito de perturbaciones, baldan hecho 
de la raza de tus padres una generación decrépita, neuró- 
tica, con toda su retahila de males inmorales. La Europa 
necesitaba una cura radical, y la Providencia señaló á laa 


FRANCISCO PIRIA 


40 

.1 .Wt,,. o.» lentamente debto emprender y 

Xh, (le verdad por conocida habla en la, palabra, 

, r . :i,, 7 pero yo aún no comprendía nada. 

rjna lucha tremenda ensebó á la China que había lle- 
udo la hora de su resurrección. A principios del siglo xx, 
el príncipe belicoso Ta-ki-tay emprendió la gran reforma 
social v militar. Millares de asiáticos fueron enviados a 
Europa para aprender todos los oficios que ejercían los eu- 
ropeos, mientras que en el interior del país se organizaban 
las milicias con arreglo á los más adelantados sistemas. 

Pocos años después, inmensa flota de buques, procedentes 
de la India, traían al continente europeo productos indianos 
similares á los que Francia. Alemania, Inglaterra, Italia y 
demás naciones europeas producían. En vano se imponían 
fuertes derechos aduaneros: no se podía resistir el empuje, 
pues el asiático, con su medio de vivir miserable, producía 
artículos por menos de la décima pnrte de los que fabrica- 
ban los europeos. Así que todas las manufacturas cayeron 
de una manera espantosa, y los europeos, al proveerse para 
su consumo de artículos asiáticos, no hacían mas que qui- 
tarse el trabajo, reduciéndose todos insensiblemente a la 
más completa inacción y á la más tremenda miseria. El pe- 
ríodo fué breve, pero la raza mongola lo supo aprovechar, y 
los millones que había acumulado la Europa, en menos de 
una década pasaron al continente asiático. Las finanzas 
europeas fueron amenazadas por una tremenda crisis, la 
bancarrota fué general, los pueblos languidecían en la ma- 


yor miseria. . . 

La Inglaterra había perdido sus caudales; y sus minas de 
carbón, quo durante tanto tiempo derramó por todo el orbe 
en cambio del oro que acumuló en sus bancos, ya no le 
servían para nada: las fábricas se cerraron todas como por 
encanto. 

U na resolución suprema se imponía como consecuencia 
lógica, y no se hizo esperar. 

Por otra parte, una pequeña desviación del polo Norte, 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


41 


tocado indudablemente por el dedo de la Providencia, si 'O 
me permite la figura, hizo casi imposible la vida en Rusia 
V allí, hacinados en lo que quedaba de habitable en es • 
región, estaban cien millones de seres humanos prontos a 

romper la valla, á huir del frío. 

La Italia, España, Portugal y Francia se unen en alianza 

con la Inglaterra para resistir la avalancha. 

Esta confederación fué la que dió el grito de alarma, ce- 
rrando los puertos á todo producto indiano. 

Las demás naciones, por instinto de propia conservación, 

imitaron el ejemplo. 

Desgraciadamente ya era tarde! . . 

La raza mongólica estaba en pleno apogeo: riendo ho - 
bres v dinero, formó una imponente Confederación > a - 
mando doscientos millones de soldados invadió la Europa 
por la frontera de Rusia; ésta, no podiendo resistir el tre- 
mendo empuje, se echó sobre Alemania, Austria- Hungría, 
Bulgaria, Rumania v demás estados limítrofes, formándose 
así la Confederación Nórdica. Fuó en ese momento que se 
decretó la Unión Germánica, arrastrando en pos de si a las 


naciones que acababan de confedeiarse. . ... 

La Confederación latino-sajona, no pudiendo resistir al 
doblo empuje, emigró al África, después de haber dado la 
gran batalla campal que se llamó del Caspio, en donde mu- 
rieron más de veinte millones de chinos y como treinta mi- 


llones de los coaligados. 

La guerra á estos invasores fuó horrible: se les envene- 
naba la comida y las aguas por donde quiera que debían 
pasar. La mortalidad era inmensa. El entrevero de las ra- 
zas europeas fué extraordinario, y de ahí surgió la nueva 
generación. La gran guerra duró tres años, y se habría eter- 
nizado á no ser por el invento de Yarnoki. 

— ¿Y cuál fué el invento? pregunté. 

—La bala bomba explosiva, contestó González, que, al 
chocar con un cuerpo, resultaba envenenado el ambiente 
en una circunferencia de cien metros: todo ser viviente que- 
dada muerto instantáneamente. Después de tres nños de iu- 


42 


FRANCISCO FIRIA 


cha, en quince días terminó la guerra el gran \ arnoki, al 
mando de 200 hombres! 

Este sabio, con sn notable invento, había puesto fin á las 
guerras. 

De los doscientos millones de chinos, apenas irnos qui- 
nientos mil hombres pudieron reenipatriarse. La guerra si- 
guió hasta los (íltimos confines de la India, que fué aniqui- 
lada y destruida completamente. Ei gran Yarnoki murió 
asesinado por una joven japonesa, la que vengó en él la 
destrucción de su nacionalidad, perdiéndose así el gran se- 
creto del sabio. 

—¿Y quién ocupa esos territorios? pregunté ávido de sa- 
ber el desenlace de tan tremenda lucha. 

— La República Rusa, contestó Orestes. 

— Terminada la gran guerra, todas las naciones volvieron 
<á sus dominios; pero el impulso ya le había sido dado al 
África, se había inundado el Sahara y la civilización domi- 
naba el continente. Del conjunto de la civilización de las 
naciones europeas, emprendido á fines de esa época, surgió 
la gran Confederación africana, que actualmente cuenta 
más de cuatrocientos cincuenta millones de habitantes. 

Yo estaba atónito ante la narración de hechos tan culmi- 
nantes. 

— Fué durante ese período que tomó gran impulso la 
emigración al Río de la Plata, prosiguió diciendo mi inter- 
locutor. 

—Amigos míos, interrumpió Temístoeles, ya le sobrará 
tiempo á Fernando para enterarse de las grandes evolucio- 
nes. Si ustedes gustan, pasemos á tomar un néctar al salón 
de música. 

Los comensales no se hicieron de rogar, y precedidos por 
nuestros huéspedes, pasamos al salón de música. 

lira éste una pequeña pieza cuyas paredes estaban cu- 
biertas de una luciente hoja metálica; pequeños divanes di- 
seminados en todas direcciones, y al lado de cada diván una 
mesita de alabastro en forma de estantes debajo, en donde 
había abundantes periódicos. 


El. SOCIALISMO TRIUNFANTE 


43 


Sobre cada mesa una pipa turca, un tarro de alabastro 
lleno de tabaco y una caja de cigarros. 

— Ya veo, dije dirigiéndome á Orestes, que aunque pre- 
conizado en todos los tonos en mi época, como nocivo á la 
salud el uso del tabaco, á pesar de haber transcurrido dos- 
cientos años no os habéis podido sustraer á su influjo. 

— Es que los vicios humanos, una vez adquiridos, no se 
pueden extirpar, pero sí modificar lentamente; y entonces, 
lo que abusando fué vicio y como tal nocivo, usándolo es 
placer y agradable, respondióme el joven. \ osotros fuma- 
bais mal y bebíais peor; segón leo en las crónicas de tu 
tiempo, la juventud se estragaba en medio de los placeres 
abusando: dejaban, pues, de ser placeres, desde que el abuso 
prolongado del placer engendra el dolor. En efecto: ¿qué 
otra cosa es el dolor sino un placer violento? Jóvenes 
había en tu tiempo que hacían gala del vicio: repugnaban. 

Todo es cuestión de épocas, de ambiente, de costumbre. 
Nuestra juventud hace gala de virtud: es estimada y agrada. 
Nosotros fumamos, tomamos licores, bebemos excelentes 
vinos de todas partes del inundo, hasta el néctar africano; 
pero no abusamos de ellos: el abuso del placer engendra 
náuseas á los sentidos delicados. Esto lo sabe nuestra ge- 
neración; y un joven que se entrega al vicio es conocido por 
el Tribunal de Moralidad Pública, amonestado al princi- 
pio; y desgraciado de él si no se corrige, pues es un leproso 
en nuestra sociedad. 

— ¿ Qué Tribunal es esc que has nombrado? pregunté. 

— Ya te lo explicaré oportunamente, dijo Temístocles. 
Ahora no es el momento: nos sobra tiempo. 

— Nuestro tabaco, por otra parte, no sólo es inofensivo, 
sino que es tónico, es higiénico, y en vez de ser una ame- 
naza para la salud como lo usabais vosotros, para nosotros 
es útil y agradable, siendo un bálsamo para las cuerdas vo- 
cales. En tu edad los médicos lo prohibían á los que sufrían 
de la garganta: producía alteraciones en el sistema ner- 
vioso, daño al corazón y á la vista. Hoy, en cambio, se les 
receta á los que sufren de esas afecciones. 


44 


FRANCISCO PIRIA 


—Indudablemente ustedes han cambiado al hombre! ex- 
clamé yo. 

— No; simplemente hemos corregido el vicio. 

Pero, repuse, si el tabaco contiene el veneno que pro- 
ducía todas esas alteraciones en mi época, convengamos en 
que si el uso del veneno en grandes cantidades es malo, 
no lo es menos tomándolo en regular dosis como lo hacéis 
vosotros; el envenenamiento, aunque más lento, no por eso 
dejará de producirse : todo es cuestión de tiempo. 

— Es que iba á observar González, cuando sin in- 

terrumpir el curso de la conversación, proseguí diciendo: 

— Ruégote, Telémaco, que me permitas continuar mi ob- 
servación ; á lo que accedió mi interlocutor, indicándolo 
con un suave movimiento de la diestra. 

— Lo mismo que digo de vuestros tabacos, lo haré exten- 
sivo á vuestros vinos, proseguí; pues no los veo desterrados 
en ninguna parte. Es verdad que son ricos, pero ¿acaso 
sólo los vinos que no son finos hacen mal, alterando la 
salud, abusando de ellos? ¿Y los pobres acaso pueden to- 
mar vinos finos ? Y los licores, si eran malos en mis tiem- 
pos, ¿ porqué no lo serán hoy y siempre? ¿O es acaso que, 
como ya lo insinué, habéis cambiado la naturaleza del hom- 
bre, haciéndolo refractario á todo lo que le puede hacer 
daño? 

Un caballero que hasta entonces había permanecido ca- 
llado, hombre de unos 55 años, que al presentármelo me 
dijeron llamarse Horacio Fonty, tomó la palabra, diciendo: 

— Hay mucho de esto, amigo Fernando; el hombre ha 
sido durante este siglo y parte del pasado, la gran preocu- 
pación del hombre! 

Hijo de una edad embrionaria, la que á su vez fué nieta 
y heredera forzosa de otra edad de grandes errores y tre- 
mendos crímenes, los hombres de tu siglo debieron adap- 
tar sus adelantos evolutivos al medio ambiente en que vi- 
vían. 

Los titulados progresos materiales, que eran los que no 
chocaban con los resabios y prejuicios del pasado, tomaron 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


45 


lentamente acomodo en esa época ; pero los morales no te- 
nían cabida, y sólo á pequeñas dosis los fué asimilando la 
humanidad. Tu siglo se conoce por el siglo de la mentira. 
Vosotros vivíais en medio de ella y la usabais en todos 
vuestros actos. Con razón en tu época se suprimió anual - 
mente la fiesta tradicional del Carnaval, heredada desde 
los tiempos prehistóricos. — «Abajóla careta ficticia quo por 
pocos días se coloca la humanidad, dijeron los hombres de 
entonces, y siga el antifaz natural que todos llevan desde 
la cuna á la tumba!» . 

Todo era mentira convencional en tu época. Religión. 
Patria! Hogar! Familia! Gobierno! Moral! Honradez! 
Amistad! ¡Cuántas veces reposaban sobre la mentira ! 

— No, repuse impaciente y como si me hubiese azotado 
la cara con un látigo. — No, Horacio, tus afirmaciones care- 
cen de fundamento en absoluto: todo no era mentira; no, 
no, y mil veces no! exclamé arrebatadamente. 

— Cálmate, respondió pausadamente Horacio y sin in- 
mutarse; ¡cómo se conoce que eres hijo de tu siglo! — edad 
desgraciada en que los hombres discutían á gritos. ¿ Acaso 
tienen más fuerza las razones porque se alegue sobreexcita- 
damente? Pero yo compadezco á tus coetáneos. Es induda- 
ble que había sus excepciones, pero ya es sabido que las 
excepciones no hacen regla. 

En tu época la excepción era el bien ; en la nuestra la 
excepción la constituye el mal. Como te decía, nosotros, y 
con nosotros toda la generación de este siglo y gran parte 
del pasado, se preocupó tan luego de lo que más habíais ol- 
vidado vosotros: del hombre. En tu época se cuidaban 
mucho de la cría de los animales, se mejoraban las razas 
hasta de los conejos, empezando por la de los caballos y el 
ganado vacuno y lanar: la selección de los animales era el 
constante afán de los hombres de fortuna.— La bestia hu- 
mana estaba relegada al olsúdo, al abandono más criminal 
é inicuo. ¡Y se hablaba de humanidad! Es cierto que es- 
tabais bajo el imperio de la mentira! No te ofendas, Fer- 
nando; reflexiona cuanto voy á decirte, y después, tú que 


46 


FRANCISCO PIRIA 


eres joven y tienes mente sana y recto criterio, juzgarás. 

Yo callaba. Con un movimiento de cabeza di la prueba de 
mi asentimiento, es decir, que escuchalta. 

— Las naciones en general,, prosiguió Horacio, permitían 
la fabricación y la introducción de las peores bebidas alco- 
hólicas preparadas con sustancias nocivas á la salud. — 

¡ Poco se les importaba! El caso era cobrar fuertes impues- 
tos! Esos venenos, que otro nombre no merecían, eran 
expendidos al pueblo, que lentamente se envenenaba, y así 
se creaba una generación de éticos, escrofulosos, epilépticos ; 
en fin, una raza con todos los signos evidentes de la más 
tremenda y criminal de las degeneraciones. Así es que le- 
yendo las crónicas, se viene en conocimiento de los crímenes 
tan abundantes como nefandos bajo la acción que en los 
organismos producía el alcohol. El alcoholismo engendraba 
al criminal : éste nacía desgraciadamente condenado para 
tal fin, y eran los gobiernos y la sociedad de tu época los 
que echaban los gérmenes de la destrucción y degeneración 
humana. Mientras se aniquilaba el animal racional, los go- 
biernos discernían premios al que mejoraba el irracional ! 
¡Y se hablaba de humanidad! Pero el uso y abuso del 
alcohol, cuanto más era su expendio, mayores eran las rentas 
que los gobiernos percibían. Y los gobiernos de tu desgra- 
ciado siglo, de lo único que se preocupaban era de percibir 
impuestos, no teniendo para nada en cuenta la salud, ni la 
vida del pueblo, ni el porvenir de las futuras generaciones. 
Y esos dineros arrancados al pueblo explotando y fomen- 
tando el vicio y la degeneración humana, servían sólo y úni- 
camente para regalarse muellemente en el banquete nacio- 
nal los que vivían á costa del sudor, de la sangre, de la 
vida y de la salud del pueblo ! 

Horacio se detuvo, pasó su plana y afilada mano por la 
luenga barba, y mirándome benévolamente, prosiguió di- 
ciendo : 

— Con razón los hombres de tu edad envidiaron más de 
una vez la suerte de los animales ! ¡ Desgraciado del que na- 
cía pobre! Es verdad que inventasteis la educación común, 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


47 


pero también la educación de tu edad fué otra mentira. 

— ¡Cómo! exclamé yo impaciente. ¿También el sistema 
vareliano? 

— Yo hablo de la educación en general, prosiguió Hora- 
cio ; no me concreto á la que se daba en nuestro Estado, 
bastante incompleta, deficiente, cara y algo exótica; y como 
verás cuando te enteres de nuestro sistema de educación, 
■estabais bastante atrasados con vuestro decantado varelia- 
nisino. 

«Hemos abierto escuelas elementales y fomentado las uni- 
versidades,» decíais. 

¡Cuánta ironía encerraban vuestros decantados progre- 
sos! 

¿Qué queríais que hiciera de vuestra titulada educación 
el analfabeto de la víspera, á quien en su casa faltábale el 
pan, el aire y hasta la luz, viviendo en la pocilga inmunda 
del conventillo? 

¿Qué iba á hacer con vuestra mentida educación, el hijo 
del pobre y bruto chacarero, cuando, para frecuentar la es- 
cuela, cercenábase el pan en el hogar, al que volvía al dejar 
la clase para atender las rudas y primitivas tareas? A ese 
niño á quien apenas se le ensebaba malamente á leer y es- 
cribir, en llegando á la edad viril se le cazaba como á un ilota 
para encerrarlo en una de las bastillas conocidas entonces 
por cuarteles, en donde hasta se le cambiaba de nombre y 
se le doblegaba el carácter altivo de nuestra raza con el 
vil garrote, cuando no por el entonces moderno sistema de 
los azotes aplicados sobre el desnudo cuerpo con la ceja- 
dero, puesto en práctica por más de algún desalmado. 

Para enseñarles á leer y escribir á las multitudes y de- 
jarlas después en la misma condición mísera en que se en- 
contraban antes, cuando no peor, más valiera dejarla* tran- 
quilas vegetar en su ignorancia, pues lo que se hacía no 
era otra cosa que preparar aceleradamente la revolución, 
desde que no era posible que aquel desgraciado, llegando á 
comprender y darse exacta cuenta de su mísero estado, se 
conformara con ello. 


4S 


FRANCISCO I’IRIA 


Procediendo así, sentábanse las bases de la gran revolu- 
ción social. ¡Y ésta no se hizo esperar! 

Casi todas las grandes verdades sociales empezaron por 
ser declaradas absurdas ; más tarde parecieron pasables, y 
finalmente evidentes á todos. 

Sin el coraje de desafiar el ridículo, exponiéndose á ser 
tachados de visionarios, muchos progresos no habrían sido 
posibles, y muchas calamidades no se habrían evitado. 

Pero como si eso fuera poco, casi en todas las escuelas 
del mundo se ensebaba religión! ¡Qué sarcasmo! La reli- 
gión ensebada por un maestro laico que no creía en ella, era 
una verdadera profanación; ensebada en cambio por un 
cura enemigo de la instrucción libre, no era menos perjudi- 
cial; suprimida por completo, dejaba un vacío allí en donde 
el maestro no sabía ó no podía aún infundir el sentimiento 
del deber, puesto que faltaba la base fundamental que sólo 
se empasta en el hogar. 

¿Á qué conducía esa escuela obligatoria de dos ó tres 
abos para el hijo del pobre jornalero, que al volver á su 
mísera vivienda sólo encontraba la miseria y el hambre? 

Todo era contradicción con lo que acababa de aprender 
en la escuela. 

Allí, cubierto de harapos, ó poco menos, sentábase aliado 
del hijo del pudiente, bien vestido y mejor alimentado, que 
le miraba como á un ser inferior. 

Y osa mente joven empezaba por preguntarse en dónde 
estaba la igualdad de que tanto oía hablar. 

¡Ay! desgraciados de aquellos á quienes en sus juveniles 
abos no embalsamó nunca su espíritu una dulce y amiga 
sonrisa. 

La escuela antropológica de esa edad afirmaba que el 
hombre nacía criminal, y agregaba que la educación del 
hogar, primero, y la escuela después, estaban encargadas de 
formar al ciudadano arrancándolo del fatal sendero. 

Dado por sentado este principio, ¿ no era acaso la sociedad 
la única culpable si en el desgraciado nibo, sin amor en el 
hogar, menospreciado en la escuela, con una sombra de ins- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


49 


tracción que le hacía vislumbrar derechos, formado en un 
ambiente de desigualdad que le hacía menospreciar deberes, 
surgía el hombre fatalmente predestinado al mal? 

¿Procedía acaso con criterio la sociedad cuando, en ve* 
de educar al niño, perseguía al hombre, y en vez de curar 
á un enfermo lo ajusticiaba? 

Cuando el niño regresaba á su casa, se engolfaba en un 
mundo que era la antítesis del que entrevio y aprendió á 
conocer con la imaginación en la escuela. El hombre, en 
cambio, se encontraba en una sociedad que era la negación 
de todos aquellos principios que desde niño aprendió á te- 
ner como indiscutibles y fundamentales. 

El hombre trabajador, artesano, agricultor ú obrero vivía 
y moría sobre el yunque del trabajo: el día que no traba- 
jaba, no comía! Con razón se decía en tu época miserable: 
«los pobres no tienen el derecho ni de enfermarse!» ¡Cuando 
el pobre caía enfermo era para morir! Su único afán, su 
constante aspiración, vivir envenenándose con los alcoho- 
les para desechar penas, y aspirar á morir para descansar 
délas fatigas. ¡Los hijos! Cuando eran pequeños, mil tra- 
bajos para criarlos y alimentar esas bocas que aumentaban 
á medida que la miseria crecía y las raciones mermaban; 
cuando podían ayudar en algo secundario, el Estado obli- 
gaba á los padres á que los enviaran á la escuela. 

¿La educación común? ¿la igualdad? ¡la mentira de tu 
siglo infame! Más valiera dejarlos en la ignorancia de su 
condición misera y de su miseria minuta! 

I n lustre brusco de educación falsa; y cuando el joven 
podía empezar á ser útil á sus padres, á quienes tantos 
afanes les había costado, el Estado se apropiaba de ól como 
una bestia para condenarlo al servicio militar. Esto lo ha- 
cían las naciones civilizadas; vosotros, en las tituladas repú- 
blicas sud-amencanas, que Ututo teníais que envidiar y apren- 
der de las monarquías, procedíais de manera bien distinta. 

Aquí en América se cazaban los hombres como bestias 
salvajes! Y hablabais de libertad! de igualdad! de frater- 
nidad! 


4 


50 


FRANCISCO PIRIA 


Los niños que no podían frecuentar las clases iban á las 
fábricas y á los talleres á reventar como animales; y 
las niñas, esas que estaban destinadas á llevar en su seno 
el germen de las futuras generaciones, ingresaban desde 
que el sol salía hasta que la noche las sorprendía en los 
talleres, en donde permanecían doblegadas ante el con- 
tinuo trabajo, desarrollándose penosamente bajo aquella 
labor incesante, la alimentación mala y escasa, el ambiente 
viciado, sin aire, sin luz, sin sol; pálidas, débiles, anémicas 
y demacradas, llevando impreso en el semblante el sello 
de la degeneración : una raza de niños con caras arrugadas, 
con ojos sin expresión, el cuerpo encorvado, extenuado 
por el trabajo incesante. Eran niños viejos y enfermizos! 
Y así se preparaba la raza futura ! Y os causaba asombro 
si el sentimiento de la patria no encontraba eco en sus co- 
razones, ni en la mente una chispa de inteligencia ; si allí 
no había nada, ni podía germinar una idea generosa ! 

Aquellos seres se formaban odiando á la humanidad, 
odiando á su patria, que era más ingrata con ellos que con 
las bestias; á esa patria que les quitaba el pan «le la boca, 
que los ataba al yunque desde la cuna hasta la tumba, en 
la que nacían, vivían y morían esclavos! 

Esa era la libertad de tu siglo! 

La primera chispa que brotó en la tierna mente del niño 
pobre, que la ley de educación comón y obligatoria forzó á 
frecuentar la escuela pública. 

Allá iba el desgraciado, cubierto de burdos harapos, á 
sentarse en los mismos bancos en que tomaba asiento el 
hijo del rico. El desgraciado pobre nacido en el mísero tu- 
gurio, medio muerto de hambre, concurría á pie, pasado de 
frío y cubierto de lodo en invierno, y allí á su lado veía 
sentado al hijo del rico, bien vestido, aseado y mejor nu- 
trido, al que el sirviente ó la misma madre había acom- 
pañado con todo cariño hasta la puerta del colegio, en 
donde entraba risueño, abrigado y acariciado por la afa- 
ble sonrisa del maestro mientras el niño pobre se es- 

cullía en la clase, procurando no ser ni visto. 


EL SOCIALISMO TRIUNFASTE 


51 


El hijo del rico se separaba de su lado, temiendo su con- 
tagio : así se lo recomendaban en el hogar. 

A eso la mentira mistificadora del siglo xtx le llamó la 
igualdad, que, según ella, debía empezar en los bancos de la 
clase! 


* 1° d 11 ® a hí empezaba era el vacío, que tan grande lo 
harían los años después! 

Así se le había ensebado en el hogar: despreciar al po- 
bre, mirarle con aire de superioridad, huir de su contacto! 

\ aquella débil cabecita, aquella tierna inteligencia su- 
fría la tortura horrible que sienten y sufren las almas sen- 
sibles; sí, porque la sensibilidad impresionable fué el lote 
hereditario de los desheredados de la fortuna. ¡Sólo su- 
friendo se sensibiliza el alma! 

Desde niño, la sociedad miserable lo humillaba, hacién- 
dole sentir todo el peso de la designa Idad!. . . 

A la hora de merendar, el niño de posición tenía su ca- 
nastdla provista de ricos manjares, pan blanco y buena 

fruta El niño pobre sacaba de su bolsillo un pedazo de 

pan negro y duro, y más de una vez. avergonzado, iba á co- 
merlo en un rincón, escondiéndose y regándolo con las lá- 
grimas que la iniquidad humana Je hacía derramar. 

¡Ah! ¡cuántos hombres han sido malos debido al veneno 
que en la tierna infancia engendró en sus almas la perver- 
sidad humana, la desigualdad humillante que la sociedad 
le infligió desde los primeros años en los bancos de la es- 
cuela al empezar á vivir! 


Horacio hizo breve pausa. A medida que hablaba, acom- 
pañaba con la acción á la oración. 

El auditorio escuchaba su elocuente y fácil palabra 
—Cuando el joven llegaba á la edad viril, prosiguió di- 
ciendo, la patria lo enrolaba en las filas de sus ejércitos. La 
Europa estaba armada. El equilibrio europeo así lo exigía. 
¿El equilibrio europeo? Otra mentira inventada por la mo- 
narquía para encadenar á los pueblos. 

En las reprthKcas no se invocaba el equilibrio, pero sí la 
«i™ dad del Estado. Y ,a„ laogo J JSLtm 


francisco piria 


52 

T , i„i •Rgtatio, los q«e las violaban, eran 

C”bL”Xe » S-i « - *— * - 

potar las leyes! de ¡mpuest03 4 los pueblos, á 

Mientras tanto se *, ^ ^ Al hombre que ganaba 

“íem'S » hubiese Wdo! Más 

locansto del triunfo de una idea, 
j Fué errado en absoluto su ideal . 

San, 0 bajTel árbol de la abundancia, que hacia sombra i. 

10 Aauel°que queriendo acelerar impacientemente el triunfo 
Aquel que q*" 51 u„ m «nitaria. se transfor- 

de una idea que él consideraba hu,niu " ” ’ 
maba insensiblemente de socialista en an.u-qu ^ 

¡Pretendía muchas veces conseguirlo suprimiendo cau 
tende en cuenta la violencia de los que domi- 
naban las vejaciones infligidas al pueblo, el ver a< ero 
saqueo 4 mansalva del fruto del trabajo honrado, usurpado 
por los que se enfeudaban el poder. 

Se perseguía al socialista como á una bestia feroz. 


EI. SOCIALISMO TRIUNFASTE 


53 


Ahí nacía el anarquista. 

¡ Y el anarquista mataba ! 

Eso era inicuo. Pero la sociedad, que había empezado poi 
despojarlo del producto de su trabajo, que cuando ese hombre 
reducido por el hambre y la miseria fué socialista, busco en la 
sociabilidad de su medio ambiente á los que como él pedían 
reformas justas y santas, lo persiguió inicuamente, priván- 
dole hafeta del derecho de reunión en ciertos países, persiguién- 
dolo, encarcelándolo é infligiéndole torturas. ¿ Ao fué ella la 
que en gran parte condujo al desgraciado al borde del abismo i 

El socialismo anárquico mataba. ... y la sociedad creía 
obrar mejor matando á su vez ! 


Se invocaban leyes. , . , 

; Ya! las leves que muchas veces fabricaban para su de- 
fensa los que se apoderaban del poder por asalto, para go- 
zar tranquilamente del fruto del trabajo de la comunidad! 

La sociedad perseguía al anarquista, al hombre que ella 
condujo al anarquismo, empujándolo en la senda del ham- 
bre, v le aplicaba la pena de muerte. . 

Siempre y en todos los casos, al anarquista, al recurrir a 
los medios reprobados, no lo guiaba el robo, pero bien si un 
sentimiento que él consideraba humanitario; creía librar a 
sus hermanos, vengar inocentes encarcelados unos y mu- 
riendo de hambre otros, ofreciendo así su vida en holo- 


causto de sus ideas. 

¿Que había perversos y malvados que se llamaban so- 
cialistas anárquicos? Es cierto: todas las doctrinas han 
tenido falsos profetas, almas perversas y malvadas que se 
han escudado bajo la égida del ideal liara satisfacer ven- 
ganzas, robos é infamias. . . . excuso hacer mención de los 
extraviados, desequilibrados, que en vez de enviar al ca- 
dalso, la sociedad debió encerrar en una casa de salud. 

Yo no pude detenerme sin preguntar: 

— ¿Y qué ha sido del socialismo? triunfó al fin? fué ani- 
quilado? 

— Ni triunfó ni fué aniquilado, respondió tranquilamente 


Horacio. 


FRANCISCO PIRIA 


— ¿ Luego existe? 

— El socialismo existe desde que Cristo sacrificó su vida 
en holocausto de la humanidad, pero el socialismo racional 
y no el absurdo que, como tú sabes, engendró la anarquía. 

Yo, si he de decir la verdad, no comprendía nada, y no 
hay que extrañarlo: ignoraba lo que había sucedido; pero 
lo que era evidente es que esa generación estaba en pleno 
socialismo, y la verdad sea dicha, si aquella sociedad era el 
fruto del triunfo de las doctrinas sociales, hay que confesar 
que ellas no habían sido tan malas! 

Horacio reanudó su discurso diciendo: 

— El anarquismo fué una llaga, en efecto; y en tu edad, 
con las medidas violentas que se adoptaban, no sólo no se 
corrigió, sino que se empeoró la enfermedad. 

Perseguidos los anarquistas á la luz del día, trabajaban 
en las tinieblas. Indudablemente los hombres de tu época 
no eran prácticos. También no es menos cierto que vi- 
víais en pleno neurotismo. 

Es como si un médico, al que le presentasen un cuerpo 
llagado, lo curara externamente con emolientes; mientras 
que para conseguir la curación radical, debería irse á la 
fuente de la enfermedad, destruyendo ó modificando la causa 
que la había producido. ¿Se podía destruir la causa aparente 
que produjo el anarquismo? No. Había que empezar por 
quemar todas las bibliotecas, cerrar las escuelas y encerrar á 
los anarquistas en manicomios, ó, mejor dicho, declarar ma- 
nicomio el mundo. 

¿Qué debía hacerse? Modificar las causas que producían 
el desorden. Y eso es lo que no se hizo. Voy, pues, á con- 
testar una pregunta que le has hecho á Telémaco, cuando 
le pedí que me cediera la palabra para tener el gusto de 
darte algunos detalles sobre nuestra sociabilidad actual. 
«Indudablemente ustedes lian cambiado al hombre,» decías 
tú; á lo que te replicó: «No, solamente hemos corregido el 
vicio.» 

Hemos eliminado del tabaco la nicotina, haciendo un 
néctar; hemos desalcoholizado nuestros vinos ó licores, 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


55 


haciéndolos agradables y deliciosos. liemos corregido los 
abusos del pasado; hemos hecho de la humanidad una fa- 
milia; hemos establecido la libertad, la igualdad bajo el 
imperio de la ley; hemos emancipado al hombre; hemos 
mejorado la raza humana, que tanto habíais despreciado vos- 
otros. Hemos enseñado prácticamente que el mejor amigo 
del hombre es el hombre, en vez de ser como en tu época, 
su peor enemigo, y la llaga del anarquismo ha desapare- 
cido, quedando triunfante en todo su esplendor y apogeo la 
gran doctrina redentora, la doctrina del socialismo razo- 
nado. 

La teoría de los gobiernos de tu siglo era empobrecer al 
pueblo, pues de esa manera se le dominaba más fácilmente; 
y, además, siendo precario su estado, debía trabajar cons- 
tantemente para vivir, faltándole el tiempo para preocu- 
parse de la cosa pública; teoría muy viable en los tiempos 
semi bárbaros, pero poco práctica en un siglo en el que tanto 
se escribía y leía, y en el que el pueblo, aunque pobre, re- 
cibía una educación superficial, pero la suficiente para no 
ignorar que tenía derechos que ejercer, y de los que se veía 
privado completamente. 

El mal consistía tan luego en que esa escasa educación 
era puramente intelectual y ninguna moral: no se le for- 
maba la conciencia de sus deberes, nsí que la escasa edu- 
cación intelectual no lo hacía capaz de practicarlos. 

Lamen nais decía: «La ciencia sin la conciencia es la ruina 
del alma ; la política sin la moral es la ruina de los pue- 
blos. » 

Tres grandes revelaciones poseía tu edad, de las que no 
supo aprovechar ni hacer el debido uso para los efectos mo- 
rales que con ellos debíais alcanzar: Gutenberg, Yolta, 
F ulton. 

Esos tres grandes benefactores de la humanidad no fue- 
ron comprendidos en tu época de mercantilismo. 

La imprenta debió divulgar las ideas de fraternidad lle- 
vándolas hasta los pueblos más remotos; el vapor debió su- 
primir las distancias y aproximar á los pueblos para que se 


56 


FRANCISCO FIRIA 


conocieran, y conociéndose los hombres se amaran y deja- 
ran de ser extraños entre ellos, mezclándose las razas que 
durante tantos siglos habían permanecido aisladas unas de 
las otras, encerradas bajo el límite férreo de estrechas fron- 
teras, degenerándose insensiblemente; y de cuyo entrevero 
debió surgir una raza fuerte, vigorizada, llena de vida y ge- 
nio, que con tales elementos de progreso, que la Providen- 
cia, por medio de tan insignes varones, le había revelado, 
debió regenerar todo el humano linaje. La electricidad de- 
bió ser para las naciones lo que el corazón para el cuerpo: 
comunicar todos los latidos de la familia humana. 

— Pero vosotros no tenéis escuelas obligatorias, por lo 
que deduzco de tus palabras. 

— Al contrario, nosotros tenemos la igualdad en la ins- 
trucción. Lo que no tenemos son fronteras, ese absurdo de 
tu época; lo que no tenemos son impuestos; lo que no te- 
nemos son ejércitos ; lo que no tenemos son aduanas ; lo 
que no tenemos es la propiedad territorial. Hemos resuelto 
el gran problema agrario, que ha estado más de veinte si- 
glos sobre el tapete humano, y en aras del cual empezaron 
sacrificando su vida los Gracos, y tantos nobles y abnega- 
dos mártires de Ja humanidad. 

— Indudablemente vosotros no conserváis nada de mi 
época ? 

— Sí, conservamos lo que vosotros teníais de bueno, pero 
hemos desechado por nocivo é inútil lo que teníais de malo. 

— Supongo que si habéis conservado lo que teníamos de 
bueno, ó lo menos en medio de esta gran catástrofe social 
habréis salvado la familia, el santo hogar de nuestra edad, 
la fortuna y la religión. 

— Tres mentiras de tu época, contestó Fonty. 

La familia, sí, la hemos conservado, pero con arreglo á 
nuestra edad de verdad, y no con sujeción á la tuya de 
mentira. 

Iba á responder, cuando Temístocles interrumpióme di- 
ciendo: 

— Ko faltiuá tiempo para explicarle á este hombre del 


EL SOCIALISMO TRIUNFASTE 


57 


siglo xix todos los adelantos 5’ beneficios del siglo xxi. 
Yo ruego al amigo Horacio que quiera suspender la diser- 
tación, y posó suavemente la mano en un pequeño botón 
eléctrico é instantáneamente abrióse la puerta por donde 
habíamos entrado, apareciendo un joven vestido todo de 
blanco trayendo una gran bandeja de plata cubierta de ta- 
zas llenas de un líquido aromático, las que fué depositando 
una por una sobre cada mesita, pues todos los comensales 
tenían una á su lado. 

¥0 no sabría explicar el gusto del agradable néctar. Solo, 
sí, puedo decir que era algo tan exquisito y delicado, que 
más que bebida de hombres, parecíalo de dioses. 

Supe después que era una infusión de las (lores de un 
arbusto que crecía en Islandia, y que el señor González era 
uno de los principales importadores en el Río de la Plata. 

En cuanto mis labios se posaron en el borde de la pe- 
queña taza, no pude resistir al deseo de sorberme todo el 
contenido. 

Rosalba, que me observaba, leyó en mi imaginación, y 
sonrióse con aquel candor y sencillez con que afablemente 
sonríen bondadosamente todas las mujeres de esta edad de 
oro, dirigiéndome la palabra. 

— Has hecho muy bien en apurar de un sorbo la taza del 
néctar : así se hacía en tu edad, ¡oh Fernando! pero por 
eso no te preocupes, que ya traerán más. 

Y en efecto, al rato se presentó el joven trayendo otra 
bandeja cubierta de pequeñas ánforas de plata llenas de la 
misma bebida, las que fué colocando de nuevo en cada 
mesa. 

Cerróse suavemente la puerta. 

Cada comensal encendió un cigarro, mientras Temísto- 
cles tiró de un pequeño cordón de seda, y aparecieron ins- 
tantáneamente, en una lámina metálica muy reluciente, 
escritas las piezas y trozos de música que en el gran Odeón 
Nacional de beneficencia se ejecutaban en ese momento. 

— Puedes escogerla música que más te agrade, díjome la 
señora Azucena ; pues como para ti es esto una novedad y 


58 


FRANCISCO P1RIA 


eres el recién llegado & nuestro siglo, tienes la elección. 

Agradecí la atención, dirigiendo la mirada al Mane- 
Texel - Phares que de improviso presentóse á nu vista. 

¡Qué programa variado! 

Yo pedí al acaso, sin darme cuenta, sin discernimiento, 
máxime siendo para mí completamente ignorado el nombre 
de los famosos autores de las distintas producciones anun- 

Wals de Rodrigue*,, decía uno de los renglones; y 'vals 


de Rodríguez, indiqué. 

¡Qué música! Una armonía celestial de violmes con 
acompañamiento de arpas y otros instrumentos desconoci- 
dos para mí, llenó el ambiente. 

Mi entusiasmo crecía á medida que las delicadas notas 


embargaban todo mi ser. 

La joven Rosalba indicó después una armonía de Ros- 
setti, ejecutada por el harmonium. Aquella música sa- 
grada, suave como el perfume délas flores, llenóel pequeño 
salón. Yo no perdía ni una nota. 

Nunca había sobado, en mi época, que la música pudiese 
ser sentida de tal manera. Es que en mi época tenían los 
hombres demasiada tensión nerviosa: ya de ello me iba 
convenciendo. 

Telémaco González me explicó cómo por una insigmhcan- 
cia mensual se tenía el abono ú los distintos centros musi- 
cales diseminados en la ciudad, y que no había casa alguna, 
por mediocre que fuese su posición, que no tuviese su sa- 
loncito de música. 

Así, de trozo en trozo y en medio de las mas sua\ es me- 
lodías, bebiendo de cuando en cuando un sorbo de néctar 
y saboreando ricos cigarros, pasamos la velada, hasta que el 
reloj dió las 22, hora destinada invariablemente al des- 


canso. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


59 


TERCERA JORNADA 


Al ilíu siguiente, Júpiter, después de haber hecho el des- 
ayuno en medio del jardín, rodeados de pííjaros y floies, 
entre el espeso follaje templado por los rayos del sol na- 
cíente que besaban la» flores, las que estremecidas al óscu o 
del astro rey abrían sus pétalos, exhalando aromática tra- 
gancia, Rosal ba invitóme para hacer una gira; pues esa ma- 
ñana se había comprometido á servirme de guía. 

Temís tóeles tenía que acompañar á Orestes al Ministerio 
de Obras Públicas para recibir el premio que se le había 
adjudicado por su notable trabajo presentado al concurso 
para las obras de canalización y navegación del Departa- 
mento de Rocha, de que tendré ocasión de hablar más ex- 
tensamente, pues se le había designado ese día por ser fes- 
tivo. 

Debo hacer una aclaración ante todo, pues creo que he 
dicho que ese día era Júpiter, y el lector se habra quedado 
en ayunas, pues nada de extraño habría desde que á mí me 
ha sucedido lo mismo. 

Los habitantes de este siglo de libertad y fraternidad, al 
sacudir el atavismo de los siglos que le precedieron ; al re- 
chazar todos los usos y costumbres que el eufemismo du- 
rante tantas generaciones se traspasaba; al despojarse de 
todo lo malo que de padres á hijos se heredaba, en lo mo- 
ral y en lo físico, quiso que la reforma fuese completa. Su- 
primieron los meses del año, pues no significaban nada, 
sustituyéndolos por las cuatro estaciones, como ya dejo di- 
cho. Los meses habían sido cambiados completamente de 
lo que fueron en su origen ; pues Septiembre, que debía 
ser el séptimo mes del año, era el noveno ; Octubre, que era 
el octavo, con el cambio fué décimo ; y Noviembre y Di- 


60 


FRANCISCO riRIA 


ciembre, que debieron ser noveno y décimo, eran undécimo 
y duodécimo. 

IjO mismo fué sustituido el calendario, en el que figuraban 
tantos pollroni, y algunos no muy santos santificados; si 
bien no se podía negar que había en la retahila muchos 
santos varones. 

Sea de ello lo que fuere, el calendario fué declarado nulo, 
y en el gran Congreso internacional del año 2050, cele- 
brado en Constantinopla, se reformó completamente. Hoy 
los días del año sólo sirven para recordar las grandes efe- 
mérides, los nacimientos ó fallecimientos de los grandes 
protectores de la humanidad, los grandes genios benefac- 
tores. 

El calendario de este siglo es el canto del progreso, es 
una recopilación de historia al alcance diario de todos. 

La gran iniciativa de reformas no podía dejar subsisten- 
tes los días de la semana, muchos de los cuales nada sig- 
nificaban ; y así como dividió los períodos del año en cuatro, 
dedicados á la Naturaleza ; así como destinó los días del 
año al recuerdo de lo útil y grande para la familia humana, 
también al suprimir los nombres de los días de la semana 
sustituyólos por otros con que rendía homenaje á los astros 
de la constelación de que forma parte y conjuntamente 
con los cuales gira nuestro planeta al rededor del hermoso 
sol que nos da vida, luz y calor. 

Al efecto: . 

Neptuno es el Lunes antiguo. 

Marte es el mismo día de antes. 

Urano sustituyó al Miércoles. 

Venus á Jueves, que representaba á Júpiter. 

Saturno á Viernes. 

Mercurio á Sábado. 

Júpiter á Domingo. 

Es por eso que dije al empezar esta jornada, que era Jú- 
piter. 

Aunque día de fiesta, la Casa de Gobierno está abierta 
hasta las doce del día. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


61 


A las nueve de la inanana, los Altos Poderes del Estado 
concurren ni templo á rendir homenaje al Ser Supremo, y 
el pueblo en masa acompaña al Gobierno, pues estamos en 
un siglo que los que mandan y los que obedecen van de 
perfecto acuerdo. 

A las 10, el Supremo Consejo de Estado se reúne en la 
Casa de Gobierno, y de 10 á 12 es la hora destinada para 
premiar á los ciudadanos que se han hecho acreedores á 
recibir distinciones por sus méritos, estudios ó acciones he- 
roicas y humanitarias. 

Nuestra gira debía ser breve, pues í la hora indicada de- 
bíamos estar en la Casa de Gobierno para presenciar el acto. 

A Fonty lo embargaban ocupaciones de otro orden, pues 
esa misma tarde debía dar una conferencia pública en el 
estadio del Sud; pues según me explicaron, hay en Monte- 
video cuatro grandes edificios, uno al Sud, otro al Norte, 
otro al Este y el último al Oeste, conocidos bajo el nombre 
de estadios. 

Cada uno de éstos tiene capacidad para diez mil perso- 
nas; sirven para puntos de reunión de los ciudadanos, es- 
tán siempre abiertos y sus bibliotecas llenas de millones de 
libros. ITay allí todos los periódicos del mundo, y día á día 
se celebran en ellos conferencias públicas, á las que con- 
curre el pueblo, pues es una de las mayores ocupaciones la 
instrucción. 

En el centro de la ciudad está el Ateneo, con capacidad 
para cien mil personas; hablaré de ello más adelante. 

A la noche del día siguiente, un joven boliviano llamado 
Roberto Vinchi, debía celebrar en el estadio del Norte una 
conferencia sobre agricultura. 

Los días Júpiter las conferencias son de tarde y duran de 
las 14 á las 18. En el del Sud, como he dicho, daba su con- 
ferencia Fonty, y ya la víspera Horacio me había galante- 
mente invitado. 

El tema, por otra parte, era interesantísimo: «El socia- 
lismo anárquico del siglo xix y el socialismo progresista 
del siglo xxi». 


(J2 FRANCISCO PIRIA 

Se íl)ii á juzgar á mi siglo, y nada más natural que yo 
concurriera á la cita. 

I,a señora Azucena concedió el permiso á Rosalba para 
que me acompañara; así que terminado el desayuno, em- 
prendimos la marcha. 

¿Adúnde iba? Yo no lo sabía, pues mi bella y encanta- 
dora guía no me lo había manifestado. 

Lo único que yo puedo decir, es que todo cuanto veía era 
extraño para mí. 

Nuestro vehículo, rozando apenas el pulido pavimento, se 
deslizaba con extraordinaria velocidad. 

listábamos fuera del centro de la ciudad; las casas, ais- 
ladas unas de otras, rodeadas por pequeños parques, todas 
de bajo, pero con el piso á no menos de tres metros de al- 
tura del nivel del suelo; amplias escalinatas á los costados, 
peristilo al frente, casi todas con columnas de belleza ex- 
traordinaria, rodeadas de plantas, y flores, y pájaros, que al 
fin han concluido de huir de los hombres y se han hecho 
amigos, pues como es absolutamente prohibido hacerles 
daño, nadie los persigue; de manera que, donde quiera que 
uno se dirija, encuentra á esos cantores eternos que de con- 
tinuo exhalan sus hermosos trinos, que tanto alegran el es- 
píritu y halagan el oído; donde quiera que uno vaya, lo ro- 
dean y acarician, contribuyendo al encanto de esta vida 
que el hombre ha sabido hacer tan agradable en este siglo, 
cuando los de mi edad y los de las que los precedieron se 
empeñaron tanto en llenarla de espinas. 

¡Qué encantadores son los alrededores de la ciudad! 

¡Qué bién distribuidas las construcciones! Ya no hay 
aquella monotonía de las manzanas cuadradas, á que ren- 
dían homenaje los hombres de mi época. 

En ese entonces, Montevideo era un juego de damas, y el 
plan de la ciudad nueva otro juego igual, y el proyecto de 
la novísima ciudad, que del Buceo llegaba á la Unión, de 
la Unión al Cerrito, del Cerrito á lasDuranas, y de ahí al 
Paso del Molino, todos cuadritos, siemp-e los eternos y mo- 
nótonos cuadritos! 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


63 


Indudablemente los sabios cretinos de mi época no solta- 
ron nunca que llegaría un día en que nuestro país, poi su 
posición topográfica, por su clima, por sus grandes ríos que 
lo cruzan en todas direcciones, por su situación geográfica, 
la calidad de sus tierras y demás antecedentes; no sobaron 
ni concibieron siquiera que llegaría á ser éste un gran país 
fabril, y Montevideo, como capital de este país, estaría aho- 
gado por esos eternos cuadritos obligatorios que harían im- 
posible, con el andar del tiempo, la instalación de las gran- 
des fábricas que gradualmente han ido planteándose en la 
proyectada ciudad. 

Ya no se ven más los bosques y parques y jardines for- 
mados con plantas exóticas exclusivamente. 

El árbol y arbusto del país se encuentra en todas partes 
diseminado. Los habitantes de este siglo saben aprovechar 
lo que viene de otra parte, sin por eso despreciar lo que la 
Naturaleza les ha dado. 

Todas las casas de los alrededores tienen arriba de la 
azotea parques espléndidos, encerrados bajo paredes de cris- 
tales de colores, verdaderos invernáculos de flores tropica- 
les. Esos son los jardines de invierno, en donde se reúnen 
las familias y reciben á sus relaciones. 

Nuestro vehículo nos conducía con extraordinaria velo- 
cidad. 

— ¿Qué se habría dicho en tu siglo de una joven que sa- 
liera sola á paseo con un joven, apenas conocido? exclamó 
Ro'nlbn. 

— Á la verdad, señorita, que no me atrevo á daros la res- 
puesta ; sólo puedo deciros que esas cosas no sucedían, y que 
cuando por desgracia acaecían, se formaba una mala opinión. 

— Ya te dijo mi padre que el usted estaba de más entre 
nosotros. No veo por qué razón cada vez que me hablas, 
empiezas por donde debías ya haber terminado. 

— Así lo haré. Yo estaba confundido, á pesar de toda la 
franqueza y afable familiaridad con que se me trataba. 

Si debo ser franco, si me es permitido decir lo que yo 
sentía, lo que por mí pasaba era algo inexplicable. 


04 


FRANCISCO rrRIA 


Las miradas de Rosalba parecía que penetraban en el 
fondo de mi alma y leían mis pensamientos. 

Entonces yo me reconcentraba, quería esconder mis ideas; 
pero su dulce mirada y aquella eterna sonrisa que sobre sus 
purpúreos labios asomaba, parecían decirme : 

— Es inútil, ¡oh Fernando! que tú disimules lo que yo he 
comprendido. 

Inclinaba la cabeza como el que es cogido ¡nfraganti, y 
ella extendiéndome su blanca mano, apretaba fuertemente 
la mía. 

¡Lo había comprendido todo! 

¡Era el lenguaje de las almas! 

Así seguimos durante breve espacio. 

— ¡Qué desgraciada debió ser la mujer en la época en que 
tú has vivido! me dijo al rato Rosalba, interrumpiendo el 
silencio. 

—¿Y por qué lo dices? me atreví á preguntar. 

— Porque sé que las jóvenes del siglo xrx eran obliga- 
das á esconder sus sentimientos. ¡Ah! ¡cómo debe haber 
sido difícil para ellas esconder siempre su amor como si 
fuera una culpa! ¿Porqué razón la mujer de esa edad creyó 
que fuera vergüenza el amar al hombre sin obtener an- 
tes el permiso para enamorarse ? 

Á la veidad, prosiguió Rosalba, es algo curiosa la condi- 
ción en que el hombre había colocado á la mujer en tu 
siglo. 

¿Se resentían acaso los jóvenes cuando las niñas les ma- 
nifestaban sus puros sentimientos y su amor? ¿acaso no 
es natural que la flor sonría cuando el sol la acaricia? 

Yo no sabía qué contestar: no me había aún dado cuenta 
de oasi nada respecto á la sociedad en que me encontraba 
y que era para mí completamente desconocida. ¡Cómo po- 
dría responder! ¡cómo podría discutir! ¡cómo podría cri- 
ticar si lo ignoraba todo! Está bien que en mí siglo se pro- 
cediera así, pues los más ignorantes en mi época eran los 
que criticaban más; pero ni yo pertenecía á esa clase ni co- 
nocía el terreno que pisaba, y fué entonces que recordé un 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


65 


antiguo adagio, tan usado en mi siglo, que decía: «Al buen 
callar le llaman Sancho.» 

Callé, pues. 

Continuó Rosalba: — Las jóvenes de nuestro siglo no tie- 
nen reserva alguna en manifestar sus sentimientos al hom- 
bre que aman. La coquetería sería hoy tan despreciable en 
una señorita como en un joven. Una frialdad afectada que 
en tu época difícilmente engañaba al hombre, lo engañaría 
hoy, pues nadie se sirve de esos medios altamente repro- 
bados. 

Yo comprendía, sin embargo, que Rosalba tenía razón. 

¿Cómo podía ir una joven acompañada por un extrajDo, 
cuando ni le era permitido siquiera ir sola? 

— Los galanteadores mal educados, ó mejor dicho, educa- 
dos con arreglo á las costumbres de tu siglo, se reunían en 
los sitios más concurridos y allí vomitaban declaraciones 
amorosas sin sentido alguno, y algunos agotaban el reper- 
torio de las groserías. 

— ¿Y cómo saben ustedes todo eso? le pregunté. 

— Es que nosotros estudiamos los usos y costumbres del 
siglo xix, estamos al corriente de todo lo que sucedía en 
todas partes del inundo, y si escogemos para los estudios de 
las costumbres el dej^i edad, es porque el siglo xix fué he- 
redero forzoso de todo lo malo que inventaron los siglos 
que le precedieron, con la especialidad que en él se refina- 
ron las perversiones é inmoralidades. 

¡ Ese fué tu gran siglo ! 

Cuando nos detuvimos estábamos delante de la portada 
de un soberbio parque. Coronaba el arco monumental una 
estatua colosal hecha de mármol blanquísimo rodeada por 
una inlinidad de pequeñas figuras del mismo mineral. El 
grupo representaba al Nazareno circundado por los niños. 

Un joven de simpático aspecto abrió el gran cancel, se 
hizo cargo de nuestro pequeño vehículo, el que depositó en 
un salón contiguo destinado á tal fin. 

A un costado de la oficina de entrada había dos finos 
cordones metálicos, de uno de los cuales pendían una espe- 
6 


GG 


FRANCISCO PIR1A 


cíe de vehículos de aluminio, sin ruedas, tapizados con 
cuero de yacaré curtido y de extraordinario lustre. 

Rosal ha me invité á subir ¡í uno de ellos, con capacidad 
para dos personas, y una vez instalados en él, el encargado 
de la portería tocó un pequeño botón, y nuestro tren aéreo, 
suspendido de la cuerda metálica, empezó á marchar impe- 
lido por la pequeña caja de aire comprimido que tenía de- 
bajo, y mientras seguía la lenta marcha suspendido del ca- 
ble debajo del verde follaje, el movimiento que producía la 
rueda que giraba sobre el cable, impulsó el cilindro de una 
pequeña caja de música, la que tocó una de las más selec- 
tas melodías de Riseski, célebre compositor húngaro que 
alcanzó como tal gran celebridad en este siglo por sus com- 
posiciones que imitan tan al natural el canto de los pájaros, 
que, cuando éstos sienten una de las tantas melodías del 
célebre compositor, acuden en bandallas al rededor del 
instrumento que las ejecuta ; y tan es así, que no bajaría 
de un millar el número de pájaros de distintas variedades 
que nos acompañó durante el trayecto, que apenas duro 
unos diez minutos. 

¿En dónde estábamos? 

Difícil me hubiera sido adivinarlo, aunque evidentemente 
me hallaba al pie de una montaña; y en los alrededores de 
Montevideo, no conocía más que dos pequeñas montañas, 
si así puede llamárseles al Cerro y al Ccrrito. 

La pequeña montaña estaba cubierta materialmente de 
edificios; sus calles eran jardines públicos, y en la cumbre, 
sobre pedestal soberbio, los habitantes del siglo xxi habían 
erigido el monumento de la Fraternidad. 

Dos estatuas colosales se destacaban en la altura: pare- 
cían tocar el cielo. 

Preguntando á Rosalba quiénes eran esos personajes, me 
contestó : 

— Son los dos grandes caudillos fundadores de los par- 
tidos tradicionales, debido á los cuales permaneció durante 
casi un siglo dividida la familia oriental : Oribe y Rivera. 

— ¡Cómo! exclamé lleno de asombro y desdén á la vez, 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


G7 


¿qué siglo es éste, qué hombres y qué manera de pensar, 
juzgar y apreciar los hechos; con qué criterio se discierne 
hoy ? ¿ En dónde está vuestra fría razón, vuestra clarovi- 
dencia, si habéis levantado un niouumento para perpetuar 
la memoria de dos ambiciosos que tanto mal han hecho á 
nuestro país, que tanta sangre han derramado en aras de 
su» menguada» ambiciones, que han sembrado la desunión, 
la miseria y la muerte por donde quiera que han pasado? 

— ¡Cómo se conoce, ¡oh Fernando! que :í pesar del am- 
biente que hoy so respira, muy distinto del de tu época, no 
por oso has dejndo afín de ser el hijo de tu siglo: con todos 
los enconos, los odios, las pasiones violentas de un p: r;i- 
darismo exaltado! 

— No, Rosal bn, yo no he sido partidario de esos hombres, 
pues nunca fui blanco ni colorado. 

— Eso fué porque no naciste en su época, que si en ella 
hubieras nacido no te habrías librado del influjo del poder 
que ejercían entre sus admiradores, que los tenían, y de 
buena fe. Sin embargo, continuó, si tú no fuiste ni blanco 
id colorado, si condenabas los partidos tradicionales, perte- 
necería» indudablemente al partido que condenaba. 

Era.» partidario. 

— Sí, pertenecía al pitido que buscaba la felicidad de 
la familiu oriental en el imperio de la ley! 

— ¿Acaso el partido blanco y el colorado no empezaron 
de la misma manera? respondió Rosa Iba. 

Los hombres era lo que había que corregir, y vosotros, en 
vez de curar la causa, buscabais suprimirla atacando el 
efecto! 

¡Poníais diques al mar! 

Era lo mismo que si para atravesar un torrente, hicierais 
un mumllón en vez de construir un puente! 

El nombre era lo que menos importaba en tu época, pues 
había hombres que cambiaban de partido como de ca- 
misa. La posteridad, al disecar las mondas del partidarisnto, 
ha despojado toda la materia : queda, pues, el idenl. 

Iaj malo fué error, lo bueno fué verdad. 


GS 


FRANCISCO PIItlA 


Kn el error se incurre bnjo el dominio de la pasión, 
cuando el hombre no es hombre. La verdad se practica en 
posesión de los sentidos, y ella está inspirada siempre en los 
más puros y santos sentimientos. Terminada la lucha de 
la independencia, en que ambos combatieron con valor y 
denuedo al poder extranjero, vinieron las divisiones que en- 
gendra el deseo, la ambición de mando. 

" Iürera fué la encarnación genuina del caudillo de cam- 
paña, dada su instrucción y el medio ambiente en que se ha- 
bía educado y actuado. Oribe, á iguales causas debido, fué 
la representación del elemento de la ciudad. 

Si el fundador de nuestra nacionalidad no se hubiera re- 
tirado á las vírgenes selvas paraguayas, eligiendo una soli- 
taria expatriación ; si terminada la guerra de la indepen- 
dencia hubiera seguido actuando en el país, seguramente 
que la oleada de las pasiones incandescentes lo habría 
arrollado enrolándolo en uno de los dos partidos que na- 
cían á la vida pública, como fruto espontáneo de las des- 
medidas pasiones de los hombres. . 

La posteridad severa y justiciera á la vez, ha despojado á 
esos proceres de todo el atavismo de su época, lia reco- 
nocido los méritos, frutos del patriotismo; tomando en 
cuenta sus grandes obras, ve en ellos dos patriotas con 
grandes errores, pero con mayores virtudes. Las virtudes 
fueron en ellos fruto de su carácter: los errores eran debi- 
dos al medio ambiente en que actuaban. Ésta es la razón 
porque siendo esta generación justiciera, ante todo, ha le- 
vantado esc monumento en el que aparecen abrazados los 
dos grandes caudillos, para que los pueblos presentes > fu- 
turos sepan y comprendan que el engrandecimiento, la 
prosperidad y bienestar de las naciones debe fundarse en la 
fraternidad universal. 

Nuestro tren aéreo había salvado el espacio de la entrada 
al gran edificio central, en donde acababa de detenerse. 

- Allí, en medio de un bosque engarzado en el verde fo- 
llaje, surgía una construcción verdaderamente monumental. 

Estábamos en la costa del antiguo arroyo conocido por 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


G9 


Miguclete, y que actualmente lleva el nombre de Caridad. 

El punto en que nos encontrábamos era el antiguo paso 
de Casavalle. El gran edificio que tenía á mi frente era uno 
de los B orfanotrofios Nacionales. Medía una extensión de 
no menos de cincuenta mil metros de superficie, y sus par- 
ques y jardines abarcaban un área de cien hectáreas. 

En estos Horfanotrofios se crían los niños huérfanos de 
padre y madre, los hijos de padres que no los pueden criar 
por cualquier circunstancia. 

Eti el Horfanotrofio permanecen los niños hasta los 
cinco años do edad. A esa edad pasan á las escuela» na- 
cionales, las que también visité y de las que me ocuparé 
más adelante. 

Llegábamos á la hora próxima á la del desayuno. 

Miles de niños vestidos con una pequeña tánica <W lana 
gris claro, cubierta la cabeza con ancho sombrero, estaban 
en el gran parque haciendo gimnasia: todos los niños iban 
descalzos, que así lo prescribe como higiene el estableci- 
miento. 

A la mañana, al despuntarla aurora, nadie debe estar en 
la cama. En los centros de los grandes dormitorios de es- 
tos institutos, así como de las escuelas nacionales, hay 
grandes piscinas; así íjtie el niño, lo mismo que el joven, al 
saltar de la cama va al agua, de ahí a) gimnasio y después 
á las grandes correríns. 

Estos ejercicios duran hnsta una hora después do salir 
el sol. 

Terminados, se lava las manos, cara y pies, calza sus za- 
patos bajos, livianos, abiertos, especie de sandalia, en donde 
el pie transpira libremente, y todos van al desayuno. 

¡Qué diferencia de nú época! ¡¡-jauto Dios! Nosotros te- 
níamos un mísero Asilo de Huérfanos, en donde los des- 
graciados desamparados de la fortuna más de una vez ca- 
recieron hasta del alimento; enfermos, no tenían remedios; 
mal atendidos y poco menos que abandonados! 

Encerrados dentro de las cuatro paredes de un edificio, 
allí morían á millares; cuando cualquier epidemia s» des- 


70 


FRANCISCO PIKIA 


arrollaba en ese instituto, hacía estragos. Las familias 
mi época, que hacían ostentación de filantropía, cuando 
trataba de aliviar desgracias ajenas, y cuyos nombres 
benefactores pregonaba la prensa á todos los vientos, no 
acordaban de nuestros huérfanos, de nuestros desgraciados 
abandonados, que vivían y morían allí víctimas de los vi- 
cios de una sociedad en plena decadencia. 

Debo hacer presente que no concreto, sino que hablo en 
ter-is general, pues lo que sucedía en algunas partes de Ku- 
topa, no le iba en zaga á lo que ocurría en América y en 
muchos otros sitios. 


Los alrededores de Montevideo, á fines del siglo xix, es- 
taban cuajados de quintas y'jardines, llenos de árboles fru- 
tales y flores. Las frutas se marchitaban y las flores des- 
hojadas eran arras t retías por el viento; apenas una que 
otra familia caritativa se acordaba de que allá en la antigua 
p'ayn conocida por de Ramírez, había un Asilo de niños 
desamparados, como en la Unión otra cárcel de pobres des- 
validos y en el Reducto una casa de alienados. 

Las frutas se perdían, las flores se secaban; pero ni un 
canasto de fruta se enviaba á esos desgraciados, ni un ramo 
de flores iba á sonreír á esas flores humanas abandonadas. 

¡Siglo egoísta y miserable! 

¡Cómo te veía gradualmente con los ojos de la verdad y 
tal cual eras, á través «le doscientos años! 

—Nuestro país, interrumpió Rosal ba con dulce voz, tenía 
fama en tu edad de ser un país filántropo, pero yo no sé 
en qué cousistía la filantropía de la sociedad de tu época, 
begun leo en las crónicas, cuando había que realizar una 
obra de beneficencia, era necesario ofrecer algo para obte- 
ner el óbolo de la caridad. 

1 ^ ,la beneficencia que tenía siempre por móvil un in- 
terés ! 


¡Siglo pequeño! En la mayor parte de los casos, el óbolo 
de la caridad sólo se obtenía por medio de bailes y espec- 
táculos alegres: i sarcástico y amargo contraste con lo que 
se llamaba beneficencia pública! Prodigabais vuestro oro 


& S* is r 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


71 


ó bailarinas, artistas y bajos aduladores, mientras regatea- 
bais la sangre del jornalero, privándole de un pedazo de 
pan para su familia. 

La sociedad llamada de buen tono, expulsaba de su seno 
á los desgraciados, de la misma manera que el cuerpo en 
salud expele los gérmenes que le originan la enfermedad. 

L1 mundo aborrecía el dolor, amaba el vicio porque el 
vicio engendraba el lujo y la molicie. Éste era el desiderátum 
de la raza humana en ese período de decaimiento moral. 

Honraba la desgracia honrada humillándola, desprecián- 
dola, envileciéndola y muchas veces matándola! 

La palabra libertad, que se escribió con la extraha pre- 
tensión de que con su mágico sonido concillara los senti- 
mientos más opuestos, resultó un equívoco; no sirvió al 
bien de nadie, y convirtió en déspotas y usurpadores á los 
audaces, y á los bellacos en tiranos. 

Los lamentos de las clases acomodadas solían llegar 
hasta los oídos de los que mandaban, pero era muy difícil 
que hasta allí alcanzaran los del pobre pueblo. 

La caridad no debió nunca ser una baja y vulgar li- 
mosna, pero sí el medio de transformar á aquellos que vi- 
\ían abandonados, en hombres libres, que supieran bus- 
caise los medios de subsistencia; en una palabra, que fue- 
ran útiles y no gravosos á la masa común. 

Tenía razón mi acompañante. 

— En mi siglo, le dije, se le llamaba caritativo á aquel 
que hacía dádivas á la iglesia, que erigía templos y com- 
praba altares, que instituía y rentaba comunidades religio- 
sas, que enviaba su regalo de dinero á Roma! 

En el fondo, cuando no había fanatismo, había egoísmo, 
pues creían que procediendo así se aseguraba el alma en la 
otra vida. 

¡ Un seguro sobre la eternidad ! 

— \ tan es así, repuso Rosalba, que es muy contado el 
que al morir hacía legados á la beneficencia pública en 
nuestro pa:s; aquí, añadió recalcando la frase, concreto 
el cargo. 


72 


FRANCISCO FIRIA 


Cuando fallecía una persona de fortuna, nunca se leía en 
sus disposiciones testamentarias: «dejo tal 6 cual cosa para 
alivio de mis semejantes.» Había sus excepciones, pero eran 
tan pocas, que desaparecen en el piélago inmenso del vacío. 

Este gran instituto que tú ves, fué una donación de los 
esposos Lavarello. Costó dos millones de Artigas, y dejó 
asegurado sobre rentas nacionales igual capital para su 
sostenimiento. 

— ¿Eran italianos esos señores? le pregunté. 

— No, Fernando; Lavareiloy su cónyuge eran orienta- 
les vecinos del departamento del Salto, si bien sus ante- 
cesores parece fueron genoveses. 

— ¿ Y no tenían hijos esos señores ?. . . pues recordé que 
en mi época las facultades de los padres para testar esta- 
ban limitadas. 

— Vosotros, respondió amablemente mi interlocutora, ha- 
bíais invertido el orden social; hijos del error, habéis vi- 
vido en el error, perpetuándolo. Siglo de egoísmo, sólo podía 
engendrar leyes dignas de él, dijo sonriendo tristemente 
Rosal ba, como compadeciéndose de mi edad y de los hom- 
bres de mi época. 

Las absurdas leyes del siglo xtx prohibían tantas cosas 
que nosotros hemos dejado libremente á voluntad de los 
dueños, limitaban la facultad al hombre para que dispu- 
siera de lo que era suyo y le había costado su trabajo, 
mientras permitían otras que nosotros hemos restringido ó 
eliminado. 

Bástete saber que un padre ó • una madre pueden legar 
sus bienes á quien mejor les parezca. Y digo una madre, 
pues nosotros, al instituir el matrimonio, hemos echado las 
verdaderas y sólidas bases de la sociedad conyugal, y en 
nuestra época no es el marido el que lleva la firma social 
en todas las operaciones, como antiguamente sucedía, sino 
que es la sociedad conyugal la que de común acuerdo firma 
cuanta operación realice. 

— Indudablemente cada día, cada instante, yo voy de sor- 
presa en sorpresa. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


73 


En mi siglo, que actualmente se le moteja de siglo retro- 
grado, mientras vivían los cónyuges, quien realizaba todas 
las operaciones de los bienes que se titulaban gananciales, 
porque se obtenían durante el matrimonio, era el marido, y 
eso era lo natural y legítimo. 

— Cuando uno de los cónyuges fallecía, repuso Rosalba, 
tenía necesariamente el que sobrevivía, que dividir sus bie- 
nes, entregándoles la mitad ú los hijos. Por las leyes estaba 
prohibido hacer ninguna operación. Era ésa la ley absurda 
de tu edad de progreso. 

— Ley justa y verdadera salvaguardia de los menores, 
repuse con entereza y firme convicción, pues así lo creía en 
efecto. 

— ¡Ah! ¡conque ésa era la ley justa, la ley verdadera, la 
salvaguardia do los derechos de los hijos! exclamó Rosalba, 
y prosiguió diciendo: 

Si durante el matrimonio el marido era el administra- 
dor legal de todos los bienes adquiridos durante él, ¿por qué 
al fallecer la mujer no podía seguir? Me dirás tú lo que 
decían los jurisconsultos de tu época: «Es que falleciendo 
una de las partes, cesaba la sociedad conyugal.» Bonita 
figura, que en realidad no dice nada; pues el socio, marido, 
había hecho y deshecho á su antojo y sin limitación alguna 
durante el matrimonio. Añadirás que se trataba de asegu- 
rar los bienes de los hijos. ¡ Cómo si pudiera haber nadie 
más interesado que el mismo padre! 

¿ Y acaso, si el padre era un mal hombre, no pudo en 
vida de la consorte hacer cuanto le plugo de los bienes que 
libremente administró á su albedrío, sin tener que dar á 
nadie cuenta de ello? 

Es que los hombres de tu época partían de un punto falso. 

Eso punto era el matrimonio indisoluble, y sobre esas ba- 
ses constituyeron la sociedad y perpetuaron el error, conser- 
varon la propiedad: el robo! 

Al fallecer una de las partes intervenía la mano negra 
de la justicia, y así trabajaban los curiales, ganaba el Es- 
tado y se esquilmaba al pueblo! 


74 


FRANCISCO FIRrA 


El hombre que hasta la víspera de enviudar pudo libre- 
mente administrar sus intereses, al día siguiente se lo pro- 
hibía la ley. Hasta la víspera pudo ser y fué hombre de 
bien y honrado. La desgracia que lo había herido moral- 
mente en el alma, lo mataba en su crédito é intereses. 

¡ Los hijos exigían la parte de la madre ! 

¿No había hecho bastante el padre con darles vida, ali- 
mento, estudios, educación, can-era, posición, cuando así 
sus medios se lo permitían ? La sociedad había creado unas 
leyes tan absurdas como inicuas, y más de una vez, un buen 
hijo, debido al interés, se convirtió en malo, y así un buen 
padre fué obligado á ser un déspota. 

Esa fué la ley de tu tiempo. Actualmente la sociedad 
conyugal es un acto libre y espontáneo, como debe ser la 
unión de dos seres que se aman sobre la tierra. ¡ Amar y 
ser amado ! he ahí el contrato matrimonial del porvenir. 
Los contratos matrimoniales ó sociales se firman ante los 
Doce, los Júpiter, de 10 á 11 de la mañana, en el templo 
del Ser Universal, como lo presenciarás á nuestro regreso. 

Mientras dura la sociedad conyugal, toda operación lleva 
la firma de ambas partes que la forman. 

Ningún documento de adquisición ó venta de dominio es 
válido si no es firmado por el marido y la mujer. 

Cuando uno de los cónyuges fenece, el sobreviviente es 
su único y universal heredero. 

La sociedad conyugal queda completamente extinguida 
con el fallecimiento de las partes contratantes. 

—¿Y los hijos? pregunté impaciente. 

Á lo que respondió Rosalba: 

— Los hijos quedan á cargo de los padres, que pueden 
tenerlos á su lado hasta la edad de cinco años. Á esa edad 
el Estado se hace cargo de su educación y sostén : pertene- 
ce!) á la Nación. Á los quince años son mayores de edad 
y l'bres de hacer lo que mejor les plazca. 

i' 1 los derechos de los hijos en qué quedan ? ¿ quién los 
ampara ? 

— ¡Derechos! exclamó irónicamente Rosalba. ¿Qué han 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


75 


hecho para adquirirlos? ¿ Ó acaso el hecho fortuito de nacer 
de tales ó cuales padres, traía aparejado el de heredar co- 
losales fortunas para vivir en la molicie, derrochar en el 
vicio, ser unos parásitos en una sociedad en que todos tie- 
nen el deber de trabajar? 

— ¿ Entonces, exclamó, un hombre que ha trabajado toda 
la vida, que se ha llenado de privaciones, que ha acumulado 
una fortuna colosal, al morir no tiene el derecho de legarla 
á sus hijos? Eso es inicuo! ilegal! inhumano! 

— No te irrites, Fernando. Eso sería todo lo que dices, si 
viviéramos doscientos aííos atrás; pero hoy no hay tal 
iniquidad, ni ¡legalidad, ni inhumanidad. Con arreglo á 
nuestras ¡deas y á nuestro modo de pensar, el padre que se 
sacrificara toda la vida, llenándose de privaciones para legar 
una pingüe fortuna á su hijo, sería un padre inhumano, un 
miserable. 

Lo primero, porque haría de su hijo un perdido, como 
hacían en tu siglo los hombres de fortuna, que criaban sus 
hijos en la molicie, mientras ellos trabajaban para dejarles 
un rico patrimonio. 

Excuso decir por qué razón sería un miserable aquel que 
acumulara su fortuna conspirando contra su individuali- 
dad, llenándose de privaciones. Lo inicuo es privarse de 
aquello que uno puede dispensarse sin perjudicar á nadie- 
Lo . ilegal es hacer una fortuna y al morir legarla egoística- 
mente á un individuo, cuando esa fortuna se ha adquirido 
con el sudor de la humanidad, y es á la masa común á la 
que legitímenle debe retrovertirla quien la disfrutó en vida. 

Iva herencia fué el refugio del holgazán. La sucesión no 
fué nunca el fundamento jurídico de la familia, desde que 
nueve décimas partes de las familias nada poseían: luego 
la sucesión era el privilegio de pocos. 

El día en que las grandes fortunas dejaron de ser here- 
ditarias, ese mismo día concluyó el imperio de los imbéciles 
y la dirección de la sociedad quedó de hecho bajo la égida 
de los hombres de genio; y como el genio no se ha heredado 
nunca, la evolución continua dió la dirección á aquellos que 


70 


FRANCISCO PrRIA 


tenían mayor número de aptitudes y capital de inteli- 
gencia. 

Nadie tiene derecho, al morir, de dictar disposiciones tes- 
tamentarias, legando bienes que, por el hecho de fallecer, 
dejan de pertenecerle. 

Y lo inhumano es convertir al hijo, que puede ser un 
hombre útil á la humanidad, en un crápula y un vicioso, 
como sucedía en muchos casos. 

Sin embargo, nuestras leyes son muy sabias y prevén 
todos los casos. I, os padres pueden disponer hasta una de- 
terminada suma en favor de las hijas mujeres y otra en fa- 
vor de los varones. 

— ¿Y el restante? el excedente? pregunté. 

Eso pasa al Patrimonio Nacional ; pero el tiempo urge, 
y de estas cosas podremos hablar más adelante, que no será 
tiempo lo que nos ha de faltar para ello. 

Acaté la indicación como un mandato, como se debían 
acatar las disposiciones de aquella alma benigna. 

Centenares y millares de niños se fueron reuniendo en el 
gran parque, todos con sus cabecitas descubiertas, zapatos 
bajos y vestidos con túnicas de una suave franelita verde. 
Cantaban, sonreían, jugaban, parecían una inmensa ban- 
dada de pájaros sueltos en el bosque, que alegraban con 
sus vocecitas de ángeles. 

Multitud de señoras, señoritas y niñas habían llegado; 
todas traían cestas de flores y frutas y juguetes de mil va- 
riedades. 

Cuando nos retiramos, no había menos de diez mil per- 
sonas. 

Serían las diez de la mañana cuando llegamos á casa de 
mis huéspedes. 

Allí dejamos el vehículo; hecha ¡a toilette, salimos acom- 
pañados de la señora Azucena en dirección al templo. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


77 


Frente á la calle 18 de Julio, y en el terreno que á media- 
dos del siglo xix ocupó el Cementerio inglés, la generación 
del siglo xxi erigió el gran templo al Espíritu Universal. 

No me es dado hacer un detalle de esa monumental cons- 
trucción, sostenida por 400 columnas de pórfido traído del 
departamento de Maldonado, rico mineral que permaneció 
allí olvidado en las entrarías de una montaña que ha hecho 
la fortuna de diez y siete sociedades anónimas, que la ex- 
plotaron en grande escala en este siglo. 

El frente del templo es á la calle indicada, de cien me- 
tros, y treinta y tres son los escalones de mármol que hay 
que sabir para llegar al gran corredor que lo circunda, del 
cual parten las columnas que en doble fila y á cinco metros 
una de otra forman la amplia galería. 

Los treinta y tres escalones son una alegoría de los Treinta 
y Tres Orientales que sacudieron el yugo extranjero, dán- 
donos patria y libertad. 

De manera que el pavimento del templo queda á ocho 
metros de altura sobre el nivel del suelo. 

Las columnas tienen quince metros de alto cada una, los 
cornizones tienen de los costados cuatro metros, y al frente 
el triángulo es de once metros de alto en su centro. 

Resulta que el templo tiene cien metros de frente y dos- 
cientos de fondo, por treinta y cuatro de alto. 

La construcción de este monumento ha costado 27 millo- 
nes de Artigas, y trabajaron en él diez mil hombres durante 
ocho años. 

Esta obra maestra, el templo más notable del Río de la 
Plata, fué ejecutada por el ingeniero nacional Mario Soler, 
de la Facultad de Montevideo, habiendo sido ayudado en la 
gran obra por los ingenieros nacionales Ludovico Pérez, 
Benjamín González, Aristóbulo Ellauri y Timoteo Kaski. 

/ Yo soy el que fui y seré el que soy ! 

Estas palabras estaban escritas debajo del gran cornizón 
del frente, en el centro del gran triángulo. 

Amplia faja circundaba los cuatro frentes, teniendo no 
menos de cinco metros de alto. 


78 


FRANCISCO PIRIA 


Allí estaban esculpidos en mármol los bajo relieves re. 
presentando los hechos más culminantes llevados á cabo 
por los grandes benefactores de la Humanidad. 

Obra colosal ejecutada por los escultores nacionales Víc* 
tor Ferrari, Anselmo Pigurina, Alberto Hernández, Ma- 
tías Gómez, Abelardo De Vincenzi, Eracles Morandi y Fe- 
derico Ramírez. 

«\o soy el que fui y seró el que soy!» Me tenía intrigado 
esta inscripción, y la señora Azucena sacóme de la curio- 
sidad, diciéndome : 

— Esa inscripción es símbolo de la eternidad. El espí- 
ritu universal es boy lo que fué ayer, y será mañana lo que 
es hoy ; es decir, no ha tenido principio ni tendrá fin. 

Los griegos escribieron en el templo de Apolo: «Conó- 
cete á ti mismo;» y el hombre de lo que menos se preocupó 
durante muchos siglos, fué de conocerse á sí mismo, pues si 
lo hubiera hecho, habría sido más humano y no se habría 
retardado tanto el advenimiento del imperio de la verdad y 
de la fraternidad universal. 

Si el hombre hubiera estudiado, habría visto que si exis- 
tió la barbarie, si la mentira imperó, si el error se prolongó, 
fué el hombre sólo el causante. Todo fué relativo al pe- 
ríodo en que le tocó vivir y de cuyos errores no supo eman- 
ciparse. 

No habría condenado á sus antecesores, pues al hacerlo, 
desde que seguía sus mismas huellas, no hacía otm cosa 
que prepararse para ser á su vez condenado por la poste- 
ridad. 

Las religiones no fueron otra cosa que el fruto del estado 
de civilización de los pueblos. Nada hay de fijo é inmuta- 
ble aquí, exceptuando el amor y la caridad. 

Esta es la base de nuestra religión. 

La mejor legislación humana es aquella que tiene más 
fácil y sencilla aplicación, y tan luego esa era desconocida 
en tu siglo. 

La verdad, fundamento de la justicia, resplandeció siem- 
pre; pero los filósofos, los escépticos, materialistas y espiri- 


El, SOCIALISMO TRIUNFANTE 


79 


tualistas de tu época, se sumergían en un verdadero labe- 
rinto, empeñándose en no querer ver la luz eterna de la 
justicia que les hería la vista! 

Los hombres de tu época odiaban la verdad y rendían 
culto á la mentira. 

Sobre tales bases no era posible sino que aumentaran los 
errores que el rigió XX tuvo que expiar. 

-> í Sobre el frontispicio destacábase la estatua colosal de 
mármol que representaba La Religión, amamantando un 
niño, mientras otros pequeños se agrupaban al rededor de 
«**¿ella. 

Otra gran estatua, á su derecha, representaba La Espe- 
ranza. Ésta, apoyaba la mano derecha sobre el hombro de 
la otra estatua, cubierta de acero, teniendo un casco de Mi- 
nerva en la cabeza y una espada en la mano: símbolo de la 
Justicia. 

A la izquierda, otra mujer representaba la Ciencia, coro- 
nada de laureles, teniendo en la mano una antorcha encen- 
dida. 

Esta estatua ceñía con la mano izquierda la cintura de 
otra que, inclinada hacia el pueblo, parecía querer darse ella 
misma. Representaba la Caridad. 

En el centro del triángulo, y sobre la parte superior, una 
serpiente enroscada, con la cola en la boca, y en el centro 
dos tortolitas teniendo la una el pico en la boca de la otra : 
símbolo de eterno amor. 

Entramos al templo. 

El orden de las columnas interiores era interminable, 
monumental, algo tan estupendamente soberbio, que el 
hombre desaparecía. 

El silencio profundo y respetuoso que allí reinaba, estaba 
muy lejos de parecerse al bullicio que la juventud de am- 
bos sexos de antaño iba á formar en el templo católico 
de mi época. 

Si los jóvenes no creían, nadie les obligaba á hacer suya 
una religión que repudiaban ; pero nadie tenía el derecho 
de ir á hacer burla grosera de las creencias ajenas. Así 


80 


FRANCISCO PIRIA 


como á un mal educado, que hablaba fuerte en un teatro du- 
rante una representación se le hacía salir, — y eso que había 
pagado su entrada,— do la misma manera al que hacía 
alarde de insulsa mofa, durante los oficios que los católicos 
profesaban en su templo, se les debía echar á la calle. 

Así entiende las cosas la gente de este siglo. 

¡Cómo se conoce que no han vivido en el mío! 

El templo estaba atestado de gente. 

Amplias naves de mármol blanquísimo se sucedían unas 
á las otras, distando los pedestales de pulido pórfido sobre 
que descansaban, de uno á otro, no menos de cuarenta me-'- 
tros por cincuenta de altura. 

En el centro de cada nave, sobre pedestales del mismo 
mineral, surgían estatuas de blanquísimo mármol, de ex- 
traordinaria perfección. 

Sobre el primer pedestal, un grupo de dos personas de ta- 
maño como de siete metros de alto, representaba á Adán y 
Eva. El primero en actitud de estrechar amorosamente en- 
tre sus brazos á la primera mujer : símbolo del primer amor, 
origen de la humanidad y fin al que debe conducirla el 
amor. 

Algunas religiones del pasado condenaban á Adán y 
Eva como los primeros culpables, sin darse cuenta tal vez, 
de que al establecer esa premisa, negaban la existencia del 
Dios que admitían, pues siendo éste un Dios de bondad, lo 
convertían en un Dios de odios y venganzas, en actitud de 
azotar á la primera pareja que creó en este paraíso terrenal, 
porque cumplió con su voluntad, porque amó! 

Debajo de otra gran nave surgía la monumental esta- 
tua representando al gran legislador Moisés en el Sinaí. 

Zoroastro frente al israelita, estaba bajo la nave opuesta. 

Las dos naves más adelante ostentaban dos colosales es- 
tatuas de maciza plata, de seis metros de altura cada una y 
sobre pedestal de bronce y malaquita. Una representaba á 
Cristo en el acto ( ¡ e ser despojado de sus hábitos para cru- 
cificarlo, en actitud de perdonar á ese pueblo que Ututo 
amo, por el inmenso crimen que iba á cometer. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


31 


Mártir de la religión del amor y de la caridad, y el que 
vivirá en las mentes y en los corazones de los pueblos 
hasta que en el mundo haya un aliento. 

La otra representa á Sócrates en el acto de beber la cicuta. 

Más allá, otra estatua representa á Mahoina con la cimi- 
tarra desnuda en la mano izquierda, teniendo alzada la 
diestra en actitud de recibir el Corán del cielo. 
j^Las estatuas de San Pedro y San Pablo surgen sobre 
■otras dos bases de granito amarillo de extraordinaria be- 
lleza, procedente de las minas de Tacuarembó. 

- Santo Tomás de Aquino, Lutero y cien más siguen dise- 
minados debajo de las demás bóvedas. 

Las divinidades paganas de los demás pueblos tienen su 
estatua en el gran templo. 

En la gran cúpula central, que tiene ochenta metros de 
•diámetro por ciento veinte de alto, están pintados al fresco 
la Estigia, el Cocito, el Aqueronte, el Infierno de un lado 
y del otro el Edén, el Olimpo, el Purgatorio y el Paraíso. 

Todos los pueblos de todas las edades estaban represen- 
tados en el vasto templo. 

Esa obra monumental de la pintura de la cúpula central 
fuó ejecutada por los pintores rispiadnos Felipe de Pino, 
Aristóbulo Méndez, Saturnino Jiménez, Tebaldo Medina 
y Ludovico Pérez, bajo la dirección de Eurípides Blancs, 
empleando siete años en su ejecución. 

En las cinco grandes naves de la izquierda está Confu- 
cio con su9 tablas; el Toro, lecho nupcial de Júpiter y Juno, 
símbolo de la fuerza, entre los pelasgos y otros pueblos re- 
motos; Osiris y Silva, Marte, Júpiter y hasta Mercurio, es- 
taban allí. Brahina, la Virgen, y la Serpiente, y todos los 
símbolos de la mctempsícosis indiana. 

Osiris, Isis y los jeroglíficos egipcios, esculpidos en los 
pedestales. Todos los dioses grandes y pequeños, y todos 
los objetos adorados por los pueblos, estaban representados 
en el gran templo. 

Aquello era un templo y un vasto museo religioso á la 
vez: un código universal. 

6 


82 


francisco piria 


Maravillado ante lo que veía, dije á Temístocles : 

— Es difíeil determinar la religión que se profesa aquí. 

— Nunca hubo más de una en el mundo, respondióme 
con tono severo; lo que ustedes llamaban variedad de reli- 
giones, no fué más que variedad de sistemas. 

1,11 idea divina de todos los siglos fué y será en el fondo 
la idea cristiana, reveladora de un Dios de amor que vivió 
con el pueblo, con la civilización y con la ciencia. 

Cada día que pase podrá la ciencia pulverizar los dog- 
mas, pero jamás alcanzará á extirpar el sentimiento reli- ( 
gioso, el sentimiento cristiano, practicado por la primera 
vez por un hombre que vivió sacrificándose por el linaje 
humano y murió en la cruz perdonando. 

El templo se iba atestando de gente. 

- ¿Se va á cumplir algún rito ? preguntó á mi guía. 

— Nosotros no tenemos ningún rito, me contestó; todos 

fueron abolidos. Nuestro templo se abre tres veces al día 
para la instrucción religiosa. Los días Júpiter asisto el Con- 
sejo de Gobierno. _ 

— Es verdad que aún no me has dicho nada respecto a 
la forma de gobierno que tienen ustedes, le observé recor- 
dando su promesa. _ 

— Es muy sencilla, respondióme el anciano. Nosotros no 
tenemos presidentes ni ministros como en tu tiempo. Vues- 
tros presidentes eran dictadores disimulados cuando se apo- 
deraban del poder. ... i 

Los ministros eran simples secretarios ; se hacía lo que el 
presidente quería, ó se iba el ministro á su casa hasta que 
se encontrara otro empleado que sirviera. 

Teniendo el presidente la mayoría en las Cámaras que a 
su antojo formaba, hacía del país lo que le a >a a gana. \ 
al pueblo se le hacía creer que la comandita gobernaba 

coiistitucionalmente. ..... , 

¡Y odiabais la dictadura, mientras vivíais bajo su férula 

en carácter permanente ! 

No hablaré del sistema electoral de tu época, pues si los 
gobiernos hicieron lo que les dió la gana, fué porquo el pue- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


83 


blo estaba tan anarquizado, era tanta la decadencia, que 
bien merecido tuvisteis los azotes que mora luiente os die- 
ron ! 

¡Vergüenza! exclamó Temístocles indignado; un pue- 
blo entero que doblega la cerviz que debió mantener altiva, 
y fulminar á los mandones arbitrarios ; mientras más de una 
vez un puñado de audaces se enseñorea del poder y dispone 
del país como de cosa propia. 

La Constitución que regía el país en el último tercio del 
siglo xix fué óptima para la época del patriotismo austero 
que le precedió en ese mismo siglo al sancionarse ; pero los 
hombres de tu tiempo sólo se preocupaban de violarla, bur- 
lándose de sus sanos preceptos. 

Los tres altos poderes del Estado los constituían : el Eje- 
cutivo, que lo representaban el Presidente de la República 
y sus Ministros de Estado; otro poder era el Legislativo, for- 
marlo por el Senado y las Cámaras, y el tercer poder era el 
Judicial. 

En la balanza política el Poder Judicial no pesaba abso- 
lutamente nada, quedando de hecho frente á frente y apa- 
rentemente con la dirección del país, el Poder Ejecutivo y 
el Legislativo. 

Enfeudado en el poder el partido dominante, para perpe- 
tuarse en él escogitaba de su inagotable repertorio de frau- 
des electorales todo un arsenal de ciencia -¡/aluna- electoral, 
mofándose así del pueblo, obstaculizando con todos los me- 
dios fraudulentos á su alcance el libre voto, y recurriendo ¡í 
la violencia y á la fuerza para ahogar el sufragio libre 
cuando el fraude no daba resultado. 

¡ Así se le elegían al pueblo oriental los que debían re- 
presentarlo; quedando éste, de hecho, convertido en una 
sociedad de ilotas; y por ende, sin voz ni voto los que no so 
hacían situacionistas. 

¡ Ahí empezaba la tiranía y la corrupción ! 

Las Cámaras, nombradas por el Ejecutivo en su casi to- 
talidad, obedeciendo casi siempre ciegamente á la más mí- 
nima insinuación del Supremo Elector; cuando no, pendien- 


FRANCISCO PIRIA 


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(en más de una vez de las viarazas de mas de un régulo 
convertido en amo, esperando como premio de su sumisión 
la reelección bien rentada por otro y otro trienio más des- 
pués, quedando de hecho la independencia del Poder Legis- 
lativo dependiente en absoluto del Ljecutivo. El aparato 
constitucional, una fórmula vana en la mayor parte de los 
casos; el voto del pueblo, una expresión sin fundamento, y 
la elección de los representantes, la más sangrienta de las 
burlas azotada vilmente al rostro del patriotismo austero. 

El Ejecutivo, que era el pivote sobre el cual giraba el 

aparato pirotécnico -constitucional, lo representaban el Presi- > 

dente y sus Ministros. 

El Presidente elegía los Ministros á su antojo, y cuando 
éstos no obedecían á sus mandatos, más de una vez se les 
vió enviarlos á la «tile, con un no permito, ó una echada de 
kepis á la nuca ! 

¡Cuánto teníais que aprender, ¡oh republicanos! de las 
monarquías eonstitucionales, en donde siquiera fluctuaba la 
sombra de la independencia de poderes. 

Agréguesc á todo esto que el Presidente era el Jefe del 
Ejército y con amplias é ilimitadas facultades de hacer re- 
mociones de jefes de todas graduaciones, así como podía 
libremente nombrar y destituir jefes políticos, y resultará 
evidentemente que el único poder absoluto que impeiuba 
omnímodo era el Ejecutivo, encarnado en la entidad que 
presidía los destinos del país, escudado por una Constitu- 
ción que clamaba urgentemente una severa reforma para 
poner un dique al desborde del fraude de los mangoneado- 
res del sufragio popular. 

Es verdad que disponiendo de tales medios para gober- 
nar, es inexplicable «ano más de una vez hubieta insensa- 
tos que pretendieran ejercer dictaduras responsables, cuando 
con la carta fundamental podía cubrirse un dictador ii res- 
ponsable. 

Los mayores enemigos de las democracias fueron en to- 
das partes y en todos los tiempos los partidos sin ideales, 
sin más propósito al organizarse que el apoderarse del po- 


EL SOCIALISMO TRIUSFANTB 


85 


der y de los empleos públicos, asegurándose las elecciones 

para gobernar al país como una hacienda ajena! para 

gozar así tranquilamente del sudor del pueblo! 

¡Y á eso le llamaban poderes constituidos! 

Esa forma de gobierno, que atentaba contra todos los de- 
rechos del pueblo, según ellos, — los que la explotaban, 
era la legal ; y Jguay de quien atentara contra esa legalidad 
fraudulenta! 

En ese fia de siglo, á esos sistemas de gobierno el conven- 
cionalismo degradante les llamó impúdicamente el triunfo 
de las democracias ! 

¡Indudablemente el humo del vapor había cegado hasta 
las más claras inteligencias! 

¡ Ah ! amigo mío, en esa época menguada bien se podía 
decir que tullo il mondo era paese! 

¡ Cuántas promesas patrioteras, que jamás se sobó en cum- 
plir, pronunciadas por labios egoístas! 

Administración! Justicia! Respeto á la ley! pura pala- 
brería insulsa. Su único propósito, su verdadero fin fué 
siempre el de aferrar el poder para disfrutar de los placeres 
m aeriales que la posición encumbrada proporcionaba; re- 
partirse los empleos disponiendo como de cosa propia, ase- 
gurándose de antemano las elecciones, violando todas las 
leyes tutelares de los pueblos para obtener ventajas perso- 
nales; en una palabra, explotar el poder ni más ni menos 
como habría podido hacerlo una sociedad anónima con una 
mina, ó un ferrocarril, etc., y sin exponer más capital que 
el lie la audacia colectiva. 

Y cuando un partido estaba persuadido de que debía es- 
tar siempre en el poder, porque él solamente era capaz de 
gobernar, entonces llegaba á ser un partido intolerable, é 
intolerante, concluía por confiar demasiado en sus fuerzas; 
empeñado en no ver ni corregir sus errores, una vez entrado 
en la falsa vía, perseveraba en ella sin detenerse ni escuchar 
los dictados del alma del pueblo, manifestados á grito dolo- 
rido por la prensa independiente, á la que el poder miraba 
como á un enemigo, sin tener en cuenta para nada que en 


80 


FRANCISCO PIRIA 


la mayor parto de las ocasiones era más saludable la pala- 
bra severa de un enemigo que la adulación servil de un 
amigo. 

Cuando se llegaba á tales extremos, el derrumbe se haca 
inminente. 

Entretanto las nuevas generaciones no entreveían man 
vías abiertas á la actividad humana que las de los empleos 
¡í solicitar, electores á suplicar, tentativas de lucros galo- 
pantes; y hasta la misma ciencia casi no era otra cosa que 
un medio, un escalón para trepar á las alturas, llegar ;í la 
meta, y pronto, para obtener lucros y saciar desmedidas am- 
biciones ! 

Ese fué el móvil de la vida, el ideal de la humanidad á 
fines del siglo xtx ! 

Por otra parte, la desmoralización cundía, y una gran ma- 
yoría del pueblo, aplastada por el fraude imperante, se ale- 
jaba del ejercicio de sus derechos. El abstencionismo fué la 
antítesis de ese período evolutivo, y en la práctica constató, 
con la evidencia de los hechos, sus resultados negativos y 
contraproducentes; pues el hombre que no se preocupaba 
de ejercer sus derechos de cualquier modo y por todos los 
medios que la violencia imperante le dejaba expeditos, era 
ni más ni menos como un accionista de sociedad anónima 
que, no sólo no se preocupaba cuando había que cambiar 
directorio, eligiendo al que debía sustituir al que caducaba, 
sino que ni siquiera concurría á las Asambleas. 

No ocupándose de estos puntos primordiales, se exponía 
á la pérdida de su capital. 

La abstención en política era, pues, un criminal egoísmo, 
y por lo tanto la ley debió infligir tanto á aquel que no 
obedecía sus preceptos, como al que valiéndose del fraude 
asaltaba el poder para saciar sus ambiciones menguadas y 
hacer fortuna. 

El Supremo Consejo de Gobierno, ó, mejor dicho, lo que 
equivaldría al Poder Ejecutivo de tu época, está com- 
puesto de doce ciudadanos elegidos directamente por el 
pueblo. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


87 


Cada ciudadano ejerce el cargo durante doce años, y se 
renuevan de á uno por año. 

Entre los doce se elige anualmente el que debe presidir. 
En todos los actos del gobierno son responsables los doce 
miembros que lo forman. Nadie puede ser electo sino des- 
pués de cumplir sesenta años. 

Entre los once miembros restantes se reparten anual- 
mente los distintos cargos del gobierno. 

Mientras decíame esto, se presentaron al fondo de la bó- 
veda central algunos ancianos venerables vestidos con 
largo manto blanco, ceñido á la cintura por un cinturón de 
oro, llevando descubierta la cabeza. 

— Son los sacerdotes, díjome Temístocles. 

A su presencia, el pueblo púsose de pie, y un majestuoso 
órgano acompañado de mil voces, entonó sus graves y se- 
veras notas. 

El pueblo cantaba un himno al Ser Supremo y Uni- 
versal. 

Aquellas melodías acompañadas por las voces de todo 
un pueblo, invocando la protección del Ser Supremo para 
que no le abandonara y le guiara siempre por la senda de 
la verdad, de la justicia, de la caridad y del amor, me con- 
movieron de tal manera, que las lágrimas invadieron mis 
ojos: lloré. 

Rosalba, al ver mi emoción, extendió suavemente su 
mano, estrechándola mía; su dulce mirada derramó en mi 
espíritu un verdadero bálsamo consolador. 

Aquellos ojos lánguidos tan llenos de bondad y cariño, 
aquellas miradas que penetraban hasta el fondo de mi alma, 
haciéndola sentir ciertas emociones que no eran nuevas 
para mí, arrobando todo mi ser, levantaban mi cspíiilu en- 
volviéndolo en un éxtasis de dulce melancolía. 

El canto había concluido. 

Uno de los sacerdotes permaneció parado en la cátedra 
orando al Ser Universal, repitiendo el pueblo sus ora- 
ciones. 

— ¡Hermanos! exclamó después de varios instantes, esta 


88 


francisco piria 




vida es un período de transición, nuestra alma ha vivido 
siempre y vivirá. Nosotros no somos nuevos en este pla- 
neta. 

Sufrimos aún y más sufrieron nuestros espíritus en las 
encarnaciones anteriores; debemos resignarnos, perfeccio- 
nándonos, ofreciendo el sacrificio de nuestras penas á Dios. 

El alma sufriendo resignada se perfecciona y purifica, y 
sólo así se eleva. 

Todo lo que tiene principio, tendrá fin, en la eterna evo- 
lución de la materia. Pero el espíritu se irá perfeccionando 
gradualmente en la eterna evolución, hasta llegar á la per- 
fección completa. Esta tierra, como los miles de tierras in- 
feriores que pueblan los espacios, no es más que un eslabón 
de la gran cadena. Nosotros hemos existido en vidas ante- 
riores y existiremos en posteriores, hasta que nuestro per- 
feccionamiento intelectual esté en condiciones de pasar á 
otros planetas superiores. El día que la humanidad haya 
cumplido su última evolución, su parábola, este mundo ha- 
brá cumplido su razón de ser y caerá sobre el disco solar, 
volviendo á lo que fué. Se cumplirá la ley eterna! 

El anciano se detuvo, dando lugar á que el pueblo pen- 
sara en lo que acababa de decir. 

— Por lo que veo, vosotros sois espiritistas, dije á Temís- 
tocles. — Indudablemente ésta es una sociedad de locos, 
pensé para mí. 

— ¿Espiritista, has dicho? contestó Temístocles. Efectiva- 
mente, así se clasificaba también á los que en tu edad se 
atrevían á pensar en la otra vida, en la inmortalidad del 
alma. Otros les llamaban espiritualistas, otros llamáronla 
doctrina de la metempsícosis, trasmigración de las almas, 
etc. En realidad, en tu siglo los hombres, ocupados en 
amontonar fortuna, para después de hecha tener que aban- 
donarla al morir, no tenían tiempo para pensar en ciertas 
cosas, así que se burlaban de todo lo que ignoraban, y lo 
ignoraban todo. 

La verdadera religión es la religión del deber, la que liga 
con vínculo indisoluble el hombre al hombre, las genera- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


89 


ciones unas á otras, los que fueron á los que serán, la ley 
de la caridad y del amor. Las religiones del pasado no fue- 
ron otra cosa que el fiel reflejo del estado de adelanto de 
todos los pueblos. 

El temor fué del hombre bruto el freno. 

El amor es el vínculo de la unión y fraternidad de nues- 
tro siglo. En vano todos los filósofos, escépticos, materia- 
listas y espiritualistas de todas las épocas buscaron la ver- 
dad teniendo la mentira por fundamento. La victoria de 
una doctrina mataba siempre á la secta que la engendraba, 
y el aparato de que para imponerse echaba mano, resul- 
taba al final un sudario irrisorio. La verdad estaba ahí al 
alcance de todos, como al alcance de todos estaba la feli- 
cidad del linaje humano: menos pasiones, más corazón, 
menos egoísmo, más caridad, aproximación simplemente 
de los hombres, comprenderse y amarse. Ahí estaba todo, 
y todo estaba al alcance de todos. ¿Qué otra cosa eran los 
nobles éxtasis de los adeptos del cristianismo sino abs- 
tracciones momentáneas de los sentimientos para reconcen- 
trar el alma individual en el Yo universal, que es la vida 
de todo? Las manifestaciones de lo desconocido se han re- 
velado siempre á los hombres en todas las edades; pero los 
hombres han ido siempre de prisa, tal vez temerosos de no 
llegar á tiempo al final de la existencia. 

— La humanidad ha ido gradualmente avanzando á me- 
dida que el espíritu humano se ha perfeccionado, prosiguió 
el sacerdote. Ahí está la ancha y luminosa estela recorrida 
por el espíritu humano. Siempre, desde su origen, gradual- 
mente avanzando desde los tiempos más remotos ; si bien 
hay en este trayecto caídas, períodos de aparente retroceso, 
en cambio á raíz de esas etapas vemos al humano linaje 
tomar más bríos y adelantar con mayor rapidez. 

¿De qué otra manera podría el hombre racionalmente ex- 
plicarse su existencia en este valle que él llamó de lágrimas 
y dolores, en donde más de una vez maldijo la hora y el 
momento de haber venido al mundo, increpándole al Ser 
Supremo la causa de sus desdichas, fruto exclusivo de sus 


90 


FRANCISCO PJRIA 


pasiones? ¿Para qué sufrir? decía para sí. ¿Qué mal he he- 
cho antes de nacer para merecer el castigo? ¿Era entonces 
necesario que yo naciera para dar á Dios el agradable es- 
pectáculo de mis tormentos ? ¿Acaso le he pedido yo la exis- 
tencia, 6 sólo ama Él el incienso de las víctimas ? Si esta 
vida es un mal, ¿ por qué me la ha dado Dios ? Y si es un 
bien, ¿ por qué me la quita ? En su ciega rabia blasfemaba 
el hombre, y en su delirio insano negaba la existencia del 
Ser Universal. La nueva luz, la luz de la verdad, se fué 
abriendo camino, y á medida que fué menos malo, fué más 
feliz. ¡Oh sublime beneficio de la metem psicosis! A ti sola, 
¡oh santa verdad! debe la humanidad el beneficio de la 
luz que, como dijo el divino poeta, •‘del futuro gli squarció il 
veíame .» Yo os exhorto, hermanos míos, "á obrar bien en 
esta vida, para que la fracción infinitesimal de la inmensa 
misión universal que por Aquél os ha sido asignada, sea 
por vosotros cumplida dentro de sus límites y no tengáis 
que sufrir por falta de cumplimiento de vuestra misión 
otras penas en existencias futuras. Cada cual debe obrar 
dentro de la esfera de las aptitudes que la naturaleza le ha 
concedido. 

Después pasó al campo de los deberes que ligan á los 
ciudadanos entre sí ante la ley. Demostró claramente la 
perfecta armonía que existe entre bis leyes del Estado y 
los principios morales religiosos, base de toda legislación. 

En fin, pasó revista de los últimos descubrimientos, de- 
mostrando que el hombre no había descubierto nada, sino 
que el Ser Universal gradualmente le manifestaba los prin- 
cipios, mientras dejaba libre al genio humano para desarro- 
llarlos, ampliarlos y buscarles su aplicación, en cuyos es- 
tudios se perfeccionaba gradualmente la humanidad. 

Trayendo do todo esto argumento para que se bendijera 
al Ser Supremo por habernos concedido esta vida y nos 
animara con su divino espíritu á apreciar siempre y cada 
vez más los beneficios de la existencia, terminó, como ha- 
bía empezado, exhortando á todos al amor á la concordia, 
al estudio de las ciencias y al trabajo, declarando ser sólo 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


91 


ése el medio seguro y eficaz de usufructuar para nuestro 
bien individual y para el colectivo de la sociedad de la que 
somos miembros, los dones físicos, intelectuales y inórale.- 
con que el Ser Supremo nos ha colmado al nacer, y terminó 
diciendo: 

— «Nuestras penas no son otra cosa sino castigos mereci- 
dos por fajta de cumplimiento á nuestra misión en existen- 
cias anteriores. 

* Sigamos siendo buenos, rectos, justos y caritativos. Y 
si esta existencia ¡í que en este período hemos alcanzado 
ya, es feliz y nos agrada, en el futuro será de completa 
felicidad y aceleraremos la gran etapa á que fué destinado 
nuestro espíritu hasta su perfección en este planeta para 
pasar á otros superiores, acercándonos cada vez más á la 
perfectibilidad humana. » 

El órgano de colosal instrumentación, entonó de nuevo 
un armonioso himno al Ser Universal, y un coro inmenso 
de niños y niñas, todos vestidos de blanco, avanzó can- 
tando desde la cúpula del fondo. 

El pueblo quedó meditando, absorto, sobre las bellas y 
consoladoras palabras del sacerdote. 


A las 10 estábamos en el gran salón del Palacio Guber- 
nativo, Temístodes, Azucena, Rosalba y yo. 

Orestes debía presentarse á recibir el premio que el Su- 
perior Consejo de Gobierno le había asignado por sus no- 
tables estudios presentados y premiados por oposición, para 
la canalización del Departamento de Rocha. 

Millares de personas de todas edades y sexos llenaban 
los vastos salones y amplios corredores. 

Á la hora indicada se abrieron las grandes portadas del 
salón de la Gobernación. 

Estaba éste situado en el centro del edificio. 

El espacio que ocupaba era de ochenta metros de ancho 


92 


FRANCISCO PIRIA 


por ciento cincuenta de largo, completamente abierto en el 
centro, es decir, sin techo. 

Lo circundaba amplia galería de quince metros de ancho, 
techada y sostenida por columnas de granito colocadas á 
veinte metros unas de otras, ocupando en el centro de cada 
espacio al contorno que divide las columnas, unas de otras, 
pedestales de pórfido de ocho metros de alto, y sobre cada 
uno de ellos, estatuas de cinco metros, representando la In- 
dustria, la Música, la Pintura, la Escultura, el Comercio, 
la Química, la Física, la Botánica, la Astronomía, la Agri- 
cultura, la Electricidad, la Ciencia, la Literatura, el Genio, 
y un sinnúmero cuyo detalle omito. Debajo de la amplia 
galería, espléndida escalinata de veinte filas de asientos 
revestidosde mármol, daba acomodo á cinco mil espectadores. 

En el centro del salón, sobre asientos del mismo mineral, 
ricamente esculpido, eran ocupados todos los sitios por 
igual número de personas. El salón tenía capacidad para 
diez mil personas. 

Amplia tienda do rico lienzo de fina lana verde claro 
con guarda giiega en rojo subido, cubría el gran centro, res- 
guardando á los espectadores de los rayos solares. 

A la cabecera una tribuna alta, á la que conducía am- 
plia escalinata de diez escalones de rico mármol verde. 

La estatua de la República en el centro del salón, es de- 
cir, en la cabecera, á espaldas de la tribuna, surgía impo- 
nente, hecha en bronce, símbolo de la fortaleza, de veinte 
metros de altura, obra ejecutada por el artista cisp’.atino Ale- 
jandro Belgrano. 

Al poco tiempo ocuparon sus asientos los doce miembros 
del Gobierno. 

Las demás dignidades del Estado, funcionarios públicos 
y empleados superiores, estaban confundidos con el pueblo. 

Una banda de música de quinientos profesores, colocada 
en el salón contiguo, tocó el himno nacional. Muy distinto, 
por cierto, del que se usaba en mi época. Música mística 
que arrobaba los sentidos, haciendo latir los corazones con 
sus notas armoniosas y sublimes. 


KL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


93 


En mi edad se hablaba mucho de patria, morir, liber- 
tad, tumba y Erutos, puñales contra los tiranos y otras co- 
sas sin sentido entonces. 

Y las tiranías, disfrazadas con el oropel constitucional, se 
enseñoreaban en el poder: pura palabrería hueca; y abun- 
dancia de Césares de cartón improvisados, y no pocos mendi- 
cantes políticos que en mala hora engendraron el enerva- 
miento délas fibras patrióticas en ese período de decadencia. 

La letra del himno patrio de esta alad de oro, es alegó- 
rica del progreso y la fraternidad. 

En cuanto asomaron los miembros del Gobierno, rompió 
la marcha la gran orquesta, y el pueblo, movido como por 
un solo resorte, se puso de pie. 

Coucluído el gran himno, tomaron asiento los m e libros 
del Gobierno, y como el pueblo permaneciera parado, el que 
desempeñaba el puesto de Jefe Supremo indicó con un 
signo al pueblo que tomara asiento. 

Todos lo hicieron así. 

Dos heraldos, colocados uno de cada costado del Jefe 
Supremo, pero tres escalones más abajo, hicieron oir el to- 
que de sus trompas; el silencio filé sepulcral. 

Otro heraldo, situado al frente de la escalinata, debajo de 
la tribuna, tenía desplegada e« su diestra la bandera de la 
patria, es decir, la bandera que fué del fundador de nues- 
tra nacionalidad. En cuanto acabaron los dos heraldos el 
toque de silencio, hizo oir su portentosa voz para ir lla- 
mando uno por uno á los agraciados de ese día. 

— Virginio Méndez! 

Un joven de 23 años, hijo del pueblo, de simpática 
figura, avanzó lentaménte, subió los diez escalones, dete- 
niéndose delante del Jefe del Gobierno. 

Levantóse éste de su asiento y exclamó : 

— Virginio Méndez, el Estado os asigna el premio del 
valor heroico por la noble acción que habéis ejecutado sal- 
vando con riesgo inminente de vuestra vida, la de dos seres 
humanos que, á no ser por vuestra noble acción, habrían pe- 
recido ahogados. 


94 


FRANCISCO PIRIA 


Avanzó lentamente hacia el joven, colocándole en el pe- 
cho una medalla de oro. Abrazólo, besólo, y dándole un 
apretón de manos, lo despidió diciéndole: 

— El Ser Supremo os tendrá en cuenta tanto heroísmo; 
la Patria y la Humanidad os quedarán eternamente agra- 
decidas. 

El pueblo instintivamente se había parado, y al bajar Vir- 
ginio la amplia escalinata, fué saludado por los diez mil es- 
pectadores con una salva de prolongados aplausos. 

Volvieron á tocar los heraldos. 

Reinó el silencio. 

El pregonero hizo de nuevo oir su voz para llamar á Te- 
lémaco Benítez. 

Un anciano nonagenario avanzó con lento paso y fuó su- 
biendo la escalinata acompañado por una joven y un niño. 

Al llegar delante del Jefe del Gobierno, éste lo recibió 
con los brazos abiertos, y después de cambiar un fraternal 
abrazo, dirigiéndose al pueblo exclamó: 

— La patria agradecida por los inmensos servicios pres- 
tados á la nación por Telémaco Benítez, quien fundó y 
costeó durante medio siglo el primer hospital de niños le- 
gándole su inmensa fortuna, ha resuelto regalarle una co- 
rona de laurel como prueba de reconocimiento al gran be- 
nefactor. ordenando se levante, para perpetuar su memoria, 
un monumento en uno de nuestros principales paseos pú- 
blicos. 

Y acompañando la acción á la palabra, tomó de sobre la 
mesa una corona de oro esmaltada de verde, formando ho- 
jas ile laurel, y con ella coronó al anciano, quien lloraba de 
emoción, abrazado por los nietos que le acompañaban. 

Todos los miembros del Gobierno abrazaron y besaron á 
Benítez. 

El pueblo, de pie, saludó frenéticamente al premiado, ver- 
dadero benefactor de la humanidad. 

Mientras Telémaco bajaba la escalinata, el pueblo repetía 
sus aplausos, enjugando á la vez el llanto de alegría que co- 
rría por sus mejillas. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


95 


La escena fué conmovedora. 

Reinó el silencio, y volvieron los heraldos á hacer oir sus 
trompas. 

— Marcos Batlle ! llamó el pregonero. 5 un hombre < e 
cincuenta años, de esbelta figura, mirada altiva y simpática 
á la vez, avanzó resueltamente, envuelto en los pliegues ( i 
su tónica violácea. Al llegar al último escalón se detuvo. 

El Jefe del Gobierno le extendió la mano, diciéndole: 

— Marcos Batlle, por vuestro plano de los edificios y 
ejecución de las grandes obras de los baños públicos, el 
Consejo Supremo os premia con un diploma de honor y el 
tesoro público os ruega aceptéis cuarenta mil Artigas en 
compensación de vuestros trabajos. 

Alzó la frente el favorecido, y contestó en tono de agra- 
decimiento : 

— Acepto gustoso, y no sé cómo agradecer el alto honor 
con que se me distingue; tomo para mí este diploma, que es 
la mejor recompensa que se me podía asignar, y ruego al se- 
ñor Presidente quiera en mi nombre destinar los cuarenta 
mil Artigas como donación dotal á las primeras diez jóvenes 
del Ilorfanotrofio del Sud que contraigan matrimonio. 

El pueblo entusiasmado aplaudió con verdadera admira- 
ción tanto desprendimiento, mientras que el Jefe del Estado 
abrazaba tiernamente á Marcos Batlle. 

Éste fué á confundirse con el pueblo. 

Volvieron los heraldos á tocar, y de nuevo el pregonero 
volvió á llamar á otro de los premiados. 

— Orestes Fernández ! . 

Y Orestes avanzó acompañado por Fonty hasta la pri- 
mera escalinata. Subió solo, y al llegar á la última paróse 
de nuevo el Jefe del Estado, exclamando: 

— Orestes por vuestros estudios de canalización del De- 
partamento de Rocha, desecación y colonización del ba- 
ñado de India Muerta, el Gobierno os premia con un di- 
ploma de honor; quedáis nombrado para dirigir los tra- 
bajos de su ejecución con un estipendio de diez mil Artigas 
anuales. 


96 


FRANCISCO PIRIA 


Recibió conmovido Oestes su diploma, abrazó al anciano 
y descendió lentamente. 

Una salva de aplausos saludó al agraciado, el cual vino á 
sentarse junto á nosotros, en el sitio que le teníamos reser- 
vado en medio de sus padres. 

Aníbal Díaz fué premiado por sus descubrimientos quí- 
micos. 

Fructuoso Busto por sus inventos astronómicos. 

Saturno Arena, por las minas de petróleo descubiertas 
en el Departamento de Minas. 

Ruperto Ferreyra por su composición poilica titulada 
Ilumanidad. 

Adela Castell por sus obras de caridad; y otros muchos 
cuyos nombres no he podido retener en la imaginación. 


Eran las catorce del día cuando, después de almorzar, nos 
dirigimos al Estadio del Sud, en donde Fonty nos había 
dado cita para asistir & su conferencia, titulada: «El socia- 
lismo anárquico del siglo xix y el socialismo progresista 
del siglo xxi*. 

Yo iba con toda la familia de Temístocles, incluso él tam- 
bién. 

Las señoras y señoritas asisten libremente á todas las 
reuniones y toman también la palabra para emitir sus opi- 
niones, cuando la ocasión se ofrece. 

La discusión es libre; pero para refutar á los conferen- 
ciantes, se les deja hablar primero, es decir, terminar sus 
discursos. 

'lodos los que asisten á las conferencias, como lo he no- 
tado en las varias que llevo frecuentadas, llevan su carnet 
de apuntes y, á medida que lo juzgan oportuno, hacen en él 
sus anotaciones, para después tomar la palabra si les ocurre 
y rebatir a los oradores. 

El salón estaba atestado de espectadores; suaves corrien- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


97 


íes mantenían una temperatura fresca y agradable, muy 
( «tinta de la que había que soportar en mi época, cuando 
en verano concurría uno á las reuniones públicas ó á fun- 
ciones teatrales, en donde el aire bueno faltaba en relación 
que el malo iba aumentando, en donde en vez de ir á diver- 
tirse ó á gozar de los espectáculos, se iba á sudar la gota 
gorda. 

Subió el seílor Fonty á la tribuna en medio de un silen- 
cio sepulcral. 

Pasó rápidamente su afable mirada sobre el auditorio, 
mientras una salva de aplausos saludaba al orador. 

Este empezó diciendo: 

Queridos amigos: la Providencia nos depara la suerte 
de tener en nuestro seno, en el centro de esta reunión, nada 
menos que á Fernando, el hombre del siglo xtx, de ese si- 
glo que tanto bueno quiso hacer y tanto malo engendró; de 
ese siglo mártir de la idea del progreso, que, lanzada en su 
seno por los hombres que le precedieron, no pudo germinar 
bien ni á tiempo la simiente arrojada en terreno que no ha- 
bía sido preparado. 

Á los hombres de ese siglo se les había hablado de dere- 
chos, mientras lo que imperaba en casi todo el orbe eran los 
avances brutales; se les habló de libertad, y la tiranía de 
los mandones subyugaba á los pueblos; se les habló de 
igualdad, y la usurpación do la propiedad lo tenía todo do- 
minado; se les habló de fraternidad, mientras seguía impe- 
rando la distinción de las castas en casi todo el orbe. 

El hombre nacía, vivía y moría esclavo. 

Indudablemente la humanidad había avanzado, las ideas 
habían hecho camino; pero á medida que las ideas avanza- 
ban y que el hombre se instruía, era más desgraciado, pues 
se daba más exacta cuenta de su triste posición. Dos ten- 
dencias pugnaban en fiera lucha: la una encarnaba el ul- 
tramon tan ¡sino, y bajo Ja égida de sus adeptos los jesuítas, 
estaba confiado el reclutamiento de sus hombres dirigentes, 
j.i otia era el liberalismo, es decir, lo que se llamaba libe- 
ra ismo, en la que estaban afiliados todos los elementos en 


98 


FRANCISCO FIRIA 


híbrida amalgama: los virtuosos y los canallas! los honra- 
dos y los picaros! 

Los primeros reclutaban para sus filas al hombre de ta- 
lento ó de capital : dos fuerzas positivas, con las que se do- 
minaba al mundo en aquella edad de mentira. 

La otra buscaba aparentemente la felicidad de la huma- 
nidad ; ideal irrealizable, sublime utopía, dados los cimientos 
sobre los cuales se echaban sus bases. 

En el fondo todos buscaban sus conveniencias : el ego- 
tismo triunfante. 

Eos primeros, escudados por una religión de amor y fra- 
ternidad, de la que se servían para llegar á sus fines; los 
segundos, en su mayoría no tenían religión. Se confor- 
maban con negarlo todo, que no era poco! Y se quería 
desviar á la humanidad de la senda que debía inevitable- 
mente conducirla al caos, empujándola en la misma senda. 

La instrucción del pueblo era la bandera que desplegaba 
á los cuatro vientos la tendencia liberal ; la instrucción como 
se daba en esa época triste, en la que no se pensaba para 
nada en el mañana. 

¿Cuál de las dos tendencias estaba ó se aproximaba más 
á lo cierto ? 

En absoluto ninguna ; pues había que hacer los cimien- 
tos antes de construir el edificio. 

Una tendencia se calificaba de retrógrada porque quería 
el progreso lento y razonado, pero á la vez convertía al 
hombre en instrumento ciego, seleccionando sus hombres 
dirigentes cuando desde niños frecuentaban sus institutos; 
la otra, la liberal, quería la igualdad, la educación de to- 
dos, todo el mundo debía ser algo más que instruido. 

¿ Qué se conseguía con convertir á la humanidad en una 
academia de sabias medianías, si sólo se creaban desgra- 
ciados con levita, sin aptitudes para el trabajo? 

La educación común sobre las bases de la mentira era 
un mal. 

Muchos hombres de esa época solían exclamar: « Aunque 
yo no creo, sin embargo quiero que mi hijo sea educado en 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


99 


la religión, porque una vez siquiera en la vida es necesario 
creer; cuando llegue á la edad de la razón, entonces com- 
prenderá que todas son imposturas de los curas. 

•En cuanto á mi mujer y á mi hija, la cosa cambia, es 
completamente distinta. Yo dejo que vayan á misa y al 
confesionario, porque amo la tolerancia; por otra parte, no 
me fiaría de una mujer sin religión.» 

Al mismo tiempo declaraba que el cura era un igno- 
rante, enemigo de la patria y del bien de la sociedad. ¡Su 
patria, Roma! pero Roma católica; y mientras eso decía, le 
confiaba la educación de sus hijos y deseaba que su mu- 
jer y su hija recurrieran al cura en los momentos más difí- 
ciles de la vida y le confiaran aquello que no se confía al 
esposo, al padre. 

Quería que creyeran lo que declaraba absurdo, porque la 
conciencia de ellas les parecía sustancial mente distinta de la 
de él, y si á eso agregamos la poca é insuficiente instruc- 
ción que en general recibía la mujer, es fácil convencernos 
del abismo que cavaba entre él y ellas. 

De esa manera la entidad ideal de la familia se descom- 
ponía, y los hijos, resintiéndose pronto del mal, vivían en una 
atmósfera que corrompía sus sentimientos. 

Mas ellos desde muy pronto aprendían á fingir y á no 
tomar nada con seriedad. 

Entraban en la vida sin fuerzas para obrar consecuente- 
mente, basándose en su incredulidad, nccptando el bagaje 
de la tradición como un legajo importuno que en los días 
de desencanto echarían al agua, para volver después á 
pescarlo á su tiempo y trasmitirlo á su vez á sus hijos. 

En este berenjenal, ¿qué buscaba el pueblo? ¡Él mismo 
lo ignoraba! Si bien en muchos casos la enseñanza cris- 
tiana se refugiaba en el santuario del hogar; pero, y al po- 
bre aquel que trabajaba de sol á sol, ¿ qué tiempo le que- 
daba para dedicar á la educación moral de sus hijos? 

Como he dicho, la sociedad descansaba sobre bases fal- 
sas, y las consecuencias que se derivaron no debían ser 
otras. 


FRANCISCO FIRIA 


1<X> 


Al concluir el siglo sucedió lo que era lógico sucediera, y 
es que los que habían aprendido á estudiar no querían tra- 
bajar. 

Y los que habían vivido trabajando saboreaban la idea 
del descanso: no querían ser menos. 

Se habían obligado á frecuentar las escuelas primarias, en 
donde aprendieron á leer libros y periódicos; se sentían 
hombres como los demás; discutían y razonaban á su ma- 
nera y querían ser oídos. 

Cuando el hombre se encontró frente á frente al capital 
impersonal que no escuchaba, que no sentía, que no razo- 
naba, la pasión lo cegó : dejó de ser hombre, trocándose en 
fiera. 

Entonces empezó á gritarse contra los que tenían algo y 
más aím contra los que tenían mucho; y como los más no 
tenían nada, se declaró la guerra al capital, á lo que se 
llamó burguesía. 

Se pretendía reformar la sociedad destruyendo el edificio 
social, cavándole los cimientos, sin darse cuenta de que todos 
quedarían aplastados debajo de sus ruinas. 

Se quería la destrucción de la burguesía. 

¿Dónde empezaba el burgués que se quería destruir? 

Según el socialismo del siglo xtx, burgués era aquel que 
licué lo que yo no tengo, lo que yo desearía tener. 

¿Y con semejantes ideas se pretendía reformar la huma- 
nidad, el mundo? 

El socialismo debió ser simplemente el modo de conside- 
rar las cosas, no como eran, sino como debieran ser. 

Eué casi unánimemente mal concebido, peor puesto en 
práctica, y mucho más mal y peor juzgada la idea por quie- 
nes no la comprendieron. 

iva tan mentada repartición de bienes debía tener por 
fundamento la equidad, yéndose á ella lentamente por me- 
dio de la evolución y no á saltos; pues en natura todos los 
grandes fenómenos evolutivos y estables se producen por 
la acción del tiempo y no bajo el impulso nervioso del hom- 
bre impaciente. 


EL SOCIALISMO TRIUNFASTE 


101 


En ln escala de los propietarios, desde el más ínfimo 
hasta el más encumbrado, todos eran burgueses, todos de- 
bían sucumbir en holocausto de las ideas de los que no te- 
man nada, de los que nunca habían hecho mérito para tener 
algo. 

Los socialistas del siglo xix buscaban la organización 
de la sociedad sobre las bases de la igualdad, y para eso 
había, según ellos, que destruir todo lo existente: anulación 
del capital, anulación de la propiedad en absoluto, supre- 
sión del individualismo el caos! 

Surgió el anarquismo, como consecuencia lógica de tanto 
absurdo, pues se buscaba el mal en donde en realidad no 
existía. 

Declarar el exterminio radical é instantáneo del eapital 
acumulado con el trabajo, fruto de una 6 más generacio- 
nes, era un absurdo; y los absurdos, aunque suelen triun- 
far transitoriamente, es para dejar más expedito el campo 
de la fría razón, de la verdad, que en pos de las grandes caí- 
das, conduce triunfante hacia sus destinos á la humanidad. 

Declarar la guerra al capital que se había convertido en 
potente ariete del movimiento industrial y fabril que tanto 
impulsó al siglo xix, creando al induatrinl, entidad poderosa 
sin raíces en la sociedad, expuesta á lodos los vaivenes del 
movimiento comercial de los pueblos, era la mayor de las 
utopías. 

Las cajas de ahorro, en las que se formaba el pequeño 
capital, eran tan luego las que proveían el capital grueso, 
contra el que se gritaba por los que no sabían y no querían 
ahorrar. 

Ese capital, que, á la vez, era empleado en la constitución 
de hipotecas, en la adquisición de títulos de renta, en las 
cédulas hipotecarias, en los montepíos, en los préstamos ru- 
rales y en los descuentos de vales comerciales, acciones de 
sociedades anónimas, de los que echaba mano el fabricante 
para hacerse de recursos, pagando así con las utilidades 
que le producía la fábrica al personal por los trabajos que 
ejecutaba, asociando indirectamente á los beneficios de su 


102 


FRANCISCO PIRIA 


empresa á aquel que había sido virtuoso, sobrio, trabajador 
y económico. 

Suprimiendo, pues, el capital grande, debía lógicamente 
desaparecer el capital pequeño, destruyéndose las bases de 
la sociedad. 

Esa fué la teoría del socialismo que engendró el anar- 
quismo. 

De ahí nacieron las grandes huelgas. Se pretendieron sa- 
larios subidos y reducción de las horas de trabajo: utopía 
irrealizable, dado el egoísmo en que vivían encerrados den- 
tro de las fronteras las naciones. 

La tremenda lucha de la competencia aminoraba los sa- 
larios, á medida que las horas de trabajo aumentaban. 

El mal existía en realidad, pero el error estaba en el 
diagnóstico. 

La máquina fué el verdadero feudalismo del siglo xix. 

El obrero se vió privado de ella, y por ende esclavo del 
capital. 

No podía trabajar sin instrumentos y materia prima, así 
que debía aceptar del rico propietario, por su trabajo, lo 
que quería darle ; y éste le daba lo indispensable para 
vivir. 

Cuando no tenía trabajo no le quedaba el derecho de 
presentarse á la autoridad y decirle: «No hay para mí tra- 
bajo en la fábrica donde estaba empleado;» ó, teniéndolo, 
tampoco había á quien recurrir para exponer su queja justa, 
diciendo : « El salario es hoy tan reducido, que no alcanza 
pam asegurar mi existencia; vengo, pues, á reclamar de la 
autoridad pidiéndole un trabajo cuyo salario no me haga 
envidiar la vida de las bestias!» 

No; no sólo no le asistía ese derecho, sino que la sociedad 
le decía, después de haberlo despojado del primero de to- 
llos los derechos, el de la propiedad, digo, el usufructo de la 
tierra: «Búscate trabajo, si puedes, y si no puedes ó no en- 
cuentras, muérete de hambre, revienta en la miseria, pero 
respeta la propiedad ajena ! » 

Y la sociedad aumentaba la befa infame hasta declarar 


EI. SOCIALISMO TRIUNFASTE 


103 


culpable al hombre que no podía encontrar trabajo, que no 
podía vivir! ya sea tratándolo de vagabundo, encerrándolo 
en los cuarteles, 6 calificándolo de mendigo para aprisio- 
narlo en los asilos de pobres; cuando no lo desterraba de 
su seno ó lo perseguía como á una bestia feroz. 

Y todo porque no teniendo los medios para la subsisten- 
cia, ni asilo y ni medios de procurarse ambas cosas, se atre- 
vía á hablar do derechos y de igualdad ante la natura. 

¡Y era esa misma sociedad, convertida en juez y verdugo, 
la que lo había despojado de todo ! 

Todas esas desventuras indujeron más de una vez al 
hombre al delito: naufragio del sentido moral, que antes de 
estudiarse como fenómeno político, debió estudiarse como 
fenómeno social. 

La ciencia de todos los tiempos ha podido probarnos que 
el hombre puede nacer orgánicamente bueno ó malo, pero 
nunca nos probará que el organismo humano no ha sido 
en todos los tiempos enmendable. 

Se combatió por la igualdad civil y fué abolida la escla- 
vitud; se combatió por la igualdad religiosa, y surgió el cris- 
tianismo; se combatió por la igualdad política, y surgió la 
libertad; más tarde se combatió por la igualdad económica, 
y la lucha se transformó, salvado el período incandescente, 
surgiendo el ideal del socialismo, obedeciendo á la ley evo- 
lutiva, que es la ley de la humanidad, haciéndose carne 
al fin ! 

Todas las naciones se encerraban dentro de sus fronte- 
ras oponiendo fuertes impuestos aduaneros á la importa- 
ción. 

El productor agricultor pedía impuestos altos, protecto- 
res, para evitar la competencia de los productos similares, 
pues todo el mundo acababa de entrar en un período de 
excesiva producción. 

Y mientras tanto, el fabricante, el industrial, querían im- 
puestos nduaneros bajos, para que sus productos pudieran 
entrar libremente en los países que no eran fabriles ni in- 
dustríales. 


101 


FRANCISCO PIRIA 


El libre cambio avanzaba ¡i pasos agigantados, en alas 
de tantos intereses encontrados. 

Á Roberto Fixert se le debe la aceleración del triunfo 
de la gran doctrina, obtenido en el Congreso mundial ce- 
lebrado en París en 1914, la que puede decirse salvó á la 
humanidad del caos, aproximó á los pueblos y aceleró el 
gran acontecimiento de la fraternidad universal. 

El mal entendido proteccionismo fué aumentando el mal- 
estar de todas las naciones á medida que se aumentaban 
los impuestos sobre la importación, pues al cerrar una na- 
ción la entrada á los productos de la otra, cerraba indirec- 
tamente los mercados á sus propios productos, deriván- 
dose de este malestar el encarecimiento de la vida, coadyu- 
vando indirectamente al desarrollo de las doctrinas socia- 
listas. 

Á pesar de todo, los capitales no podían permanecer en 
el estado de inmovilidad. El proteccionismo, á medida que 
fué creciendo, contribuyó poderosamente al desarrollo in- 
dustrial de todas las naciones nuevas; pero como no había 
mercado fácil, decayeron los productos y aumentaron las 
horas de trabajo, mientras mermaban las rentas aduaneras 
en beneficio del fabricante, 

Cada nación, bien ó mal, se proveía á sí misma. 

Y las huelgas pedían merma de trabajo y aumento de 
salario ! 

El fabricante, el capitalista, fué la víctima de ese estado 
de cosas, sacrificado en holocausto de las falsas doctrinas 
imperantes. No pudiendo seguir, sucumbió, ahogando al 
industrial en su caída. 

¡El anarquismo acababa de triunfar! 

¡Guerra al capital tirano! gritaron las masas sin trabajo 
y sin pan. 

Y la guerra declarada al capital, fruto sacrosanto del 
trabajo del hombre, triunfó! 

Por otra parte, los que pedían pan, ofreciendo trabajo en 
cambio, estaban en su derecho también. 

¡Qué culpa tenían ellos si la sociedad sucumbía á causa 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


105 


del egoísmo de los hombres que regían los destinos de los 
pueblos ! 

Ellos tenían derecho de vivir como todos los seres que 
el Ser Supremo puso sobre la tierra, sobre esta tierra que 
el hombre robaba al hombre, sobre esta tierra que todos 
debían y tenían derecho de poseer y el deber de trabajar, y 
que sólo una pequeña parte de la humanidad se había apo- 
derado de ella, dejando la mayor parte en el abandono, 
usufructuándola otros, con virtiendo para eso al hombre en 
bestia, mientras la masa inmensa de población desheredada 
é ilota, errante y sin hogar, vivía en la miseria y el aban- 
dono más criminal. 

El pequeño puñado do nieve desprendido de la cumbre 
de la montaña, rodando en la pendiente, se convierte en 
alud, derribándolo todo al llegarestrepitosamente al abismo. 

Así triunfaron las grandes ideas; así se realizaron las 
grandes evoluciones, mientras la humanidad se encaminaba 
á sus grandes destinos. 

Detúvose un instante Fonty, como para tomar aliento, 
cual intrépido alpinista que ágilmente y con seguro paso 
trepa á la cumbre. 

Después de breve pausa, continuó diciendo: 

— Así como el experto marino en la oscura noche aguza su 
vista y penetra en las profundidades del horizonte, de la 
misma manera durante la breve y oscura noche que imperó 
el socialismo anárquico engendrado por el siglo xix, la hu- 
manidad vislumbró la luz de la verdad, y de ese caos surgió 
la que debía dirigirla por la senda del triunfo. 

No me detendré á haceros una relación sucinta de los he- 
chos que se produjeron, y que para eterno ejemplo están 
grabados en la memoria de todos nosotros ; atacando, des- 
truyendo el capital grande, se había atacado y destruido el 
capital pequeño, derrumbándose el orden social. 

El socialismo, como la mayoría lo entendía entonces, era 
la negación de la propiedad individual, la anulación radi- 
cal del capital impulsor del movimiento: era la atonía de la 
la sociedad. 


106 


francisco firia 


El triunfo de ese socialismo fué su gran derrota; cuando 
del campo abstracto de la utopía pasó al de los hechos, fué 
una verdadera Babel. 

Nadie quería trabajar. 

Todos querían poseer! 

Las horas de trabajo fueron mermando á tal punto, que 
llegó el momento en que la humanidad presentó el cuadro 
más desolador. 

Ahí empezó su rápida y estrepitosa caída. 

Las gentes huían délos campos; nadie quería labrar la 
tierra : todos amaban la vida do la ciudad y la molicie. Los 
campesinos se resistían á sangre y fuego á la entrega de sus 
predios. 

En efecto : si le decíais al pequeño propietario del siglo 
xtx que se adhiriera al socialismo para destruirlo todo, el 
individualismo se levantaba airado para oponerse, pues na- 
die quería perder lo que era suyo. Eran los que nada po- 
seían, los que querían repartirse lo ajeno. Es fácil cosa 
convencer al que tiene poco, para que concurra al reparto 
con los que tienen más; pero es muy difícil que se resuelva 
á hacerlo con los que no tienen nada. 

Hubo necesidad de armar ejércitos numerosos, después 
de haberlos abolido en absoluto ; y lo peor era que la mi- 
tad de la humanidad fué armada para obligar al trabajo á 
la otra mitad. 

Los trabajadores de los campos, que acariciaban la idea 
del reparto, vieron que, no sólo no había reparto, sino que 
debían trabajar sin ni siquiera abrigar la esperanza de lle- 
gar á ser propietarios un día, por medio del trabajo, del 
ahorro y de la sobriedad. 

Como la holganza crecía y los ejércitos y policías que ha- 
bían sido organizados para obligar á todos al trabajo, fue- 
ron en aumento, resultó que hubo necesidad de imponer 
mayor número de horas de trabajo, á tal punto, que ni los 
días festivos se respetaron, pues el número de brazos iba 
cada día en descenso; y como si eso no bastara, se traba- 
jaba de mala gana, pues de los trabajos pesados tocios 


El- SOCIALISMO TRIUNFANTE 


107 


huían y nadie quería ocuparse de ellos, mientras todos am- 
bicionaban el empleo y el descanso. 

La prosperidad de los pueblos es el producto de las ener- 
gías humanas. 

Si todos los hombres hubieran poseído un pedazo de tie- 
rra, la cuestión social no habría existido, porque á medida 
que hubiese aumentado el número de los propietarios, de los 
que tenían algo, habría mermado el anarquismo, los que 
no tenían nada; solidificándose la sociedad sobre bases in- 
conmovibles, surgiendo el partido conservador, que fué el 
que debió conducir á la humanidad al cumplimiento de 
sus grandes destinos por el sendero de la verdad, á la 
conquista de todos sus derechos. 

El socialismo pretendía una sociedad en la que todos los 
hombres fueran iguales. Error funesto y contrario á las le- 
yes do la naturaleza. 

Quería el dominio de todos, sin tener presente que en 
donde ese dominio empieza, la sociedad termina: está el 
caos. 

Se pretendían pocas horas de trabajo: destrucción del 
capital. 

¡Cómo si pudiera existir el trabajo sin el capital, cuando 
tan luego el trabajo fué el que lo engendró! 

Anulación de la propiedad, sin tener presente que de su 
seno surgiría una nueva oligarquía una vez realizado el 
triunfo, puesto que desde que la propiedad existía, alguien 
habría de quedarse con ella; y en el reparto torios querían 
ser favorecidos, quedando demasiados fuera de los benefi- 
cios del festín : nuevo caos que engendró luchas tremendas, 
dado el egoísmo de los hombres de esa época. 

Los propagandistas ardientes de esa doctrina sin funda- 
mento acechaban el capital, y al día siguiente de la victoria, 
convertidos en propietarios, fueron los más ardientes pet- 
seguidores del socialismo. 

Por otra parte, ¿cómo pxlía ser duradero un estado de 
cosas que igualaba todos los individuos: el ignorante al 
instruido, el instruido al sabio, el sabio al idiota, el idiota 


108 


francisco piria 


al trabajador inteligente, el trabajador al holgazán, el in- 

r's¿ b 7 Pil !ir' 0 ■" b, “ <> - - """»*» - — » 

¿Cómo podía ser duradero un estado de cosas absurdo 
br,, “ i, ”'" e por ci * '» 

Sin embargo ese socialismo triunfó en brazos del anar- 
P"™ 8ucu ">b¡ r estrepitosamente en el siglo xx, de- 
jándole a la humanidad una gran enseñanza; fué una tre- 
menda lección que, á costa de mucha sangre, muchos 
mártires y grandes sacrificios, aprendió la humanidad sur- 
giemlo deesa tremenda prueba el verdadero socialismo 
razonado que se vigorizó poderosamente el siglo xxt ' 

ha r erSe evitad ° 8i el 8i « 1 ° x,x no huíiiern 
^ do el heredero forzoso de los prejuicios de tantas genera- 
ciones que le precedieron. 

El verdadero socialismo no podía pretender la igualdad 
absoluta del trabajo, pero sí que fuera extirpada la absur- 
didiid de los hombres que trabajaban excesivamente arrui- 
nando su salud, sacrificando su existencia; mientras otros 

s¡baritÍmo nada abá0lutamente > «««regados al más relajado 

E! verdadero socialismo debía exigir que fueran asegu- 
ndas á todos las condiciones de la existencia, para que 
gencia Ctln PU< ' Cr “ <Iesenvolver su personalidad, su inteli- 

Jehová prescribió á Moisés: «La tierra será dividida en 
suerte entre las tribus y las familias; , y el Profeta, lanzando 
su mirada hacia el porvenir, atrevidamente afirmaba que 
los cuatro Imperios que pasaron sobre la tierra apoyados 
en la fuerza brutal, por esa razón fueron derrumbados; que 
i nidria en pos de ellos un quinto Imperio, fundado sobre 
ln inteligencia, y entonces- exclamaba -cada espadase 
convertirá en un arado y reinará la paz universal, el bien- 

V dé la 'alegría ”? voeneral el desarr °"o de la inteligencia 

•Mas tnrc ] C) Aristóteles agregaba: «Haced de manera que 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


109 


cat a poire ten S a un campo, pues aún así mismo no basta 
que los hombres sean iguales desde un punto de vista, sino 
quo es su deseo serlo de todas maneras y en todo ; iguales 
en la libertad, iguales en deberes íí cumplir y en derechos 
<i ' jcrcer, pues riéndose privados ó menoscabados del uso de 
sus derechos, se rebelarán, y haciéndolo, usarán de su de- 
recho. » 


Falca de Calcedonia, famoso escritor y filósofo, decía : 
«Todos los ciudadanos de un Estado, ámás de ser educados 
de la misma manera, deberían también poseer igual porción 
de tierra en propiedad.» 

La insurrección más característica de que hace mención 
.a Historia latina, es el amotinamiento de la plebe del tercer 
siglo de Roma, cuando sufriendo de mala gana la pobreza, 
se retiró sobre el monte sagrado exigiendo que los nobles 
dividieran con ellos los bienes, las fatigas y las dignidades. 

San Juan avanzaba más, invadiendo por completo el 
campo del comunismo, cuando predicaba á los ricos el de- 
ber de abandonar la molicie y entrar con el pueblo en la 
comunidad de bienes. 

Los primeros apóstoles también predicaban el comu- 
nismo, inspirados por el aliento puro del fundador del cris- 
tianismo. 


El agape de los primeros cristianos nos recuerda los 
banquetes en comunidad de los lacedemonio* 

Las doctrinas de los pelasgos, valdeses, alhigeses v lo- 
Uardos tenían por fundamentos las ideas del social í Jo 
Storch y Munzer transportaron al campo político ]» 

forma religiosa de Lulero, deduciendo de la igualdad ante 
ifios y del principio de la fraternidad cristiana, la igualdad 
política y Ja comunidad de bienes. 

* La tierra, decía este último, es una heredad común so- 
« bre la cual tenemos derecho á una porción que nos ha 

« sido. robada. ¿Cuándo * le,nos vendido nosotros nuestra 

* porción? ¡Que se nos presente el contrato! Rendidnos 

* ffisssr 103 bienes c,ue c ° n tanta injustic¡a 


110 


FRANCISCO PIRIA 


« No os solamente como hombres que tenemos el dere- 
* cho á la distribución, pero sí también como cristianos.» 

El valor de la tierra iba siempre en aumento, no sola- 
mente como consecuencia del trabajo y del capital en ella 
empleado, pero también como resultante del aumento de 
población y por consecuencia de la riqueza nacional ; este 
último aumento pertenecía al Estado, el cual debía reivin- 
dicai lo para el porvenir con un impuesto especial sobre la 
tierra de aquellos que la poseyeron y no la trabajaron ó la 
hicieran trabajar por terceras personas ó las arrendaran. 

lomas Campanella, invadiendo á su vez el campo del 
comunismo, exclamaba: * Pam repartir las cosas con igual- 
dad y justicia y no turbar la felicidad humana, es necesa- 
rio ante todo abolir la propiedad, pues hasta tanto que ella 
subsista, la clase más numerosa y estimable no tendrá de 
su parte más que penurias, tormentos y desesperación.» 

El derecho de las mayorías, que tanto se invocó á fines 
del siglo xtx, no fué más que una burla sangrienta, un 
apostrofe lanzado al pueblo vejado, escarnecido y vilmente 
explotado, puesto que las mayorías las constituían los que 
no eran propietarios, los que nada poseían, y excuso decir 
que en llegando á triunfar esa mayoría, el problema socinl 
de hecho habría estado resuelto. 

Fonty se detuvo jadeante; su mirada brillaba en aquel 
pálido rostro que parecía inspirado por un espíritu superior. 

¡ Acababa de llegar á la cumbre! 

Detúvose un momento, como viajero que debiendo hacer 
largo camino, siéntase en una de las piedras miliarias que 
lo franquean. 

Al poco rato, reanudando el discurso, empezó diciendo: 

Amigos míos, os pido queráis acompañarme un breve 
instante para dar gracias al Ser Universal por los benefi- 
cios con que nos ha colmado, para que nos acompañe con 
su fortificante aliento y podamos llenar la misión que cada 
uno de nosotros debe cumplir en esta existencia. 

Como movidos por ?.:i resorte, todos los concurrentes se 
Pusieron de pie, entonando un himno al Creador. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


311 


Un armonio de colosales dimensiones acompañaba el 
canto religioso, si es que así puede llamársele, desde que 
todos profesaban la religión del deber, del amor y de la 
caridad. Terminado el himno, Fonty reanudó el discurso. 

Eli pos de la negra noche del error, viene la gran caída, 
y de ahí fué que sacó fuerzas la humanidad para rasgar el 
velo del futuro y encaminarse resueltamente al cumpli- 
miento de sus grandes destinos. 

El siglo x:x fué un siglo de mentira, mientras que el xxi 
es el siglo de la verdad. 

En las escuelas del siglo xix se predicaba mucha moral 
á los niños, amor á la patria, culto á los héroes naciona- 
les y respeto á las instituciones; mientras que éstos cre- 
ciendo, veían que lo que se les había enseñado era tan 
luego todo lo contrario de lo que se practicaba en la vida 
real. 

Los gobernantes del pasado proclamaban la verdad, 
mientras transigían con el error é inculcaban el vicio. 

El error en política y la corrupción moral debieron ser 
atacados de frente. 

Los pueblos por naturaleza eran indolentes: toda innova- 
ción les repugnaba, pues contra ella se resentía su inercia, 
los sofismas que habían engendrado de generación en ge- 
neración, siglo tras siglo. 

Cuando el pueblo vió los resultados prácticos de la gran 
evolución, el entusiasmo se apoderó del espíritu público, y 
á eso se debe el triunfo de la revolución moral que hemos 
operado. 

Probó los grandes beneficios que de ella se derivaron para 
la humanidad, y la causa del presente y del porvenir sur- 
gió triunfante del bien general. 

Pasada la gran borrasca, la humnnidad fué lentamente 
encarrilándose, habiendo dejado en la gran caída todo el 
atavismo de las impurezas que lo legaron los siglos que 
precedieron al xx. 

Cuántas conquistas, cuántas reformas saludables fueron 
echando raíces y destruyendo por completo los errores del 


112 


francisco firia 


pasado, excuso enumerarlos, porque sería interminable mi 
oración, en la que debo concretar, pues me he propuesto 
poner frente al socialismo anárquico del siglo xix el socia- 
lismo liberal del siglo xxi. La primera faz ya os la he pre- 
sentado; tócame, pues, presentar la segunda. 

Una de las bases angulares sobre las cuales descansa la 
sociedad moderna, fué, sin duda alguna, el triunfo de la 
doctrina libre cambista, iniciada en Alemania por el coloso 
Roberto l'ixert el año 1944. Al año contaba en su seno 
con más de un millón de adeptos, al segundo año el nú- 
mero se había decuplicado, y el año 1947, tanto el fabri- 
cante como el agricultor, así como el obrero y el_ labrador, 
todos estaban afiliados á la gran idea. El año 1950 se cele- 
bran congresos libre cambistas en todas las ciudades del 
Universo. La gran lucha empieza. Las monarquías se ven 
amenazadas de muerte, pues el libre cambio va á cegarles 
la fuente principal de sus recursos, y prevén que después 
del libre cambio, otras supresiones radicales de impuestos 
vendrán en pos, y que los pueblos marchaban por ese ca- 
mino al dominio absoluto de sus derechos, sin necesidad de 
testas coronadas, ungidas por el representante de Dios en 
la tierra, ese Dios que el catolicismo encarnó con Cristo, a 
que adoraban como al Creador los pueblos en la edad del 
error, mientras despreciaban sus sublimes preceptos con la 
mayor impiedad, su sublime vida, sus predicaciones y su 

muerte, que todo fué amor. , 

Los hombres hicieron de él y de sus doctrinas un Dios de 

odios, venganza y despotismo. 

Pablo, el más fiel intérprete de su misión, decía: «bi yo 
muevo los cielos y la tierra y no encuentro amor, no habré 

he De° estos ” preceptos sublimes, el catolicismo hizo una 
religión de sospechas, de odios y de venganzas . 

La monarquía, después del trian o del socialismo anai- 
quico v su gran caída, logró asirse del dominio de los pue- 
blos como el náufrago que se salva en la primera tabla que 
las olas ponen a su alcance. 


113 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


Los pueblos aterrorizados creyeron, al salir del caos, que 
en la monarquía estaba su salvación, pues confrontando el 
estado social anterior con el que engendró el triunfo del so- 
cialismo anárquico, no había que titubear para elegir. He 
ahí por qué la monarquía, acechando á los pueblo?, se volvió 
á apoderar de ellos, si bien su dominio fuó muy transitorio. 

La liga monárquica se forma en 1943 para oponerse por 
la violencia al triunfo de las nueras ideas. Con sus podero- 
sos ejércitos, hacen los gobiernos ostentación de fuerzas, 
pero imposible vencer al enemigo: estaba en la conciencia 
y en el interés público, estaba en todas partes. 

Era la primera etapa. 

La revolución continuó rápidamente. 

En 1967 se proclama la República federal en ludia, 
siendo primer presidente de ella Víctor Manuel Felice, 
último rey de la península. 

Le tocaba al pueblo que incubó la más grande de las re- 
voluciones en favor de la humanidad, la suerte de conver- 
tirse en poderoso foco de luz que había de señalar á los 
pueblos la nueva ruta á recorrer, hiriendo de frente al po- 
der absoluto. 

En 1943 se reúnen las delegaciones de todas las comunas, 
de todas las ciudades del mundo en París. 

La gran revolución surge imponente; en vano resisten ó 
pretenden resistir las monarquías, pues ante el derrumbe 
inevitable ceden. 

En 1950 pe proclama en la capital de Francin el libro 
cambio ! 

Desdo ese día no existen ya fronteras; quedando supi i- 
midas las aduanas, todos los puertos del Universo se de- 
claran francos. 

Una de las grandes trabas al período evolutivo que se 
iniciaba en la senda á recorrerse, estaba completamente 
eliminada. 

En 1976 España y Portugal se declaran repúblicas, y 
en 1977 se firma en Roma el pacto de unión entre las Re- 
públicas latinas. 

8 


114 


FRANCISCO PIRIA 


Inglaterra acababa de declarar la independencia de to- 
das sus posesiones en las Indias y Oceanía, África v Amé- 
rica, formando la gran Confederación Británica. La Repú- 
blica se proclama en Londres en 1981. 

^ Austria había dejado de existir para formar parte de la 
Confederación Germánica, después de la abdicación de Gui- 
llermo Federico III, y todos vosotros sabéis cuál fué la 
suerte de la Rusia y su gran evolución después de la gran 
derrota de la China. 

En pos del triunfo del libre cambio, vino la anulación de 
la Deuda Pública; recurso inicuo de que se vahan 
las naciones para descontar el porvenir de los pueblos, & 
tal punto, que la mitad de los impuestos apenas alcanza- 
ban para cubrir los intereses de las Deudas Públicas con- 
traídas por los gobiernos para disfrutar á sus anchas con 
sus paniaguados y armar al pueblo holgazán para aterrori- 
zar al pueblo trabajador, el pueblo bestia! 

Cuánto se abusó en el siglo xtx y principio del siguiente, 
del inicuo expediente de crear títulos de Deuda, excuso de- 
cirlo. 

Libres las naciones de tan alevosas obligaciones, .6 impe- 
rante la doctrina del libre cambio, los pueblos se sintieron 
bastante aliviados de sus cargas. 

Las monarquías perdían terreno completamente, morían 
de consunción, se les agotaban los recursos. 

Ya se les había cegado una parte de los recursos interio- 
res, las aduanas. 

Con la supresión de la Deuda Pública se les acababa de 
cerrar el crédito exterior, pues de ese recurso abusaron to- 
das las naciones para agobiar á los pueblos, descontando 
el porvenir de la bumanidad. 

Los hombres, al nacer, ya traían la obligación de extin- 
guir deudas que otros habían creado con el solo propósito 
de vivir en la holganza! 

El mismo día en que se proclamó en Roma la Confede- 
ración Latina, se suprimieron los ejércitos permanentes. El 
desarme general se imponía después de haber mandado á pa- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


115 


seo á las testas coronadas y declararse el pacto fraternal. 

. e concluyen los gastos de guerra, se acabó el milita- 
rismo o igarquía que vivía cómodamente sin producir, 
rentada con el sudor del pueblo. 

En aquellos desgraciados tiempos, al que defendía la pa- 
tria se le asignaba una pensión, se creaba una renta para 
ti a costa del productor, como si no defendiera á su vez la 
patria aquel que desde su taller trabajaba fabricando ar- 
mas, municiones, «meses y vestuarios, ó el que cultivaba 

enunToafr P t r °'’ 0er , (le “Cantes mieses al soldado, 
s ’; a V ,0 ° S l0S , ciudada u<» Que cumpliendo con 

“ deber, se dedicaban al trabajo honesto, fuera cual fuese 
su ocupación. 

'iodos los hombres, sin embargo, aptos para manejar un 
arma, eran militares, estaban solemnemente comprometidos 
. ayudarse mutuamente dado el caso de que algón pueblo 
msensato pretendiera violar el pacto de frateniidad uni- 

lnehnh< Ií '^ ran obra no estaba terminada y la humanidad 

outu d ,l " C °" ^ del pa8ado > trab “ que había que 
liberal ,1 | Cm,,1 ,"° arecorrer - pues el triunfo del socialismo 
libera 1 debía descansar sobre sólidas bases; ya se habían 

todo el°r- U,ta(, ° S ‘ t 1 80cialismo a *iárquico triunfando con 

La propiedad seguía existiendo, y ése era el gran mal ■ 
jornada 8 86 Ve " Clern ’ 110 p0t,ía dec¡ ™e terminada la gran’ 

Las falsas opiniones tienen raíz en los juicios erróneos ; 
suroresy as supersticiones nacen de las nuts pequeñas 
insinuaciones, toman hábito y pasan al estado de sistema, 
poique vienen repetidas por todos. 

Evitando esas repeticiones, oponiéndoles la fría razón, la 
verdad en todo su esplendor, la convicción se hará carne • 
cayendo la venda, desaparecerá el error. 

Erigida la fría razón en sistema, destruyéronse los erro- 
res que engendró el pasado. 


11C 


FRANCISCO TIRIA 


No hablemos de la fe, que fué siempre la razón de las 
cosas no aparentes. 

Hizo breve pausa el orador, para proseguir diciendo : 

— El triunfo del socialismo anárquico fué la consecuencia 
lógica de los desaciertos del siglo xix. la falta de previsión 
y el no haber sabido poner á tiempo un dique á las pasio- 
nes desenfrenadas, no atinando á concertar los medios con 
previsión para evitar sus desastrosos resultados. 

La sociedad equívoca, sin más bases que un falso con- 
vencionalismo ; el desenfreno imperante de las desmedidas 
ambiciones; el afán del lucro y la sed insaciable de acu- 
mular riquezas, sin preocuparse muchas veces de los me- 
dios; la vorágine de las pasiones políticas, sin más ideal que 
el empleo público, rentado, vitalicio, á costa del pueblo, al 
que por vía de impuestos absurdos y expoliatorios, le arran- 
caban inicuamente el fruto de su trabajo aquellos mismos 
que, convertidos en poder por medio del fraude, dictaban le- 
yes de impuestos para proveer ásu bienestar, colmando así 
su ideal supremo, para cuyo fin invocaban los fariseos de 
esa edad menguada el sacrosanto nombre ríe la patria (do 
ese fin de siccle, como le llamaron en ese entonces Micard y 
Jouvenot), que no era otro que el de vivir en medio de las 
comodidades, de los goces, placeres, bienestar y holganza á 
costa riel sudor del pueblo, de la mayor parte do la huma- 
nidad convertida en bestia! 

Mientras tanto se les suministraba ú las nuevas genera- 
ciones una educación errónea, falsa, en el ideal y en la base, 
formando millones de inútiles, jauría de lobos hambrientos, 
zánganos de la colmena que se multiplicaban á medida que 
mermaban los que iban á producir; aproximándose por esa 
razón á pasos de gigante la resolución del problema social, 
que venía engendrando el siglo xix con todos sus grandes 
errores. 

Las escuelas educaban á la juventud para, en su casi to- 
talidad, obtener medianías: un lustre falso, un barniz de 
ideas generales, y en el fondo mucha petulancia. 

El ungido ya se creía un sabio, cuya misión sólo debía 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


117 


consistir en estirar la mano para coger el fruto de los pla- 
ceres, que en su vida do molicie debía proporcionarle la 
humanidad, después que á costa del sudor del pueblo ha- 
bía perdido su juventud en conseguir una falsa educación ! 

Los enemigos más encarnizados de los pueblos fueron 
siempre los analfabetos, los burocráticos, los profesores ig- 
norantes, los políticos nifios ó de mala fe, los diplomáticos 
imposibles, los generales de cartón, y la inacabable re- 
tahila de simples ciudadanos convertidos en jefes y oficia- 
les por favor especial de los mandones imbéciles, cuando 
no usurpadores de los dineros públicos, que de esa manera 
repartían á la marchanta los dineros de los pueblos traba- 
jadores entre sus cohortes do paniaguados. 

Enemigos del pueblo, las viudas interminables de esos 
oficiales y otros empleados, en favor de cuyos herederos se 
constituía una verdadera canougía, premiando no siempre la 
virtud y el patriotismo. 

Enemigos del pueblo, esas series sin solución de continui- 
dad de huérfanos mayores de edad, de los que no habían 
hecho más sacrificio por la patria que el de vivir de la cosa 
pública, y que por no ser menos que sus padres, seguían 
viviendo de lo que se llamaba impunemente rentas del 
Estado, y que otra cosa no eran que el sudor del pueblo 
arrancado al trabajador, á la comunidad, por medio del 
impuesto, por los brigantes del siglo xix, más de una vez 
constituidos en gobiernos y adueñados de vidas y hacien- 
das sin correr el riesgo de sus antecesores, que á lo menos 
exponían su pellejo: camorra infame de poltroni que tira- 
ban á la marchanta el producto del impuesto arrancado al 
pueblo por medio de leyes que ellos hacían y ponían en 
ejecución; y bajo ese barniz gubernativo se aniquilaban las 
fuerzas vivas de las naciones. 

Enemigos del país, los sendos representantes su i generis 
que so le nombraban al pueblo poco menos que por decre- 
tos gubernativos, alimentados á alto precio, convirtiendo la 
diputación en una lucrativa profesión. 

Enemigos del país, tanto abogado sin pleito y sin clientes 


118 


FRANCISCO PIRIA 


obligados á aferrarse á Ja política, encontrando siempre 
atenuantes á sus naufragios políticos, cosa que no se le to- 
leraba á cualquier hijo del pueblo ignorante ó sin título. 

Enemigos del pueblo, los empleados en demasía insuda- 
dos en todos los ramos de la Administración, produciéndose 
un desnivel alentador para el holgazán, pues mientras un 
empleado particular ganaba cuarenta, el empleado público 
recibía ochenta, haciendo menos trabajo y sin exigirle casi 
siempre la debida competencia para el desempeño del cargo. 

¿ Repetiré una vez más que no concreto, que hablo en 
tesis general, pues en todo el mundo soplaba el fatídico 
tramontano de fin de siglo? 

Enemigos de la humanidad, esa inacabable recua de no- 
bles, cuyo título saneado más de una vez, tenía su tronco ge- 
nealógico en el rufianaje de la antecámara de algún ban- 
dido convertido en magnate, y que miraban como inferiores 
á todos los que no ostenüiban lo que ellos llamaban escudo 
de nobleza ! 

Sin comprender que la nobleza de los tiempos modernos 
la constituía la inteligencia cultivada, basada sobre la hom- 
bría de bien. 

Imbéciles, que no comprendían la evolución que avan- 
zaba haciéndose camino, de la que debía surgir como resul- 
tancia del relativo adelanto intelectual de los pueblos, la 
nobleza del ingenio humano, que es un verdadero don del 
cielo. 

Enemigos de los pueblos, los propietarios rurales de vida 
patriarcal, que pasaban la existencia en la inercia, echados 
á la bartola con sus vastos campos cerrados, en los que pro- 
creaban miles de animales, privando á los trabajadores del 
derecho de labrar esa tierra, que era el patrimonio do todos. 

Enemigos del pueblo, los ricos propietarios territoriales 
que poseían vastas zonas sin más propósito que el de di- 
vertirse en la caza, mientras miles de infelices morían de 
hambre ¡ti redalor de esa tierra que les pertenecía y no po- 
dían trabajar. 

Y por último, enemigos del progreso, los usureros, mise- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


119 


rabies estranguladores de toda noble y alentadora inicia- 
tiva; falsos, hipócritas y jesuítas, que dándose puñetazos 
en el pecho, fingiendo lo que no eran, sólo buscaban colo- 
car con usura su dinero para atrapar en sus redes al infeliz 
que recurría ó ellos buscando apoyo. 

Enemigos del progreso, los holgazanes agricultores, nulos 
y cretinos y sin ningún conocimiento científico, empíricos 
recalcitrantes, que debido á su testarudez, sólo obtenían fias- 
cos y desastres, produciendo el desaliento general en cuan- 
tos los rodeaban; refractarios á toda evolución, á todo pro- 
greso científico. 

¡Á qué proseguir, amigos míos! Los enemigos del pueblo 
eran tantos, que sería cosa de nunca concluir ó me demo- 
raría en enumerarlos. 

¡ Cuánto tenía que luchar el genio humano para abrirse 
camino! 

Por otra parte, un buen sistema de educación no signifi- 
caba solamente tener escuelas elementales en las que se en- 
señara á leer y escribir, liceos, universidades, facultades 
de distintas clases. Una nación bien organizada debía ante 
todo tener escuelas que instruyeran, fortificaran la inteli- 
gencia individual, multiplicando la inteligencia nacional, 
formando caracteres, dando disciplina moral y civil; en una 
palabra, mejorando al hombre. 

Un buen sistema de instrucción y educación crea, con las 
escuelas industriales, hábiles obreros; multiplica la indus- 
tria y el comercio; los perfecciona con la enseñanza cientí- 
fica, que concurre al desenvolvimiento de las artes é indus- 
trias; arroja la miseria y establece el bienestar. 

De lo contrario, ¿ á qué debían servir las escuelas cuando 
no se buscaba el mejoramiento racional del hombre? 

Los vicios en pleno imperio, el alcoholismo en auge, el 
juego desenfrenado, la molicie por ideal! Y para colmo, los 
siglos y los hombres se habían encargado de destruir por 
el falseamiento toda religión, base sólida é indispensable al 
sostenimiento del edificio social, con sujeción á las ideas 
imperantes de esa edad. 


120 


francisco piria 




Sólo así pudo precipitarse vertiginosamente la humani- 
dad cu el más absurdo materialismo. 

, Imperaba la razón, teniendo por fundamento el último 
sentido que llega al espíritu humano, el sentido común! 
(Lomo abundaban los sabios que lo negaban todo y no 
probaban nada ! Digo, nada más que su superstición, I¡i 
nía.- maligna é incurable de la especie humana. 

Así marchaba la humanidad cuando surgió á la vida el 
socialismo anárquico, que, dado el ambiente que exhalaban 
las pútridas emanaciones délos grandes vicios que corroían 
al hombre y en cuyo campo debían hacerse carne las ideas 
de la época, desarrollarse y tomar cuerpo, no podía menos 
que engendrar con su triunfo la más grande de las caídas mo- 
rales en que, desde los tiempos más remotos, pueda haber 
caído el espíritu humano. A raíz de esa gran caída se yer- 
gue la humanidad convaleciente, recobrando gradualmente 
sus fuerzas pañi iniciar las reformas radicales que, rom- 
piendo con el atavismo del pasado, se abren ancho paso, 
señalando á la humanidad libre de obstáculos, el amplio 
sendero que debe recorrer. 

De la más grande de las revoluciones, de la más tre- 
menda de todas las caídas, surge victorioso el mayor de los 
progresos : es el período de las grandes conquistas del de- 
recho; las ideas humanitarias brotan del cerebro de los 
grandes pensadores y se hacen carne en el humano linaje. 

Así como en vasto campo recientemente arado, la copiosa 
lluvia dejando amplios surcos indica claramente los puntos 
en que convergen las aguas con mayor rapidez y pueden 
causar daBo á las futuras siembras, si el experto agricultor 
no les deja expedito el paso facilitando los desagües, del 
mismo modo el triunfo del socialismo anárquico en el siglo 
xx, señaló sobre el campo de las ideas del siglo que le su- 
cedió, hondos surcos, para que las generaciones que se le- 
vantaban pudieran, viendo los desperfectos causados y sus 
causas, allanar el camino haciendo viable el ideal, quitando 
los Obstáculos que se oponían á la marcha de la demócra- 
ta '"uníante, que poco después conduciría en sus brazos 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


121 


ese mismo siglo, hasta conseguir el triunfo del socialismo 
progresista, que es el más grande galardón que ostenta la 
humanidad y que se inicia libre al fin de toda traba en 
nuestro siglo ! 

Declarado el libre cambio en 1950, desaparecen las fron- 
teras mercantiles, los pueblos se aproximan, cambian sus 
productos, fraternizan, y queda desde eso día echada la pri- 
mera piedra que ha de servir de base á la Confederación 
Latina primero, y I ni versal después. I.os pueblos empiezan 
á respirar, empiezan á vivir, pues el impuesto odioso que 
encarece tanto la vida, desaparece. 

Aun falta mucho camino que recorrer. 

Ln el Congreso Universal de Wáshington, celebrado el 
ano 1955, resuelven los delegados de todas las naciones 
vetar por medio del voto popular toda ley que cree Deuda 
Pública. Ninguna nación puede emitir títulos de Deuda. 

Queda cerrada la fuente de los recursos arbitrarios de 
que se servían los malos gobiernos republicanos y monár- 
quicos para desangrar á los pueblos y mantenerlos en la 
opresión. 

En 1972 so reúnen en Chicago, en Congreso socialista, 
ios delegados de todos los pueblos, y resuelven la supre- 
, i? 8ejérc!tos > 9 ue viene á confirmar más tarde en 
19 “ Congreso Universal celebrado en Roma. 

¡ Y la monarquía, atemorizada ante la avalancha de las 
ideas que todo lo invaden, accede! 

. Q l, eda decretada desde ese día la ruina de la monarquía, 
sistema de gobierno que ha cumplido su parábola. 

Da gran reforma escolarse impone, todo debe renovarse; 
el gran edificio necesita bases nuevas y sólidas. 

El Congreso de Viena resuelve en 19(56, la igualdad de la 
instrucción y supresión de las escuelas inferiores particula- 
res; desde que el pueblo e3 el que paga la instrucción; 
desde que los ciudadanos son iguales ante la ley, deben re- 
cibir igual instrucción; ya no existen distinciones sociales- 
todos los ciudadanos pertenecen al Estado, quien *e en' 
carga de su educación de los 5 á los 15 afi 03 


122 


FRANCISCO piria 


Esta resolución suprema, que tantos obstáculos encuen- 
tra al principio, fué la piedra angular del renacimiento de 
la fraternidad universal. 

Al año siguiente, como ya he dicho, se proclama la Re- 
pública en Italia, bajo la presidencia del último Saboya, 
Víctor Manuel Felice, heredero de la corona de hierro, que 
al asumir el cetro al fallecimiento de su padre Humberto 
1 1 T, presenta á las Cámaras itálicas un proyecto de Consti- 
tución republicana, el más liberal y avanzado de cuantos 
hasta entonces se conocían, proclamando la República Fe- 
deral Itálica. 

Las Cámaras italianas sancionan la nueva Carta y se di- 
suelven delegando el poder provisorio en un triunvirato. 

Se convoca al pueblo á elecciones generales, y las nuevas 
Cámaras eligen presidente Constitucional de la Confedera- 
ción Italiana á Víctor Manuel Felice. 

Ese mismo año, reunidos en Roma los representantes so- 
cialistas de todas las naciones, decretan á Roma capital 
moral del mundo. 

En 1978, poco tiempo después de declararse Repúblicas 
España y Portugal, el Supremo Consejo que preside la fra- 
ternidad universal, reunido en Roma y compuesto de cin- 
cuenta delegados de cada una de las naciones del Orbe, 
dicta las más severas medidas contra el alcoholismo, que 
tantos estragos había causado en ese siglo y en los que le 
precedieron. 

En 1979 decreta el Supremo Consejo la supresión de las 
cárceles, estableciendo colonias de trabajos y hospitales para 
penar á los delincuentes ó curarlos. 

En 1980 estatuye el Superior Tribunal de Pública Mora- 
lidad, con ramificaciones y delegaciones en todos los países 
del mundo. 

Al año siguiente, resuelve el Superior Consejo que los 
habitantes de todos los países, sea cual fuere el sexo á que 
pertenecieren, tienen el derecho de inscribirse en los regis- 
tros comunales y municipales y el deber de votar en todas 
las elecciones en que se trate de discernir cargos públicos. 


EL SOCIALISMO TRIUNFASTE 


123 


Los hombres pueden ejercer ese derecho ¡í los 15 ah os y 
las mujeres á los 18. Las elecciones son nominales, y por 
mayoría de votos se eligen los ciudadanos. 

En 1982 se resuelve que las naciones no son patrimonio 
de persona ni de familia alguna, nadie tiene el derecho de 
vivir á costa del Estado ; el Estado no tiene el derecho de 
discernir pensiones vitalicias á nadie ; toda disposición en 
contrario, anterior á esa ley, que sanciónase el 25 de Enero 
de ese a fio, por el Congreso Universal, queda nula y de nin- 
gún valor. 

En 1983 se resuelve y decreta la reforma judicial. 

Todos los juicios son públicos y se fallan verbalmente. 

Desde 1977, al decretarse la supresión de los ejércitos 
permanentes, quedan á la vez suprimidas las policías: todo 
ciudadano en caso de guerra es militar y durante la paz in- 
viste el cargo de guardia de seguridad. Uno de los más al- 
tos honores á que puede aspirar un ciudadano, es el de po- 
der llevar en el pecho el distintivo de cabo de la policía po- 
pular. 

En 1931 se resuelve la supresión de todo impuesto per 
maneute, sea cual fuere su categoría. 

Las Cámaras sancionarán anualmente una sola categoría 
de impuesto, que gravará la propiedad para atender los 
presupuestos nacionales, que quedaron reducidos á la mí- 
nima expresión. 

En 1965, Norberto Franklin proclama en el Congreso 
Romano el contrato matrimonial simple y disoluble á vo- 
luntad de cualquiera de las partes contrayentes, destru- 
yendo ese vínculo tiránico instituido por el catolicismo, que 
ligaba indisolublemente á las partes para toda la vida, á pe- 
sar de las dificultades que se suscitaran, y de la diversidad 
de caracteres, causas imprevistas ó circunstancias excepcio- 
nales que á ello se oponían. 

Las estadísticas del pasado prueban suficientemente las 
iniquidades y delitos que engendró esta ley bárbara que, 
á pesar de todo, debido á los tiempos, las autoridades laicas 
sostuvieron en toda su plenitud durante muchos siglos. 


124 


FRANCISCO riRIA 


«Bastó esa ley solamente para convertir esta vida, que 
el Ser Supremo (lió al hombre para que fuera feliz, y 
que los fanáticos llamaron simbólicamente una vida de do- 
lor y un valle de lágrimas .» 

Rotas, pues, todas las ligaduras del pasado, el hombre 
que había vivido muchos siglos fastidiado y aburrido entre 
el cenagal del vicio, hoy vive ejitre la virtud, feliz. 

La religión, como la justicia y la economía, han estado 
siempre sujetas á las leyes del progreso, á la evolución con- 
tinua. 

Así que todo lo que sucedió no fué más que la conse- 
cuencia del perfeccionamiento humano, lo que significa en 
realidad progreso. 

Suprimidas las aduanas y las fronteras, estatuido el li- 
bre cambio, desde que los pueblos tenían el perfecto é ina- 
lienable derecho de cambiar sus productos; disueltos los 
ejércitos permanentes ; derogados todos I 03 impuestos sobre 
el individuo y el producto de su trabajo; terminado el pe- 
ríodo de la emisión de Deuda pííblica; libre el hombre de 
toda ligadura, resultó que la vida fué fácil, y bastóle al hom- 
bre con trabajar dos horas al día, desde que lo que había 
podido ganar en las demás horas que antes trabajaba, se 
lo usurpaba el Estado por medio de impuestos. 

Añádase á todo esto la retahila de impuestos absurdos, 
directos é indirectos, la enorme cantidad de presupuestívo- 
ros rentados á costa de la nación y que abolió el Supremo 
Congreso del abo 1982, y tendremos que al vislumbrarse la 
aurora del abo 2000, del siglo nuestro, la humanidad estaba 
á punto de dejar terminada la gran evolución. 

El abo 2000 fué el que coronó la gran obra. 

El problema que parecía más arduo quedaba por resol- 
ver; pero si separadamente habría sido imposible resolverlo, 
lanzada la humanidad en el camino de las grandes refor- 
mas y realizadas todas ellas, la reforma territorial se impo- 
nía: mejor, era una necesidad urgentemente reclamada. 

Desde el abo 2000 qnedan anuladas las grandes heren- 
cias territoriales: mejor, se limitan los derechos de los he- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


125 


rederos de los grandes robos. La tierra no es el producto 
del trabajo del hombre; el hombre que posee más tierra de 
la que él puede trabajar, no le pertenece: la propiedad te- 
rritorial, en tal caso, es un robo! exclama Gregorio Becca- 
ria, en el Congreso de Roma el a fio 2000. 

La ¡dea encuentra el camino trillado, el pueblo está pre- 
parado para recibirla; y un aplauso general repercute en el 
mundo entero, 

La gran reforma, llevada á cabo radicalmente, habría pro- 
ducido una catástrofe, así que se resuelve que desde el año 
2<X)0, durante el primer lustro sólo podía un padre legar á 
cada hijo 500 hectáreas, en el segundo hasta 25* ) hectáreas, 
en el tercero hasta 125 hectáreas, en el cuarto hasta 00 
hectáreas y en el quinto lustro y de ahí en adelante, sola- 
mente 10 hectáreas como máximum. 

Los grandes propietarios tenían tiempo de desprenderse 
de sus vastos dominios, y el pueblo, por medio del trabajo y 
del ahorro, no difícil de conseguir, gracias á los pocos im- 
puestos que lo abrumaban, tenía á mano más fácilmente 
el medio de hacerse propietario. 

En el primer momento pareció que se restringían las ini- 
ciativas particulares y se ponía un dique insuperable al 
progreso: no era así. En realidad, los que oponían un dique 
al progreso restringiendo y anulando las iniciativas parti- 
culares, eran los grandes propietarios que poseían vastas 
zonas incultas, en lasque pastaban libremente minen -os re- 
baños, mientras al rededor de los grandes dominios vegeta- 
ban en la miseria millares de desheredados de la fortuna, 
sin una cuarta de tierra que labrar. 

Otros, más generosos aparentemente, pero no menos egoís- 
tas en realidad, creaban fama de progresistas y de hombres 
de iniciativas, porque hacían trabajar á centenares de infe- 
lices ilotas embrutecidos, formando grandes plantíos con 
el sudor acumulado de la desgracia pública! 

Con la sabia ley agraria limitando el quantum del do- 
minio de la tierra, hemos resuelto el gran problema: hoy, 
casi todo ser que vive en este planeta, es propietario. 


12C 


FRANCISCO PIRrA 


Si los hombres del siglo xix hubieran planteado el pro- 
blema social sobre la base de la subdivisión de la propie- 
dad, el socialismo anárquico no habría tenido razón de ser, 
y el obrero sin trabajo, durante la crisis que producían los 
impuestos aduaneros 6 internos y las trabas al trabajo li- 
bre, habría trocado el instrumento de la industria por la 
azada, el pico ó el arado. 

No pudiendo vivir esclavo en las grandes capitales, ha- 
bría vivido libre, feliz é independiente, rodeado de su fa- 
milia en medio de los campos, en su propiedad, convertido 
en elemento conservador y de orden; mientras faltándole 
el trabajo, y sin horizontes, la sociedad lo convertía en so- 
cialista y el hambre y la necesidad hacían de él un anar- 
quista. 

Las criaturas más tímidas se truecan en seres feroces 
cuando se trata de proveer á su sustento y al de sus peque- 
mos; y en la sociedad de lobos del siglo xix, la lucha para 
obtener un pedazo de pan solía trocar en desesperados á 
los caracteres más tiernos. 

Para mantener á su familia, un desgraciado que no en- 
contraba trabajo, se veía obligado á echarse en cuerpo y 
alma al lodazal humano, que lo formaban otros tantos se- 
res tan desgraciados como él, cubierta la cara con el anti- 
faz de la desvergüenza; las cosas más naturales eran el en- 
gaño, las estafas, el fraude, con cuanto de malo engendra 
el uso de la mentira. En esa lucha, el más cínico, el más 
desvergonzado, el más crápula triunfaba: hasta muchos 
ministros de las distintas religiones y sectas eran invadidos 
por la sed del lucro, y mientras predicaban la moralidad, 
hacían voto de abstinencia y condenaban el lujo y el amor 
al dinero, predicando la caridad, vivían con cuantas mu- 
jeres desgraciadas se ponían á su alcance, acumulaban 
fortuna y aspiraban en medio del boato á la más altas je- 
rarquías. ¡Desgraciados! predicaban la caridad y eran todo 
egoísmo 1 Y al proclamar la verdad, mentían! 

La humanidad ha luchado siglos para defenderse de los 
errores del pasado. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


127 


En el siglo xix se decía: «para regenerar á un pueblo se 
necesitan 100 años;» y resultaba con ese pueblo, al cabo de 
los cien años, regenerado empíricamente, lo que con los en- 
fermos de esa época, íi los cuales los médicos, para curarlos 
de una enfermedad, les hacían engullir tantas drogas que 
les engendraban otra peor, si es que lograban curar de la 
primera afección. 

Las costumbres son obras de los siglos ; las falsas opi- 
niones están arraigadas en juicios falsos, los errores y las 
supersticiones surgen de las más leves insinuaciones: de 
ahí nacen las costumbres, de éstas se forman sistemas, por- 
que son repetidas de todos y por todos día á día. 

Evitad esas repeticiones oponiéndoles la verdad en todo 
el esplendor de su convicción ; erigid la verdad en sistema, 
y que ella sea el fundamento de la ley, inculcando ésta á 
las masas, y al día siguiente el edificio levantado al error 
sobre las bases de la mentira, que no tenía más apoyo que 
las ambiciones de los círculos, se desmoronará en el cora- 
zón del hombre malo, y basta el más idiota se aferrará á la 
verdad triunfante, que conducirá á la humanidad al sendero 
de la virtud y del trabajo. 

Ésta ha sido la gran obra que preparó el siglo xx, y que 
nuestro siglo coronó con el más espléndido triunfo. 

He dicho. 

Una salva prolongada de nplnusos saludó al orador, 
quien invitóme á subir á la tribuna. 

El más completo silencio reinó en tan inmenso auditorio. 

Cuando llegué al lado suyo, dirigió la palabra al pueblo 
en los siguientes términos: 

— Hermanos míos: si bien es cierto que el siglo xix engen- 
dró errores y no supo desprenderse de todas las ligaduras 
del pasado, no es menos cierto que á él debemos una gran 
parte de los progresos científicos que beneficiamos : la elec. 
tricidad, el vapor, el telégrafo, la bacteriología, la química, 
la física y mil progresos materiales, en cuyo campo entraron 
resueltos los hombres reputados como sabios en esa edad. 

Las ciencias ocultas, en las que tantos progresos hemos 


123 


FRANCISCO PIRIA 


alcanzado, toman firme punto de arranque al final de ese 
siglo verdaderamente grande, colosal, en relación á los que 
le precedieron. 

Permitidme, en nombre del siglo de los gratulas progre- 
sos de la idea, que abrace á Fernando, hijo del siglo de los 
triunfos materiales ! 

Y dicho esto, estrechóme entre sus brazos. 

Al bajar de la tribuna, millares de ciudadanos me reci- 
bieron entre sus afectuosos brazos. 

¡ Cuánta y cuán inmensa satisfacción sentía yo en aquel 
momento rodeado de tantas almas nobles y generosas! 

Las lágrimas asomaron á mis ojos, y fué tanta la emo- 
ción, que lloró de contento. 


CUARTA JORNADA 


Los rayos solares penetraban en mi cuarto: despuntaba 
el día; en el jardín las aves entonaban un himno al Crea- 
dor, y las flores, abriendo sus delicados pétalos, exhalaban 
gratos perfumes, cuando salté de la cama, envuelto en an- 
cho ropaje, y me dirigí á la pieza de ablución. 

Acabado de vestirme, doblé la rodilla en tierra, pidiendo 
al Espíritu .Universal, ya que se había complacido en ha- 
cerme revivir en esta edad de progreso y bienestar, siglo de 
la regeneración del linaje humano, la más grande mani- 
festación del Ser Supremo en esta tierra, que me inspi- 
rara y que mis sentimientos estuvieran á la altura de la 
edad presente, despojando de mi ánimo cuanto de inmundo 
infiltró en mí el siglo desgraciado en que nací; ya que me 
concedía tanta dicha de vivir en la edad de la fraternidad 
universal, á lo menos me concediera la gracia que desde el 
fondo de mi alma agradecida le suplicaba. 

— Grata te sea la vida, exclamó Temístocles desde el 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


129 


umbral de la puerta. Avanzó á lento paso, echóme sus 
brazos al cuello, y estampó un paternal y cariñoso beso en 
mis mejillas. 

Yo no he visto jamas en la edad primera en que viví, 
rostro más simpático y patriarcal. 

Largo y ensortijado pelo blanco caía sobre sus espaldas, 
partido en el medio de la cabeza. Nevada y luenga barba 
ovalaba el semblante; lánguidos y cariñosos los espejos del 
alma resaltaban en el fondo del nazarénico rostro. Terso 
el cutis, no se veían en él esas numerosas arrugas que 
cruzaban la cara de los viejos jóvenes de mi edad, fruto 
temprano de las pasiones humanas, revelaciones de las al- 
mas torturadas por encontradas ambiciones. En su fresca, 
límpida y serena frente se revelaba la calma de aquella 
alma pura y recta. 

— Hoy debemos visitar las escuelas, pues he dedicado el 
día á ti. 

— ¡Cómo! exclamé, ¿no me lias dicho que ya no existían 
las escuelas públicas? 

— Sí, respondióme, no existen como en tu tiempo; pero 
eso no quiere decir que hayan dejado de ser con arreglo á 
nuestra edad. 

Y como me preguntara si ya había hecho la ablución, 
le contesté que sí, que en ese momento acababa de ha- 
cerla. 

— El baño del cuerpo, repuso el anciano, es el símbolo 
de el del alma: vigoriza los miembros, ayuda la circulación 
de la sangre; con el movimiento desarróllase el apetito, y 
el cuerpo, lleno de vigor, nos rinde proclives al amor. El 
amor es el principio de la santidad. 

En tu siglo, vosotros adorabais á Cristo como á Dios y 
despreciabais impíamente sus santos consejos ; en efecto, 
¿qué fué la vida del Nazareno, su predicación, su muerte, 
sino amor? 

De sus preceptos sublimes, muchos de vuestros astutos 
sacerdotes hicieron una religión de sospechas, de odios y 

venganzas. 

9 


130 


FRANCISCO PIRIA 


Pero, vamos, que el día es espléndido; el desayuno nos 
espera y del>emos aprovechar la frescura de lo mañana. 

Un cuarto de hora después, sentados en el volador, em- 
prendimos lentamente la marcha. 

Yo no salía de mi estupor. Cuanto había visto no era 
nada en relación á lo que veía: amplias avenidas, franjea- 
das de galerías espléndidas, palacios de mármol y granito, 
jardines colgantes, fuentes, estatuas, arboledas umbrías, 
movimiento, negocios, gentes alegres, caras frescas y ri- 
sueñas. 

El buen Temístocles, al ver mi asombro, dejaba asomar 
la sonrisa á sus labios y estrechaba mi mano como di- 
ciendo : Adelante, amigo, y no te asombres, pues aún no 
has visto nada de los inmensos progresos de este país, que 
en tu edad fué con justa razón calificado por el país de los 
llorones í 1 ), como lo reza un librejo que se encontró y que 
ha sido reimpreso por el ‘Consejo de Censura» para que 
los jóvenes de nuestras escuelas se den una ¡dea de la ma- 
nera como se pensaba y obraba en este país hace 200 años. 

Habíamos andado míos diez minutos, cuando nos encon- 
tramos sobre el puente colgante que une el Cerro con lo 
que antiguamente llamábase Hotel Balneario. 

El puente es espléndido, amplio y cubierto de verde, que 
e i la estación estival hace de él uno de los más frecuenta- 
dos paseos públicos. 

Penden de cada costado, y á veinte metros de distancia 
uno de otro, grandes vasos de aluminio, de cuyo mineral 
está construido el gran puente, y en los cuales están arrai- 
gadas variedades de plantas, enredaderas de enorme cre- 
cimiento, que son las que proporcionan espesa sombra á 
los transeúntes. 

— Este puente, díjome Temístocles cuando estuvimos en el 
centro, fué construido bajo la dirección del célebre ingeniero 
nacional Tolomeo Ricaldoni, de la Facultad del Durazno. 


(I) Alude el autor d un libro publicado por £1 el afio 1880, titulado 
« Impresiones de un viajero en un país de llorones*. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


131 


Es tina verdadera maravilla, con la que se presentó y 
sorprendió al mundo esa celebridad nuestra. 

Mide el puente tres kilómetros, y sólo está sostenido por 
cinco pilares. 

Descendimos un rato del vehículo, el que dejamos á 
un costado del puente, arrimado á la baranda, mientras 
que miles de señoras y señoritas, jóvenes y viejos, cruza- 
ban por él con la velocidad del rayo en distintas direc- 
ciones. 

Las secciones colgantes eran atravesadas por millares de 
pequeños carruajes, especie de canastos movidos por el aire 
comprimido, que, como ya he dicho, inventó el célebre Os- 
car Rossini. 

— Esa estatua que ves ahí, dijo Temístocles, dirigiendo 
su mano al Oeste, representa la Igualdad; está fundida en 
bronce, mide 300 metros de alto, tomando por base el nivel 
de las aguas, incluso el pedestal, que tiene fuera de agua 
170 metros, y ha sido construido con piedra de todos los 
Departamentos; es obra del escultor nacional Gualberto 
Garzón. 

Aquí, prosiguió mi mentor, estamos en el mismo centro 
del puerto: es el punto eje de esta grandiosa obra que tú ves. 

En efecto, presentábase ante mi vista atónita el cuadro 
más grandioso é imponente qne pudo surgir del pensa- 
miento humano y ser llevado á la práctica. 

El gran puerto tiene una forma elíptica, siendo los dos 
puntos qHe más distan del centro la falda del Cerro y el 
punto saliente de la antigua península de Montevideo. Es- 
tos dos extremos los une el colosal puente sobre el cual 
nos hallábamos. Un brazo de piedra trazando una gran 
curva, sale de la punta Sudoeste del Cerro en dirección al 
punto en donde antiguamente nacían las calles Reconquista 
y Santa Teresa, dejando entre el murallón y la costa una 
abertura de 200 metros, cura boca está abrigada de un 
antepuerto, que lo forma el brazo saliente del antiguo 
puerto, que la Sociedad Fomento Criollo construyó á prin- 
cipios del siglo xx. 


132 


FRANCISCO PIRIA 


Este brazo de piedra, formado con bloques de granito 
procedentes de las notables canteras de Piriápolis, tiene 
una extensión de mil quinientos metros lineales; siendo in- 
terrumpido en su trayecto por un boquete de cincuenta me- 
tros, que á los 200 de distancia de su punto de arranque lo 
salva un puente; y sirve este boquete para el desagüe quo 
producen las repentinas crecientes de las aguas lanzadas á 
la gran cuenca del puerto por el canal. 

La ciudad ha avanzado en la antigua bahía, en la parte 
Norte, unos 200 metros, y como unos 300 al costado Oeste, 
sobre la antigua playa. 

Un colosal murallón arranca del punto de intersección de 
la barra del antiguo Pantanoso, en donde deja una abertura 
de 100 metros, para seguir costeando la falda del (ierro, 
avanzando unos 150 metros sobre la bahía, hasta llegar á 
rematar en el punto de arranque del gran brazo que cierra 
el puerto de Montevideo y le sirve de resguardo. 

Los terrenos ganados al mar por tal concepto, abrazan 
una extensión de doscientas cincuenta hectáreas cuadradas. 

Contigua al gran paredón, en la parte interior, circunda la 
gran cloaca colectora, que recoge toda las inmundicias y 
aguas sucias de la ciudad y sus contornos. 

El gran proyecto de salubrificación de la ciudad fué obra 
del ingeniero nacional Marco Aurelio Arteaga, de la Fa- 
cultad de Montevideo. 

El gran puerto fué proyectado por el ingeniero nacional 
Felipe Rivera, de la Facultad de la Colonia, y premiado por 
oposición entre 193 proyectistas nacionales; á él le fué dis- 
c •rnida la honra de su ejecución. 

Pero, en rigor, la obra colosal del gran puerto de Monte- 
video se debe á tres notabilidades, concurriendo las tres 
igualmente á la realización de la gran obra, la que habría 
quedado incompleta si uno de los tres grandes ingenieros 
no hubiera llevado el concurso de sus notables concep- 
ciones. 

Felipe Rivera concibe el gran proyecto de puerto, mien- 
tras que Marco Aurelio Arteaga se ocupa de la salubrifica- 


EL SOCIALISMO TRIUNFASTE 


133 


ción y corrientes internas, y ásu vez concíbela gran cloaca 
colectora que converge al ángulo que forma el paredón á la 
altura de la calle Convención, con un tónel ideado en este 
punto y hecho por medio de las perforadoras por aire com- 
primido, invento reciente del ingeniero Pellegrini, de la 
Universidad de Chubut, por medio del cual un solo hombre 
puedo perforar, extrayendo el material en la roca viva, de 
5 á 6 metros cúbicos diarios; por ese túnel que atraviesa 
debajo de la ciudad, son lanzadas las aguas á la parte 
opuesta de la península, las que son arrastradas vertigino- 
samente al Océano por las grandes corrientes continuas 
que forman al salir las aguas de la bahía de Montevideo, 
impulsadas por el gran sifón del canal, manteniendo al 
mismo tiempo limpio el fondo de la bahía en el ángulo citado. 

El otro ingeniero hidráulico, el verdadero coloso, rl genio 
descollante en el ramo, el hombre de las concepciones ver- 
daderamente ciclópeas, es Heráclito Arocena, quien, estu- 
diadas las corrientes del Río de la Plata, las altas y las ba- 
jas mareas, el curso de las aguas, su velocidad en gran- 
des masas ó en pequeños canales, concibe el atrerido plan 
de la apertura de un canal que convierta el Pantanoso en 
navegable, cortando un istmo hasta la barra de Santa Lu- 
cía, en donde construye grandes diques que detienen las 
bajantes rápidas, por medio do colosales compuertas, que 
de continuo se forman debido á la corriente impetuosa del 
Río de la Plata ; probando que á esa altura las aguas en 
marea normal tienen varios metros sobre el nivel de la ba- 
hía de Montevideo, consiguiendo con su atrevido plan lan- 
zar un millón de metros cúbicos de agua por hora dentro de 
la bahía, cuyas aguas en pocos años han dado al puerto de 
Montevideo su profundidad natural, realizándose el dra- 
gaje completo por el aprovechamiento de las mismas fuer- 
zas de la naturaleza. El canal de los ‘Treinta y Tres», que 
es la denominación que se le ha dado, mide una extensión 
de veinte kilómetros, teniendo 100 metros de ancho y una 
profundidad tal, que los buques de mayor calado navegan 
perfectamente en él. 


134 


FRANCISCO PIRIA 


En el centro ilel puerto, al Este, están los grandes depó- 
sitos. los que abarcan una extensión no meuor de cuatro- 
cientos mil metros de superficie. 

Todos los terraplenes de los terrenos avanzados por la 
ciudad dentro de la balda, han sido hechos cou las tierras 
extraídas del canni. 

Tanto de un lado como de otro de esa grande arteria hay 
centenares de fábricas, industrias, talleres: es un verdadero 
emporio (le movimiento y vida. 

¡Qué espléndida es la campiña cubierta por millares de 
hermosas casas rodeadas de bosques! Por donde quiera 
que dirijo la vista, no veo más que arboledas, casas, (lores, 
vehículos en todas las calles y caminos, fábricas y talleres; y 
por el gran canal, como por el gran puerto, serpentean so- 
bre las mansas y cristalinas aguas, con la bandera de Arti- 
gas al to|x*, miles de buques movidos con extraordinaria ra- 
pidez por medio del aire comprimido. 

Al roto el vehículo se detuvo. 

— Hemos llegado, dijo Temístocles, á uno de los institu- 
tos primarios. 

— Harás el bien de darme más detalles, pues no cu- 
tiendo nada, le respondí. 

— La educación del pueblo, respondióme el anciano, se 
divide en primaria, en secundaria y en superior. 

La educación primaria se da de los 5 á los 9 años. 

La secundaria, de los 9 á los 15. 

La superior, de los 15 á los 21. 

Pero será mejor que por tus ojos veas y te enteres; pues 
nada se asimila mejor y más fácilmente, que aquello que 
se aprende viendo, díjome el buen anciano. 

El amplio parque, situado en el sitio antiguamente cono- 
cido por quiuta del señor Tomkinson, y sus contornos, ha- 
bía sido convertido en instituto gubernativo de instrucción 
primaria. 

U n edificio que abarcaría un radio de unas 4 hectáreas, 
de dos pisos, con inmensos patios techados de cristal y 
convertidos en museos de arte, industrias y productos na- 


EL SOCIALISMO TRIUNFASTE 


135 


turnios de la tierra, servía de instalación para unos cinco 
mil niños de 5 á 9 años de edad. 
mm, Las amplias piezas altas servían para dormitorio, las ba- 
jas estaban convertidas en talleres, y los grandes salones 
destinados para las conferencias diarias. 

Yo seguía los pasos de mi mentor sin decir una palabra; 
aquello no era un instituto, era una regia mansión, si bien 
sencilla en su interior, imponente exteriormontc. 

— ¿ Me observaste esta mañana que te extrañaba que 
tuviéramos institutos, cuando te había dicho que ya no exis- 
tían? 

Creo que has de haber entendido mnl, pues lo que quise 
significarte fuó que no existían esos institutos al estilo de 
tu época, á los cutdes eran diariamente enviados los niños 
y los jóvenes. 

Esos colegios híbridos, en los que hasta se enseñaba á 
despreciar la patria nativa, so pretexto de inculcarles el 
amor á la de los padres extranjeros: edad de error, en que 
se establecían escuelas sostenidas en el país y subvencio- 
nadas por gobiernos extranjeros, para enseñarles á los hi- 
jos del país á amar una patria que no era la suya. 

Todo, querido Fernando, hoy ha cambiado. Ix>s colegios 
particulares no existen más para los niños ni para los jó- 
venes hasta los 15 años cumplidos. 

Después de esa edad pueden y son libres de frecuentar 
los institutos que mejor les cuadre. 

— ¿ Y hasta los 15 años, en dónde estudia el joven ? 

— En los grandes institutos primarios y secundarios de 
la Nación. 

• — p er o eso es una imposición vergonzosa, es contraria á 
la libertad, es la negación del derecho; ¿por qué, proseguí, 
no se deja á aquel que no necesite la educación del Estado 
que haga estudiar á sus hijos en donde mejor le plazca ? 

— ¡Cómo se conoce, amigo mío, que aún vives en tu siglo, 
que te ahogas en nuestra atmósfera. que no tienes pulmo- 
nes para resistir á los impulsos del ambiente de nuestra 
democracia triunfante! 


136 


FRANCISCO PIRIA 


Á nadie se le ocurriría pensar que, porque educamos á la 
juventud toda igual, sin distinciones, como no la puede 
haber en esta edad de igualdad, ejercemos una imposición 
vergonzosa, contraria á la libertad, siendo como tal la nega- 
ción del derecho! exclamó sonriente el buen anciano y 
como en tono compasivo. 

La educación de tu siglo era deficiente y mala, en la 
mayor parte de los casos contraria á las leyes de la natu- 
raleza; regla general, perniciosa y de funestos resultados. 

En el siglo xrx, casi siempre se educaba al hombre para 
explotar infamemente al hombre: hoy se educa al hombre 
para que sea útil á sus semejantes, para que sea amigo del 
hombre. 

Plutarco condenó las tendencias de la humanidad en 
este dicho: «Lupus est homo homini: non homo.» 

Acabábamos de llegar al gran portón que da entrada al 
inmenso edificio situado en el medio del vasto parque, ro- 
deado por árboles colosales. 

El director, avisado por Temístocles, de quien era íntimo, 
ya nos esperaba, y al vernos salió á nuestro encuentro, 
abrazándonos cariñosamente. 

Serían las seis; el sol lanzaba sus tenues rayos sobre la 
copa de las arboledas, y algunos de ellos, los más atrevi- 
dos, abriéndose paso entre el follaje, llegaban hasta nos- 
otros. 

Afiliares de pájaros alegraban el bosque, mientras que 
una bandada de niños alegres, risueños y contentos, jugue- 
teaba en el vasto parque. 

— Es la hora próxima al desayuno, díjome Temístocles, 
ya han tomado el baño á las cinco; ahora se recrean, co- 
rren, hacen gimnasia, y á las seis y inedia entonan el himno 
al Creador, y á las siete van al refectorio. 

Temístocles pidió/al director que sirviera de guía y me 
suministrara explicaciones sobre cuanto yo creyese nece- 
sario. 

— Así lo haré, si es para agradarte, contestóle Pol idoro 
Martínez, que así se llamaba el director del Instituto pri- 


EL SOCIALISMO TRIUNFASTE 


137 


mario en que estábamos en ese momento, y de los cuales 
hay varios en los contornos de la capital. 

Era Martínez hombre de 95 años, alto, delgado, de pelo 
y barba blanquísimos, afable en el trato, severo en los jui- 
cios y cariñoso con la inmensa pléyade de niños que de 
continuo ocurría hacia él para saludarlo y recibir un ósculo 
paternal. 

—Ya que mi nmigo Temístocles me ha concedido la satis- 
facción do que te sirva de cicerone, nmigo Fernando, voy 
á complacerlo y á complacerte á ti á la vez. 

— ¿Indudablemente, tú ignoras ó no conoces aún nues- 
tro sistema de educación ? preguntóme el buen anciano. 

— Efectivamente, respondí, todo lo ignoro al respecto, y 
hasta hoy nada he podido comprender, y eso que se me ha 
prometido hacerme visitar los institutos, y además que 
asistí ayer á la conferencia dada por Fonty, quien de pa- 
sada labló de este tópico; pero¿á qué negarlo? yo no 
comprendo aún nada de vuestro sistema de educación actual. 

— Sin embargo, observó Polidoro, desde aquí he asistido 
á la conferencia dada por Fonty en el estadio del Sud, y 
creo haberle oído suministrar explicaciones sobre la base 
de la educación que actualmente se da en nuestros institu- 
tos ; pero, agregó, no dudo que de muchas cosas no te 
des cuenta, desde que hasta debes ignorar el tecnicismo de 
nuestra época. 

Empezaré por decirte que en el Congreso Universal ce- 
lebrado el año 2010, al que concurrieron todos los Estados, 
se resolvió que desde esa fecha en adelante los hijos varo- 
nes, que hasta entonces habían sido criados en el seno de 
la familia y al lado de las mujeres, — cosa que nuestro siglo 
condena severamente, — fueran en lo sucesivo educados, cria- 
dos y vestidos por cuenta del Estado. 

Todos los ciudadanos debían educarse y criarse igual- 
mente y sin distinción alguna, desde que igualmente se cria- 
ban y educaban con el dinero que por vía de impuesto en- 
tregaban con tal fin al Pistado los ciudadanos, y cuyo dinero 
representaba en conjunto el fruto del trabajo de todos. 


13S 


FRANCISCO PIRIA 


El sistema escolástico de antiguo se limitaba á entorpe- 
cer la imaginación de los jóvenes, á hacerles gastar más fós- 
foro del que podían producir, procurando á costa de todo 
el organismo el desarrollo de la memoria, sin tener en 
cuenta para nada la craueometríu, ni el organismo y tempe- 
ramento del sujeto. 

Los estudios que se iniciaron en ese siglo sobre la freno- 
logía, y que más tarde en tu época divulgó el gran Lom- 
broso en ludia, conviniéndolos en principios de una ciencia 
positiva, y que después vulgarizó el sabio Ellauri, de nada 
sirvieron á esa edad de aferramiento al pasado, quedando 
poco menos que relegados al olvido, cuando tanto bien pu- 
dieron sacar de ellos los institutos de instrucción primaria 
primeramente y los de la superior después. 

A la niilez del siglo xix se le lleuaba la cabeza con un 
diluvio de nociones desordenadas, mientras se descuidaba 
todo el resto del individuo, como si el hombre fuera com- 
puesto de imaginación solamente. 

Otro defecto radical de vuestras instituciones era el de 
forzar á las jóvenes memorias en su período de adolescen- 
cia al demasiado estudio, cuando aún no se había desarro- 
llado el organismo del individuo. 

La parte más noble del hombre, la que más convenía 
cultivar, el corazón, era completamente dejada en el olvido; 
aquello que más importaba al hombre fortificar y ayudar á 
desarrollar, es decir, el cuerpo, no se tenía en cuenta para 
nada: el enervamiento, el raquitismo y otras enfermeda- 
des de igual origen, amenazaban de consunción y degene- 
rucióu á esa juventud que asomaba al umbral de la vida 
Llevando impresos en el rostro todos los síntomas de la más 
completa degeneración. 

Nosotros, prosiguió Martínez, educamos antes el cuerpo. 

La higiene es y debió ser siempre la base de la educa- 
ción. 

Mr iis sana in corpore sano, dijo Ju venal; y lo decían y 
profesaban á su modo los antiguos, lo repetían los hombres 
do tu edad, lo escribían en los frontispicios de sus institu- 


Ef, SOCIALISMO TRIUNFANTE 


139 


tos; pero en realidad, no pasaban para ellos ríe aforismos, 
como tantas otras bellas máximas que se escribían y pre- 
gonaban en teoría y repudiaban prácticamente en tu siglo. 

Lna comisión de sabios, hombres de eminente saber y 
profundos conocimientos, está preocupada continuamente de 
cuanto ocurre parala higiene del pueblo y mejoramiento de 
la raza humana, cosa que no debes extrañar, Fernando. 

Cuando en tu edad desgraciada, si bien no perdían el 
tiempo en esas cosas los hombres de tu época, en cambio 
muchos sabios y eminentes notabilidades del siglo xix se 
preocuparon del mejoramiento de los animales. 

Al proclamarse la paz y unión de todas las naciones por 
el Congreso Universal reunido en Roma, al que concurrieron 
las Asambleas delegadas especialmente nombradas por to- 
das las naciones del Universo, se decretó entre los vatios 
puntos ú tratarse, que todo hijo varón, desde esa fecha en 
adelante, que naciera, seríale absolutamente prohibido á 
las madres el tenerlo á su lado una vez llegado á los cinco 
años de edad. 

Está resolución, tan notable y de tanta trascendencia fué, 
puede decirse, la base angular de la regeneración de la 
raza humana. 

Hemos alejado del hombre las múltiples enfermedades 
que le aquejaban en la edad adulta y tenían como punto 
de arranque los desarreglos en la niñez. 

La falta de uniformidad de sistemas higiénicos, la ali- 
mentación de los niños, fueron, en los pasados tiempos, las 
causas eficientes del penoso desarrollo físico é intelectual 
de las generaciones. 

Los excesivos cuidados que se prodigaban en el hogar, 
la falta tic ejercicios, los alimentos delicados y el abuso de 
comidas, los excesivos estudios: todo contribuía á formar 
una raza de enfermos, que de generación en generación 
¡han degenerando. 

Hoy ya los débiles y degenerados han sucumbido obe- 
deciendo á una ley fatal, esa parte morbosa de la sociedad 
desapareció del escenario humano. 


140 


FRANCISCO PIRIA 


Los fuertes de espíritu y de cuerpo han tomado al fin po- 
sesión en el humano concierto. 

La evolución fué lenta, sí, pero positiva. 

Para mejorar la sociedad no había necesidad de derrum- 
barlo todo, como algunos soñadores del siglo xix lo pre- 
tendían : bastaba evolucionar lentamente hacia el bien ge- 
neral. 

El genio de tu siglo estaba extraviado; el interés, el afán 
de lucro, el deseo insaciable de poseer mucho dinero, des- 
viaron hasta los pocos cerebros que debieron ser pensado- 
res, pero que concluyeron por mercantilizarse. — ¡Almas 
enfermas en cuerpos degenerados! — ¡Un siglo de neuró- 
ticos! 

Causa asombro y lástima, cuando se leen las crónicas, al 
ver que en un siglo de tanto relumbrón, de tanto liceo, 
universidades y academias, sólo medianías salieron á la su- 
perficie, — salvo contadas excepciones,— y aún con todo, re- 
lativamente liliputienses en relación á la cantidad de hom- 
bres sobresalientes que en sus tiempos nos dió la antigüe- 
dad, cuando se leía menos y se pensaba más. 

En el siglo xix, todo el que tuviera una mediana instruc- 
ción se creía poco menos que un sabio. 

Uno de los peores males de ese siglo fué el de aplicar 
mal las aptitudes de los hombres que se destacaban algo 
de la comunidad. 

Bastaba que un hombre se hubiera distinguido algo en 
alguna de las múltiples ramas, no del saber, sino de la 
competencia humana, para que ya se le considerara apto 
para todo. De aquel que hubiera llegado á ser un buen es- 
pecialista, se formaba un mal enciclopédico. 

El alma humana, hoy, gracias á la evolución científica 
que lentamente ha extirpado las llagas sociales, eliminando 
entre otras cosas el desmedido afán de acumular riquezas, 
suprimiendo la causa que engendrara el loco desvario que 
hacía vivir al hombre en eterna desesperación, sin que 
nunca, en la generalidad, alcanzara á poseerlas, está en- 
carnada en cuerpos sanos y vigorosos, despojados de todo 


EL SOCIALISMO TRIUNFASTE 


141 


atavismo morboso: ahí tienes tú explicada la razón de la 
mente sana de esta generación, de su criterio elevado y del 
vigor de nuestra inteligencia. 

Todas las concepciones consideradas intelectualmente 
como artísticas, fruto de tu época, otra cosa no eran que 
los fulgores de mentes enfermas, hijas de espíritus encar- 
nados en raquíticos y degenerados organismos. 

¡Cuántos viejos coronaban una vida de probidad, de tra- 
bajo y de virtud, con lo que la mentira del siglo calificaba 
•de locura política, sumergiéndolo todo en el fango en un 
mal momento; y tolo por satisfacer ambiciones mengua- 
das y mezquinas, para poder aún gozar en sus postrimerías 
ele un poco de enervante y decadente sibaritismo ! 

¡ Parecía que tuvieran remordimiento de morir como ha- 
bían vivido: honrados! 

¡Triste y desmoralizador ejemplo para la nueva juventud, 
á la que se le indicaba fatalmente el camino á emprender 
con tiempo, sin que cayera en la tontera do esperar á ha- 
cerlo al llegar como ellos á la senectud! 

¡ Almas pequeñas, en las que mal podía albergarse el ge- 
nio del porvenir, pues nunca dió productivo fruto la dege- 
nerada semilla arrojada en terreno estéril ! 

La fraternidad universal, de que tanto alardeabais, otra 
cosa no fue que una mentira convencional de tu siglo. 

El egoísmo natural en los hombres, no les dejaba ver la 
razón que había en hacer sacrificios por los otros; mientras 
el peligro no se veía inminente, el egoísmo les hacía espe- 
rar que siempre estaban en tiempo para oponer remedio al 
mal, los que vendrían después f 1 ). 

Torio eso lo sabíais; pero como á ciertas monedas de liga 
falsa les dabais curso como si no lo fueran, asi procurabais 
engañaros mutuamente, y nada de extraño hay en ello, con- 
siderando en su esencia á los hombres y las ideas de ese 
entonces, desde que el siglo xix fué el del imperio nbso- 

(1) De CSC mal adolecían los parlidos políticos, sin ideales siempre en 
<*sos tiempos. 


112 


FRANCISCO PIRIA 


luto de las mentiras más fraudulentas, las que se enseño- 
rearon desde las cumbres hasta el llano. 

Llamabais opinión pública á esa fuerza que debió hace- 
ros ver en cada malvado un enemigo personal, un peligro 
á combatir en cada delito, un amigo á defender en cada 
sostenedor de la justicia; pero, ¡ay! desgraciadamente la 
opinión pública era la peor, la más viciosa y la más co- 
rrompida de todas las prostitutas mientras la libertad 

era una sombra que huta ! 

Como todo lo que es contra la naturaleza es malo, el 
sistema de educación empleado en tu tiempo lo fué. Con 
nuestros institutos higiénicos, con nuestro sistema de ense- 
ñanza hemos prolongado la vida del hombre, mejorando in- 
sensiblemente la humanidad. 

Como todas las grandes innovaciones, eso engendró gran- 
des trastornos; pero duró poco la obcecación, y hoy son 
raras las familias que esperan que los hijos lleguen á los 
cinco años, para depositarlos en los grandes institutos na- 
cionales, como lo determina la ley universal. 

Hay familias que desean que los hijos cumplan los tres 
años, que es la edad prescripta para poderlos presentar, si 
bien tienen tiempo hasta los cinco años, y ya los presentan 
y entregan. 

Además de todo, está la ley ; y lo que la ley preceptúa 
se cumple sin contemplaciones para nadie ; ante la ley no 
hay distinción entre los ciudadanos: todos son iguales de 
veras, y no de mentiras, como en los desgraciados tiempos 
en que tú viviste. 

Como puedes ver, todos gozan de plena salud, se crían 
robustos y sanos, alegres y contentos. 

Á la mañana, levántanse cuando despunta el día, y van 
al baño. 

Una vez vestidos, empieza el ejercicio de gimnasia, é in- 
variablemente una hora y media más tarde, toman el des- 
ayuno, y eso sin sentarse. 

Terminado el desayuno, cada niño se aplica al entreteni- 
miento, en la profesión que es de su agrado. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


143 


Es un encanto ver aquellos pequeños talleres de jugue- 
tería, en donde se forman ebanistas, mecánicos, joyeros, re- 
lojeros, — talleres á vapor con pequeñas máquinas movi- 
das por aire comprimido, — escultores, pintores. 

Lo que llamó más mi atención, filé el pequeño campo de 
experimentación agraria, en donde un niño de siete años 
hacía experimentos sobre el cultivo intensivo y sobre los 
extensivos. El campo de experimentación lo constituía un 
pedazo de tierra de diez metros cuadrados, verdadera mi- 
niatura en su distribución, en la que se admiraban las no- 
tables dotes del futuro agricultor. 

Al vernos, suspendió sus tareas y se aproximó al direc- 
tor, el cual abrazólo tiernamente, recibiendo del niño un 
afectuoso beso, y volvió á su tarea. 

— Ve, amigo mío, los resultados prácticos de nuestro sis- 
tema! (lijóme el director. Epifanio Bustamante, llámase 
este niño. Su padre era uno de nuestros más eminentes 
filósofos, notable escritor de fama mundial, propietario de 
cilosal fortuna, hijo de Teócrito Bustamante, notable ju- 
risconsulto, que fuó presidente de la República en épocas 
en que los ciudadanos iban á ocupar la primera magistra- 
tura para hacer el bien de la patria y no para aumentar 
su fortuna, como muy frecuentemente acontecía en tu época. 

Á este niño, en tu edad, lo habrían hecho médico, ingeniero, 
ó cuando menos abogado, que para nada se consultaban en- 
tonces las aptitudes, vocación é inclinaciones, sino que se 
imponía una carrera, con tal que fuera de espectabilidad, 
pues hasta en eso era equívoco tu siglo. 

Las carreras del trabajo ennoblecen al hombre, una pro- 
fesión es un título honorífico, y en nuestro siglo es tan bien 
mirado el que hace zapatos como aquel que ejerce cirugía, 
el que se dedica á cualquiera carrera científica, como aquel 
que ejerce cualquiera profesión material. 

Éste, que habría sido un pésimo abogado, un mal médico 
y un discreto ingeniero, será, debido á nuestro sistema de 
educación, un excelente agrónomo, un hombre útil á la hu- 
manidad. 


144 


FRANCISCO PIRIA 


A una señal del director, Epifanio suspendió su trabajo, 
y á instancias de aquél, nos hizo una disertación sobre los 
plantíos de antaño y los de la época presente, demostrán- 
donos cuánto atraso reportó al país el retardo del estable- 
cimiento de las escuelas agronómicas, que recién á princi- 
pios del siglo xx se establecieron en él, y le dieron el 
grande impulso durante el Ministerio de F ernando Fierro. 

Demostró prácticamente la importancia de los abonos 
químicos y el estudio analítico de la naturaleza de las plan- 
tas y sus diferentes alimentaciones y asimilaciones. 

Media hora habló aquel discípulo de ciencia agrícola 
práctica, pues jugando y divirtiéndose había aprendido 
todo lo que sabía. 

Yo estaba encantado oyéndolo, cuando el reloj dió las 
nueve y todos los niños abandonaron sus trabajos para 
asistir á la conferencia. 

Despidióse de nosotros el niño Bustamante, alegre y con- 
tento, y con sus miles de compañeros se dirigió al gran 
parque, en donde el profesor don Belarmino Buxareo daba 
conferencia ese día sobre botánica y agronomía. 

Las conferencias son diarias, de diez á once, unos días 
en el parque y otros en los vastos salones, en donde están 
los objetos que constituyen la base de la disertación. 

Mañana, Federico Uriarte dará una conferencia sobre el 
calzado, su confección y demás detalles para la fabricación 
de tan titil artefacto. 

Pasado mañana, Pedro Bermúdez conferenciará sobre 
la fabricación del aceite, dando lección práctica, y puedo 
garantirte que el niño que asiste á las conferencias, como 
todos asisten, concluye por aprenderlo todo prácticamente 
y por saberlo científicamente todo. 

Después de pasado mañana, le toca al doctor Pilados 
Isola dar una conferencia sobre oftalmología práctica. 

¡ Si vieras con qué veneración asisten y escuchan estas 
jóvenes inteligencias á los profesores, y cómo ansian y de- 
sean que llegue la hora en que los conferenciantes deben 
dar principio á sus disertaciones! Es tal y tanto el deleite 


El. SOCIALISMO TRIUNFANTE 


145 


que experimentan, que á las once, que es la hora do ir al al- 
muerzo, la mayor parte de ellos van con sentimiento, pues 
á esa hora terminan las sesiones de los conferenciantes. 

Antes de ayer, por ejemplo, el astrónomo Ruperto Esca- 
lada, director del Observatorio nacional de Pan de Azúcar, 
dió su conferencia sobre la pluralidad de los mundos. 

Disertó sobre lo* habitantes de Saturno y sus grandes 
progresos, descubiertos recientemente con el poderoso au- 
xilio del gran telescopio del Observatorio. 

Las escuelas primarias son las de grande observación ; 
de aquí, puede decirse, arranca el punto de partida de la 
carrera que debe seguir el joven. 

Cada niño lleva su foja de registro, y en ella van diaria- 
mente las anotaciones referentes ú su conducta, inclinación, 
vocación y aptitudes. 

Observamos todas las tendencias y sus aplicaciones. 
Cuando el joven cumple lo* nueve años, — edad á que ansia 
llegar con toda el alma, — ya sabemos cuáles deben ser 
las carreras ó profesiones que se le deben asignar, y no hay 
peligro de que nos equivoquemos. 

—¿Y por qué dices que el niño desea llegar á los 9 años 
de edad, en que, según me has manifestado, deben salir de 
este instituto para pasar id instituto inmediato, en el que 
deben permanecer de los 9 á los 15 años? Sin duda no es- 
tán contentos aquí los jóvenes, no son bien tratados. 

— Es tal el cariño con que se trata á los niños, Fer- 
nando, que es para ellos una verdadera desesperación el 
abandonar el instituto; sienten la necesidad de hacerlo, pues 
en estos institutos no leen los niños: sólo aprenden escri- 
tura y gramática. La lectura se les priva para que la de- 
seen y la asimilen cuando la empiecen á gustar. 

Después del almuerzo tienen una hora de descanso, á las 
14 van todos á sus trabajos, ejercitando ese principio que 
ustedes calificaban de destrucción en ellos, y que en reali- 
dad uo es más que el ejercicio de un poder investigador 
que domina todas las tiernas inteligencias, y que dirigido 
sabiamente, se ha encontrado ser el punto de partida póde- 
lo 


116 


FRANCISCO PIRIA 


roso fie investigación de las jóvenes mentes, su tendencia 
y aplicación. 

Estudiados y alimentados razonablemente esos talentos, 
obtenemos verdaderos prodigios y formamos buenos y titi- 
les ciudadanos. Nuestro cuerpo enseñante es numeroso, ac- 
tivo, inteligente y bueno. El amor á la patria, el amor á la 
familia, el amor á la humanidad, es la base angular sobre 
que descansa todo el sistema de la educación primaria. 
Formado el corazón, vigorizada la inteligencia, fortalecido 
el cuerpo, tenemos base sólida para formar al ciudadano 
honrado y amante de la libertad; al buen padre, al cari- 
ñoso amigo y al hombre humanitario. 

Sobre nuestro sistema sano, basado en las más avanzadas 
leyes de la higiene, que garante la salud, una florida virili- 
dad y robusta vejez, formamos al hombre. 

Con nuestro sistema de enseñanza disciplinaria, vigorosa 
y conformada al más severo raciocinio, alejándolo de todo 
pernicioso ejemplo, enseñándole á odiar la mentira y la 
falsedad, hacemos del joven un hombre virtuoso, probo y 
obediente á la ley. 

Y esto, amigo mío, no lo pueden conseguir las madres 
de familia, por más buena voluntad que tengan, por más 
buenas, cariñosas y honestas que sean, por la sencilla ra- 
zón del contacto, del que no podrían nunca impedir el de 
sus hijos con los hijos malos de sus corrompidos vecinos, 
si nos ciñéramos al sistema de antaño. 

Á la hora diez y seis tienen una hora de recreación, des- 
pués á las diez y siete van al baño, á las diez y siete y 
media cenan, y á las diez y ocho y media se hace el paseo 
por el bosque invariablemente, tanto en invierno como en 
verano, llueva ó haga calor. 

El hombre debe criarse y acostumbrarse á todo para que 
nada le haga mal, para que su físico vigoroso triunfe en la 
lucha con los elementos. 

A las veinte hay conferencias gramaticales, dictado, y la 
lectura hecha por un profesor desde la cátedra, versando 
siempre sobre anécdotas humanitarias ó relaciones sobre 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


147 


* 


los más grandes descubrimientos 6 biografías de los más 
grandes genios humanitarios. 

A la veintiunésima hora todos los niños se acuestan. 

Los Júpiter de tarde hay paseos externos por la ciudad 
y contornos, con explicaciones orales que van dando los 
profesores dragomanos, sobre todos los puntos que se les 
ofrezca disertar durante el camino. 

A la noche hay representaciones dramáticas: todas ver- 
san sobre la formación del corazón del niño, el cual se va 
educando en la escuela teórica y práctica del amor y de la 
caridad. 

¡Siempre el vicio sucumbiendo y la virtud triunfante! 

Cuando un niño de éstos cumple los nueve años, aprende 
más en un año en los institutos inmediatos, de lo que apren- 
dían en tu época estudiando desde los tres hasta los doce 
años, durante los cuales los profesores le embutían en la 
cabeza un verdadero entripado de ciencias, cansando y aco- 
bardando el cerebro del pobre niño que, anémico y raquí- 
tico de cuerpo y espíritu, llegaba á la edad en que debía 
empezar á estudiar, cansado, aburrido y odiando los estu- 
dios. La continua tensión de las fibras cerebrales había 
impedido el desarrollo de las demás partes del cuerpo. 

Nuestros jóvenes desean como un premio que se les deje 
estudiar. 

Para los de tu siglo, el estudio era un castigo! 

Precedidos por el director, visitamos el establecimiento 
en todos sus detalles más minuciosos. 

— Como te he dicho, prosiguió mi mentor, cumplidos los 
nueve años, los jóvenes pasan á los institutos secundarios, 
en donde se dedican á las profesiones, que son invariable- 
mente con sujeción á las observaciones hechas en el des- 
arrollo del niño desde que entra hasta que sale de estos 
institutos. Todo joven tiene el deber de perfeccionarse en 
uno de los múltiples ramos de las industrias, y es raro y 
muy contado aquel que no sabe varios oficios ó profesiones. 

De los nueve á los doce años, el joven estudia menos 
que de los doce á los quince, pero trabaja más ; do los doce 


148 


FRANCISCO PIRIA 


á los quince se perfecciona en los estudios superiores, to- 
mando nociones generales de historia, astronomía, geología, 
física, química, matemáticas, economía política, mecánica, 
agronomía y demás ramas del saber humano. 

Todo joven estudia de los doce á los quince altos para 
tener nociones de derecho público; torio ciudadano á los 
quince años debe estar en aptitud de saber defender sus 
derechos ante nuestra Corte de Justicia. 

— Querrás decir ante los jueces, pues supongo que en 
un siglo en el cual se decanta tanto adelanto y progreso, 
conservaréis entre las cosas buenas la organización de jus- 
ticia de mi época. 

— ¡Santo Dios! exclamó mi interlocutor; ¡organización de 
justicia llamabais impunemente á eso! Justicia que du- 
raba siglos y que los pleitos se heredaban de abuelos á 
nietos! Justicia en que vencía el más astuto, en que triun- 
faba el más audaz y en que conseguía la razón el más cí- 
nico muchas veces! 

¡Justicia de los hombres de tu siglo! 

Con eso, querido Fernando, lo digo torio. 

Justicia en que muchas veces, antes de obtener una sen- 
tencia, se gastaba más de dos y diez veces el valor de lo 
que se litigaba, en papel sellado y costas de Juzgado! 

Justicia en que más de una vez triunfaba el abogado 
más hábil! 

Y sucumbían la razón y el derecho! 

Triunfaba la mentira bajo el imperio del sofisma bien 
urdido. 

Los abogados de tu época sólo se podían comparar á los 
glandes espadachines: el que sabía manejar mejor el arma, 
ése triuufuba! 

Por otra parte, era el ambiente del siglo, y ¡guay riel que 
hubiera querido ir contraía corriente de la opinión preten- 
de ndo reformarlo todo! Los cristos siempre fueron crucifi- 
cados en todos los tiempos ; dados el ambiente y la época, 
la educación del pueblo, el imperio de las pasiones de I03 
hombres, sus vicios, sus virtudes, — Ja mayor parte de las 


KL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


149 


veces falsas, — las exigencias sociales, las costumbres, la 
molicie, la herencia del eufemismo; en fin, en medio de 
todo ese vetusto lío de administración de justicia, el abo- 
gado era una necesidad, y si no lo hubiera habido, habría 
surgido con otro título, con otro nombre, de cualquiera otra 
manera, bajo distinta faz; pero habría surgido al fin, pues 
mientras de las cuestiones más sencillas se había de for- 
mar un pleito lleno de expedientes y requisitos, en una so- 
ciedad en la que los hombres no sabían defenderse, en 
donde la ley se lo prohibía, el abogado era una necesidad. 

Hoy ya no los hay, gracias á Dios; no porque hayan 
sido peores que los demás hombres, pues, como todos, eran 
hijos de su siglo, y si los había malos, no es menos cierto 
que también los había buenos, honestos, rectos y justicie- 
ros, que el gremio era demasiado extenso, y así como en 
donde había demasiado médicos, aumentaban, sino las en- 
fermedades, ¡í lo menos los enfermos, en donde había abo- 
gados aumentaban los tontos, que, por un quítame esas 
pajas, armaban un pleito, en el que perdían paciencia, sa- 
lud y dinero! 

— ¿Y cómo os las entendéis sin ese ilustrado gremio? 

— Amigo mío, nosotros tenemos en cada sección de la 
ciudad un tribunal compuesto de doce ciudadanos; ante 
e'.los acude á pedir justicia ¡n voce, defendiéndose á sí 
misma cada parte, exponiendo sus razones, y el Tribunal, 
oídas las parles, produce su fallo. 

Los miembros de los tribunales seccionales, todos hom- 
bres que han cumplido los sesenta años, son elegidos 
por el pueblo en votación nominal y por mayoría de votos. 

En las causas falladas sobre tablas por el tribunal seccio- 
nal puede recurrirse en queja ante el Tribunal Superior. 

Este Tribunal lo forman cincuenta jurisconsultos, co- 
merciantes, artistas, literatos, obreros, ingenieros, agricul- 
tores; en fin, todos los gremios están representados allí. 

Como la voluntad popular es la que impera, también los 
cincuenta miembros del Tribunal Superior son designados 
por el pueblo y deben ser hombres maduros, sin pasiones 


150 


FRANCISCO PIRIA 


violentas, líelas que aún quedan resabios; conocedores del 
corazón humano, de criterio reposado, sin ambiciones y da 
intachable moralidad. 

Cada miembro de este elevado poder debe tener setenta 
años cumplidos; la elección se hace á medida que fallecen 
algunos de los miembros. 

Los fallos de este tribunal son inapelables. 

Aquel que en primera instancia hubiera sido condenado, 
y al ir en apelación lo fuera de nuevo, abona cien Artigas 
en castigo. 

Cuando se constata que una de las partes ha iniciado 6 
sostenido juicio con notoria mala fe, es condenado á traba- 
jos forzados por tres meses; pero de estos casos hace tiempo 
no se ven, pocas son las causas que van en apelación, y 
casi siempre las cuestiones quedan zanjadas por el arbi- 
traje ante los tribunales seccionales. 

Por otra parte, los tribunales cuentan con el Tribunal de 
Pública Moralidad, que es un auxiliar importante en el 
mecanismo de la vida nacional. 

Pero me desvío del encargo que me ha hecho Temísto- 
cles, y del propósito que aquí te trae. 

La educación que se daba á los jóvenes de tu siglo era 
deficientísima. 

No hablemos de las niñas, pues de ello te informará Te- 
místocles al hacerte visitar los grandes institutos libres. 

Á los jóvenes del siglo xix se les hacía estudiar historia 
antigua y mitología, mientras desconocían la historia de 
su país é ignoraban hasta el origen de la mitología que 
llamaban griega. 

Se les enseñaba á admirar á los grandes salteadores con- 
vertidos en generales condotieros de la edad media, y des- 
conocían los caracteres de la independencia americana, y 
estudiaban la gran figura del fundador de la nacionalidad 
oriental en los textos escritos y tejidos por sus apasionados 
enemigos. 

Mucho latín, mucho griego que no aprendían nunca, y 
Poquísima gramática y ortografía en muchos casos. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


151 


Muchos conocimientos de la gran China, de la Turquía, 
y de lo que hicieron Ciro, Confucio, Gengis-Kan, Semí- 
ramts, Jerjes y Artajerjes, y del taburete en que se sen- 
taba el hijo de Sirio, cuando invadió el Egipto. 

Pero ningún conocimiento del territorio nacional, á tal 
punto que cuando algunos vieron montabas en su país se 
asustaron, pues creían que la más alta era el Cerro; nin- 
gún conocimiento de nuestra campaba, de nuestros ríos, de 
nuestra flora y fauna, vida rural, agricultura y aprovecha- 
miento de nuestras tierras ó ríos y riquezas nacionales. 

Absoluta carencia del conocimiento de nuestros hombres 
públicos, de las grandes figuras de la independencia de la 
patria. Todo lo más que se sabía era denigrar á los proce- 
res de nuestra incipiente nacionalidad, cegados por un odio 
partidista inconcebible en gente ilustrada y educada y 
acostumbrada á la vida social. 

¡Ingratitud! Moderna Atenas, proscribía al día siguiente 
de haber endiosado á sus hombres consulares, á sus pa- 
triotas; el destierro era á veces la recompensa: siempre el 
olvido! 

¡ Desgraciado de aquel á quien se le endiosaba recono- 
ciéndole méritos, pues al siguiente día sucumbía víctima de 
la perversidad de sus compatriotas! 

El partidarismo apasionado escribía en las conchas la 
sentencia del ostracismo y del olvido, el nombre del ciuda- 
dano útil y meritorio. 

¡Tierra ingrata, en donde el pueblo no levantaba ni una 
estatua en ninguna de las plazas públicas para venerar, 
recordando uno solo de los miles de patriotas que la forma- 
ron y honraron con su talento! U) 

Á los 15 atíos el joven ha terminado sus estudios. 

Está en las condiciones de ejercer sus derechos y accio- 
nes como ciudadano, y sabe cuáles son sus deberes con la 
patria, con la familia y con la sociedad. 

(1) Estas páginas fueron escritas el 04, cuando aún uo se había levan- 
tado en la plaza Independencia el monumento á Suárez.... 


152 


FRANCISCO riRIA 


El Estado lia cumplido su misión y lo entrega á la fa- 
milia. 

Si quiere perfeccionarse en alguna especialidad del sa- 
ber humano, ya sea en la cirugía como en la química, física, 
letras, leyes, derecho, economía política, agricultura, enolo- 
gía, ingeniería en sus diversas ramificaciones, éste puede 
hacerlo libremente en los politécnicos nacionales ó en las 
facultades científicas particulares, pero al salir del instituto 
secundario recibe un diploma en el cual consta para cuál 
ó cuáles carreras científicas el estudiante ha demostrado te- 
ner inclinación, vocación natural y predisposición craneana, 
y deberá seguir la carrera ó profesión indicada en su di- 
ploma. 

Á los veintiún años debe rendir su último examen; si 
sale victorioso, puede seguir cualquiera otra carrera y de- 
dicar la vida entera al estudio. 

No siendo así, queda para él cerrada la puerta de los 
estudios y debe forzosamente dedicarse á practicar lo que 
ha aprendido. 

Debo comunicarte que de estos casos no hay ningún 
ejemplo, y que antes de los 21 años todo joven ha termi- 
nado su carrera científica. 


Á las diez y siete de la tarde llegamos á casa de mi 
huésped, en donde nos esperaba la familia, con sumo cui- 
dado, pues á la mañana, al partir, nos habíamos olvidado 
de avisar que no regresaríamos hasta el caer del día. 

Después de la eena nos reunimos en la tenaza con varios 
otros caballeros que con sus señoras y niños habían venido 
á saludar á la familia de Temístocles; pero yo creo que los 
más lo que deseaban era verme á mí, cosa que, por otra 
parte, no debía extrañarme, desde que durante el día y en 
todas partes era objeto de la más viva curiosidad. 

La cosa de por sí era bastante justificada, y lo que lia- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


153 


maba la atención en los que me veían, era la soltura con 
que yo llevaba mi nuevo traje. 

Mi lenguaje se resentía mucho del que se hablaba ; si 
bien siempre era el español, sin embargo ya no era el 
misino de mi época. 

De todos nuestros antiguos modismos, que habíanse ido 
incorporando á las costumbres nacionales, sargió paulati- 
namente y con el transcurso de los años, una nueva lengua 
muy distinta de la sancionada por la Academia Española, de 
la cual se independizaron las Repúblicas del Río de la Plata 
con su nuevo y gran diccionario rioplatense, confeccionado 
por la Argentina, el Uruguay y el Paraguay el año 1983. 

Allí, debajo del verde follaje, y en medio de las flores, se 
hizo música, se cantó en nuestro idioma, se habló de cien- 
cias, de artes, literatura; en fin, se pasó la revista del mundo 
entero, estando al corriente, minuto por minuto, de todo 
cuanto ocurría en el Universo. 

Después de tomado el néctar y encendido un puro de las 
vegas de San Antonio, — producto excelente de nuestro te- 
rritorio, — Segismundo Madriaga tomó su bastón, destornilló 
el regatón que tenía en el extremo y lo clavó en la tierra, y 
colocando en el mango una pequeña bocina, sentóse, y apli- 
cando en elhi la boca, pidió comunicación. 

Yo al principio creí que aquel hombre estaba loco, pues 
á la verdad no se le podía haber dado otro calificativo en 
mi época al que se viera clavar un bastón en el suelo y 
después empezar á hablar en el mango. 

¡Qué equivocado estaba y qué temerarios son los hom- 
bres cuando emiten opiniones sobre lo que no entienden ni 
conocen ! 

Al poco rato obtuvo Madriaga lo que pedía. 

Acababa de comunicarse con Humberto Jones, en Sid- 
ney, Australia, pidiéndole datos sobre la insubordinación 
que, como un ejemplo vergonzoso, acababa de dar el Es- 
tado de Australia al mundo civilizado, falseando el pacto 
que consagró la paz universal, apoderándose por sorpresa 
ese mismo día de los Estados de Nueva Guinea. 


151 


FRANCISCO PIRIA 


Pareció que una sola palpitación hubiera conmovido al 
inundo entero. 

Seis horas después, un millón de hombres, movidos como 
por un resorte eléctrico, conducidos por todos los poderosos 
medios de traslación que la edad actual posee, habían to- 
mado posesión de Sidney, enviados como vanguardia por la 
Confederación Universal. 

-í las cuatro de la tarde doce millones de hombres im- 
ponían á la Australia el abandono inmediato de lo usur- 
pado. 

En ese momento, Humberto Jones comunicaba á Madriaga 
la evacuación de las tropas australianas del territorio del 
Estado de Guinea; y el Consejo Supremo de la Confedera- 
ción l niversal acababa de condenar al Estado Australiano 
á la pena á que se había hecho acreedor según las sabias 
disposiciones consignadas en el tratado de la Unión. 

Francamente, si yo no viera estas cosas, no las creería, y 
aun temo ser tachado de loco y visionario al trasmitirlo al 
papel, para que de ello se enteren mis contemporáneos. 

Supe que debido al invento de Fixert Umpier, sabio quí- 
mico-físico de la Universidad de Chicago, la humanidad 
ha enriquecido el repertorio de sus grandes progresos con 
el telépulo portátil, el cual consiste en el pequeílo bastón 
que usaba Madriaga y que después también vi que usaban 
casi todos, el cual interceptando las corrientes electro-te- 
rrestres, pone en comunicación á cualquiera persona con 
la que se desee hablar, por más distante que se halle so- 
bre la capa de nuestro globo; gran pila eléctrica cuyos polos 
negativo y positivo eran harto conocidos en mi tiempo. 

¡A qué negarlo! Yo no salía de nú asombro. Á cada mo- 
mento me encontraba de manos á boca con cosas tales y 
tan extraordinarias, que me dejaban atónito. 

En el curso de la conversación se habló de nuestra ex- 
cursión, hecha por mí y por Temístocles, á uno de los ins- 
titutos primarios. 

Es natural que todos deseaban saber mi opinión al res- 
Pwio, pues como hombre nuevo en esta sociedad, eomple- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


155 


lamente desconocida para mí, la impresión de los puntos 
más culminantes de las innovaciones debían provocar en 
mí, ser retrógrado, individuo empastado en el siglo xix, 
con todos sus defectos y rancios retrocesos, verdadero es- 
cozor. 

Se me pidió mi opinión, y si bien aplaudí cuanto vi y ob- 
servé, puesto que aplauso merecía, no pude menos, vista 
la franqueza con que esta gente emite sus juicios y la al- 
tura con que discute, que manifestar mi desaprobación en 
un punto, el que hirió más — ¿á qué negarlo? — mis sen- 
timientos paternales! 

En efecto, respondí á las ponderaciones que del sistema 
de educación del siglo xxi hacíame la joven Hortensia 
Pérez: 

— Lo que yo encuentro de malo, de inhumano, en vues- 
tro sistema de educación, de destructor de las bases de la 
familia, eso que apaga el calor del hogar, que produce frío 
en la vida íntima; lo que yo encuentro inhumano es el he- 
cho de arrancar los tiernos hijos del seno de las amorosas 
madres, como si personas extrañas pudieran darles mejor 
educación, rodearlos de más cariñoso afecto y solícitos cui- 
dados. 

¿Quién mejor que una madre puede formar el corazón 
de un adolescente ? 

¿Quién mejor que ella puede rodearlo de solícitos cui- 
dados? 

¿Quién mejor que ella puede encaminarlo por el sendero 
de la virtud? 

— ¡Teorías, Fernando; teorías de tu época de desmora- 
lización y decadencia moral y material ! exclamó. 

¿Todo eso, por ventura, no se decía en el siglo xix? 
¿Y acaso se hacía en tu siglo lo que á voz en cuello se pre- 
gonaba á los cuatro vientos ? 

No quiero concretarme á la sociedad uruguaya de tu 
época, pues era muy diminuta y recién avanzaban y toma- 
ban arraigo en ella las ideas y costumbres que en la vieja 
Europa habían hecho ya su camino. 


136 


FRANCISCO PIRIA 


Tomemos, pues, por modelo, una parte del mundo, la 
Europa, en la que había á fines de tu siglo cuatrocientos 
millones de habitantes. Excuso añadir que bien pronto 
aquéllo invadió esto; era un río que se desbordaba: la 
ambición ilimitada, convertida en faro que debía alumbrar 
el sendero que tenía que recorrer la humanidad, no podía 
monos que atraer la esclavitud del cuerpo y del espíritu, el 
empequeñecimiento del alma, escudado por lo que conven- 
cionalmente se llamaba en tu época la lucha por la exis- 
tencia, y que en realidad casi siempre no era otra cosa que 
el aprovechamiento á mansalva de lo ajeno en beneficio 
exclusivo del más audaz. 

El imperio del individualismo egoísta. 

A fines del siglo xix la familia iba desapareciendo en 
el viejo continente. 

El matrimonio, esa institución inicua que ligaba con una 
cadena hasta la tumba á las partes contratantes, obligán- 
dolas á vivir unidas hasta cuando se odiaban, iba siendo 
c.ida día más contrario á las costumbres, engendrando el 
concubinato. 

—¡Cómo! no pude menos de exclamar asombrado, ¿ni si- 
quiera habéis sabido salvar esa arca santa de la unión de 
las almas, vínculo sagrado de la familia? ¿Cómo puede ha- 
ber sociedad en donde no hay hogar? 

No, no, y mil veces no ! 

Yo no puedo concebir una sociedad en la cual el matri- 
monio católico, como lo instituyó Jesucristo, no exista. 

—Cálmate, amigo mío, y no olvides que en nuestra época 
se discute razonando, díjome Temístocles, interviniendo en 
la discusión. 

La joven Hortensia prosiguió diciendo: 

— Niego que Cristo haya instituido el matrimonio como 
lo estableció la Iglesia ; pero tampoco estoy de acuerdo con 
el célebre matrimonio civil de tu época. 

Nosotros tenemos el matrimonio, sí, pero convertido en 
contrato simplificado; son dos personas que se unen y que 
8 da-ii de nntemnno que cuando por cualquier circunstancia 


El, SOCIALISMO TRIUNFANTE 


157 


no les conviniera seguir asociadas, puede cualquiera de las 
partes pedir, ó mejor dicho, exigirla disolución de la sociedad. 

Lo que no teuemos es esa vetusta, retrógrada y arbitra- 
ria institución que tantas amarguras causó á la humanidad, 
tantos escándalos provocó, que ¡i tantos seres que pudieron 
ser felices, los hizo desgraciados: el matrimonio indisoluble. 

Eso es lo que no tenemos bajo ninguna forma. 

Sin embargo, no impide esto que nuestras ciudadanas 
sean honradas y nuestros hombres virtuosos. 

Lo que castigamos severamente es el adulterio, tanto en 
el hombre como en La mujer. 

En tu época, en cambio, se toleraba! Y de ello hacía ver- 
gonzoso alarde el hombre! 

— Nuestros hombres públicos y todos los empleados de 
la nación son casados, y yo mismo debo contraer matrimo- 
nio para ponerme al frente de las obras cuya ejecución el 
Gobierno acaba «1c confiarme, dijo Orestes interviniendo en 
la conversación. 

— El desarrollo de las industrias cambió la faz de la Eu- 
ropa en el siglo xtx, continuó diciendo la joven. Creó una 
nueva entidad: el hombre fué industrial, mejoró su manera 
de vivir, pero trabajó más ; mejor dicho, la industria con- 
virtió al hombre en máquina. 

Como el motor que no funcionaba sin carbón, el indus- 
trial no comía si no trabajaba. 

Mientras el progreso de la aplicación de la tecnología 
científica, con los continuos descubrimientos de nuevas ma- 
quinarias y su perfeccionamiento, concurría dilectamente al 
aumento de la fortuna del capitalista, en cambio labraba la 
ruina del obrero, debido en gran parte á la despiadada con- 
currencia, el cual con toda la potencia de su trabajo no so- 
lamente no encontraba salario suficiente para llenar sus 
necesidades: es más aún, de día en día aumentaban los bra- 
zos obreros en la proporción que disminuía la demanda. 

El pobre obrero vivía intranquilo, pensando en el incierto 
mañana aterrador, si la fábrica se clausuraba, si el trabajo 
mermaba ó si el salario disminuía. 


158 


FRANCISCO PIRIA 


Situación instable y difícil, que rápidamente conducía á 
la sociedad á la solución del gran problema. 

Si los proletarios se reunían para pedir aumento del es- 
caso salario, muchas veces insuficiente hasta para adquirir 
el más mísero nutrimiento, ese acto era calificado de coa- 
lición y la ley lo punía con la detención ó el arresto ! 

Si en cambio los proletarios se asociaban y pedían pací- 
ficamente condiciones más humanas de vida, entonces la 
policía vigilaba los pasos de los asociados, recogía sus fra- 
ses envenenando el pretexto de las reuniones, calificándolas 
de odio contra las clases sociales de que dependían y por 
las que muchas veces eran explotados. Bajo esos pretextos 
se disolvían violentamente esas reuniones, y como medida 
preventiva se enviaban á las cárceles á los desgraciados 
que osaban turbar el tranquilo sueiio de sus patrones. 

Al legislador poco le importaba que un inmenso número 
de familias quedara en la calle á mendigar un pedazo de 
pan, mientras los padres eran encarcelados infamemente. 

¡ Que se rebelaran ! Ya estaban prontos los ejércitos, sos- 
tenidos con el dinero, con el pan, con la sangre y el sudor 
del pueblo, para domarlos ! 

¡ Cuántos esclavos fabricaba la miseria, que más tarde 
debía redimir la libertad, borrando la fraternidad todo ves- 
tigio de opresión ! 

Desde hacía tiempo la sociedad había sancionado el prin- 
cipio de que ningún hombre podía ser esclavo ; la misma 
sociedad pretendía que ningún hombre podía ser ignorante. 
Más tarde sancionó el principio de que ninguno podía dejar 
de ser propietario. 

El hombre no podía ser libre sin propiedad, como no po- 
día ser libre sin instrucción. 

¡Ay! desgraciadamente en más de un país, más de una 
vez, empezando por el nuestro, el nombre de esclavo fué 
sustituido por el pomposo título de ciudadano. 

En el fondo la esclavitud quedó subsistente para los des- 
heredados do la fortuna, el cambio fué de nombre y forma: 
nada más. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


159 


La familia existía nominalmente. 

Los hijos de los burgueses y de los hombres de posición 
elevada, eran entregados á las amas cuando nacían, pues 
las señoras temían perder sus encantos criando á sus hijos. 

Cuando el pequeño ingresaba al hogar, se hacían cargo de 
él los sirvientes, y se le mandaba á algún colegio primario, 
en donde se aprendía de todo, pues allí iba de todo tam- 
bién. Al cumplir los seis años se le encerraba en un ins- 
tituto, en donde se le hacía aprender una carrera científica, 
para la que en la mayor parte de los casos no tenía voca- 
ción alguna. 

Cuando había concluido bien ó mal su carrera, volvía al 
hogar, en donde lo que más le estorbaba eran sus padres, lo 
que más codiciaba era la herencia! 

Mientras el hijo seguía su curso, desde que nacía hasta 
llegar á hombre, el matrimonio seguía su derrotero. 

Muchas veces ligados por el interés, pasados los primeros 
encantos empezaba la lucha. 

La sociedad, el lazo á perpetuidad condenaba á fingir, 
formando un hogar en donde afortunadamente los hijos vi- 
vían excluidos: imperaba el convencionalismo, la mentira! 

¡Había que fingir y arrastrar la cadena! Siempre la 
parte débil, la mujer, era la víctima expiatoria, y seguía re- 
signada su vía crucis. 

Cuando los hijos se criaban en casa, al lado de los pa- 
dres, el ejemplo era peor, los resultados funestos. Cuando 
éstos eran buenos, eran amorosos con la madre y odiaban 
al padre. Cuando se inclinaban al autor de sus días, teniendo 
como ejemplo su disolución y sus calaveradas, entonces los 
discípulos sobrepasaban al maestro. 

El marido tenía sus mantenidas y hacía gala de ello. 

Algunas veces era la mujer la que se hacía galantear y 
galanteaba á su vez. 

Mientras tanto, el obrero, el industrial doblaba la cerviz 
en el yunque del trabajo. ¡Guav de él el día que no podía 
trabajar! no se comía. 

Contraía matrimonio para ser dos esclavos juntos! 


160 


FRANCISCO PIRIA 


La mujer debía hacer lo mismo , ... 

comer: trabajar mucho, ganar poco v f— Y^ 0 *' quería 
Venían los hijos. ' y v,v,r maJ < 

¡Cada hijo era un atraso! 

\ sin embargo, en el hogar pobre es donde más a 
fes taba puro y santo el amor á la prole man '- 

'“” dh PObre «“ “ "»“« « 1» hijo. 

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>11» energía, flaneaban e„ mun!iÜ eSp, " U, ¡ 

•le miserias, en el que no se veía “ d < ? nvm,(loel > ''alie 

porvenir tétrico le presentaba llena de mÍe’rfaTaÍ^ 6 
concluía por el ab-imlooo a mseria la \ejez; y 

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pueblo, pero sobre el cual P T‘ f «"venenaba al 
Estado. mI Percibm un f “erte impuesto el 

i Asesino! 

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¡Qué felices eran los animales en esa edad ' 

¿¡fT Z;° el hombre para hace ™ esclavo! 

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estudiarlo bieu. P '“ ’ ° T " S ® n<, ° *“* «x'smos b.Ab¡loj 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


1G1 


Cuando el hijo servía para algo, había que someterlo al 
yunque del trabajo, mientras que con el dinero del pueblo 
se educaba al hijo del que podía mantenerlo sin hacerlo 
trabajar! 

¿A eso llamabais vosotros la igualdad en la instrucción? 

¡Cuánta mentira! 

Así crecía y se formaba el joven alejado del hogar, que 
para él nunca había existido! 

Cuando llegaba á la edad adulta, el Estado lo enrolaba 
en el ejército y.... ¡viva la libertad! 

Las niñas pobres seguían el mismo camino de los varo- 
nes, pero con el aliciente del vicio ante los ojos perpetua- 
mente. 

¡Los hijos de los ricos tenían el fruto del trabajo de los 
pobres para corromper sus hijas! 

Las desgraciadas víctimas del trabajo, sin horizontes, sin 
recompensa, sin aliento, llenas de privaciones y miserias, 
pasando mil necesidades, tenían de continuo ante su vista 
el ejemplo de las que caían para vivir en la holganza, en 
los placeres, en las comodidades y diversiones, y necesario 
era tener el alma muy fuerte para resistir las que tenían la 
desdicha de haber nacido hermosas; sin principios, sin edi- 
ficantes ejemplos en el desmantelado hogar, sin ni siquiera 
el consuelo puro y regenerador del espíritu que engendró 
el cristianismo, caían las desgraciadas para no levantarse 
más! 

Había sus excepciones, y muchas, prosiguió Hortensia; 
pero así era la sociedad europea en las grandes ciudades. 

El amor al hogar, la pureza de costumbres, el amor á la 
familia sólo existía en la campaña; pero con el contacto 
directo y rápido que estableció el vapor, el desborde se 
produjo y todo lo invadió el contacto impuro. 

La verdad es que reflexionando con calma en lo que 
acababa de decir la joven Pérez, no dejaba de tener 
razón. 

— Pero, de cualquier modo, observé, no hay regla sin 
excepción, y debemos convenir en que había muchos hoga- 
u 


102 


FRANCISCO PIRIA 


res cuyo encanto lo hacían los hijos, á loe cuales sus ma- 
dres prodigaban todos los más cariñosos afectos. 

—La más sabia de las leyes que emanaron del Congreso 
de la Confederación, exclamó Madriaga, fuó á mi juicio la 
que determinó que los niños al cumplir los cinco años fue- 
ran entregados al Estado para ser educados como hoy se 
oducan todos los jóvenes de los cinco á los quince años. 

Allí en nuestros institutos los jóvenes no se distinguen 
unos do otros, visten igual, sus alimentos son iguales, estu- 
dian lo mismo, son estimados y apreciados todos igual- 
mente y viven en la más pura fraternidad. 

Salen de ahí amándose, salen de los institutos siendo 
hermanos. 

— Yo espero, prosiguió Hortensia, tomando el hilo de su 
tan amena disertación, que pronto llegará el día en que los 
institutos del Estado se encargarán de recibir, mejor, será 
obligatorio entregarles los niños, sino al nacer, al menos 
antes de que cumplan el primer año. 

Yo no pude menos que sonreir ante tan absurda idea. 

—¡Ah! ¿tú te ríes? exclamó mi interlocutorn. Indudable- 
mente, con la sensiblería de tu época, tus coetáneos se es- 
tremecerían de indignación. 

Sin embargo, esta opinión mía que acabo de emitir, voy 
á fundarla, y puede que una vez oídas mis razones, tú se- 
rás el primero en aprobarla. 

— ¡Yo! exclamé indignado. No, jamás! ¡Eso sería una 
barbarie! ¡Arrancarle el hijo de sus entrañas á la madre, 
cuando ni los mismos animales lo toleran! Ése sería, á mi 
juicio, el más tremendo insulto que se podría hacer á la 
humanidad. 

— Lindas palabras, Fernando, replicó la joven; pero yo 
entiendo que el primer insulto que se hace á la humanidad 
es conspirar contra la misma humanidad. 

— Habla, pues no comprendo, repliqué. 

— Durante muchos siglos, y si quieres desde que el 
mundo existe, siempre se ha endiosado el amor materno. 

Si me hablas del. amor de una madre hacia el hijo adulto. 


Ef, SOCIALISMO TRIUNFANTE 


1G3 


el cual ya no tiene más necesidad de sus cuidados, yo 
convengo con todos : ése es amor. 

Nada hay en el mundo de más generoso, noble, grande, 
heroico, como la ternura, el éxtasis, la abnegación, el sa- 
crificio del amor maternal. 

Si en cambio me habláis del amor de la madre para 
criar al hijo desde el día en que nace hasta cuando llega á 
adulto, yo os responderé con toda la franqueza que niego 
todas las consecuencias, que ese amor es conlrnrio al des- 
arrollo intelectual, moral y físico del hombre. 

He demostrado qué se hace del niiío cuando grande, y 
cuán cuerdamente resolvió el Supremo Congreso al enro- 
larlo en los institutos nacionales á los cinco años; voy, 
pues, a probar cuán perniciosa le es la vida del hogar al 
niño ha-ta que cumple la edad proscripta para ingresar en 
los institutos. 

« Los estudios fisiológicos, corroborados y repetidos por 
largos experimentos, nos han probado claramente que el 
sistema de privar al nifío del contacto del aire, fajándolo 
de pies á cabeza con fuertes fajas, detiene y entorpece la 
circulación de la sangre, paraliza los vasos, entorpece los 
nervios y tendones, quitándole al cuerpo la elasticidad, 
originando serias perturbaciones que se desarrollarán en 
la edad adulta. 

♦ Todavía no hace mucho que las madres adoptaban 
tan bárbaro sistema, perpetuado durante muchos siglos, 
siendo durante miles de aílos el amor materno funesto para 
las generaciones. 

♦ Pero, pasemos adelante ; sigamos y observemos cuántas 
inocentes víctimas no ha causado á la humanidad esa amor 
aprisionado desde la tierna infancia, mientras protestaba con 
el rosado violáceo de sus mejillas, la tensión perenne de las 
venas del cuello y de la frente, con el llanto y los gritos y 
los esfuerzos impotentes de sus débiles miembros para des- 
aprisionarse. 

♦ Esfuerzo inútil, vano llanto. 

« Sin embargo nada de eso conmovía el corazón que abri- 


1G1 


FRANCISCO PIRIA 


gaba el amor materno: el tierno infante debía sufrir y ge- 
mir; pero eso no bastaba! 

« Envuelto así, como un muñeco de trapo, servía como tal 
de juguete. 

« La madre lo pasaba á la familia, ésta a la niñera, la ni- 
ñera á la cocinera, y más de una vez, de mano en mano iba 
saltando entre los brazos del que traía la carne y verdura 
y del que llevaba el pan ! 

«Divertios, hacedlo saltar todos: es el juguete de la fa- 
milia! 

«Uno lo recibía con ambas manos y lo hacía saltar como 
pelota. 

«Otro lo hacía bajar con la cabeza al suelo para levan- 
tarlo y bajarlo de golpe, como si fuera un perrito ! 

« Éste le estampaba un besóte en la boca, largo y tendido, 
privándole de respirar, dejándolo medio ahogado. Aquél lo 
oprimía contra el pecho y lo sacudía. Otro lo hacía rotular 
entre sus manos como si fuera un palo de revolver choco- 
late : el niño sufría, tosía, más tarde se desarrollaba tonto, 
raquítico, ético! ¿Á quién debía este beneficio? ¡Al amor 
materno ! 

« Entre tanto, bien ó mal el niño salvaba : la naturaleza 
había resistido á tanto zarandeo que el amor materno in- 
conscientemente había permitido, para que el niño no viviera 
ni -c desarrollara. El niño ha querido vivir: ¡vive! El pri- 
mer período había pasado, el niño comenzaba á soltarse de 
las manos: había que atacar su existencia de otra manera. 

« Hasta ahora lioso había abatido más que el mecanismo 
en general; ahora que sus miembros libres podían adquirir 
un poco de fuerza y desarrollarse para reparar un tanto el 
mal que se le había hecho, era necesario atacarle el órgano 
más importante de la economía animal, es decir, el estó- 
mago ! 

«La familia celebraba fiestas porque el niño empezaba á 
comer. Se le llevaba á la mesa, debía el infeliz probar to- 
das las comidas : ¡ qué importa que las carnes sean pesadas 
l'«rn su débil estómago y puedan producirle un empacho ó 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


1G5 


una irritación intestinal ? Las salsas son aromáticas y le 
producen acidez en la sangre; el queso, las frutas son indi- 
gestos; las hojas de ensalada cubiertas de vinagre tienen 
una acción directa sobre la tráquea y por acción refleja so- 
bre los pulmones. 

« ¡ Qué importaba ! 

« El desgraciado debía hacer la monada de prodigarle él 
gusto al amor materno y paterno también. 

« Debe acostumbrarse á comer de todo! exclamaba el pa- 
dre con tono de autoridad ; llenándose de satisfacción y or- 
gullo por haber producido un hijo con tan precoces disposi- 
ciones. 

« ¡ Dale de comer ! le decía á la madre; ¡e3 tan lindo verlo 
tragar! 

«Y como aquellos saltimbanquis que en las plazas públi- 
cas se tragaban puñales y sables para divertir á los boqui- 
abiertas, él, el inocente niño, juguete de sus hermanos ma- 
yores, de los hermanitos, muñeco que ríe y llora, debía 
comer, tragar y hacerse de una indigestión para compla- 
cer á la familia, para que sus amigos rieran de sus des- 
gracias. 

«¿ No ha venido al mundo para divertir á sus semejantes 
con sus monaditas ? 

« Más tarde, aquel niño tenía una disentería y fiebre : se 
llamaba al médico, el cual no sabiendo más que los extra- 
ños, le recetaba lo que se le ocurría; y el desgraciado niño 
traga! La experiencia no ha servido aún ! 

« El estómago del infeliz se arruina, el hombre adulto ya 
sentirá sus efectos: tiempo al tiempo. 

« Al siguiente día la naturaleza aparentemente ha domi- 
nado el mal; no se ha obtenido un resultado aún: es nece- 
sario repetir los ataques ! 

«Al despertarse, el amor materno, creyendo que el pobre- 
cito debe tener hambre, dice: hay que compensarlo de la 
dieta que ha sufrido. Allá va un pedazo de pan, huevos, 
café, leche, manteca, y si es necesario para fortalecerle el es- 
tómago, un poco de vino: ése se lo da el papá en su vaso ! 


1G6 


FRANCISCO PIRIA 


«¡Con cuánta gracia lo toma el niño! También, ¡qué ha- 
bía de hacer el desgraciado ! 

«¡Ya tragó todo! 

« Más tarde llega el hermanito que viene de Ja escuela ; 
trae caramelos : hay que darle al pobrecito. ¿ No ves cómo 
te mira ? dice la madre ; dale al nene, que á él le gusta. 

« ¡ Y el nene traga el caramelo ! 

« La madre va á hacer una visita : es natural, la monadita 
va á cuestas, y allí lo agasajan con pasteles, galletitas, y 
un poquito fie licor en la copita de mamá. 

«Regre-a la madre á la casa, y si se merienda, merienda 
el nene! 

«Al caer la tarde llegaba un amigo de la casa: se tomaba 
cerveza ó helados, y el nene bebía ! 

« ¡ Con qué gracia toma el chiquitín ! exclama el padre in- 
fame, victimario, con su amor paterno á cuestas ! 

« Al fin se cenaba, y va sin decir que el nene estaba en la 
mesa y que comía de todo, como si su estómago fuera mía 
especie de receptáculo. Se dormía al fin el desdichado, que 
las fuerzas que debe hacer el pobre estómago son á costa 
de todo el organismo, y el sueño es fisiológicamente forzado 
en estos casos. 

« Pero á alguien se le ocurría, en lo mejor, que había que 
traer al nene; se le despertaba, y el muñeco volvía á la 
mesa; se le hacía comer postres, tomar vino y saltar de brazo 
en brazo » 

Podía seguir enumerando detalles, pero tú que has vivido 
en esa edad, aunque afortunadamente no conociste lo peor, 
lo que en pos vino, podrás recurrir á tu imaginación para 
recordar las mil peripecias á que el amor materno, paterno 
y casero condenaba al tierno infante. 

Á los 30 años, si llegaba el niño, sufría de neuralgias, 
efecto de las indigestiones que trastornaron su organismo 
cuando pequeño. Á los cuarenta años ya era un viejo im- 
potente. A los cuarenta y cinco reventaba, y eso si llegaba, 
á fuerza de engullir drogas y porquerías, inventadas por las 
poco escrupulosos fabricantes de preparativos y especial i- 


El, SOCIALISMO TRIUNFANTE 


167 


dades para intoxicar la humanidad, los que se expendían 
en cada bocacalle en esas casas de negocio que vosotros 
llamabais boticas. 

Ese es el resultado del amor materno. 

Descansó un poco la joven, y prosiguió diciendo: 

—Cuando el niño llegaba al tercer año, edad de las pri- 
meras sensaciones, se le inculcaban el error y el terror. 

Se le engañaba, no se le decía la verdad, y eso se hacía 
como una diversión. 

Desde entonces el niño adquiere la funesta costumbre de 
burlarse de todos para hacer gracia á los padres : despre- 
ciar al humilde, reirse del idiota para provocar la hila- 
ridad. 

Así aprendieron á ser pequeños los que vinieron al mundo 
para ser grandes de nacimiento. 

En sus labios siempre el desprecio al humilde, el menos- 
precio al desgraciado, la befa al pobre ! 

Se les infundía miedo, terror, y se les criaba cobardes! 

Sin embargo la Confederación Universal ha resuelto que 
las madres críen sus hijos, pero ha establecido las reglas do 
higiene que se deben observar, y esto se cumple estricta- 
mente. 

Los pequeños se crían sueltos, sin fajamientos; se pres- 
cribe mucha ventilación. ¡ Aire, mucho aire! 

Tomarlos lo menos posible en los brazos ; baños de agua 
fría diarios y friccionarlos bien. 

Llegados á la edad en que pueden comer de por sí, se 
prescribe que sean nutridos con farináceas cocidas, dadas 
en regulares proporciones y á sus horas fijas; nada de car- 
nes, ni dulces, ni cosas aromáticas y excitantes. 

Acostarlos temprano y hacerlos levantar al despuntar 

el día. . 

Inspirarles el amor al prójimo, no provocar en ellos las 
burlas á sus semejantes, no presentar á sus tiernas fanta- 
sías imágenes de disgusto y terror; alejar de ellos, aunque 
sea por distracción, el disimulo, el fingimiento, la sospecha, 
la mentira, y que no comprendan nunca que hay cosas 


168 


FRANCISCO PIRIA 


mal hechas que sus genitores hacen y que no las deberían 
hacer. 

Acostumbrarlos á la oscuridad para que no tengan miedo. 

Nosotros no permitimos que al niño se le engañe ni por 
broma, cuando hace cualquier pregunta sobre los miles de 
objetos que hieren su imaginación, y que ellos son muy pro- 
pensos á hacerlas ; y es útil darles cuantas explicaciones 
deseen, exactas, justas, verdaderas, pues así se desarrolla 
gradualmente su criterio y van formando opinión y rin- 
diéndose cuenta exacta de cuanto le9 rodea ; de esa manera 
el niño razona, y de un niño que sepa razonar hay el funda- 
mento para formar un hombre de criterio sensato. 

Los asistentes aplaudieron su peroración informatoria, y 
yo, plenamente convencido de que la joven estaba en lo 
cierto en todo cuanto había dicho, y que forzosa y gradual- 
mente, y ¿i medida que transcurriese el tiempo y me impusiera 
del desarrollo de los acontecimientos realizados durante el 
largo intervalo que no conocí, me habría de ir persuadiendo 
de que todos los grandes adelantos morales y materiales de 
este verdadero siglo del progreso humano descansaban so- 
bre bases sólidas é inconmovibles, como fruto maduro del 
estudio y de la experiencia humana. 

Terminada la disertación me levanté de mi asiento y ro- 
gué ú la joven disertante que en nombre de la humanidad, 
de ese mi pobre y desheredado siglo sepultado en el olvido, 
bajo el peso de sus grandes errores, me permitiera darle un 
afectuoso abrazo. 

— Abrazaos, hijos míos, exclamó Temístocles lleno de 
entusiasta enternecimiento; el pasado abraza al porvenir: 
la humanidad sigue triunfante por la anchurosa vía ini- 
ciada por el pasado y dejada expedita por el presente. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


169 


QUINTA JORNADA 


— ¡Feliz de ti que no alcanzaste las luctuosas épocas de 
sangre y martirio que después del siglo xix precedieron al 
actual, durante el cual puede al fin la humanidad descan- 
sar de las luchas sufridas y de los grandes trastornos que 
engendró tu siglo y los que le precedieron! díjome Temís- 
tocles, cuando al salir de casa al día siguiente emprendimos 
de nuevo nuestra excursión, después de haber hecho el 
frugal desayuno. Pero, agregó, sin embargo mucho de 
bueno debe el hombre á tu siglo, el cual rompió en gran 
parte con las ligaduras del pasado, aunque al hacerlo le 
creaba nuevas al porvenir. 

La humanidad en tu época se preocupaba muy poco del 
mañana; marchaba adelante, es verdad, pero fija la mirada 
en el pasado, en el cual se inspiraba para resolver los pro- 
blemas del porvenir, sin tener en cuenta que ni las gene- 
raciones del presente se asemejan en un. todo á las del pa- 
sado y ni las do mañana tendrán en rigor nada de abso- 
luto con lns de hoy. 

— Sin embargo, observé, no se puede negar la ley del 
progreso. 

— El progreso no es más que la evolución; la evolución 
es la ley de la humanidad. El progreso es la vida, el mo- 
vimiento; pero el progreso no es lo que entendíais vos- 
otros. 

— Tú dirás, respondí; pues yo no sé cómo entienden us- 
tedes el progreso. 

— Indudablemente, añadió el anciano, mientras envuel- 
tos en nuestras túnicas íbamos caminando lentamente de- 
bajo de los frondosos plátanos de la amplia avenida en que 
nos hallábamos, tú crees que progresar es marchar siem- 
pre hacia adelante. 


170 


FRANCISCO PIRI.i 


— ¿Y quién lo duda? 

— Nadie más que los que han vivido apegados á los pro- 
gresos materiales, bien secundarios por cierto, si se estudia 
filosóficamente la marcha de la humanidad. 

Los progresos materiales solían engendrar los retrocesos 
morales hasta tu época, y mucho más tarde aún. 

Si fuera cierto lo que tú supones, los más grandes pro- 
gresistas de la humanidad habrían sido los mayores verdu- 
gos, es decir, los que decapitaban la idea y hacían triunfar 
la materia. 

Las obras más ciclópeas de la antigüedad fueron ejecu- 
tadas por ios más grandes verdugos, por los mayores ene- 
migos del hombre. 

Excuso hacerte una reseña histórica, pues demasiado lo 
sabes tú. 

Pero, concretémonos á tu siglo; los monarcas absolutos 
se truecan en constitucionales y otros pueblos se transfor- 
man en repúblicas. 

Indudablemente eso significa progreso, un mejoramiento 
social. Las máquinas se perfeccionaron y el hombre pro- 
duce más que antes. 

Eso es un progreso que se abre camino, engendrando 
graves y transitorios trastornos. 

Pero á medida que el hombre produce, el Estado au- 
menta los impuestos y el pueblo se convence de que, tanto 
monarquía constitucional como república, no son más que 
palabras vanas, mientras los mejoramientos sociales sean 
parciales y no respondan resueltamente á un plan complejo 
de mejoramiento general y humanitario á la vez. 

Resulta que el hombre trabaja en tu siglo lo mismo que 
el anterior, de sol á sol, con la particularidad de que gnna 
más; pero siempre, entonces como antes, llámese el Estado 
democracia, imperio, reinado ó república, le quitan todo lo 
que gana, dejándole apenas lo indispensable para que no se 
muera de hambre. 

Me dirás que en cambio se le instruye y que ese es un 
progreso. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


171 


Niego la consecuencia. 

Si a un ciego de nacimiento le das la vista para que 
vea solamente todas las miserias que lo rodean y han de 
hacerlo mayormente infeliz, más valiera haberlo dejado 
ciego. 

Se le daba al pueblo un mal barniz de educación para 
que conociera sus derechos, y esos derechos se le usurpa- 
ban inicuamente cuando estiraba la mano para cogerlos. 

Todas las puertas legales se le cerraban, y el sufragio 
universal no era más que una mentira atroz azotada al ros- 
tro del regenerado. 

Antes tenía que mantener un amo. Y lo sabía! En tu 
época tenían cien! A eso llamabais progreso vosotros, y 
lo creíais así á fuerza de tanto oirlo decir y vociferar en 
torno vuestro. 

En ese momento acabábamos de llegar frente á un gran- 
dioso edificio. 

— Es la Representación Nacional, díjome el anciano. 

— ¿Hay sesión hoy? pregunté. 

— No, amigo mío, Jas sesiones tienen lugar los primeros 
días de cada estación y duran bien poco, pues apenas se 
prolongan diez días. 

¿\ cómo os las entendéis? ¿cómo podéis resolver to- 
dos los múltiples problemas de Estado? 

— Fácilmente, respondióme Temístoclcs. Nuestros dipu- 
tados son elegidos por el pueblo; el Gobierno es la expre- 
sión popular; no tenemos interpelaciones en las que per- 
dían su tiempo y se embolsaban I03 dineros del pueblo los 
diputados del siglo xix, y como todos los asuntos se sim- 
plifican y los diputados no tienen sueldo alguno, los asun- 
tos se resuelven bien pronto. 

En ese momento recordaba yo (pie Máximo Santos, semi 
autócrata uruguayo, convertido en Presidente Constitucio- 
nal, declaró de carácter permanente ú las Cámaras que él, 
siguiendo la escuela de sus predecesores, le eligió al pue- 
blo; y venía á mis mentes cómo alzaron entonces el grito 
al cielo, escandalizados, los que más tarde vinieron al po- 


172 


FRANCISCO PIRIA 


der elegidos ó nombrados de la misma manera, y encontra- 
ron muy buenas las dietas en chorros sin fin, por él inven- 
tadas, no haciéndoles escrúpulos el sistema electoral que, 
sin solución de continuidad, seguía empleando para ver- 
güenza y oprobio de los decapitadores de las libertades pú- 
blicas. 


Á invitación de mi acompasante visité el espacioso local 
de la Representación Nacional, forma de teatro greco- ro- 
mano. Amplias escalinatas, hasta treinta y seis filas de asien- 
tos de altura, lo rodeaban. Al frente estaba designado el 
sitio de los representantes elegidos por el pueblo, cuyo nú- 
mero, según Temístocles, asciende á mil. 

En el centro surgía, sobre un pedestal de pulido pórfido, 
una estatua de plata maciza que representaba á Minerva, 
de cuyo casco brotaba otra pequeña figura, de puro oro, re- 
presentando la ley. 

Excuso entrar en pequeños pormenores y descripción 
sobre la seriedad déla ornamentación interior: todo era 
allí severo, grande; severidad y grandeza que se respira en 
todas las obras de este gran siglo. 

El movimiento en las amplias y bien sombreadas aveni- 
das era extraordinario. ¡Qué bellas son las mujeres con 
sus trnjes voluptuosos! ¡Qué elegancia en el vestir y cuánta 
sencillez altiva! 

Ya no se ven esos miles de colorinches chillones con que 
solían vestir muchas damas del siglo xtx, siguiendo la gran 
moda que desde París enviaban al mundo entero los que allí 
dictaban la ley de la moda; si bien es cierto que no ha- 
bía mujer que vistiera más seriamente que la mujer fran- 
cesa. 

Pero los pueblos del mundo entero creían que los pari- 
sienses vestían como lo indicaban los figurines, y el mundo 
entero vestía al capricho de los franceses especuladores, que 
desde París también tenían su dominio. 


El. SOCIALISMO TRIUNFANTE 


173 


En el Río de la Plato, recuerdo que en mi época los tra- 
jes más absurdos, las combinaciones de colores más desor- 
denadas y antagónicas, más de una vez formaron el gran 
toilette callejero. 

Ya no se usa hoy el corsé que sólo servía para engañar y 
quitarles á las mujeres las formas esculturales, desfigurando 
sus bellos cuerpos, quitándoles todo el vigor, toda la esbel- 
tez, pues había cuerpos hermosos que encorsetados pare- 
cían trompos. ¡Y se hablaba de arte! ¡Se buscaba el arte! 
¡Se amaba el arte! Y todo eso era en teoría, pues no se to- 
maba ni por modelo al arte! 

Las bellas figuras de los grandes artistas se admiraban, 
pero no se imitaban. 

¡Cuántas caras frescas y llenas de vigor y hermosura se 
embetunaban con unturas, se rellenaban de polvos infa- 
mes, y á los veinticinco años se veían caras apergaminadas 
por efecto del bismuto y del cold-crcam! 

¡Se tenía lo bello y se desdeñaba! 

Éstos, sí, que son mujeres llenas de vigor, pues la molicie 
fué extirpada, que á la mañana van todas á las termas; 
pues hay los baños públicos para señoras, y para hombres, 
á los que concurren todas las familias que no pueden ó no 
tienen en sus casas las comodidades del baño. Por otra 
parte, la concurrencia á las termas constituye una de las 
diversiones diarias. No hay sitios más frecuentados que los 
baños públicos. 

La higiene es la base de la generación actual. Mcns 
sana in corporc sano, decían los antiguos, y lo profesan los 
modernos. ¡Qué ti ejes encantadores! ¡Qué bellezas eispla- 
tinas cruzan en todas direcciones, envueltas en sus amplias 
túnicas de seda, abiertas ligeramente sobre el pecho, ve- 
lando las turgentes formas y dejando ver los torneados 
brazos ceñidos por amplio brazalete de oro! El calzado, por 
lo común, es de cuero de yacaré, cinturón del mismo cuero, 
con gran hebilla de plata bruñida; la túnica cae formando 
suaves pliegues sobre el dimiuuto pie, y es sostenida en los 
hombros por pequeños broches de ónix. 



FRANCISCO riRIA 


Recogidos los líennosos cabellos, y sujetos por diademas 
de flores frescas, cpie ctidn joven cuida y conserva en los 
invernáculos que todas las casas tienen. 

Á poco andar llegamos á una de las grandes termas fre- 
cuentadas por hombres: abarcaba un espacio de cuarenta 
mil metros; el número de los concurrentes excedía de cinco 
mil personas. 

Vastos salones, duchas, baños calientes, tepidarios, pi- 
sos de mosaico, paredes formadas con bloques de mármol ó 
revestidas del mismo mineral. 

¡Qué imponente! ¡qué espléndido es esto! exclamé lleno 
de sorpresa. 

— Esto no es nada en relación á las termas para las da- 
mas, díjome Temístocles. 

— Pero ¿cuesta mucho bañarse aquí? le pregunté. 

— Nada, respondióme mi guía: esto es gratuito; los go- 
biernos tienen el deber de preocuparse de la salud del pue- 
blo y deben devolver en la especie que consideren más 
equitativa, lo que le piden por vía de impuesto. 

En tu época, al pueblo se le agobiaba con impuestos para 
repartírselos las comanditas del poder. Hoy, son los im- 
puestos para los pueblos lo que el rocío para los campos : 
la atmósfera devuelve á la vegetación durante la noche la 
humedad que los rayos solares le quitaron durante el día. 

Seguíamos platicando tranquilamente, pues Temístocles 
me había prometido llevarme á visitar los Campos Felices, 
así que yo marchaba inconscientemente guiado por la vo- 
luntad de mi amigo. 

Habíamos andado un par de cientos do metros, cuando 
no pude menos que detenerme : estábamos frente á un sun- 
tuoso edificio de cristal y armazones de aluminio. 

—Es la oficina de informaciones espiritistas, díjome mi 
guía. 

— ¡ Cómo! exclamé; ¿ también esto tenéis vosotros? ¿ Hay 
aún espiritistas en tu siglo, siglo de progreso moral, mate- 
rial é ideal ? 

— ¿Y te asombra? contestóme afablemente mi interlo- 






EL SOCIALISMO TRIUNFASTE 


175 


cutor. ¿Acaso no lo fueron todos los pueblos en todas las 
edades ? Sólo que se le daba distintas denominaciones. 

Cuestión de nombres, querido Fernando, y nada más: la 
esencia es la misma. El catolicismo, con sus apariciones y 
milagros no fuó otra cosa que efecto del espiritismo, revela- 
ciones, fakirisino, ciencias ocultas, telepatía, etc. 

Las ciencias ocultas, mi querido amigo, lian hecho mu- 
cho camino, y todo aquello que en tu edad se llamaba fe- 
nómeno, porque se ignoraba la causa y no se sabía explicar, 
en nuestro siglo no es considerado como tal, pues los hom- 
bres se han propuesto darse cuenta de todos los hechos 
naturales y los considerados en tu edad como sobrenatura- 
les, pero que á la luz de la ciencia tienen explicación sen- 
cilla y fácil. 

Seguimos breve rato sin cambiar palabra; el anciano de- 
volviendo afectuosos saludos con la mano, acompañados de 
plácida sonrisa; yo pensando en esta sociedad moderna que 
cada día me revela una nueva faz, y que, como engendro del 
progreso humano, todo lo ha cambiado, reformado, y 
echando nuevas y sólidas bases, ha levantado sobre ellas el 
verdadero bienestar de la humanidad. 

Temístocles se detuvo, y yo instintivamente lo imitó. Es- 
tábamos en una amplia plaza, en la que jugaban porción de 
niños de dos y tres años; varias personas ancianas, sentadas 
en los cómodos divanes de aluminio resguardados por fron- 
dosas arboledas, tomaban el fresco, leían unos, conversaban 
otros y algunos se entretenían en la orilla de las fuentes en 
dar de comer en la mano á millares de pajarillos de todas 
clases que allí tenían sus libres moradas. En el centro de 
la plaza, sobre pedestal de bronce dorado, destacábase una 
espléndida estatua de mármol en traje de la época actual. 
Medía no menos de ocho metros de alto y el pedestal tenía 
unos diez metros. Al pie y en la parte que lince frente, 
se leía : 

A DIECO LAMAS 


EL ORBE 


17C 


FRANCISCO PIRIA 


Era la estatua soberbia, y como ejecución perfecta. 

El sujeto de la estatua está representado con la diestra 
extendida, como quien dice: espera! En la izquierda em- 
puña la guadaña; y á sus pies está sentada la Parca en ac- 
titud de aferrar el simbólico instrumento. 

Multitud de personas están sentadas en las poltronas de 
acero elástico que rodean el círculo al contorno de la plaza: 
todos leen. 

— Nuestro periodismo, dice Temístocles, indicándome los 
innúmeros lectores, es verdaderamente útil al pueblo, muy 
distinto del de antaño, pues en la primera mitad del siglo 
xx, en aquellos días que precedieron al triunfo del socia- 
lismo anárquico, y durante el desborde desenfrenado, extra- 
vióse por completo del verdadero sendero. 

La prensa, que tanto aproximó el alma de los pueblos el 
siglo xix, fuerza que contribuyó poderosamente á hacerles 
comprender que debían ver los hombres en cada malvado 
un enemigo personal, en cada decapitador de las libertades 
públicas, en cada violador de las leyes un enemigo común, 
un peligro siempre á combatir, y un amigo á defender en 
todo sostenedor de la justicia y de la libertad, cosas que no 
era dado concebir de otra manera, tuvo su transitorio eclipse. 

En el período de decadencia, que fué precursor en Europa 
del triunfo del anarquismo, el periodismo lo constituyó la 
maledicencia pública, el chisme noticioso; millones de ho- 
jas sueltas inundan la sociedad, los más cínicos se apode- 
ran de ese poderoso ariete de las ¡deas para convertirlo en 
el medio infame do aterrorizar al capital para enriquecerse 
y vivir en la holganza; el citan taya más desenfrenado es- 
taba en auge, como en auge estaban todas las peores pasio- 
nes humanas y en pleno desenfreno. 

¡Afortunadamente la jornada fué breve! Pero como lec- 
ción fué larga. 

Hoy sólo tenemos la prensa concisa, instructiva y cien- 
tífica; en una palabra, progresista. 

Fuera de ahí, la preocupación constante del hombre es la 
humnni Jad, el bien de todos. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


177 


# Nuestro periodismo es agrícola, comercial, científico, ar- 
tístico, literario, moral y religioso. 

Lsa monstruosidad de tu época, el periodismo político de 
■combate, no existe, no tendría razón de existir. 

Nuestro periodismo calma las pasiones, no las irrita; ilus- 
tra el criterio popular.no lo ofusca; predica la moral en 
política, practicándola! 

— Pero, observé, ¿cómo podéis entendéroslas sin el pe- 
riodismo político, esa guardia avanzada del progreso, ese 
Argos popular, el Cancerbero de los derechos del pueblo? 

Nuestros gobiernos son la expresión genuina del voto 
popular, y porque lo son es que son rectos; siendo rectos, 
son justicieros; siendo justicieros, son patriotas, y siendo pa- 
triotas, son amigos del pueblo, y por ende de la libertad y 
del progreso. 

¿ Y crees tií que puede haber un ciudadano que se atreva 
á atacar é interrumpir la majestuosa y severa marcha del 
sabio Consejo que dirige los destinos del Estado? 

El que tal hiciera se haría acreedor al desprecio público, 
cuando no se le considerase como un alienado. 

— ¿Entonces, observé, pocos diarios tendrán ustedes? 

— Al contrario, amigo mío; torios los centros de las dis- 
tintas industrias y artes tienen sus periódicos, los núcleos 
científicos, comerciales, etc. 

Sólo Montevideo tiene cuatrocientos cincuenta y siete pe- 
riódicos, todos ellos ilustrados; pues boy son así los que se 
dan al público por medio de la mototipia, máquina notable 
que escribe, graba, imprime y encuaderna el periódico al 
tiempo que el director dicta sus artículos. 

Invento del joven colombiano Arsenio I’ichinango, pre- 
miado por el Supremo Consejo de Roma con una corona de 
oro y brillantes. 

Es el mayor adelanto de esta última década, después del 
gran descubrimiento de Diego Lamas, de la Facultad de 
Constantinopla, quien inventó el microbicida, que preserva 
de todas las enfermedades que acechan al hombre y destru- 
yendo su organismo lo mala. 


178 


FRANCISCO PIRIA 


— ¡ Cómo! ¿entonces no tenéis ya enfermedades? pre- 
gunté asombrado. ¿Ya el hombre no muere? 

jOhl ¡felices de vosotros, á quienes sólo falta descubrir la 
cuadratura del círculo! 

— Cálmate, amasijo de nervios del siglo xix ; no te dejes 
invadir tanto por el encanto, si es que del desencanto los 
efectos temes. 

Ya te he dicho que muchas cosas buenas debemos á tu 
siglo, y no pocas malas : las buenas fueron el fruto de la 
observación y del estudio de los hombres de esa época, fue- 
ron verdaderas conquistas del progreso; mientras que las 
malas, casi todas ellas pueden atribuirse á la ley fatal, á la 
ley de la herencia, el atavismo á que no supieron sobrepo- 
nerse los hombres dirigentes, demasiado poseídos del egoísmo 
y la ambición de mando y fortuna, que tanto engendró el 
desenfrenado deseo de la molicie y los placeres. 

El punto de arranque, la base del invento del sabio Diego 
Lamas, descansa sobre la bacteriología, descubrimiento y 
estudios realizados con tanto brillo en tu época y que tan- 
tísimos y tan extraordinarios beneficios reportara á la hu- 
manidad. 

Después de luchar por muchos siglos la humanidad con- 
virtiendo al empirismo en ciencia y patentando á más de 
un charlatán laureado, la ciencia verdadera se abre camino 
realizando el gran paso al dejar sentado que los microbios 
infinitesimales son los que destruyen los organismos grandes. 

Al principio se levantan resistencias, como sucede siem- 
pre á cada evolución del progreso; pero todas las teornis, 
los prejuicios del pasado ceden al fin y la bacteriología 
ocupa el puesto prominente, convirtiendo en ciencia lo que 
hasta la víspera fué droga. ¡La Medicina! La bacteriolo- 
gía ponía de manifiesto el origen de las enfermedades, y 
como se decía en tu época, conocida la causa, detenidos los 
efectos. 

Como no ignoras, en nuestro país el sabio Sanarellt des- 
cubre el microbio de la fiebre amarilla, reportando tanto 
bien á la humanidad. 


EI, SOCIALISMO TRIUNFANTE 


179 


El afío 1932, Demetrio Hoe, sabio norte -americano, des- 
cubre el microbio de la tisis. 

Federico Wintehoff, de la Facultad de Moscow, descubre 
el afío 1941 el microbio de la espinitia. 

Pietro Bellini, sabio bolortés, descubre en 1930 el micro- 
bio de la diabetes; y en 1964, Setembrino Lemand, de la 
Facultad de León, anuncia al mundo un gran descubri- 
miento : el microbio de las enfermedades del corazón, dando 
por tierra con todas las teorías que afirmaban lo contrario. 

Indudablemente la humanidad avanzaba á pasos de gi- 
gante á la resolución de sus grandes problemas, cuando un 
nuevo descubrimiento deja al mundo en suspenso: Casio 
Deodoro Guimaraes da Silva y Porto ( 1 ', notable médico, 
sabio, de Pernambuco, encuentra el microbio que engendra 
las enfermedades del cerebro: la meningitis, destruyendo 
todas las teorías que en contrario se habían ido oponiendo, 
y descubre al mismo tiempo el elíxir regulador de la vida, 
ó sea la vitalina, que tomada en dosis infinitesimales, regu- 
lariza el movimiento de la sangre. 

La ciencia médica estaba en pleno apogeo en 21)31; todas 
las enfermedades se combatían directamente, pues el estu- 
dio principal del médico se concretaba al diagnóstico. 

Conocido el mal, el mal vencido ! decían nuestros padres. 

Pero los mierobicidas solían engendrar otras dolencias, 
preparando el cuerpo á la fácil adaptación de otros micro- 
bios, pues no todos los organismos eran ¡guales, para opo- 
nerle al mismo mal idéntico remedio. 

Á Diego Lamas le corresponde la gloria del mayor des- 
cubrimiento. 

Su fundamento es simple, á cualquiera se le hubiera ocu- 
rrido; pero sucede en la vida que cuando los hombres mar- 
chan obcecados por la senda del error, no suelen ver el ca- 
mino de la verdad, sobre el cual más de una vez cruzan. 

Á la electricidad, que tantos beneficios ha reportado á la 

(1) Los brasileros, á pesar do los progresos operados, no han entrado 
en esta vía en cuanto á la retahila do nombres. 


180 


FRANCISCO PIRIA 


humanidad, le estaba reservado prestar el mayor. En efecto, 
si una pila eléctrica mata al ser animado de mayor resis- 
tencia, ¿qué inconveniente había para que con lo que se 
obtenía lo más no se obtuviera lo menos? 

Y el sistema nervioso se presentaba como estudio de esta 
nueva faz de la ciencia, que, como la palabra de Dios, se 
le revelaba al hombre; y, después de miles de ensayos, 
verdaderamente milagrosos, anuncia al mundo y asombra al 
orbe entero con su descubrimiento. 

La pila eléctrica portátil en forma de brazalete que to- 
dos llevan, es para el organismo humano lo que el para- 
rrayos para conducir la electricidad y preservar al hombre. 

La pila eléctrica compuesta según el sistema de Diego 
Lamas, destruye todos los microorganismos que pueden in- 
vadir y encontrar fácil adaptación en nuestro organismo. 

¡ Los bacterios están vencidos! La bacteriología, siguiendo 
bu evoluciones del progreso, ha terminado su parábola. 

Todas las capitales del mundo han levantado una esta- 
tua al ilustre y humanitario descubridor. 

— ¿Entonces vosotros sois inmortales? 

— Nada hay de inmortal en lo que sobre la tierra vive, 
respondió el anciano. Todo lo que nace debe morir, todo 
lo que ha teñirlo origen en el orden vital debe perecer ; pero 
de esto no se deduce que debe perecer á destiempo; el hom- 
bro viviendo en un círculo vicioso, apartándose completa- 
mente de la naturaleza en el vivir y en el alimentarse, filé 
el causante principal de todas sus dolencias. 

Los vicios y los abusos transformaron el organismo, pre- 
disponiéndolo á la invasión de los microorganismos, y de 
ahí la causa de sus dolencias incurables. 

Re«cnernndo la humanidad sobre las bases sólidas que 
ha conseguido este siglo, el descubrimiento de Lamas' es el 
complemento de la obra: se imponía, y á pesar de haberlo 
tenido á la mano casi durante tres siglos, recien se le re- 
vela al hombre, como se le han revelado siempre los gran- 
itos descubrimientos, cuando ha llegado el momento psico- 
lógico. El hombre, pues, vive hoy lo que debió vivir siempre, 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


181 


si no hubiera sido él su mayor enemigo, quien más conspi- 
rara contra su organismo: muere de senectud, como debe 
perecer todo lo que sobre este mundo existe. Lo tínico que 
hay de inmortal es el espíritu, que, al dejar la envoltura 
material, vuelve al seno del Ser Supremo. 

Proseguíamos lentamente nuestro camino debajo de los 
frondosos plátanos de una grnn avenida diagonal, que ten- 
dría no menos de 70 metros de ancho. 

¡ Qué magnificencia ! ¡ qué espléndidos edificios! 

— Indudablemente, no pude menos de preguntar, estos 
edificios suntuosos deben ser ocupados por gente muy rica? 

— Ya no existe en nuestro tiempo esa gente tan rica que 
en tu edad había. 

La humanidad salió esclava é ilota de la férula del feu- 
dalismo de pica, horca y cuchillo de la edad media, y entró 
ilota al servicio del feudal de tu edad, cuyas insignias eran 
las bolsas de oro y suntuosas mansiones. 

Todos tenían que trabajar para llenar los placeres y ca- 
prichos insaciables que el sibaritismo del siglo xix creó. 

El hombre en la edad media trnbajabn y entregaba el 
producto íntegro al amo que le dejaba vivir alimentándose 
malamente. El siglo xtx le dijo al hombre: «eres libre; lo 
que produces te pertenece; ¡ya no hay señor feudal!» Y el 
hombre creyóse libre, pues los hombres siempre se incli- 
nan á creer todo lo que les conviene. Creyó que ya no te- 
nía amo; que el cataclismo del 93 había arrasado el feuda- 
lismo que él mismo vió caer, derrumbarse y perderse en la 
oleada de la evolución perpetua que todo lo aniquila. Se 
creyó libre y dueño de su producto, pues las Constituciones 
más avanzadas consignaban la libertad, la igualdad y la 
fraternidad! ¡Cuánta palabra para no decir nada! Ese fué 
el antifaz con que se encubrió la hipocresía á principios 
de ese siglo. 

Libie el hombre y dueño absoluto de sus productos, se 
creyó feliz; emancipada la humanidad, entonó un cántico 
de gracias al Ser Supremo, acompañado del choque armó- 
nico de las herramientas de trabajo de toda especie. 


182 


FRANCISCO PIRIA 


¡Cuán pronto hubo de convencerse de su error! 

El amo único había sido sustituido por millares de amos 
famélicos; la libertad de que se le dió á entender iba á go- 
zar, se persuadió bien pronto de que era una mentira, y el de- 1 p> 

reclio de usufructuar el producto de su trabajo, una burla 
sangrienta; pues el feudalismo moderno, más hambriento 
por ser mayor que el antiguo, más afeminado y por ende 
más vicioso, necesitaba mayor producto, y el impuesto vino 
á ser el vehículo directo de que se sirvieron los feudales del 
siglo xtx para despojar infamemente al productor de ese 
siglo, dejándole malamente lo indispensable para que no 
muriera de hambre el día que trabajara! 

Ya no existen en nuestra edad esas fortunas colosales, 
la mayor parte de las veces de origen vicioso. 

El derecho ideal es universal y eterno; mientras que 
todo derecho positivo es mudable y se transforma históri- 
camente con arreglo á las condiciones de todo país, á me- 
dida que la conveniencia de las nuevas necesidades se ma- 
nifiesta. Así como un derecho creó el mayorazgo, otro * 

derecho lo abolió; vino en pos el que suprimió la sucesión, 
y éste engendró el de la limitación de la propiedad. 

Solamente desde ese día no lejano la humanidad cumplió 
resueltamente su primer ciclo. 

Nosotros hemos limitado las fortunas. ¡Nadie puede ser 
millonario en este siglo! 

— ¿ Entonces habéis puesto un dique a progreso, habéis 
estancado el movimiento, la actividad humana ha quedado 
en la inacción? Esto, en buena ley, nosotros lo llamábamos 
retroceso. 

— ¡Cómo se conoce, amigo mío, que aún piensas con las 
ideas de tu siglo! 

Nosotros hemos puesto un freno á las grandes fortunas, 
deteniendo ese poder que se criaba absorbiéndolo todo, que 
en aras de un bienestar ilusorio y para satisfacción de la T 

sórdida avaricia del millonario, existían en tu época ¡enti- 
dad que con menoscabo del Uereclio que tienen de vivir 
cómodamente todos los hombres de la tierra, se apoderaba 




EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


183 


del bienestar ajeno, ocupando el sitio que á otros les co- 
rrespondía. 

— Pero, observé, ¿acaso no tenían expedito el camino 
todos los hombres de talento, ingenio é iniciativa para lle- 
gar á la meta? Cerrarle el paso á aquel que podía llegar á 
ser millonario, proseguí, era ponerle barreras para que, una 
vez llegado, pudiera decuplicar y centuplicar la fortuna 
y desarrollar sus talentos, emprendiendo obras de gran 
aliento, dando trabajo á millares de hombres; era condenar 
la actividad á la inercia ; limitar las iniciativas era supri- 
mirlas, impedirlas y condenar al hombre á la inacción, vol- 
ver al peor de los retrocesos. 

— Indudablemente, así se raciocinaría en tu siglo ; pero 
nosotros lo pensamos de distinta manera; nosotros pensa- 
mos y sabemos que en donde una ambición tiene su ba- 
rrera, su límite, en donde se detiene, surgen diez, veinte, 
mil iniciativas que no surgirían si no se le pusieran barreras 
al desenfreno absorbedor. 

Tú te concretas al capitalista que poseyendo inmensas 
fortunas, da trabajo, por ejemplo, en sus talleres íí diez mil 
hombres, sin tener en cuenta que es un amo; que esos diez 
mil obreros, ya trabajen en los talleres, minas ó arsenales, 
tienen un amo que los manda, al que sirven ciegamente y 
viven mientras trabajan. Es el feudalismo que ha cambiado 
ile escenario. Si en cambio á ese hombre que suministra 
trabajo rudimentario, convirtiendo en máquinas á diez mil 
hombres, la ley le dice: «Tú no puedes poseer más fortuna 
que doscientos mil Artigas como máximum; el excedente 
de esa suma que llegues á acumular, solo lo usufructúalas, 
pero no podrás legarlo al morir; el Estado se apoderará de 
ese excedente, sea cual fuere, » ese hombre capitalista y 
emprendedor se convencerá de que, llegado á la meta, le 
convendrá entregarse al reposo y dejar su sitio para que 
otros muchos, encontrando expedita la vía, se abran ca- 
mino y puedan recorrer la jornada y formarse un bienestar 
dentro de los límites que la ley prescribe. 

¿Pero si el hombre insiste, si el incansable emprende- 


184 


FRANCISCO PIRIA 


dor, fabricante 6 lo que fuere, no se ajusta ti los preceptos 
de la ley; si él no trabaja por amor al dinero, sino por la 
satisfacción que el trabajo proporciona á los caracteres em- 
prendedores, y por tanto sigue impertérrito su camino, ocu- 
pando en el escenario de las nobles iniciativas d puesto 
que les corresponde á su vez á otros muchos, y por ese ca- 
mino llega á ser archimillonario, entonces la ley absurda 
que ustedes se han dado le despoja inicuamente del fruto 
de su trabajo, castigando así al que debía premiar? pre- 
gunté asombrado. 

— Ante todo, no es el fruto de su trabajo lo que acumula 
el millonario, respondió el anciano: es el fruto del trabajo 
del obrero ; él ha empleado su talento, capital que á costa 
de la comunidad le facilitó la escuela, y cuyo excedente 
del producto limitado debe devolver á la comunidad. 

Pero la ley es sabia; la ley ha previsto todo al limitar la 
fortuna particular. Pocos demasiado ricos en un país, es 
más malo, peor que muchos regularmente ricos. Muchos 
regularmente ricos dan más impulso al comercio y á la in- 
dustria que pocos demasiado ricos, pues las necesidades de 
los muchos proporcionan trabajo á los más. Por otra parte, 
el hombre de iniciativa, el infatigable industrial, fabricante 
que profesa la religión santa del trabajo y se complace en 
ocupar á muchos miles de obreros por amor á la labor, por- 
que el trabajo es para él una necesidad, sabiendo que su 
fortuna no puede usufructuarla más que en vida y no le es 
posible legarla íntegra á los suyos, escoge entonces entre 
sus empleados los más activos, los más trabajadores, apli- 
cados, inteligentes, los que le son más afectos, y los inte- 
resa en su empresa legándoles una parte de su fortuna, el 
excedente de lo que puede trasmitir á sus herederos, inte- 
resando así á su trabajo al personal más distinguido y que 
ha hecho más méritos. En el seno de un industrial progre- 
sista surgen diez, cien, mil agentes de iniciativa, de progreso 
y de trabajo, llevando el germen del que los colocó en la 
ancha vía á recorrer, de donde saldrán mañana formando 
una legión de hombres de iniciativa y progreso. En tu 


El, SOCIALISMO TRIUNFANTE 


185 


época, el millonario emprendedor egoísta empleaba millares 
de brazos, los que esquilmaba á su antojo, vivían como bes- 
tias en el yunque y morían miserablemente. El feudal, en- 
tretanto, cual cerdo en la piara, se revolcaba entre sus millo- 
nes de oro ! Y el oro acumulado en manos de pocos, siem- 
pre fué la ruina de los pueblos. El dinero vale y es ngente 
impulsor que da vida y movimiento ¡í los pueblos y prospe- 
ridad á las naciones; encerrado en la caja del usurero no 
tiene valor alguno, y en vez de ser un bien es un mal, pues 
si la moneda como agente intermediario entre el productor 
y el consumidor tiene importancia estando en giro, retirada 
del movimiento produce trastornos irreparables, la atonía 
de la actividad comercial. 

— Pero, observé, ¿y si un padre teniendo muchos hijos 
quiere trabajar para dejarles una fortuna, para asegurarlos 
contra los reveses do la suerte, el Estado le impedirá que 
lo haga y legue á sus hijos lo que es suyo, lo que se ha ga- 
nado, sino con su trabajo, á lo menos con su talento ? 

— Nadie tiene el derecho de vivir en nuestra sociedad sin 
trabajar. Todo el que consume debe producir. 

Éste es nuestro emblema. Un padre que acumulnrn mi- 
llones para dejarlos á sus hijos, para que éstos vivieran en 
la holganza y en el vicio, en nuestro siglo sería considerado 
un padre criminal. 

Que un padre les legue un discreto pasar á sus hijos, — 
dentro de los límites que la ley prescribe, santo y bueno; 
pero nada más, pues con un discreto pasar desearán mejo- 
rar su posición y se dedicarán al trabajo. 

Y si del campo de la actividad pasamos al de la vida pa- 
rasitaria, al hombre que poseyendo una gran fortuna la 
empleaba en tu tiempo en la adquisición de vastas zonas 
de campo, en el que pastaban inmensos rebaños en estado 
verdaderamente primitivo, patriarcal, mientras el señor feu- 
dal vivía en medio del lujo, del boato, del alto vicio de las 
grandes capitales, cuando no se entregaba en cuerpo y alma 
á la usura, al préstamo prendario ó hipotecario, al agio más 
desenfrenado, acumulando oro, siempre ruin, siempre insa- 


186 


FRANCISCO PIRIA 


dable y siempre chupando la sangre del pueblo! . . . nosotros 
hemos suprimido al agiotista, entidad que sólo pudo exis- 
tir, desarrollarse y agigantarse en el estercolero económico 
social de tu siglo ! 

La gran Banca Universal estipula periódicamente el in- 
terés del dinero y rige el tipo que ella establece. 

También había en tu época otros usureros millonarios, 
los poseedores de vastos caseríos, inmensos edificios en cuya 
adquisición se habían empleado millones y redituábanles 
centenares de miles al mes, cuyas rentas eran á su vez em- 
pleadas en la adquisición de nuevas propiedades, cuando 
no se enterraba al ídolo de oro en las cajas de fierro para 
adorarlo por el avaro propietario, que tan pernicioso era á 
la sociedad en que vivía. Los hijos de estos avaros rara vez 
fueron hombres de iniciativa, y como los padres los criaban 
en medio de las privaciones, resultaba que, al fallecer, estas 
fortunas se derrochaban en el fomento del vicio y de la co- 
rrupción. ¡ Ése era el fin obligado casi siempre, de las for- 
tunas colosales de esa edad menguada ! 

Ésa era una de las fases del progreso material de tu 
siglo. 

Indudablemente me iba convenciendo gradualmente de 
que mi siglo y la edad en que viví fueron un siglo y una 
edad de muchos errores. 

En ese momento acabábamos de llegar á una gran plaza. 

Llamó mi atención un monumento colosal erigido á un 
militar, pues usaba las insignias de tal. 

— ¿Qué representa ese monumento? le pregunté. 

— Esa estatua fué erigida en 2011, segundo centenario de 
la batalla de las Piedras, ganada á las fuerzas enemigas de 
la Independencia Americana por el General Artigas, en- 
carnación genuina del temple indómito de nuestra raza 
altiva. 

Recordé en ese momento que los hombres en mi siglo se 
ocupaban en discutir los méritos del gran caudillo, cuando 
el carácter nacional se desplomaba vergonzosamente bajo 
la férula de los régulos y de los escribas que, trepando á 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


187 


las alturas, les daban raya y luz á los falsificadores del voto 
popular, escamoteadores vergonzantes de las libertades pú- 
blicas. 

Al rededor de esta estatua hay varias de menor tamaño 
•en las escalinatas del pedestal. Representan todas ellas los 
más notables patriotas (pie tomaron parte activa en el pe- 
ríodo de nuestra Independencia. 

— Sigamos por la diagonal ríe la izquierda y pronto esta- 
remos en el punto donde tomaremos el vehículo que nos 
conducirá á los Campos Felices, díjome Temístocles. 

Á poco andar enfrentamos á un edificio estilo griego puro, 
copia fiel y exacta del Partenón, con bajos relieves de már- 
mol, columnas y muros del mismo mineral. 

— ¿Es algún templo ? pregunté á mi acompañante, diri- 
giendo la mirada é indicando con mi acción el edificio. 

— No es templo, respondióme el anciano: es el Tribunal 
de Pública Moralidad. 

— Yo estaba tentado de entrar al suntuoso edificio, pero 
Temístocles me invitó á seguir, pues ya se iba á hacer tarde 
y debíamos aprovechar la fresca hora de la mañana del 
esplendido día con que el Ser Supremo nos había favore- 
cido. 

— Desearía que me dieras alguna explicación sobre ese 
Tribunal, al que ya en varias de nuestras conversaciones 
has hecho referencia. 

— El Tribunal de Pública Moralidad todos saben que 
existe, todos conocen sus benéficos efectos ; nadie ignora 
sus inmensas ramificaciones; su acción se extiende en todas 
las poblaciones, hasta en el mismo hogar está ; y nadie lo 
ve, respondió el anciano. Nadie conoce sus agentes miste- 
riosos, pero todos sienten su benéfica influencia. Un hombre 
irascible, violento, cruel, maltrata á su mujer entre las cua- 
tro paredes del hogar. Á la mañana, al levantarse, encuen- 
tra en el buzón de su casa, pues todas las habitaciones 
tienen buzón, un aviso del Tribunal de Publica Moralidad, 
en el que se lee lo siguiente: «El ciudadano A es esperado 
á las 9 de la mañana del día de hoy en el Tribunal de Pú- 


188 


FRANCISCO PIRIA 


blica Moralidad.» Excuso decir que va poco menos que 
temblando. Introducido á la presencia del Juez, éste le 
amonesta amorosamente, reprochándole el acto de barbarie 
cometido ; le hace prometer bajo su palabra do honor que 
en lo sucesivo no incurrirá en un hecho tan reprobado, y 
con paternal afecto lo despide. 

— ¿Todo ha concluido? 

— Á veces no. Ocasiones hay en que el ciudadano pierde 
el sentimiento de la humanidad y falta á su palabra. En- 
tonces dos guardias populares, dos ciudadanos, reciben or- 
den del Tribunal de arrestar al delincuente, al que, condu- 
cido ante el Cousejo de Magistrados, le es leído el decreto 
inapelable del Tribunal, condenándolo á un año de tra- 
bajos forzados por haber perjurado, entregándose á la es- 
posa durante ese tiempo los haberes que por tal concepto 
le correspondan por su trabajo. 

Un individuo roba y es aprehendido, pues la evasión es 
imposible. En ese caso es condenado á trabajos públicos 
por el tiempo que sea necesario para obtener, por medio del 
trabajo, seis veces más de lo robado y devolverlo como cas- 
tigo al que estafó. 

Un joven, dotado de bellas cualidades y talentoso, pero 
un poco desordenado en su manera de vivir, como tantos 
jóvenes que poseen imaginación, amante de los placeres, 
abandona sus deberes, derrocha el haber hereditario y 
contrae deudas; la envidia baja y la malignidad, que aún 
no hemos concluido de extirpar, ni se extirpará nunca por 
completo mientras el hombre exista; los falsos amigos, que 
aún los hay, siquiera para aprender á distinguir los bue- 
nos, lo acusan sollo voce, le imputan hechos vergonzosos. 
La especie cunde y la calumnia surge, toma cuerpo y se di- 
funde; poco después todos señalan con el dedo al desgra- 
ciado. La reputación de ese joven sufre horriblemente, y 
aquel que hasta la víspera había sido juzgado como un 
despreocupado, pródigo y hasta derrochador, al día siguiente 
es considerado en el concepto público como un ser desleal, 
depravado, inmoral y perverso. Los hombres de bien bu- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


189 


yen de su contacto, las jóvenes ni lo miran, los empleos so 
cierran para él, y la ocasión de utilizar su talento queda es- 
terilizada: es un joven perdido. ¿Qué hacer? Recurre al Tri- 
bunal de Pública Moralidad. Pide una información sobre 
su conducta, sus actos y acciones, exigiendo una reparación 
á su honor ultrajado. 

El Tribunal acoge benévolamente sus quejas, establece 
una severa información, y sus detractores son llamados á 
declarar, á precisar los hechos. 

Se confunden, enmudecen, y buscan en vano escudarse 
con el subterfugio infame que tanto camino hizo en las pos- 
trimerías del siglo xix, y del que tanto abusó la prensa, 
concretándose á responder: «¡hemos oído decir!» 

El Tribunal pronuncia su sentencia, haciendo constar que 
el joven en cuestión, si bien es cierto que derrochó sus cau- 
dales, no fué hecho e30 sino cediendo á los impulsos impre- 
meditados de la juventud, dejándose dominar por las pa- 
siones, pero que el joven es inocente de toda culpa criminosa 
y denigrante ante la ley y la sociedad. Sólo en el decai- 
miento de su condición material necesito una ocasión para 
levantarse, y al día siguiente, diez, veinte ocasiones se lo 
ofrecen, y su rehabilitación está terminada: todos se dispu- 
tan el honor de estrecharle la mano. 

Un joven irreflexivo, que aún los hay, aunque avis rara 
en nuestros tiempos, pues los resabios de la ley atávica 
ejercen alguna influencia todavía, dejándose dominar en 
mal momento por sus impulsos juveniles, se permite hacer 
en plena calle una declaración amorosa á una joven desco- 
nocida, comprometiéndola con tal motivo ante personas 
extrañas; la joven, justamente ofendida, ocurrí 1 en queja al 
Tribunal de Pública Moralidad, en demanda de una repa- 
ración á su honor, que considera ofendido. 

El Tribunal, considerando que sólo un hombre honrado 
puede hacer tal declaración á una joven, y que sólo siendo 
así puede el joven haberse dejado llevar de sus impulsos 
juveniles, le intima cumpla con su deber, y al día siguiente 
ambos jóvenes firman el contrato matrimonial. 


190 


FRANCISCO PIRIA 


La ofensa queda reparada. 

Otro día una mujer sabe que un hombre se ha permitido 
lanzar una velada sombra sobre su conducta. Recurre al 
Tribunal de Pública Moralidad. El Tribunal admite la de- 
nuncia, preséntanse á deponer los testigos, se intima al que 
cometió tal bajeza, — pues siempre lo es en el hombre hacer 
alarde de reales ó imaginarios favores concedídoles, — y el 
calumniador, que en cualquiera de los casos es considerado 
como tal, es condenado á reclusión por un año. En tu 
época, la humanidad sabía curar las llagas del cuerpo. 
Nosotros hemos encontrado el remedio para curar las del 
alma, que una frase malvada puede producir en un mo- 
mento de extravío. 

Otra ocasión es un joven que, habiendo hecho promesa 
formal de matrimonio á una joven, abusa de su credulidad, 
haciéndola suya antes de tiempo, rehusándose después á 
cumplir la palabra empeñada. 

Llega la denuncia al Tribunal de Pública Moralidad y 
el joven recibe la intimación de contraer matrimonio en el 
día y marchar en seguida á los talleres públicos á cumplir 
la pena de reclusión semestral, á que es condenado. 

Al pasar por la calle, un hombre se permite dirigir una 
mirada provocativa, — caso raro en nuestros tiempos, — á. 
una dama. Ésta, ofendida, denuncia el hecho al Tribunal 
de Pública Moralidad y éste amonesta severamente al cul- 
pable. 

Nuestras penas son severas, sobre todo en los casos de 
adulterio. ¡Ay del hombre y de la mujer que faltaran á 
las cláusulas establecidas en el contrato matrimonial! 

La ley no hace distinciones odiosas, es pareja y rigurosa, 
muy distinta de la que el uso había sancionado en tus 
tiempos, en que se decía: «El hombre busca aventuras. 
¡Afortunado y digno de envidia es aquel que las encuentra 
en mayor número!» 

Para nosotros el adulterio es considerado como un delito 
infamante. 

En tu edad, era un blasón de gloria para el hombre. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


191 


mientras se convertía en baldón de infamia para la débil 
mujer! 

¡ Así eran ciertas infames leyes, hechas en machos casos 
por hombres corrompidos y corruptores de aquellas edades 
de mentira ! 

Ellos, los fuertes, los abusadores miserables, condenaban 
A la mujer, su víctima, en virtud de una ley fabricada por 
ellos mismos para absolverse! 

¡Y á eso le llamabais justicia! 

La ley decía: «La mujer no debe darse al hombre sin ser 
casada; después de casada debe conservarse fiel al marido. » 
En cuanto á la fidelidad del marido, la ley nada decía. 
¡Para qué! 

El convencionalismo decadente agregaba: «Es pormiudo 
¡í la mujer traicionar al marido, ¡i condición de que é>te 
no lo sepa.» En cuanto al marido, el mismo convenciona- 
lismo le permitía que engañara A la mujer aún sabiéndolo 
ésta, y le autorizaba A hacer todo lo que quería, con tal de 
no hacer escóndalo en la ciudad en que viviera. 

Nosotros castigamos el adulterio con la pública difama- 


ción y otras penas mayores, todas ellas rigurosas y con su- 
jeción A las circunstancias que han precedido al adulterio. 

Un hombre es vilmente calumniado. Denuncia al Iribú- 
nal de Pública Moralidad A sus detractores. El Tribunal 
los hace comparecer A su presencia, les exige las pruebas de 
sus dichos: éstos quedan confundidos. 

El Tribunal absuelve al inocente, acusa A los calum- 
niadores como tales y los castiga. Al siguiente día toda la 
prensa publica los antecedentes y la víctima triunfa de la 
maldad humana, de la que aún existen trazas, pues el do- 
minio de las pasiones en absoluto aún no lo hemos conse- 
guido, pero A ello convergen todas las fuerzas del orga- 
nismo social v triunfaremos al fin, pues poco nos falta. 

Podría extenderme en más consideraciones y ejemplos. 

En ese momento llegamos al sitio en que termina la gran 
avenida, y al que varias más de igual esplendidez y ampli- 
tud convergen de distintos puntos. 


192 


FRANCISCO PIRIA 


Un edificio monumental se levanta en su centro, soste- 
nido sobre 400 columnas de pórfido; la base es de 100 me- 
tros de ancho por 170 de largo, de forma elíptica, y remata 
cada columna una gran estatua ó grupos colosales. El es- 
tilo es pompeyano, el más severo é imponente. 

Al frente, sobre la gran portada fundida en plata maciza, 
se levanta imponente la estatua de Minerva, de 15 metros 
de altura. 

Sobre las cuatrocientas columnas están las estatuas de 
Hércules, Flora, Venus victoriosa, Fauno, Baco, Arístides, 
Sileno, fortuna, lennstooles, N arciso, Victoria, Eurípides, 
Mercurio, Ceres, Sócrates, Pigmalión, la Abundancia, An- 
tinoo, Platón, Pitágoras, Isis, Confucio, Cristo, Mahoma, 
Moisés, Pablo, Diana, Demóstenes, Cicerón, y un sinnó- 
mero cuyos nombres no recuerdo en este momento, hasta 
completar las cuatrocientas. 

Las paredes de la galería externa que rodean las colum- 
nas están cubiertas de mosaicos y pinturas: el rapto de 
Elena, la expedición de los Argonautas, Aquiles reconocido, 
Teseo libertando á los jóvenes atenienses, el Centauro en- 
señando al joven Aquiles á tocar la lira, Baco y Ariadna, el 
Sacrificio de Itígenia, la Caridad griega representada por 
una joven amamantando á un anciano, Elena y París, 
Leda y Amor, el Toro, Farnesio, Teseo matando al Cen- 
tauro, las Nereidas; y ¿á qué proseguir? ¡Sieso es intermi- 
nable! 

Amplia terraza circunda el piso bajo sobre las columnas, 
y diez metros más adentro surge otro orden de edificio ro- 
deado de igual número de columnas de mármol rosado, da 
las cauteras del Departamento de Maldonado, cuyas co- 
lumnas están, á su vez, coronadas por estatuas representando 
los genios de la edad media. Y otra terraza interior de diez 
metros de ancho rodea de nuevo el edificio, surgiendo otro 
orden de columnas de bronce, en número de cuatrocientas, 
sobre las que hay igual número de estatuas de bronce, y re- 
presentan todos los grandes genios y benefactores de la hu- 
manidad de los tiempos modernos. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


193 


Remata la gran cúpula la cruz, símbolo de la fraternidad 
y del amor universal. 

— Este edificio es el Ateneo, díjome Temístocles, cuando 
ú la ligera hubimos dado una pequeña vuelta al rededor. 

Tentado estaba yo de entrar, pero se nos hacía tarde. 

— Las inmensas' bibliotecas que bay en 61 son públicas, 
V el pueblo afluye en número extraordinario todos los días; 
de noche es el gran punto de reunión de los rispiadnos. 

La biblioteca del Ateneo encierra más de cuarenta mi- 
llones de volúmenes. 

Pero, prosiguió después de un intervalo, vamos á acele- 
rar el paso, porque el tiempo urge. 

Cuando quise proseguir, al darme vuelta, á trescientos 
metros de distancia, y en el mismo parque, con el frente vis 
á vis al Ateneo, surgía otro edificio imponente, de idéntica 
construcción, exactamente igual la ornamentación, pero con 
la diferencia de que las estatuas y pinturas representaban 
diversas escenas y distintos personajes. ^ ^ 

— Es el Teatro Nacional, díjome simplemente Temísto- 
cles. Esas estatuas representan las personas más eminen- 
tes del teatro antiguo, el griego y el moderno. 

— Indudablemente gastarán ustedes un dineral en artis- 
tas de primo cartelo; tendrán Ópera con cantantes notables. 

— Tenemos todo eso, pero por el precio que valen en 
realidad y no por los absurdos que se pagaban en tu edad 
por oir berrear á más de un individuo que había nacido 


paia pregonero. ... , . 

En nuestros teatros no se desgañifa» nadie: eso sería de 
un gusto inicuo. La música de nuestras óperas, que suelen 
ser cortísimas, pues cada ópera representa un acto, es suave, 
melodiosa, y los cantantes no cantan ya: los hemos susti- 
tuido por los mímicos. El arte mímico es el que se cultiva 
hoy en sumo grado, y un buen artista en ese género puede 
amar basta trescientos Artigas mensuales. _ 

— ¡Sería gracioso, respondí, VER cantar a un mímico con 


la boca cerrada! 

— Indudablemente, exclamó Temístocles con su afable 


13 


194 


FRANCISCO PIRJA 


sonrisa en los labios al oir mi befa, debía ser curioso en tu 
época ver desgañifarse á un cantante á grito tendido en el 
escenario, mientras que el tono de la instrumentación lo 
dominaba todo con sus estridentes notas; al cantante no se 
le oía y sólo se veía uno ó más personajes haciendo es- 
fuerzos titánicos, accionando desesperados, abriendo la boca 
como locos, y ¡el público en ayunas! 

— No hay duda, contesté, que si aquello era efectiva- 
mente de muy mal gusto, lo que actualmente sucede, como 
tú me lo manifiestas, no lo es menos, desde que al son de 
la orquesta se ve sobre el escenario uno ó más individuos 
que se hacen los que cantan y se quedan callados! 

— Si fuera simplemente así, sería una ridiculez, respon- 
dió mi amigo; pero debes saber que, debido al invento del 
profesor Luigi Pugnalini, la instrumentación ha sufrido 
una completa modificación; nuestros instrumentos combi- 
nados imitan la voz humana la más melodiosa, y sólo falta 
en la escena el mímico de alta escuela, conocedor del arte 
y gran músico á la vez, para que acompañe en un todo á la 
orquesta. 

La ilusión es completa, digo, mayor; pues la Patti, la 
Mcdori, Tamberlick, Mírate, Gayarre, Masini, Stampanoni, 
y todos los ruiseñores de ambos sexos, que tantos aplausos 
recogieron en el teatro del siglo xix, si aquéllos cantaran, 
vuestros teatros en comparación con nuestras orquestas, 
acompañadas por los grandes mímicos, serían silbados, pues 
parecían unos verdaderos cani ! 

Por otra parte, querido Fernando, nosotros premiamos al 
mérito, pues se necesita tener mérito, talento y estudio para 
ser buen mímico, y eso está al alcance de todos ; mientras 
que en tu siglo se premiaba y cargaba de oro á cualquier in- 
dividuo, por más zoquete que fuera, con tal que la natura- 
leza lo hubiera dotado de lo que ustedes llamaban una 
buena voz. 

Pero el teatro que acabas de ver, prosiguió, pues ya lo ha- 
bíamos dejado á nuestras espaldas y seguíamos caminando, 
no es el teatro lírico ; teatros líricos, Montevideo cuenta 58, 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


195 


Jjjtodos son muy frecuentados, pues en este siglo se ama la 
mú.-ica, esa música del gran siglo xxi, dicho sea de paso, 
que halaga los sentidos, produce éxtasis deliciosos, encanta, 
seduce y alegra. 

¡Ah! di la has oído en el cuarto de música, en casa, la otra 
noche, así que excuso darte pormenores. 

Efectivamente, en aquel momento afluían á mi memoria 
las encantadoras veladas, las dulces melodías que embar- 
gaban mis sentidos en las tranquilas horas de la noche, 
cuando tne retiraba al aposento que se me había designado. 

Pero, y ese teatro que acabamos de ver, ¿qué clase de 
teatro es? 

— Ese es el Teatro Dramíitico Nacional. Tiene capacidad 
para ochenta mil espectadores y está construido tan artís- 
ticamente y con tanta perfección, que á ninguna persona 
se le escapa una sola palabra cuando el actor recita: todo 
lo ve y lo oye el público. El escenario está en el centro del 
gran salón. 

Pero, apurémonos, que con la conversación puede que 
perdamos la oportunidad de aprovechar el viaje del jardín 
flotante, que parte á las ocho en punto. 

Habíamos llegado insensiblemente á lo que antigua- 
mente se conocía por Playa de Ramírez. Del pequeño 
puerto que forma la ensenada de lo que se llamó « Punta 
de Carretas» y fué desierto en mi época, hoy punto central 
é importantísimo de la ciudad, partía un jardín flotante 
que conducía á los Campos Felices, que es á donde con mi 
huésped nos dirigíamos. 

Apenas habíamos tomado asiento, cuando partió á toda 
marcha y á plena orquesta, surcando las aguas con extraor- 
dinaria rapidez, impulsado por el gran agente motor de este 
siglo: el aire comprimido. 

El jardín flotante mide cien metros de largo por sesenta 
de ancho, — el más leve movimiento no se siente,— parte á 
cada hora del punto indicado, pues en el viaje redondo 
del punto de partida á los Campos Felices, emplea media 

hora. 


FRANCISCO FIRIA 


19G 

_ ^ número de concurrentes es inmenso. 

El iiánta elegancia, cuánta alegría y cuántas caras go- 

¡CV ! 

zosasyji siglo feliz! en que no se ven las caras avinagradas 
iOf ,¡ época. ¡Bendito seas! Aquello es un verdadero jardín; 
de n» plantas espléndidas, arboledas, flores de todas las más 

_ _ _ * * 11 l _ ' ^ ...il,, ,*., • t t A 



drá 1^, rosta en mi cdatl era sumamente brava. 


nopo- 
recuerdo que 


r eo 

esta Ojiemos encadenado el Océano, respondió sonriendo 

— filosamente el anciano. 

desdi bolamente así habréis conseguido hacerle estar quieto; 

— * * según la historia, Jerjes lo azotó y no lo domó, i Lás- 
pues, ¿pie no se le ocurriera al asiático encadenarlo también! 
tima pío había hecho lo más, pudo hacer lo menos. 

Ya U ¿¿uerido amigo, lo que tomas por una broma es una 

— Jad. 

realio, pude evitar que me retozara en los labios una son- 
Ní^icrédula. 

risa i pesde la embocadura del puerto, prosiguió Temístocles, 

— ai distancia de un kilómetro de la costa, la «Sociedad 
en ui’.oso Nacional », que lm fomentado y transformado estas 
Pro g'-v* y es la propietaria de los jardines flotantes, ha colo- 
costa*'|os domina-olas, suspendidos en grandes boyas y dis- 
eado p 3 en triple fila, de manera que entre la costa y los 
puesf:, a-olas nina siempre la más completa calma; así que 
don i? ,ulo la «Sociedad Progreso Nacional» colocado los do- 
lutbié 0 ] ;ls desde la embocadura del puerto hasta la desein- 
niiiid jura del antiguo Arroyo de Carrasco, ó sea en una ex- 
boeaCn de 15 kilómetros, ha fomentado toda esta ribera, 
tensK'f riéndola en un verdadero edén y realizando la gran 
conv’pue pronto vas á ver. 

obra ,utras platicábamos tranquilamente sentados debajo 
glorieta cubierta de enredaderas cuajadas de flores 
de UFfdín flotante, y el buen Temístocles se complacía en 
del jCistrarme informes detallados sobre todos y cada uno 


sumí 



El, SOCIALISMO TRIUNFANTE 


197 


de los grandes progresos de este siglo, le pedí detalles sobre 
el gran teatro que acabábamos de ver, á lo que accedió gra- 
ciosamente, diciéndome : 

— El teatro dramático es el único subvencionado por el 
Estado. En tu época menguada, prosiguió, con los dineros 
del pueblo se subvencionaba el teatro lírico para que se di- 
virtiera el rico. Nosotros subvencionamos el teatro dramá- 
tico para que se instruya el pueblo, presentándole produccio- 
nes que concurran á formar el carácter y á cultivar el corazón 
del ciudadano. Para vosotros, el teatro subvencionado era 
una diversión; en nuestro siglo es una escuela: todos van 
á aprender. Por otra parte, el gran Teatro Dramático Na- 
cional está al alcance de todos, á tal punto que la subven- 
ción que le da el Estado viene á ser ilusoria, pues le bastan 
y sobran sus recursos para sostenerse. Excuso decirle que 
siempre está lleno. No funciona más que tres veces por se- 
mana, exceptuando el día de fiesta, en que hay una función 
extraordinaria de día para los niños, los que á su vez repre- 
sentan los distintos papeles. Como ya te dije, el teatro tiene 
capacidad para ochenta mil espectadores. Los precios son 
tan exiguos, que ellos solos bastarían para atraer la concu- 
rrencia si no fueran excelentes los artistas que en él trabajan 
y notables las producciones. Los sitios mejores cuestan 
cuatro centavos y los de segunda dos centavos. 

Y con todo, con ser tan ínfimo el precio, el teatro se sos- 
tiene holgadamente. 

El pueblo se educa y aprende, pues las producciones que 
en él se dan son premiadas previamente, en concurso anual 
que haceel Gobierno; pero en ningún caso puede represen- 
tarse ningún drama sin tener el visto bueno de la previa 
censura. 

— ¡Cómo! exclamé, ¿habéis puesto una barrera al ingenio 
humano ? 

— No, amigo mío, hemos opuesto una barrera al desborde 
de la inmundicia queen tu edad empezó por llamarse realismo- 
Así como al anarquismo se le calificó de socialismo, inju- 
riando y pervirtiendo el más grande ideal de la humanidad. 


193 


FRANCISCO PIRIA 


El jardín flotante surcaba las aguas mansas del domado 
Océano. Miles de vehículos aéreos cruzaban en todas direc- 
ciones. La costa en donde la ciudad maciza termina y el 
encanto de la campiña empieza, estaba cubierta de esplén- 
didos edificios, todos ellos con desembarcadero á la puerta, 
bosques, palacios y jardines de un lado; y allí, á un kilóme- 
tro de distancia, en la parte opuesta, las olas detenidas en 
sus embates contra los quiebra- tempestades, colocados en 
toda la extensión que debíamos recorrer. 

— Los Cnm¡ios Felices eran en tu época un inmenso ba- 
ñado, díjomc Tcmístocles, conocido por bañado de Carrasco. 
Ocupaban una superficie de tres mil hectáreas aproximada- 
mente y estaban cubiertos por inmenso pajonal. 

El año 2001, el ingeniero Ferruccio Monzani practica un 
estudio concienzudo de toda la inmensa superficie, del que 
resulta: l.° Que al pantano inmenso sólo lo separaba del 
mar un médano; que la superficie del pantano estaba al 
mismo nivel que el Océano. Hechos los estudios, resultó que 
el bañado tenía una profundidad que variaba de diez á 
treinta metros, lo que significaba que en tiempos remotos 
aquel espacio fué una ensenada profunda. Extraídas las 
materias que lo formaban, resultó ser turba de la mejor ca- 
lidad. formada con los detritus de la vegetación que empezó 
con la formación de la barra del médano que separó á la 
ensenada del Océano, ensenada A la que siguieron afluyendo 
las aguas potables del arroyo Carrasco, que desaguaba en 
él, alimentando por esa razóu una vegetación verdadera- 
mente tropical, rellenándose poco á poco con las sustancias 
que el arrastre de las aguas conducía, sustancias que, ab- 
sorbidas por las plantas que en estado permanente vegeta- 
ban y cubrían las aguas, iban formando un sedimento del 
que brotaba la vida continuamente, convirtiendo en rica 
turba la materia orgánica que se iba depositando en el 
fondo. 

Proyecta, en tal virtud, Monzani, el Canal Progreso, que 
partiendo del Océano atraviesa el pantano en una exten- 
sión de siete kilómetros de longitud por trescientos metros 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


190 


de ancho, con otros canales transversales para producir la 
desecación, y al mismo tiempo se forma una sociedad anó- 
nima en 2002, para la explotación de los inmensos pajona- 
les que, convertidos en material de construcción, por medio 
de la galvano Pieri, suministran maderas para construccio- 
nes livianas. • 

La turba extraída alimenta las fábricas que se colocan en 
las orillas del que fué bañado, pues en cuanto la canaliza- 
ción queda terminada dando libre curso á las aguas del 
arroyo de Carrasco por el Canal Progreso para el Océano, 
el saneamiento se produce como por encanto, al mismo 
tiempo que la «Sociedad Forestales Unidos» planta diez mi- 
llones de sauces, álamos y eucaliptus, obteniendo al cabo 
de diez y siete años de su fundación,— época en que fué li- 
quidada á causa de graves desavenencias entre los diversos 
grupos de accionistas, — un beneficio neto de cincuenta mi- 
llones de Artigas, con la explotación del monte y solidifica- 
ción de las tierras. 

En ese momento el jardín flotante entraba majestuosa- 
mente al Canal Progreso, circundado por sauces colosales 
de setenta y ochenta metros de altura, cuyas cortinas de ra- 
mas caían suavemente hasta besar las cristalinas aguas. 

Yo no concibo nada más imponente á la vista y deleite á 
la imaginación. Allá en lontananza se prolonga el gran ca- 
nal franjeado por arboledas y edificios, cuajados de jar- 
dines de ambas partes. Al final hay un vasto parque de 
cuatrocientas hectáreas, y en el centro la edificación que 
abarca una extensión no menor de unos cien mil metros 
cuadrados, formada de varios cuerpos unidos unos á otros. 

El jardín flotante llegó al pie del parque, en donde la ex- 
planada besa el agua que lo limita. 

Vasta escalinata de mármol de unos trescientos metros de 
largo, da acceso al parque. 

Está poblado por innumerables personas, muchos visi- 
tantes y gran número de ancianos de ambos sexos. 

Observo que la mayor parte de los ancianos visten igual 
hábito: unos leen, otros platican tranquilamente sentados 


200 


FRANCISCO PIRIA 


debajo de las frondosas arboledas, los más de ellos con la 
multitud de visitantes. 

El gentío es inmenso. 

Sentada aPborde de un estanque observo una pareja : él 
es un nonagenario, ella tendría pocos años menos. Platica- 
ban amigablemente, dando de comer á los pájaros que los 
circundaban y echándoles migajas á los innumerables pe- 
cecillos. 

Tcmístoeles, al ver mi actitud, me dice: 

— Es un matrimonio: viven en un verdadero paraíso te- 
rrenal. 

— Pero, ¿podría saber en dónde nos encontramos y qué 
significa esto ? pregunté. 

— Estamos en el centro de los Campos Felices, y este 
sitio se denomina la Mansión del Plácido Retiro. 

—¿Y qué objeto tiene, á cuál causa débese el ver tanta 
gente aglomerada aquí? 

— Segismundo Trápani, hombre emprendedor y de gran 
talento, rico propietario en esta inmensa zona de terreno que 
ocupa el Plácido Retiro, al morir poseía no menos de cin- 
cuenta millones de Artigas, tenía diez hijos, á cada uno de 
los cuales, con arreglo á la ley de herencia vigente, que le 
limitaba la facultad, dejóles el máximum de lo que la ley 
prescribía, legando en beneficio de los ancianos á quienes 
al llegar á la senectud les hubiera sido adversa la fortuna, el 
vasto campo que ocupa este instituto, y toda su fortuna para 
que fuera invertida en construcción y sostén de este inmenso 
asilo. 

Aquí el anciano encuentra una verdadera mansión áurea, 
sencilla sí, pero agradable y provista de todo : es el verda- 
dero paraíso para la vejez. 

¡Qué felices son estos buenos viejos en este verdadero 
edén ! Nada les falta, pues hasta tienen su teatro, biblio- 
tecas, parques, pequeños talleres en que entretenerse volun- 
tariamente, jardines en donde se cultivan flores y variedades 
de plantas. 

labres para salir como y cuando quieran, pues el jardín 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


201 


flotante hace diariamente un viaje redondo, conduciéndolos 
gratuitamente. Visitan y son visitados por sus amigos 6 
parientes, y terminan sus días en plácida quietud, ben- 
diciendo á la humanidad. 

¡Cómo chocan todas estas generosas magnificencias con 
el rancio egoísmo de mi desgraciada época, en la que los 
afortunados, al morir, no legaban ni un centavo en beneficio 
de la caridad pública ! salvo alguna que otra excepción, ex- 
clamé, lleno de admiración por lo que veía y de tristeza pol- 
lo que recordaba. 

Acertamos á pasar cerca de un majestuoso ombú, de- 
bajo del cual centenares de ancianos estaban reunidos, en- 
vueltos en sus amplias y blanquísimas túnicas. Sentado al 
pie del tronco, como en un trono, destacábase la majestuosa 
figura de un viejo como de noventa y cinco años; edad que 
tenía, según después me lo manifestó mi acompañante. 

Blancos la larga barba y el cabello, rosada la cara, fres- 
cas las mejillas, se veía en el reflejo de su plácido semblante 
una alma tranquila y elevada. 

Hablaba, y todos sentados al rededor le escuchaban. 

Insensiblemente me fui aproximando hasta poder oir bien 
claro lo que decía. 

He aquí cuanto pude oir : 

« Del seno de la muerte la vida surge más vigorosa y más 
bella para recorrer su continua evolución, volver á perecer 
y renacer eternamente. ¿ Por qué nos quejamos nosotros ? 
¿ Qué pierde el hombre cuando el alma deja su envoltura 
por breves instantes? ¿No seguirá él siempre viviendo acaso, 
como todo revive? ¡Oh sublime beneficio de la metempsí- 
cosis! ¡Y hubo en el mundo quien osó calumniarte procla- 
mándote fantasía del cerebro humano! 

«Pero, ¿qué sustituían aquellos desgraciados, en su im- 
piedad absurda, á la verdad divina ? 

«No pudiendo negarte, te transformaban. 

«Quisieron persuadir á los hombres de que el Ser Uni- 
versal que ellos llamaban Dios, sujetaba al hombre á una 
sola existencia miserable en esta tierra, la que después de 


FRANCISCO PIRIA 


202 


abandonar eternamente, estaban obligados á existir en la 
eternidad del tiempo como seres inútiles, entorpecidos 
en un goce perenne, ó presos del dolor eterno! Es de- 
cir, nacer condenados á heredar nuestra frágil naturaleza 
la corrupción de nuestros padres, ó sus virtudes; crecer su- 
friendo ó gozando; vivir luchando ó embriagados en el pla- 
cer, en medio de ¡as pasiones; conseguir una sonrisa de 
amor, un rayo de gloria: bien escasa recompensa en com- 
paración del cáliz de amargura que nosotros mismos, hijos 
del error, nos encargábamos de llenar. Condenados á vivir 
para odiar y maldecir; ser despreciados ó envidiados; morir 
torturados por dolencias infinitas que acechan al hombre, 
tal vez al expirar maldiciendo la vida. He ahí la idea noble, 
el gran objeto por el cual Dios, según ellos, había creado al 
hombre! Todo lo que rodea al hombre respira felicidad: el 
bruto, la planta y hasta las mismas piedras. El hombre, se- 
gún ellos, era un ser místico incomprensible, superior, infe- 
rior ó extraño á la suprema é inmutable ley que gobierna 
Inexistencia; aparece en el escenario de la vida, pasa como 
un fuego fatuo, vive, vegeta, sufre ó goza; hace el bien ó el 
mal, y después desaparece para dejar lugar á la generación 
que en pos de él surge. 

«¡Doctrina absurda! 

«¿Quién, entonces, quién es el que inspiró en lo más pro- 
fundo de mi alma el sentimiento imborrable de mi eterna 
existencia? 

«¿ Quién me inspiró el terror que invade todo mi ser á la 
sola hipótesis de la cesación de ser, si cuando esta frágil 
vestidura que alberga mi espíritu se descomponga para re- 
componerse de nuevo y albergar otras existencias, Yo, espí- 
ritu inmortal habré cesado para siempre de pertenecer á 
esta vida? ¡Pero tú vivirás la vida eterna de los espíritus! se 
me dice. Esta idea me viene comunicada por otro hombre, 
al que no puedo considerar en nada superior á mí. 

«Sin vuestra insinuación, no se me habría ocurrido jamás 
semejante idea. 

‘El natural instinto nos conduce á vivir en la vida que 


EL SOCIALISMO TRIUNFASTE 


203 


nosotros conocemos, y no en una villa que nosotros ignora- 
mos. Todo me inclina á creer que yo he vivido siempre y 
que continuaré viviendo en esta tierra; pero que yo deba 
vivir de otra manera, sólo vuestro labio es el que lo dice. 
En los siglos pasados del error, y bajo el imperio del ab- 
surdo oscurantismo, se decía que Dios había puesto al hom- 
bre sobre la tierra sujeto al cumplimiento de deberes, con 
una misión á cumplir. ¡Qué herejía! ¡qué blasfemia! 

«¿Entonces Dios, ser puro, espiritual y perfecto, despren- 
día de sí mismo un ser á su imagen, por naturaleza inco- 
rruptible y perfecto, lo vestía de cuerpo, sujetándolo á la 
frágil materia, al dominio accidental de las pasiones, para 
obtener por resultado, si salía victorioso en las luchas de la 
existencia, volver al seno del Creador á disfrutar del goce 
eterno, y en caso contrario, desprendido del Creador, quedar 
de él completamente aislado y condenado á tormentos 
eternos ? 

«Ni eso aún bastaba para completar el absurdo. 

«Ese ser estaba investido de una misión! 

«Yo apelo á vuestra conciencia, amigos míos; apelo á las 
conciencias honestas. ¿ May acaso alguno que al llegar al 
borde de la tumba pueda decir: yo he llenado mi misión 
sobre la tierra? Yo admito y tengo la más profunda con- 
vicción de lo que asevero, que los individuos, las clases, los 
pueblos, las naciones y los siglos tienen todos una misión 
que cumplir en la tierra; miembros de la inmensa familia 
que puebla este planeta y se llama humanidad, tienen la 
misión de encaminarla, hacerla avanzar en la vida del pro- 
greso, de la continua evolución que les ha sido trazada por 
quien debió hacerlo así; ¿pero acaso en una ó en diez vidas 
puede el hombre cumplir la misión que le fué asignada por 
el Ser Supremo? 

«Muchos hombres que en sus existencias anteriores han 
pasado la vida en el estudio y el trabajo, nacen en éstas con 
ideas preconcebidas de ser útiles á sus conciudadanos, 
á su patria, á la humanidad. Debemos á algunos de ellos el 
bien que gradualmente se ha ido adquiriendo; pero, ¿pueden 


204 


FRANCISCO T1RIA 


acaso esos hombres sustraerse á las miserias que afligen á 
la juventud? 

«¿Tienen acaso la fuerza de dominar sus pasiones, que les 
sugieren sus más sublimes empresas, más vehementes cuanto 
mayor es su ingenio? 

«¿No tropiezan acaso con acerbas dificultades, obstáculos 
insuperables y circunstancias bastante adversas que parali- 
zan su voluntad, rindiendo su acción imperfecta é imposible? 

«Si eso es así, como los hechos nos lo demuestran, debe 
ser también cierto que si el Ser Supremo ha dado á los hom- 
bres una misión sobre la tierra. Él debió darles también más 
de una existencia para cumplirla. No todo el camino se 
hace en una jornada. Este sistema tan homogéneo á todas 
las aspiraciones del hombre, que satisface todas las necesi- 
dades, es el solo que puede hacerlo sabio y moral, porque 
es el solo que le revela, sin ambajcs ni misterios, la justicia 
retributiva de Dios. 

«¿Qué incentivo mayor á la perfecta resignación del hom- 
bre que sufre, que aquel de poder decir: en vidas anterio- 
res yo hice un triste uso de los dones que la Naturaleza me 
había conferido; falté al cumplimiento de mis deberes, 
traicionando el mandato divino, falté á mi misión : ahora 
descuento la pena de mis faltas ? 

«Combatido ahora por amargas dificultades; contrariado 
en mis propósitos por las circunstancias adversas, yo no 
debo acusar á nadie: es la ley suprema que me castiga. 

«Trabajaré, desafiaré la envidia, las persecuciones, el des- 
precio; pero llevaré mi piedra á la construcción del edificio 
del progreso humano, allí mismo adonde hube de llevarla en 
mis precedentes existencias; se tendrá en cuenta mi resigna- 
ción, mis sufrimientos, y cuando renazca en existencias pos- 
teriores, usufructuaré una parte del bien que yo concurrí á 
formar. 

«Con el estudio, el trabajo y la experiencia pagaré mi 
deuda, para no sufrir y aproximarme al perfeccionamiento 
humano. 

♦Pasad más adelante, prosiguió con medida frase y clara 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


205 


voz el anciano; penetrad en aquellas salas doradas, en 
donde, en el seno de los placeres y del bienestar, se di- 
vierte un joven estragando la existencia. 

«Con el sistema de los siglos pasados, él no tenía más que 
una sola base moral: la esperanza del Paraíso 6 la condena 
del Infierno. 

«Pero estas dos ideas eran tan poco análogas á la voz 
de la existencia, tan vagas, tan confusas, y en los últimos 
tiempos tan ridiculizadas, que él no podía fijar sobre ellas 
ni un solo pensamiento. No se preocupaba de los deberes 
á cumplir en la vida: ¿quién osaba poner un freno á las 
pasiones? Sustituid á aquel sistema absurdo la mctempsí- 
cosis de nuestro siglo, y ella sola bastará, sin dogmas, sin 
preceptos y sin leyenda, para hacer pensar á aquel joven 
disoluto. 

«Yo soy feliz, dirá; la naturaleza me ha dado fortuna, 
belleza, fuerza, genio; pero ¿quién me asegura que yo po- 
dré volver en idéntico estado en posteriores existencias? 

«La vida presente es un sueño que se oscurece, una ilu- 
sión que pronto se desvanece; yo moriré y podré tal vez en 
el acto, para mi castigo si no lie obrado bien, renacer en 
una condición oscura, pobre, enfermo é ilota.» 

El viejo iba á proseguir, pero Temístocles indicóme que 
ya era tiempo de continuar nuestro camino. 

— Si he de manifestarte lo que siento, le dije mientras 
seguíamos andando, ó el anciano no ha terminado su tesis, 
dejándola trunca en el punto capital, ó yo no estoy de 
acuerdo en absoluto con las ideas que ha emitido. 

— Ya sé á lo que te refieres, contestó sonriendo apaci- 
blemente mi acompañante; tú habrías querido saber á qué 
fin estaba destinado el espíritu humano una vez llegado á 
su perfeccionamiento; pues el anciano sólo dijo: «El natu- 
ral instinto nos conduce á vivir en la vida que nosotros co- 
nocemos y no en una vida que nosotros ignoramos; «sacando 
como consecuencia de que todo lo inducía á creer que ha- 
bía vivido siempre y que continuaría viviendo en esta tie- 
rra. Luego, tomando en absoluto esas ¡deas, resultaría que 


FRANCISCO PI RIA 


206 


si bien el hombre se perfecciona cada vez más en el trans- 
curso de las futuras existencias, nunca saldría de este pla- 
neta, que él, perfeccionándose, había convertido en edén. 

Es que los oyentes deben quedar siempre en suspenso 
de un día para otro, en distintos puntos de una disertación, 
para interesar su tesis; apartándose expresamente de la pa- 
rábola con proyecciones de otra nueva tesis, respondióme 
el anciano. 

Efectivamente, si tú vinieras mañana, encontrarías sen- 
tado debajo del mismo ombú al anciano con su círculo de 
oyentes, disertando sobre el destino del alma humana una 
vez que ha llegado á su perfeccionamiento. 

¿Cómo quieres tú que, alcanzada la perfección, quede su- 
jeta á la inmovilidad? Negación evidente de las leyes que 
todo lo rigen. En el fondo, sólo el alma humana progresa! 
exclamó Temístocles, como inspirado por la sublime idea 
de la metempsícosis, que conduce á su perfeccionamiento á 
todo ser racional. 

Las victorias del progreso suelen parecer lentas si las 
medimos con nuestras breves existencias, pero ante la eter- 
nidad son soplos. El hombre, desde el estado de piedra, ha 
venido avanzando gradualmente. I)el fondo del Asia surge 
la civilización, avanza al Egipto, se derrama en el Asia 
Menor é invade después la Grecia, do Grecia á Roma, y 
Roma la difunde é impone con la espada en todo el mundo 
antiguo, al que ata a su carro, y cae Roma á su vez á im- 
pulso de los bárbaros y surge el feudalismo. 

Viene la edad media, el eclipse mundial do la inteligen- 
cia humana; pero del fondo de esa oscuridad el ingenio 
humano brota y el renacimiento se abre paso. El hombre 
se da cuenta de que, así como tiene deberes que cumplir, 
tiene derechos que ejercer, y la revolución triunfante brota 
do los genios de los grandes pensadores para hacerse carne 
poco después. 

Un nuevo mundo había surgido: la civilización avanza 
y lo domina. 

l'.l siglo xtx, tu siglo, es el de la luz; pero había derna- 


HL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


207 


eiadas tinieblas para desalojar, y las grandes evoluciones se 
cumplen al compás de la ley rítmica, á la que todo va su- 
jeto y todo lo rige. 

El hombre, desde la edad de piedra á la fecha, ha reali- 
zado tantos progresos, que esta nuestra edad sería un edén 
sobado por aquellos seres primitivos, y lo ha alcanzado el 
espíritu humano después de tantas luchas, tantos desvelos 
y tantos sacrificios. 

¿ No has visto tú crecer un árbol ? ¿ no has observado 
cómo las pequeñas ramas sólo se desprenden á medida que 
no le son necesarias para mantener su equilibrio y ayu- 
darle á resistir el impetuoso huracán ? 

Así es la humanidad : religión, forma de gobierno, leyes, 
instituciones, costumbres, todas las cosas que con el andar 
del tiempo no están en relación con los progresos de la época 
se desprenden de por sí, como las ramas del árbol, para ser 
sustituidas en la alta cúpula á que la civilización alcanza, 
por otras ramas más llenas de vigor, lozanía y frescura. 

¡Y aún nos queda mucho camino que recorrer para lle- 
gar al perfeccionamiento completo del espíritu! 

Y este hermoso planeta, cubierto de monumentos, obras 
de arte, lleno de museos, atestado de estatuas y pinturas, 
fruto del ingenio humano; con millones de bibliotecas que 
encierran el summum del saber á que en su perfecciona- 
miento evolutivo alcanzó el genio, templos colosales, pala- 
cios suntuosos, ciudades espléndidas; cubierto de obras de 
progreso y bienestar ; convertido en un verdadero paraíso 
terrenal, después que tantos miles de generaciones han su- 
cumbido para llegar al coronamiento de esta gran obra, 
así como el frío de la senectud se apodera del organismo, 
la falta del calor central habrá llegado á enfriar las capas 
superiores de la tierra, y refugiada la humanidad en la zona 
tórrida, de la que á su vez irá apoderándose el frío de la 
muerte, lodo perecerá ! 

¿ Y crees tú, Fernando, que esta vida nos ha sido dada 
solamente para cumplir tan raquítica misión ? 

No, Fernando, ese día el espíritu humano, llenada la mi- 


208 


FRANCISCO PIRIA 


sion divina, habrá llegado á su perfeccionamiento, y no en 
vano el Ser Supremo puso á la vista del hombre esos mi- 
llones de mansiones superiores que pueblan los cielos, do- 
tándolo de suficiente entendimiento para que conciba la 
razón del porqué, y á cuyas regiones volará nuestro espíritu 
para cumplir los altos designios de la Providencia. 

— Pero, observé, ése es un sistema de razonar, es una filo- 
sofía tuya especial ó de tu tiempo, y no quita de que otros 
piensen de distinta manera. 

— Es que me olvidaba decirte que el estudio de las cien- 
cias ocultas en nuestro siglo, nos ha rasgado el velo del 
futuro. Hoy no hay ya ni un solo hombre que no crea en 
la inmortalidad del alma! 

Y agregó, sin darme tiempo de contestarle: 

— ¿Tú crees en la existencia del Ser Supremo? 

— Sí, respondí; yo siempre he creído, pues mi ser entero 
me lo revela á gritos. 

— ¿Crees tú en la existencia del alma? 

— Si no creyera no razonaría, pues el atributo principal 
del alma es el raciocinio. 

— Luego, si razonamos, si nos damos cuenta de todo lo 
que nos rodea, si nos perfeccionamos, pues el perfecciona- 
miento del hombre no es otra cosa que el del espíritu, ese 
espíritu, sujeto á mejoría continua, ¿tú crees que Dios, la 
esencia de la perfección que el hombre no puede alcanzar 
á comprender siquiera; crees tú que si le ha dado al hombre 
un espíritu susceptible de perfeccionamiento, ha sido simple- 
mente para que se dé cuenta — con la chispa del criterio 
que le dió — de su desgracia inmensa, es decir, que él, ser 
pensante, sujeto á las leyes del progreso, en el que se ha 
perfeccionado y ha concurrido á su evolución ascendente, 
después de darse cuenta de todo cuanto lo rodea, después 
de haber concebido y comprendido hasta el Ser Supremo, 
debe perecer como el más mísero de los brutos ? 

Indudablemente, para llegar á semejante resultado des- 
pués de tanta lucha por el triunfo del bien y perfecciona- 
miento humano, más le valiera haber nacido igual á las bes- 


El, SOCIALISMO TRIUNFANTE 


209 


lia», y como ellas, no avanzar un paso; pero eso no es posible 
ni cabe pensarlo, dada la armonía general. 

Y. amigo mío, un ser perfecto no puede hacer sino obras 
perfectas; en esta tierra el hombre es la más sublime ma- 
nifestación del Ser Supremo. 

Acabábamos de llegar á un pequeño pnrque rodeado de 
altas encinas. Allí, tendidos sobre el musgo y sentados otros, 
había como veinte hombres y otras tantas mujeres, todos 
ancianos. 

En el centro, uno de los ancianos hacia uso de la palabra. 

Nos aproximamos á escuchar. 

-«¿Qué es la libertad, decíales, sino una palabra vana, 
de la que tanto han abusado en los siglos del error nues- 
tros antepasados, haciéndola degenerar en licencia, o sea el 

abuso de la libertad? „ . . 

«¿Quién llegó á saber rectamente definir el sentido fu i 
tivo de la aplicación de esta palabra, que por tantos siglos 
fué el punto de partida, la base, la bandera, el ideal de to- 
dos los movimientos humanos? 

«Verdaderamente libre sobre la tierra no hay más que el 


bruto. _ - „ 

«Desde que el hombre se asocia á una compañera, o es 

padre, marido ó hermano; desde que se despoja de una parte 
de sus derechos naturales en las manos del gobierno que se 
ha dado, ha contraído obligaciones, tácitamente ha aceptado 
deberes, ha renunciado de hecho á la libertad. Desde aquel 
momento la verdadera libertad absoluta pasa al dominio de 
las ideas; es un hecho real desde entonces que el hombre 

no es libre. , , , 

«No hay libertad verdadera, como no puede haber verda- 
dera democracia: ambas en absoluto son sarcasmos; en el 
eat-ido social, su existencia es relativa. 

^«Examinemos la naturaleza en sus manifestaciones ais- 
ladas’ y h. encontraremos libre, pero aristocrática: ahí está 
el animal bruto y el hombre nómade 

«Examinada en el orden colectivo, la libertad de lo- ni li- 
viduos desaparece, y en el fondo sólo encontrarenns monar- 


u 


210 


FRANCISCO PIRIA 


quía de principio, aristocracia de hecho, democracia de de- 
recho. Esa es la sociedad. 

«Llamadla con el nombre que queráis y dadle todas las 
vueltas que seos antoje; imponedle los cambios que la ley 
evolutiva os sugiera ó imponga para sujetarla á uno solo de 
esos tres principios, y la sangre humana correrá á torrentes; 
pero cuando la revolución material haya terminado, cum- 
pliendo su parábola, los tres principios surgirán de nuevo 
para tomar cada uno su puesto. 

«Amigos míos, os lo repito: la humanidad es monárquica 
en principio, aristocrática de hecho y democrática de de- 
recho. 

«La historia de la humanidad no es otra cosa que un nú- 
mero indeterminado de páginas escritas para probar estas 
verdades. 

«Nuestro sistema de gobierno es una monarquía electiva: 
nada más. El nombre poco importa. 

«Nuestros antepasados del siglo xix llamaban república 
á un sistema de gobierno que á ellos se les antojaba electivo: 
ni eran republicanos y ni había tales gobiernos electivos. 
El peor de los despotismos autocráticos solía imperar á in- 
tervalos, y cuando se estaba mejor, era cuando unos pocos 
convertidos en pandilla, se apoderaban del Estado y dispo- 
nían á su antojo délos destinos del país. Y, ¡cínicos! á eso 
le llamaban república. ¡Y se titulaban gobierno elegido por 
el pueblo! 

«¡Farsantes! 

«La aristocracia de nuestro siglo la forman la virtud y el 
talento ; la democracia es el derecho que todos ejercen igual- 
mente sin traba alguna. * 

Seguía el anciano la disertación, pero se nos hacía tarde 
y tuve con gran sentimiento que apartarme de allí. Nos 
dirigimos con Temístocles hacia los edificios. Espléndidos, 
serios y muy aseados. No haré una relación, pues sería de- 
masiado trabajo, y me falta espacio. ¡Qué aire de paz y de 
bienestar se respira en el « Plácido Retiro», en donde encuen- 
tran todas las comodidades y el confort para terminar tran- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


211 


quitamente sus días aquellos que necesitan de la caridad al 
llegar á la senectud ! 

¡Qué diferencia de los Asilos de Mendigos de mi tiempo, 
en donde se encerraban como á perros á los desgraciados 
que no hacían más'ínal que implorar la caridad, más de una 
vez á aquellos mismos que los habían saqueado! 

¿No la pidió el Nazareno ? 

«¡Son llagas sociales que no se deben dejar á la vista!» ex- 
clamaban muchos corrompidos de alma y de espíritu, crá- 
pulas, carroñas que hedían á muerto, mientras se pavonea- 
ban por tas calles de la capital ricamente empilehados con 
el fruto del pueblo, para cubrir sus pestilentes figuras ! 

Serían las cinco cuando subíamos al jardín flotante pañi 
regresar á la capital, trayendo mi espíritu inundado por el 
más suave perfume. ¡Qué bella y cuán grande es la cari- 
dad cuando los que la practican se inspiran en móviles ge- 
nerosos y santos, en el amor al prójimo, como lo predicó y 
practicó Cristo! 

Al caer la tarde llegamos á la casa de mi huésped, en 
donde Fonty ya me esperaba, pues al día siguiente partiría- 
mos en compañía de Rosalbn y su hermano para hacer una 
pequeña gira en el país y acompañar á Ore- tes hasta India 
Muerta, su destino. 

¡ Quién hubiera dicho en el período de decadencia y des- 
composición en que me tocó la desgracia de vivir, que en 
este país y dentro de eso mi-ano pueblo abatí lo y humillado 
por los vergonzantes prepotentes que lo dominaban, había 
levadura suficiente pnra regenerarlo moral y materialmente 
y traerlo al elevado pináculo de la prosperidad amplia y 
completa á que ha llegado y con la que me deslumbra 
cuando lo miro, como si mis ojos se clavaran en el disco so- 
tar! 

Yo estaba atónito ante tanta magnificencia. 

¡Cómo había cambiado nuestro país! Había algo de sobre- 
natural, algo verdaderamente incomprensible. 

Es cierto que han transcurrido doscientos años desde mi 
anterior existencia, pero no es menos cierto que no cabía en 


212 


FRANCISCO PIRIA 


los cálculos humanos de fines del siglo xix, que dos siglos 
más tarde se encontraría la antigua República Oriental del 
Uruguay en el más pleno período de desarrollo, grandeza y 
prosperidad moral y material que humana mente á conce- 
bir alcance. 


SEXTA JORNADA 


Hacía dos días que andábamos recorriendo pueblos y vi- 
llas con Fouty, quien se ofreció á servirme de guía en una 
gira que emprendimos al interior del país, acompasados 
por Rosalba y su buen hermano Orestes. 

Nuestro, Viaje tan pronto lo hacíamos en el ferrocarril mo- 
vido por el aire comprimido, — que es el gran factor de este 
gran siglo, — así como en los vehículos hipogrifos que se des- 
lizaban cu el ambiente sin más fuerza impulsora que el aire. 

¡El aire, lie dicho? ¡Qué par de problemas han resuelto! 
La humanidad utiliza el aire como motor, gratis ! Y como 
si esto fuera poco, debido al sabio Ruperto Olivteri, de la 
Facultad de Masaua, el aire ha resuelto el problema de la 
alimentación ! 

Es decir que la humanidad se ha vuelto camaleóntica ma- 
terialmente, así como en mi época lo fué moralmente. En 
este siglo nadie mucre de hambre. 

Los Municipios han establecido en I 03 puntos más centra- 
les de las ciudades kioscos, en los que funcionan los apa- 
ratos de platino del sabio Olivieri, los cuales, por medio del 
aire comprimido y sin costo alguno, por presión de muchos 
cientos de atmósferas, condensan las esencias alimenticias 
que se encuentran en el aire que respiramos, fabricando de 
cada golpe millares de pequeñas pastillas, las que se repar- 
ten gratuitamente al pueblo; y una sola de éstas es sufi- 
ciente para alimentar á cualquier ser humano lo menos 21 
horas. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


213 


Muy pronto dejamos los espléndidos trenes, que son ver- 
daderos centros de reunión, con jardines, orquestas, cantos, 
restaurants y casas de negocios. Un tren en marcha es una 
ciudad ambulante. Ayer, en nuestra travesía del Salto á 
Maldonado, que duraría unas dos horas y media, asistimos 
á una notable conferencia que en el gran salón del tren dió 
el astrónomo Ruperto Escalada, quien mantuvo suspenso 
al auditorio, que no bajaría de dos mil personas, durante 
todo el trayecto, con el detallo científico que expuso refe- 
rente á los últimos adelantos realizados con el potente teles- 
copio colocado en el Observatorio astronómico nacional de 
Pan de Azúcar, y del cual es director. 

Ese monumental instrumento mide la friolera de 140 me- 
tros de largo por 8 de diámetro, y con él se alcanzan á ver 
perfectamente los habitantes del planeta Marte, tema sobre 
el cual versó la notable, científica é instructiva disertación 
del sabio Escalada. 

La antigua ciudad del Salto, que apenas vivía malamente 
á fines de mi época, actualmente tiene una población de 300 
mil habitantes. Las canalizaciones practicadas paralela- 
mente al Uruguay para evitar los inconvenientes que ofre- 
cía el río á la navegación, han cambiado notablemente la 
faz de ese Departamento, siendo la ciudad del Salto el 
gran puerto de escala del comercio de todo el alto Paraná 
y Misiones. 

Debido á la iniciativa de tres ingenieros hidráulicos na- 
cionales, los tres grandes ríos que cruzan y limitan este De- 
partamento han sido canalizados. Rodolfo Oribe, déla Aca- 
demia Científica de Maldonado, canaliza en 2061 el Daimán; 
Federico Alvnrez Victorioso, de la Academia de Piriápolis, 
canaliza el Cuareim el aílo2070; y por último, AméricoLe- 
rena, de la Academia de la Colonia, fué el que canalizó el 
Arapey en 2074. 

El impulso que estas grandes obras dieron ni Departa- 
mento del Salto fué verdaderamente asombroso, á tal punto 
que en veinticinco años se triplicó su población, producción 
é industria. 


214 


FRANCISCO PIRIA 


Según el último censo, la ciudad del Salto tenía 300 mil 
habitanies, y las demás ciudades, villas y campanas del De- 
partamento tienen una población de 3124,711 habitantes! 
, Las m,n ? 8 (le ¿palo, (le cobre y plomo de este Departa- 
mento son importantísimas y dan trabajo á más de 200 mil 
obreros. 

Da viticultura ha extendido en él sus dominios. 
Actualmente el Salto no tiene menos de ciento cincuenta 
mil hectáreas de viñedos, todo el Departamento está colo- 

dueido’ y SegÚ " ° S <liU ° S estmlí ‘- ticos del an ° último, ha pro- 


En minerales. 73 millones de Articas 

» vinos 90 

» cereales 21 » . . 

» ganadería 7 » » , 


191 millones de Artigas 

K1 Departamento de Paysandú, como el del Salto y de- 
más, han tomado igual incremento. La capital, es decir, 
Paysandú, según el último censo encierra 273 mil habitan- 
tes y las demás ciudades, villas y campañas tienen 1.417 306 
habitantes. 

La canalización del Daiinán, con que por el Norte limita 
en casi toda su extensión este Departamento, lo favoreció 
notablemente; pero la gran obra maestra fué la canalización 
del río Queguay, que nace en el último rincón del Depar- 
tamento y lo atraviesa en su centro hasta desembocar en 
el Uruguay. 

Esta obra grandiosa y de notable importancia fué ejecu- 
tada por un verdadero genio, el Niño, que así se llamaba y 
lo era Ulises Zufriategui, ingeniero hidráulico de la Facul- 
tad de la misma ciudad de Paysandú, quien á los diez y ocho 
años f„é laureado con su título de ingeniero; á los diez y 

v ‘‘ ! >r ' 8r: ‘tó t! famoso trabajo de t slr.dio de la cnnaliza- 
c,u " ,kl ,ío Queguay; á los veinte años le fué encomendada 


El, SOCIALISMO TRIUNFANTE 


215 


la ejecución de las obras, y á los veinticinco entregó termi- 
nados los grandes trabajos. 

En la embocadura del río, sobre la margen del Queguay, 
se levantó la ciudad, que en honor del genio decretó el Go- 
bierno el año 2077, ciudad que á la fecha tiene ya 32 mil 
habitantes, contando solamente veinte años de vida, y lleva 
el nombre de Ulisópolis. 

Allí, en la embocadura del río, sobre monumental pedes- 
tal surge la estatua de bronce representando un viejo, que es 
el Queguay, el cual tiene estrechamente entre sus brazos 
otra estatua de mármol, que representa al joven ingeniero 
Ulises Zufriategui. 

El malogrado ingeniero, al terminar las obras, tuvo la des- 
gracia de caerse al canal, en el que pereció ahogado. Esa 
es la razón por que sus contemporáneos le levantaron la 
estatua simbólica que he mencionado. 

La República es un verdadero paraíso. 

La agricultura se ha desarrollado de una manera admi- 
rable, obteniendo verdaderos resultados milagrosos en las 
ricas tierras de esta fértil zona. 

La ázoe fosfatína, líquido descubierto en el centro de la 
tierra por el sabio Osvaldo Pasteur, y que se puede extraer 
en cualquier parte del planeta económicamente por medio de 
las perforadoras aspirantes de aire comprimido, inventadas 
por el ingeniero Prosper Renaux, ha centuplicado la pro- 
ducción agraria, haciendo surgir de ese gran laboratorio na- 
tural que se llama tierra, tanta abundancia de productos, que 
la alimentación apenas cuesta una bicoca. 

Las minas de oro y plata son notables por su producción 
y riqueza. 

El año último la producción general de este Departamento 
alcanzó á la respetable suma de 117 millones de Artigas. 

En el Departamento del Río Negro producen sus ricas 
minas de sal gema, pingües sumas. 

La canalización del Río Negro fué la primera y más im- 
portante de todas las obras de canalización, el punto ini- 
cial, la que transformó como por encanto los Departamentos 


216 


FRANCISCO PIRIA 


de KÍO Negro, Soriano, San José y Durazno; pues fueron 
canalizados sus afluentes á la vez, como ser el Yí y Tacua- 
rembó. Reportando evidentes beneficios á los Departamentos 
de Cerro- Largo, Tacuarembó y Florida, 167 leguas de ca- 
nalización fueron abiertas libremente á la navegación. 

Miles de pequeííos buques chato?, angostos y largos, mo- 
vidos por el aire comprimido, invadieron las nuevas arterias, 
y en diez años cambióse completamente la faz del centro de 
la República. 

Esa obra colosal fué ideada y llevada á cabo por el inge- 
niero nacional Aníbal del Pino, hijo del Departamento de 
Tacuarembó y laureado en la Academia Científica de San 
Fructuoso, ciudad que en la actualidad cuenta una pobla- 
ción de 180 mil habitantes. 

Estas obras empezaron el afio 2010 y terminaron el 2025. 

Durante nueve años no trabajaron menos de diez mil 
hombres por día, ascendiendo el capital empleado ;í la suma 
de 57 millones de Artigas. 

— Pero, me permití observar á Fonty, me parece que has 
dicho que estas obras monumentales, que costaron al Estado 
tantos millones, han sido puestas libremente al servicio pú- 
blico sin remuneración alguna. 

—Es verdad, respondióme. 

— Luego, no veo qué interés persigue el Estado al emplear 
sendos millones de pesos para beneficiar al pueblo, cuando 
el pueblo debe procurar rentas al Estado. 

— ¡Cómo se conoce que eres hijo del siglo en que muchos 
gobiernos explotaron y robaron á sus gobernados ! 

Indudablemente, dado el ambiente en que has vivido, no 
te es fácil comprender nuestro modesto estado social, este 
estupendo mecanismo en que gira toda nuestra sociabilidad. 

En tu época, los gobiernos cargaban de impuestos á los 
pueblos y se quedaban con los impuestos para repartírselos 
entre la casta de los holgazanes que vivían de la cosa pú- 
blica, mantener ejércitos, pues la Europa sola gastaba no 
menos de catorce millones diariamente en el sostén de sus 
numerosas tropas, derrochando inicuamente las tres cuartas 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


217 


partes de los recursos de las naciones, es decir, del sudor 
que arrancaba al pueblo. 

Y cuando los recursos no alcanzaban, se creaban deudas, 
cuyo servicio se le echaba á las espaldas al pueblo traba- 
jador, convertido en burro de carga. 

Y gritabais contra el socialismo, si la bestia humana in- 
dignada bajo tanto peso se atrevía á quejarse, se atrevía ¡1 
exclamar que el mundo era de todos y para todos, y que el 
propietario de inmensas zonas territoriales era un ladrón; y 
que el Estado era un usurpador tirano, ducho de vidas, in- 
tereses y propiedades! — contra ese socialismo racional, cu- 
yos fulgores irradiaban el linaje humano, inspirándose en la 
libertad elevada y pura, porque la cuestión social era para 
él el reflejo del pensamiento humano; de ese conflicto que 
existía en la sociedad, la cual debía encaminarse á una 
forma en que la autoridad fuera reducida á lo mínimo y la 
libertad á lo máximo, la fraternidad universal, el cristianismo! 

Ese socialismo, al que más tarde le estaba reservado abrir 
la nueva era civil de la solidaridad en la libertad, anhelando 
la emancipación ordenada y progresiva fiel Estado, cuya 
acción debía fundarse en la teoría del derecho de los que 
trabajan, de los que producen, del gran factor de la huma- 
nidad. 

Faltaban, pues, á la verdad y á sabiendas, aquellos que se 
atrevían á afirmar que el socialismo, tomando por liase la 
igualdad, de hecho era adversario de la libertad; confundían 
éste con el liberalismo de la burguesía, que daba solamente 
á los ricos el derecho de desenvolver sus fuerzas económicas 
como un privilegio de los menos á costa del servilismo in- 
condicional y ciego que exigía de los más. 

El pobre no tenía ni el derecho de quejarse; y en muchos 
países se le negaba hasta el de reunirse para discutir las 
imposiciones violentas y arbitrarias de los que pretendían 
que trabajara como una bestia, sin que le fuera dado así 
mismo conseguir como pago de su labor lo indispensable 
para matarse el hambre, llenándose el vientre con un pu- 
ñado de harina de maíz! 


218 


FRANCISCO PIRIA 


Las miserias y delitos de aquella época nefasta, otra cosa 
no fueron que las consecuencias lógicas del falso ordena- 
miento de la sociedad. 

La miseria de los cuerpos, el símbolo tétrico de la mayor 
miseria, que tenía su asiento en el fondo de las almas; el 
vicio de los órganos se convertía en vicio de las inteligencias. 

¡Blasfemia! Á aquello le llamaban tus coetáneos siglo de 
libertad. ¡Santo Dios! 

En muchos países, y entre ellos el nuestro, tenían leyes 
que, á los que nada poseían y no encontraban trabajo, los 
consideraban como vagos, ociosos y mendicantes, sin dere- 
cho ni á la libertad provisoria. 

Indudablemente esa justicia penal era fabricada para 
favorecer á los poUroni que tenían algo, por más vagabun- 
dos, ociosos, viciosos y crápulas que fueran; siendo más de 
una vez vergonzantes mendicantes de mandones, arbitrarios 
y canallas. 

La robustez y la salud del cuerpo, la cultura de la inte- 
ligencia, la rectitud de la voluntad son el máximo bien del 
hombre ; y que cada cual pueda conseguir ese complemento 
de dones, es la aspiración fecunda de la civilización de nues- 
tro siglo. 

Dado esto como principio inconcuso, y concediendo que 
el hombre fuera sustraído á las más duras condiciones de la 
dependencia legal, él no habría llegado á ser libre sin la 
independencia intelectual, la instrucción, como se da hoy ; 
y esta instrucción no la habría conseguido sin la indepen- 
dencia económica. 

No es extraño que tú no comprendas todo eso que pasa 
á tu alrededor; pero á medida que estudies nuestro modo de 
ser, viendo que no tenemos ejércitos permanentes, que ni 
de policías habernos menester, que no hay parásitos que 
vivan como en tu tiempo cargados de galones á expensas 
del sudor del pobre pueblo, que no hay esos miles de em- 
pleados inútiles mantenidos con estupendos sueldos, que no 
hay más deuda pública, que la propiedad territorial ha sido 
limitada y que en nuestra sociedad todos trabajan, te per- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


219 


suadirás (le que lo que nosotros liemos conseguido, también 
lo teníais vosotros al alcance de la mano, y que si no habéis 
gozado del bienestar y próspera felicidad de que nosotros 
gozamos, fué porque no lo habéis querido, no habéis sabido 
alcanzarla. 

¿ Quieres una prueba ? 

— Bien: ella sea, respondí, que al fin y al cabo no haré 
más que irme instruyendo y convenciendo de que cuanto 
me dices y veo es la realidad. 

—Los recursos que por vía de impuestos directos é indi- 
rectos percibía la nación en 1896, ascendían á la cifra de 
■diez y seis y medio millones de pesos aproximadamente, los 
•que podrían formar tres categorías; á saber: 

Impuestos aduaneros, Capital y Recoptorias $ 10.128, 000 
Contribución directa, Capital y campaba... » 1.829,000 
Impuestos internos, gubernativos y munici- 


pales * 4.543,000 

Total S 16.500,000 


Las obligaciones de la Nación siempre andaban ras con 
ras con las entradas, por más que de abo en abo éstas fue- 
ran en aumento por el natural desarrollo de la riqueza pú- 
blica, y como no alcanzaran así mismo, se les abadían nue- 
vos y abrumadores impuestos, con los que se agobiaba al 
pueblo, produciendo indirectamente la despoblación de un 
país que tanto había menester del aumento de población; 
pues hablabais de progreso, de libertad, de aumento de la 
producción y de la renta. 

Vuestros progresos eran falaces. Despoblabais el país, 
desgobernándolo y encareciendo la vida. La producción del 
país era natural, espontánea en su mayor parte, y no el pro- 
ducto del hombre, al que agobiabais á fuerza de impuestos 
para poder mantener con su producto á muchísimos miles 
de parásitos; el aumento de la renta, otra mentira, pues lo 


220 


FRANCISCO PIRIA 


que aumentabais de año en año, de mes á mes, de día á día, 
eran las gabelas. 

Á esc paso encarecíais la vida, produciendo ln despobla- 
ción, alejando del país todos los elementos de progreso, de 
orden y de libertad ! 

Con los diez y seis millones y medio de entradas, el Go- 
bierno debía hacer frente á los servicios de las deudas pú- 
blicas y garantías de ferrocarriles, cuya cifra en general 
fluctuaba al rededor de § 6.500,000. 

Quedaban, pues, para todos los servicios en general, diez 
millones de pesos. 

Ahora bien : si aquellos caletres estrechos de tus coetáneos 
hubieran suprimido todos los derechos á los artículos de 
importación, declarando puerto franco todo el territorio, ha- 
ciendo previamente tratados «le comercio ventajosísimos para 
la producción nacional 

— Pero, ¿y la deuda? 

— Es cierto: quedaba la deuda, que fué hecha y echada á 
las espaldas do la Nación en 30 años de desgobiernos de- 
rrochadores. 

^ o no puedo hablar por pasión, pues veo demasiado pe- 
queños á los hombres «le tu época, con todo el atavismo de 
sus bárbaras é incomprensibles pasiones partidistas, y es por 
eso que no hago un cargo al partido dominante; pues no 
dudo que si el contrario hubiera accionado en absoluto por 
tanto tiempo, habría hecho lo mismo, dado el ambiente en 
que tenía que desenvolver su actividad el partido dominante 
adueñado del país. 

Pero qiu'dnba la deuda, y si se debía, había que pagarla. 

Ahora bien : declarada la República puerto franco, el in- 
cremento que hubiera tomado el país habría sido fenomenal. 

Es lógico suponer que por ese solo hecho la fortuna pú- 
blica se hubiera triplicado, el movimiento comercial decu- 
plicado, y la valorización de los campos habría tomado un 
notable incremento. 

El producto nacional, por ese hecho, hubiera conseguido 
mejores precios en los mercados europeos; de todo lo cual 


Eli SOCIALISMO TRIUNFANTE 


221 


habría aprovechado directamente el productor, y con él el 
propietario, por acción refleja. 

Los edificios en la capital habrían aumentado de u na ma- 
nera extraordinaria, y, sin exagerar, se podría afirmar que las 
rentas que producían se habrían duplicado. 

Ahora bien: la República tenía 200 mil kilómetros de 
superficie, ó sean 20 millones de hectáreas, las que dividire- 
mos en cinco categoría», calculando las más lejanas en cinco 
millones; regulares, cinco millones; buenas, cinco millones; 
muy buenas, tres millones; excelentes, dos millones. 

Aforados: 


5 millones de hectáreas de las más leja- 
nas á S 20 

5 millones de hectáreas clasificadas como 

3 

100.000,000 

regulares á S 40 

5 millones de hectáreas clasificadas como 

» 

200.000,000 

buenas á $60 

3 millones do hectáreas clasificadas como 

» 

300.000,000 

muy buenas á $ 100 

2 millones de hectáreas clasificadas como 

» 

300.000,000 

excelentes á $ 200 

Valor ile los edificios en la Capital y De- 

» 

400.000,000 

parlamentos, tomando por base, el aforo 
de la época 

» 

1 24.1 100, 000 

Total 

3 

1:121. i,i K «i 

Renta de Contribución Directa al 8 por mil 
Entradas por impuestos internos, guber- 

8 

11.392,000 

nativos y municipales 

» 

4.543,000 

Recursos totales 

8 

— ■*. 

15.935,000 


Quedaban, pues, suprimidos los impuestos d c importación 
y exportación, los que favorecían de una maq t . rn ( j¡ rec t u ¡,] 
estanciero y al agricultor en general. El abastamiento de 


222 


FRANCISCO PIRIA 


la villa y el gran movimiento que hubiera traído al país el 
puerto franco, no cabe duda de que habría atraído inmensa 
corriente inmigratoria. 

Iva Nación habría contado con diez y seis millones de pe- 
sos— haremos cifras redondas — para hacer frente á todos 
sus compromisos. 

Las obligaciones de la Nación, según hemos visto, se des- 
componían así: 

Deuda pública y garantía de ferrocarriles. . $ 6.500, 000 

Servicios internos, presupuesto general de 

gustos » 10.000,000 

S 16.500,000 

De esa cifra debía deducirse un millón y 
quinientos mil pesos, que se invertían en el 
Cuerpo Legislativo y personal de Aduana » 1.500,000 

Presupuesto de gastos S 15.000,000 


De los diez y seis millones de recursos quedarían afectados 
S 6.500,000 para el servicio de la Deuda pública y garantías 
de ferrocarriles. 

Ocho millones afectados al servicio del presupuesto de 
gastos generales. 

8 1.500,000 y los aumentos progresivos que anualmente 
hubiera habido, se destinarían á la extinción de la Deuda 
pública por sorteo y ¡í la puja, hasta su completa extinción. 

Los representantes de la Nación, elevados al número de 
300, gratuitamente. 

Reforma de la clase militar con arreglo á los servicios 
hechos realmente, y para ello destinar los intereses que fue- 
ran quedando sobrantes por concepto de la amortización 
mensual de la deuda. 

Excuso entrar en más detalles; pero ese paso habría cam- 
biado la faz de la República al cabo de media docena de 
Rüog; habríasa poblado el país, máxime haciendo obliga- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


223 


toria la nacionalidad á los extranjeros y obligando á todos 
á ser sostenedores del Gobierno legalmente constituido. Se 
entiende, legalmente constituidos, y no impuestos por la 
violencia y por la violencia sostenidos. 

Y va sin decir que las elecciones debían ser legales, es 
decir, que cada ciudadano tuviera derecho de poder votar 
libremente, sin tener que enrolarse en uno de los dos par- 
tidos que querían dividirse el país, y que de antemano se 
repartían por medio de acuerdos — que al final terminarían 
por desacuerdos — las bancas de la representación nacio- 
nal; colocando en la condición de ilotas á los ciudadanos 
que pensaban á su manera, es decir, que no tenían por 
ni para qué ser blancos ni colorados. Los que no eran blan- 
cos ni colorados no tenían derecho do reunir sus votos y 
elegir á quien les pareciera mejor. 

¿Y á eso llamabais vosotros el triunfo de las demo- 
cracias ? 

¡Qué blasfemia! 

Vosotros no habéis sabido ni siquiera aprovechar esa 
fuerza conservadora, que la constituía el elemento extran- 
jero diseminado por todo el país, en el cual habría encon- 
trado cualquier Gobierno patriota su más grande apoyo ma- 
terial contra los avances de los turbulentos ambiciosos, re- 
sabios obligados de la época tumultuosa que los había pre- 
cedido. 

IjOs impuestos públicos actualmente son insignificantes, 
prosiguió Fonty; sólo paga contribución la tierra: ahí está 
el principio de equidad;— no tenemos aduanas y no hay 
impuesto de importación ni de exportación desde 1950, en 
que se proclamó el libre cambio universal en el Congreso 
de París. 

No tenemos ni patentes ni otras mil gabelas inventadas 
por los Gobiernos de tu época en todos los pueblos. 

El Congreso Universal que el año 2010 se celebró en 
Roma, declarando la fraternidad de la Confederación Uni- 
versal. abolió las fronteras, y declaró, para que todos los 
hombres puedan entenderse, idioma universal el Victorioso, 


■m 


FRANCISCO PIKIA 


idioma técnico y simple á la vez, inventado por Roberto 
Edison; de manera que si en tu edad un joven debía estu- 
diar cuatro ó seis idiomas para hacerse comprender en al- 
gunas naciones, quedándole aún muchos idiomas por saber 
y otros tantos países en donde yendo no se haría entender, 
nosotros, con el idioma universal, liemos colocado á nuestra 
generación en condiciones de que no pierda su tiempo inú- 
tilmente. Sabiendo el idioma universal y el del país en que 
ha nacido, le hasta. Hoy no se encuentra un solo individuo 
que ignore el \ ictorioso. Nosotros, con el idioma universal, 
hemos colocado á nuestra generación en condiciones deque 
no pierda su tiempo lastimosamente. Todo joven estudia el 
idioma de su país natal y simultáneamente aprende el uni- 
versal. 

Como te he dicho, no tenemos ejércitos desde que el Con- 
greso de Chicago de 1972 los declaró disueltos, confirmán- 
dolo el Universal de Roma de 1977 ; ni policías, y tampoco 
hay parásitos rentados por el Estado y que vivan con el 
sudor del pueblo. Nuestros impuestos son ínfimos, y con 
arreglo á sus necesidades, el Gobierno pide al pueblo la 
suma que en el transcurso del a fio le devuelve en servicios; 
cúbrese el presupuesto y el Estado destina anualmente sen- 
dos millones en obras pública*, de beneficencia, y en la ins- 
trucción del pueblo. 

Ahí tienes explicada la razón por qué el Estado construye 
puerto*, puentes, univías, canales, institutos de beneficen- 
cia, horfanotrofios, hospitales, paseos públicos, y corre con 
la educación superior é inferior de la juventud, su alimen- 
tación y vestuarios. 

Todo eso lo provee con el dinero del pueblo: todo para la 
comunidad. Ese es el lema de nuestro siglo. 

En tu edad desgraciada, se toleraba el vicio, se fomentaba 
la holgazanería y la relajación. 

No digo que esto último se hiciera directamente, pero in- 
directamente se obtenía ese resultado en muchos casos. 

El que adulaba, muchas veces recibía un grado, y otro, y 
otr °, y muchos más 1 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


225 


Asi se prostituyó muchas veces la noble carrera de las 
armas. 

Se jubilaban con pingües rentas individuos llenos de 
salud. 

La campaña y la ciudad estaban materialmente cuajadas 
de individuos que, á título de ser oficiales ó jefes, recibían 
pingüe mesada, y muchos de ellos no sabían ni á qué hom- 
bro se echaba el fusil cuando estaba en marcha el soldado. 

Así se atrofiaban miles de brazos, elementos que incorpo- 
rados á la masa de los trabajadores é industriales, podían 
ser útiles íí la sociedad y illa patria: creando parásitos inú- 
tiles y perjudiciales á la sociedad; pues el hombre que vive 
en la holgazanería es un elemento de retroceso en toda so- 
ciedad medianamente organizada. Moría el parásito, y la 
mujer recibía el sueldo como premio á los sacrificios que 
había hecho el marido sirviendo á la patria. 

Sí, así hablaban los hombres en tu época. Vivir á costa 
de la Nación era servirá la patria! Cuando un individuo 
decía hacer 20 años que servía, debía entenderse en muchos 
casos que hacía 20 años que recibía sueldo por no hacer 
nada. 

¡ Á eso algunos llamaban sus grandes sacrificios ! 

Moría uno de estos mártires, y su viuda recibía sueldo 
mientras permanecía viuda. 

Claro, ¡cómo iba á cometer la tontería de casarse si co- 
rría el riesgo de perder la pingüe mesada ! 

Modernas vestales de una época de decadencia moral, al- 
gunas se convertían en Normas por tal de permanecer ves- 
tales y no perder el sueldo. 

Si á una viuda de uno de esos titulados militares hechos 
á dedo se le antojaba, podía vivir en concubinato. La ley 
la autorizaba y la premiaba con el sueldo. 

¿ Casarse ? Eso no. No se lo permitía la ley, so pena de 
perder el sueldo. 

¡ Y el Estado tenía religión, y esa religión era la católica, 
la que obligaba el matrimonio indisoluble! 

¡La mayor de las monstruosidades! 


15 


226 


FRANCISCO PIRIA 


Pero no paraba todo aquí. 

Fallecía la viuda, y quedábanlos hijos recibiendo el sueldo 

hasta llegar á la mayor edad. 

Se subvencionaban poltrones, creando en muchos casos 
parásitos inútiles para la sociedad, empleando 6 malver- 
sando en ellos el sacrosanto sudor del pueblo. \ las hijas 
recibían el sueldo del Estado mientras permanecían solteras, 
aunque algunas en realidad pasaban de maduras; pero si 
querían disfrutar la pensión, debían permanecer inflas, como 
se les llamaba entonces á las solteronas seculares, y como 
tales, el Estado les pasaba la mesada. 

Así entendían la moral, Injusticia y la administración do 
lo* dineros del pueblo los hombres de tu época. 

Los servicios del militar verdadero se equiparaban á los 
del militar titulado, sin más mérito que el de haber sabido 
congraciarse con alguno de los imperantes, que repartían 
grados militares á la marchanta para hacerse prosélitos. 

Un hombre trabajador luchaba toda la vida pan» vivir 
miserablemente, llevando á cuestas la pesada carga de los 
impuestos, educando sus hijos con el sudor de su fien e y 
manteniéndolos con el sacrosanto fruto de su trabajo. 

Al morir sólo se abrían para la viuda y los huérfanos las 

puertas do la miseria. . , , 

Ése era el porvenir que veía ante su camino, lleno de lu- 
chas y trabajos. , 

Moría, habiendo vivido en la holganza, aquel que en el 
reparto pescaba un grado, una pensión vitalicia sin hacer 
nada bueno para ello, y éste veía su camino lleno de rosas, 
de descanso, de placer, y asegurado el porvenir para su mu- 
jer y sus hijos. ^ , 

Ante tales cuadros, yo no comprendo cómo en tu desgra- 
ciado siglo había hombres trabajadores, cuando la virtud po- 
bre sólo era menospreciada, y más de una vez escarnecida! 

Fonty estaba emocionado, se expresaba con soberana in- 
dignación, parecía que el espíritu neurótico de mi época le 

había dominado. . . , 

Yo no sentía menos. Como él, veía claro ese pasado, en el 


KL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


227 


que vislumbraba tal cual era la edad en que me tocó vivir 
en medio de tantos errores. 

— La canalización del Río Negro, prosiguió tomando el 
hilo de su interesante relación, y sus afluentes, transformó la 
faz interna de la República, y fué el movimiento impulsor 
que empujó definitivamente al país en el amplio > seguro 

sendero del progreso. > _ . 

Yo no podría, sin cometer una injusticia notoria, dejar de 
nombrar al verdadero genio progresista y patriota que á 
principios del siglo xx colocó las piedras miliarias de este 
gran progreso: el Ministro de Fomento Fernando Fierro. 

Á él se deben muchos de nuestros adelantos ; él preparó 
en gran parte los materiales para la gran obra, y á su intré- 
pida iniciativa debemos muchos de los beneficios alcanza- 
dos ; él fué quien echó los cimientos de la gran obra. 

La canalización del Santa Lucía y del San José fué 
ejecutada á fines del siglo último, y las grandes fábricas 
que se han establecido sobre sus márgenes, deben la vida y 
el movimiento á esas obras, que llevó á cabo el ingeniero 
Gregorio Monteverde. 

Horacio Zúñiga, sobresaliente ingeniero hidráulico del 
Politécnico de Piriápolis, ideó y ejecutó en 2054 el gran ca- 
nal que une la laguna Meríu al Océano, cortando, como se 
diría en tu época, con el golpe del pico y la pala el nudo 
gordiano de la navegación en los confines de la República, 
abriendo una válvula de escape á la inmensa riqueza que 
encerraban los Departamentos fronterizos. 

El mismo Zúfiiga fundó, en el punto en que el canal des- 
emboca en el Océano, la ciudad que lleva su nombre, y que 
en menos de medio siglo que tiene de existencia, encierra 
una población de 34,G20 habitantes; siendo el punto obli- 
gado de todo el tránsito de los antiguos Departamentos fron- 
terizos y de la que fué Provincia de Río Grande y forma hoy 
parte de los Estados Luidos del Rio de la 1 lata. 

Ruperto Sarmiento, en 2060, canaliza el Yaguarón, y Luis 

de Fonseca Olivera canaliza en 2066 el Tacuarí,— ambos 
riograndenses, ingenieros de la Facultad de Pelotas.— Ovidio 


228 


FRANCISCO TIRIA 


Albístur, ingeniero de la Facultad de San Fructuoso, cana- 
liza en 2070 el Cebollalí y su afluente el Olimar, poniendo 
sesenta leguas de vía libre en el corazón de los Departamen- 
tos de Cerro-Largo, Rocha, Treinta y Tres y Minas. 

La faz de estos Departamentos cambia como por encanto, 
y gracias al atrevido canal de Zúñiga, estas zonas, encerra- 
das en el fondo del país, tienen la vía fluvial con acceso al 
Océano, ¡ y á pocas horas de camino ! 

Epifanio Spíkerman, ingeniero del Rosario, concibe el 
atrevido plan de cortar la Cuchilla Grande en el límite que 
antes dividía la República Oriental de la Provincia de Río 
Grande, y en su trayecto de veinticinco legua-, uniendo el 
Río Negro al Río Yaguarón; y en dos aiíos ejecuta su mo- 
numental proyecto, en el que el Estado ha invertido cua- 
renta millones de Artigas. Cien máquinas de aire compri- 
mido trabajan en la perforación, y la glicerc-polvorina le- 
vanta inmensas moles. Es aquello una verdadera obra de 
cíclopes, pero en nuestro siglo nada nos arredra. 

El gran canal fué inaugurado hace seis meses, y el Go- 
bierno decretó doscientos mil Artigas para levantar un mo- 
numento al genio atrevido! 

— ¡ Lástima, exclamé, haber fallecido apenas construida 
su gran obra! 

— ¿Por qué dices eso? respondió Fonty. Spíkerman vive. 

— Por la sencilla razón de que le vais á levantar un mo- 
numento, pues en mi época se levantaban monumentos para 
honrar la memoria de los hombres después de muertos. 

— Amigo Fernando, nosotros honramos á los hombres en 
vida y en muerte; no somos como los hombres de tu siglo, 
que en vida perseguían al genio, y después de muerto lo en- 
diosaban. 

— En efecto, en el desgraciado siglo en que me tocó vivir, 
y en los que le precedieron, recuerdo muy bien cuánto su- 
frieron los hombres de ingenio en todos los ramos del saber 
humano; cómo fueron desconocidos sus méritos en vida y 
cómo vivieron poco menos que abandonados. Después de 
concluir la existencia en la miseria, vivir olvidados en el 


KL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


229 


abandono, mientras todo lo de más ruin é innoble triunfaba; 
morían pobremente, sin que nadie se acordara de ellos. 

Rara vez sobre su tumba se vertía una lágrima piadosa ; 
pero después que las pasiones innobles desaparecían de la 
escena, conjuntamente con los que las amamantaban en su 
seno, la posteridad, que no heredaba los odios á los que fue- 
ron, sino que odiaba á los que eran, la humanidad levan- 
taba monumentos, erigía estatuas, escribía en letras de oro, 
en las páginas de la historia, los nombres de los beneméri- 
tos á quienes sus antepasados habían vilipendiado, escarne- 
cido, humillado y hecho vivir y condenado á morir en la 
miseria y el olvido. 

— ¡ Indudablemente, para los que fueron, debió ser grande 
consuelo toda esa pompa, vista desde las rendijas de ultra- 
tumba ! 

En vida, el olvido y el desprecio: después de muerto, la 
apoteosis, la gloria ! 

¡Esa era la justicia de los hombres de tu tiempo! 

Nosotros, querido amigo, premiamos al hombre cuando 
por sus hechos se hace acreedor á ello. 

El gran plan de la canalización, llevado á cabo durante 
este siglo, y sobre todo en estos últimos tiempos, ha trans- 
formado completamente la faz de nuestro país. 

El antiguo Departamento de Tacuarembó es hoy el gran 
puerto central de la República ; y sus inmensas riquezas, que 
debido á la falta de vialidad fácil y barata, permanecieron 
siempre estancadas, hoy encuentran amplia válvula de es- 
cape gracias á la canalización del Río Negro, al gran canal 
Spíkerman y al no menos notable del ingeniero Zúñiga, 
que une la antigua laguna Merín con el Océano, y del 
que ya te he hablado. 

Esas inmensas minas de oro, que en la segunda mitad del 
siglo xix sólo sirvieron para causar la ruina de tanta gente, 
hoy producen ese rico mineral á toneladas, así como también 
se explotan las de plata, cobre, platino y antimonio. 

El Departamento de Minas ha resucitado debido á la am- 
plia válvula de escape que le ha dado la canalización del 


230 


FRANCISCO PIRIA 


Cebollntí. lias minas de mercurio, cobre y plomo que en £-1 
se explotan, son consideradas entre las de mayor rendimiento 
de todas las que se conocen en el mundo moderno. 

Cerro- Largo, convertido en una verdadera península hoy, 
cuando en tu desgraciada época ni siquiera tenía el derecho 
á la navegación de sus aguas, según ciertos tratados inicuos 
y sin precedentes, firmados por los hombres de la primera 
mitad del siglo de la Independencia, cayendo en las inicuas 
celadas del pérfido Imperio ; tratados que, á pesar de conver- 
tirse en República el Brasil, sostuvieron los brasileros, pri- 
vándonos de lo que era nuestro durante más do un siglo, 


hasta la victoria de lbieuí. 

Cerro-Largo, decía, está hoy rodeado de la laguna Merlo 
por el Este, al Oeste el canal del Río Negro, al Norte la 
canalización del Yaguarón y el canal de Spíkerman, te- 
niendo al Sud el espléndido canal de Olimar y Cebollntí. 
Y como si eso fuera poco, la canalización del Tacuan lo 
atraviesa hasta el mismo centro, en una extensión de cua- 


renta leguas. 

Ese antiguo, abandonado y desheredado Departamento, es 
uno délos más importantes del país, y sus minas (le carbón 
de piedra, que durante un siglo se han explotado, son las 
que le han dado la notable importancia que hoy ha alcan- 

E1 Departamento del Durazno, encuadrado en la bifurca- 
ción de los canales del Yí y Río Negro, que lo circundan 
en una extensión de más de cien leguas lineales, da amplia 
salida á las riquezas notables de sus grandes minas de pe- 


" lih canteras de mármol de los Departamentos do Minas 
V Maldonado, así como las notables de pórfido; las minas 
de cobre, plomo, oro y plata, que se encuentran al Norte do 
Pan de Azúcar y la cordillera de las Animas, y los inmen- 
sos cerros de fierro al Este, han dado desde poco después 
de tu anterior existencia, riquezas tales, que transformaron 
como por encanto toda esa notable zona. 

- ¿ Me permitirás, amigo F onty, que te haga una pregunta ? 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


231 


— ¡Cómo no, Fernando! si estoy para complacerte, á me- 

dida que veas nuestros notables progresos, realizados por un 
siglo pensador y progresista; pues nosotros concebimos y 
llamamos progreso á aquello que redunda en beneficio de 
la humanidad y no del individuo egoísta, como lo califica- 
bais vosotros. * 

— Pues bien, amigo mío, has hablado ya en dos ocasio- 
nes de Piriápolis, á propósito de los ingenieros F. Alvares 
Victorioso y Horacio Zúfiiga, y yo recuerdo que en mi época 
un fomentista puso ese nombre á una localidad situada á 
orillas del Océano, en donde, según él, se formaría un pue- 
blo balneario. 

No quiero suponer que sea ése el Piriápolis a que has 
querido referirte. 

— ¿Acaso conservas aún en tu ser el atavismo de tu siglo, 
oh Fernando! ¿Y por qué no puedes creer? ¿por qué du- 
das? ¿Acaso el genio no brota espontáneo en todas las par- 
tes del mundo? Aquel hombre á quien aludes, fué el precur- 
sor de nuestros grandes fomentistas; fué el que leyó en el 
porvenir y comprendió la vitalidad inmensa de vuestra época. 

Hoy, comparado á nuestros emprendedores, sería un pig- 
meo; en tu edad fué un coloso: planteó la más vasta y be- 
néfica de las operaciones de tierras del liío de la Plata. 

/ Oreó!, luchó con un pueblo incrédulo, con muchos envi- 
diosos maledicentes y egoístas. No cuento los indiferentes, 
que siempre fueron los más en tu época, pues con esos 
nunca se realizó cosa buena. 

¡Triunfó! dado el estrecho círculo en que le tocó accio- 
nar. la escasez de pueblo, la falta de medios, el desaliento, 
la ruina y la miseria de la época y el agiotaje imperante. Su 
obra es considerada como una obra ciclópea; pero no ha- 
blemos de él por ahora, pues más adelante tendrás ocasión 
de ver por tus ojos. 

Espero que me conducirás á Piriápolis. 

— ¡ Hombre! es cosa de 15 minutos, pues estamos á un paso. 
El tren se había detenido; acabábamos de llegar á la ciu- 
dad de Maldonado. 


232 


FRANCISCO PIRIA 


Inmensos bosques de pinos marítimos rodeaban á la an- 
tigua y abandonada Palmira Oriental, perdida á fines de mi 
siglo entre las inmensas dunas y médanos. 

La agricultura había transformado la faz de esta rica loca- 
lidad. Su puerto espléndido había sido desde 150 años an- 
tes, decretado el arsenal de la República, y allí estaba la 
flota uruguaya, una de las más notables del Río de la 

riatn. 

Después del tratado de fraternidad universal firmado en 
2010, las escuadras de guerra fueron convertidas en flotas 
mercantiles, y eso detuvo aparentemente la vitalidad de este 
Departamento; pero los progresos realizados durante el an- 
terior período vinieron á poner de manifiesto que Maído- 
nado no necesitaba de su puerto -arsenal para seguir en la 
esfera de movimiento y vitalidad que había alcanzado. 

La calidad del suelo de este Departamento, en que las tie- 
rras graníticas, formadas de detritus y arenas arcillosas, con 
más 6 menos, según los parajes, cantidad de sosa, por las 
rocas feldespáticas descompuestas y arenas sueltas, han 
formado un terreno permeable, seco y ardiente en el verano, 
siendo inmejorable para los olivos y la vid, el avellano, el 
roble y otras plantas. 

Las costas del mar, esas inmensas landas, están cubiertas 
por millones de eucaliptus, pinos, casuarinas y cedros, é in- 
terminables viñedos. 

En las sierras hay castañares inmensos, han sido destrui- 
dos los bosques seculares raquíticos de arbolitos criollos, 
espinosos y de tardía vegetación, y en medio del detritus 
de miles de años formado allí, fueron plantados bosques de 
castaños que hoy constituyen una de las principales fuen- 
tes de riqueza del país. 

Las castañas exportadas en 2097 para el Brasil, que es 
nuestro gran mercado, ascendieron á la suma de 6G millones 
de Artigas. 

Los bosques de castañas constituyen igualmente una 
fuente de riqueza para el Departamento de Tacuarembó. 
Desde los cerros de Batoví hasta Cuñapirú, en sus suelos 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


233 


arenados, formados de tierras incoherentes y sueltas y cá- 
lidas, se han plantado inmensos bosques de encinas y cas- 
taños. Esos bosques abarcan una extensión de 600 kilóme- 
tros. 

Lo mismo se ha hecho en Paysandú, desde la ciudad de 
ese nombre hasta Restauración, pues sus tierras son ade- 
cuadas á esos plantíos. 

En toda la costa del Uruguay hay grandes olivares, mon- 
tes de cerezos, manzanos, perales, nogales, encinas, pinos, 
laureles y robles. 

El Departamento de Cerro -Largo nos da el rico Cham- 
pagne de fama mundial, sobre todo la Granja Merlini, pro- 
piedad de la familia Merlini, quien hizo su vasto plantío do 
dos mil hectáreas de las mejores variedades de las viñas 
que producen ese excelente néctar, á principios de este 
siglo. 

Actualmente el antiguo Cliateau Merlini sólo abarca una 
extensión de 10 hectáreas, que, con arreglo á la ley de pro- 
piedad, es el máximum que puede poseer un propietario 
por herencia; pero los viñedos que lo circundan en esa zona 
llevan el mismo nombre, y se benefician en la gran bodega 
Merlini. 

Los plantíos notables de olivares son los que, arrancando 
desde Montevideo, siguen en toda la costa del Océano hasta 
el Chuy, ó sea la ciudad Zúñiga, en una faja de unas cuatro 
leguas de ancho aproximadamente. 

Según la estadística del año, había plantadas en esa in- 
mensa zona trescientas mil hectáreas de olivares, con cin- 
cuenta millones de olivos. 

El rendimiento del mismo año fué de 127 millones de Ar- 
tigas ! 

Los bosques maderables son inmensos por donde quiera 
que se cruce la campaña. 

Yo estaba verdaderamente atónito ante tanta prosperidad. 

¡Y decir que todo eso se ha realizado en 200 años! 

¡Parece un sueño! exclamé. 

—Indudablemente para los hombres de tu época, para 


234 


FRANCISCO PIRIA 


esa raza (le egoístas ( 1 > y sin iniciativa, todo eso fué, no sólo 
inconcebible, pero bastí habría sido incomprensible. Nos- 
otros estamos familiarizados con estos adelantos. Vosotros, 
en cambio, estabais familiarizados con la miseria y el llori- 
queo. 

Parece increíble, cuando se leen las crónicas de fines del 
siglo xix, que hemos recopilado en nuestra biblioteca eco- 
nómica y se vende á cinco centésimos el volumen, para 
que todos estén al dedillo de la manera como vivían y em- 
pleaban su tiempo nuestros antepasados; pues nosotros edu- 
camos al pueblo para que conozca bien la casa propia an- 
tes que conocer la ajena, obrando contrariamente á vosotros, 
que de lo que menos os preocupabais era de enseñar á los 
de casa lo que les interesaba ; parece increíble cómo desper- 
diciabais vuestro tiempo. Con una campaña vasta y despo- 
blada teníais la ciudad llena de atorrantes, que presentaban 
en las calles más centrales el vergonzoso cuadro de doce- 
nas de harapientos, amontonados en las puertas de los ricos 
hoteles de tu siglo, que serían como nuestros bodegones de 
hoy, esperando los restos y las inmundicias para matar el 
hambre! 

¡ Lindo cuadro de una sociedad americana, en un país en 
donde la tierra no valía nada! 

Educabais á vuestros hijos para empleados, sabían llevar 
bien el cuello parado, la levita, el frac, el zapato de charol, 
y guantes; y cuántos de ellos no servían para nada? ni una 
¡dea. ni una iniciativa: nada ( 2 l 

Una sociedad de parásitos: Mucho abogado, — elemento 
desorganizador en cualquiera sociedad medianamente orga- 
nizada, cuando hay más de lo necesario. — Mucho médico, — 
lo que significa aumento y prolongación de enfermedades. — 
Mucho escribano sin trabajo, cuando hay de más. Muchos 


( 1 ) Se refiere al capital egoísta y sin inicialii-as, que era el que primaba 
cu el país. 

(2) El autor aludo á los pollroni, sin desconocer las excepciones quo 
afortunadamente iban en aumento. 


EL SOCIALISMO TRIUNFASTE 


235 


contadores que se contaban los dedos. Empleados comer- 
ciales, empleados de Gobierno, empleados de todo lo que no 
hacía falta! Hasta empleados públicos d millares, que co- 
braban el sueldo y no concurrían al empleo! 

¡Industriales! nada ó casi nada. 

Una campaba inmensa por explotar, y una juventud las- 
timosamente perdida en lo innecesario, sin horizontes ni por- 
venir, sin esperanzas! 

Gran parte de los jóvenes y viejos se dedicaban d la ca- 
rrera de las armas, en la que en muchos casos solían des- 
collar aquellos que no conocían alguna, por lo regular. 

Así fabricaban los pocos patrióticos Gobiernos de tu época 
millares de feudales rentados ad vüatn, con sólo alcanzar- 
les una ganga del festín, improvisando por arte de birlibir- 
loque capitanes, tenientes, coroneles, mayores, d individuos 
que en la vida habían llevado ni el traje noble del soldado. 
¡Y cuántos había! 

¡Perú! ¡Bolivia! ¡Venezuela! ¡Uruguay! ¡Argentina! ¡Pa- 
raguay! ¡Brasil! todos se afanaban en repartir los dineros 
del pueblo entre la interminable serie de rentados que en él 
vivían d la bartola. 

Excuso abadir que ya que el atavismo y los prejuicios de 
la época lo exigían, eran indispensables los ejércitos perma- 
nentes, y que lo anterior no reza con los que llevaban la 
insignia militar y la honraban con su proceder y valor. 

Mientras en nuestro país se derrochaban inicuamente los 
dineros públicos, repartiéndolos entre I03 partidarios de to- 
dos los gobiernos; mientras se jubilaba gente sana, llena de 
lozanía y de vida; mientras se sostenía con sendos millonea 
un Parlamento muchas veces compuesto en su mayoría por 
individuos que lo que mejor les hubiera cuadrado era una 
azada ó un arado; mientras se subvencionaban diarios de 
casa y fuera de casa para ensalzar los malos actos de 
ciertos gobiernos y atacar al pueblo inicuamente, y ve- 
jarlo y humillarlo, como si los gobiernos populares hu- 
bieran menester de periódicos aduladores, cuando son los 
actos de los gobiernos los que el pueblo de criterio juzga, 


236 


FRANCISCO PIRIA 


y no lo que dicen los diarios subvencionados ; mientras 
se mandaban á Europa ministros, en vez de encargados 
de negocios especiales, representando á lo que no era 
más que una Andorra por su población, y cónsules ge- 
nerales á vivir á costa de los consulados, gastándose en ello 
sendos miles de pesos inútilmente, y se enviaban pensiona- 
dos á estudiar música, pintura, esgrima, y tantas otras cosas 
de poco urgente necesidad, no se preocupaban de lo que más 
hacía falta, de lo necesario, de lo indispensable, de lo que 
debía ser la piedra angular de nuestro progreso, porvenir y 
bienestar. 

Creo recordarás que te hablé de las obras realizadas por 
el Ministro de F omento, I' ierro, quien ocupó ese puesto á 
principios del siglo xx. 

A él se debe mucho de nuestra prosperidad. 

Sobre las sólidas bases por él echadas, puede decirse que 
prosperó asombrosamente nuestra campaba en general. 

¿ Podrías hacerme el bien de darme una explicación? 
pues yo veo tanto y sin embargo no conozco el génesis de 
todo este gran progreso. 

— Voy á explicártelo 

Orestes. y Rosalba caminaban conversando alegremente 
por un camino amplio, debajo de un bosque de inmensos ro- 
bles que conducía de Mahlonado á San Carlos. 

Yo y Fonty íbamos unos treinta pasos más atrás. Fonty 
disertando sobre los grandes progresos, y yo abstracto, todo 
oídos para no perder una sílaba. 

— Á principios del siglo xx quedan cerradas las divisio- 
nes partidistas en la República; el pueblo, cansado de llevar 
la pesada cruz que sobre sus hombros le echaran en mal 
hora los gobiernos personales y usurpadores de sus derechos, 
se convence de que para ser fuerte y libre, sólo debe dar 
un paso. 

El partido Constitucional levanta de nuevo su abatida 
bandera, vibra en las reuniones públicas, que se celebran 
simultáneamente en los clubs, teatros y plazas, con acento 
viril, la palabra entusiasta de los patriotas que la Providen- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


237 


cia coloca al frente de la cruzada redentora; al grito de unión 
acude el pueblo, que al fin ha comprendido que para ser li- 
bre debe ser unido y que unidos solamente los buenos y 
abundantes elementos pueden obtener la victoria. 

Desde ese día levantan robustos brazos el regenerador 
pendón de la unión; en vano los usurpadores de las liber- 
tades públicas, los degolladores del sufragio popular, se 
unen con el satánico propósito de contrarrestar el triunfo 
popular, pues ven perdido su porvenir, que fué siempre el 
reparto de los puestos públicos y el usufructo de los dine- 
ros del pueblo. 

Las filas del ejército popular aumentan prodigiosamente; 
llegado el momento supremo, el día de la elección general, 
los que habían conquistado el poder valiéndose de todos los 
medios y lo habían conservado recurriendo á cuanta misti- 
ficación y fraude concebir puede inteligencia humana, en 
vano oponen toda clase de resistencia : el pueblo triunfa en 
toda la línea, y desde ese día queda sancionado el triunfo 
del partido Constitucional, ó sea «el imperio de la ley!»; 
pues, prescindiendo de colores políticos, todos los elementos 
nobles y patriotas sólo buscaban el imperio de la Constitu- 
ción : eran constitucionales. 

Pocos meses después, la Asamblea del Uruguay elige Pre- 
sidente de la República. 

Este ciudadano, elevado por el voto popular al primer 
puesto, provoca la conciliación de todos los orientales, el 
completo olvido de todos los extravíos, inaugurando su go- 
bierno bajo este lema: El imperio de la ley! 

Es bajo su popular Gobierno, que el Ministro de Hacienda 
Demetrio Ortiz somete á las Cámaras, y son sancionados 
por unanimidad, sus famosos proyectos económicos, que im- 
primen una nueva, resuelta y abierta marcha á los intereses 
generales del país. El paso de este estadista en las esferas 
oficiales está señalado como la primera etapa del renaci- 
miento del crédito general. 

— Me parece increíble que tantas cosas hayan podido 
realizarse en tan breve tiempo y rompiendo contra los inte- 


23S 


FRANCISCO PIRIA 


reses de la gran masa social, produciendo indudablemente 
la ruina de muchos miles de individuos, observé. 

— Nada de eso ha sucedí lo, me respondió Orestes, que 
había acortado el paso hasta esperarnos conjuntamente con 
su hermana. En las postrimerías de tu siglo, es decir, en 1899, 
la República Oriental se podía considerar desde el punto 
de vista material, el país más rico de la América del Sud. 

— ¿Y moralmente? pregunté. 

—Moralmente, contestó mi interlocutor, doblemos la hoja 
por ahora, pues había en el país mucho mayor número de 
elementos sanos de lo que se suponía, y sólo un transitorio 
ofuscamiento partidista impedía verlos. 

La ri.|ueza nacional era avaluada en seiscientos millones 
de pesos. La población del país apenas si alcanzaba á 760,000 
habitantes, de los cuales una cuarta parte eran niños; del 
resto, la mitad eran mujeres: quedaban 285 mil hombres, 
desde el rentista hasta el destripaterrones, del industrial 
al changador. 

El exceso de la exportación sobre la importación en pro- 
ductos y numerario fué de unos diez millones de pesos anua- 
les, y así siguió aumentando, es decir, que el país recibía del 
extranjero diez millones de pesos al año, correspondientes 
al aumento del producto del suelo sobre el consumo de los 
producios extranjeros importados. La República, con sus 
dilatadas campiñas cubiertas de ganados de todas clases, y 
las vastas zonas de territorio entregadas á la agricultura, 
habíase convertido en un verdadero pueblo rico; pero faltaba 
el fíat lux de la iniciativa. 

El malestar político era el causante del malestar econó- 
mico: los hombres que fuera del poder eran considerados 
como verdaderos factores del engrandecimiento nacional, al 
ocupar el puesto público quedaba anulada su acción, aho- 
gadas sus aspiraciones, pues era difícil extender la vista á 
lejanos horizontes, desde que había que marchar dentro del 
círculo de acero que llamaban partido dominante y que se 
había enfeudado en la Nación, de la que disponían á su an- 
tojo, como de cosa propia ; mientras los restos momificados 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


239 


de los antiguos partidos tradicionales permanecían en la 
inacción, invadidos como cuerpos sociales por esa atonía 
precursora de la muerte moral, á que se condenan los parti- 
dos que abandonan el campo de la lucha y se encierran 
dentro de las trincheras de la abstención (t>. 

El partido Constitucional, ideal generoso de todas las men- 
tes sanas y corazones patrióticos, surgido á la vida durante 
la era desgraciada que se inició en la noche del 15 de Enero 
de 1875, al rededor de cuyo baluarte levantado contra la 
usurpación triunfante y en cuyo seno encontraron franca 
acogida todas las aspiraciones patrióticas, todos los que de- 
seaban el imperio de la ley para la familia oriental; caído 
después en el error de la conciliación, de cuyo paso no supo 
aprovechar para salir triunfante con sus ideales: error la- 
mentable por medio del cual el partido Constitucional reci- 
bía en sus brazos y llevaba en andas por la metrópoli uru- 
guaya, haciéndolo vitorear por el pueblo á aquel á quien 
hasta el día antes había execrado y enseñado á ese mismo 
pueblo á maldecir; así como vencidos después de la derrota 
de la tricolor se aúnan los elementos que lo forman, sin 
más aspiración que la felicidad de la patria, y se agigantan 
al caer; más tarde, vencido de nuevo en el Quebracho, surge 
imponente, del polvo de su derrota material, el ideal triun- 
fante! 

El partido Constitucional, al clavar sus pendones en el 
Capitolio uruguayo, haciendo gobierno en estrecho connubio 
híbrido con aquel ¿quien hasta la víspera había combatido, 
eclipsa momentáneamente su aureola de prestigio: la caída 
era inevitable, se imponía como hecho precursor del gran 
triunfo final. En la historia de la humanidad, todos los más 
grandes triunfos de los pueblos los han engendrado la caída 
v la derrota! Del polvo de todas las derrotas del derecho 
contra el fraude, surge providencialmente triunfante el ideal. 

El hombre en la adversidad ve claro. 

Empieza el lnrgo y prolongado período de poder absoluto, 


(1) Estas páginas fueron escrita» á finca de 1S06. 


240 


FRANCISCO I'IRU 


decorado con el antifaz de la constitucional idad y eleccio- 
nes fraudulentas como transacción mal comprendida, pues 
con el mal no se debe nunca transigir. 

Durante esa larga noche de vergüenza, de humillación y 
oprobio, largo y prolongado período de decadencia, se formó 
en el país un nuevo cuerpo social que, en un momento dado, 
como río que saliendo de su cauce se desborda, debía lle- 
varse por delante cuanto á su paso seopusiera. Era la nueva 
generación que entraba á la arena del combate, después de 
haber presenciado luengos años el fruto que daban los par- 
tidos ya exhaustos, y casi disueltos, convertidos en gobier- 
nos, sin más propósito que el del dominio. 

El país filé convertido poco menos que en una estan- 
cia. El grupo dominante una agrupación feudal, y el pue- 
blo una sociedad de ilotas, sin más derechos que el do 
poder quejarse, y eso no siempre, sino por períodos inter- 
mitentes. 

Una gran cantidad de ciudadanos gobernados como les 
daba la gana por unos poco3 hombres vivos. 

Fatalmente terminó su ciclo la falange imperante, pues 
todo tiene fin en la existencia, y sobre todo tratándose de lo 
que no es natural, que por ser tal, sólo puede ser transitorio 
y breve. 

El titulado partido dominante, que sólo solía ser una frac- 
ción de partido, para sostenerse en el poder inventaba para 
cada período electoral una nueva ley en la materia, sin más 
propósito que el de prolongar su efímera existencia. Así, pe- 
riódicamente dejaba burladas las aspiraciones populares, á 
tal punto, que el pueblo, plenamente convencido del inevita- 
ble fraude, no sólo adandonaba por completo las urnas elec- 
torales, sino que ni siquiera se inscribía en los registros cí- 
vicos. 

Los usurpadores contaban de antemano con la impunidad 
para cometer sus fechorías, las que realizaban tranquila- 
mente y sin más oposición que la protesta de los colorados 
independientes y la pasiva del partido blanco, el cual se 
conformaba con proclamar la abstención á último momento, 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


241 


sin acertar, ante las caídas periódicas, á tomar lina posición 
definida ( 1 1 

Cuando en medio de ese decaimiento moral y material se 
hablaba del porvenir de la Nación, todos los corazones pa- 
triotas dejaban de latir, los labios callaban y el mayor de 
los desalientos se apoderaba de todos los hombres que no 
intervenían en la política, pero que deseaban la felicidad de 
la patria. 

Los viejos morían desesperados de ver una solución pa- 
triótica; los adultos decían que el país estaba perdido, y la 
juventud, esa poderosa falange que sin pensarlo iba á ser el 
gran factor, se dejaba invadir por el decaimiento general. 
La desconfianza seguía aumentando, el Gobierno vivía poco 
menos que divorciado del pueblo, el oro abundaba y esca- 
seaba ¡í la vez, y como ese vil metal era el gran factor de tu 
siglo, pues todo se debía hacer á oro, resulta que no se ha- 
cía nada. 

Á fines de tu siglo, el que tenía una esterlina creía que 
tenía todo el país, que nada valía como su libra : así es que 
el oro todo lo despreciaba; y los valores, para entrar al mo- 
vimiento eran aforados á precios tan ínfimos, que sólo pro- 
ducían desaliento aterrador en todos los hombres de inicia- 
tiva. ¡Imperaba el agiotismo, cuya escuela, fundada por ua 
hombre funesto, tantos prosélitos creó y tantos males causó 
al país! 

A fines de tu siglo, la República Oriental estaba econó- 
micamente bajo la peor de las dictaduras: ¡la dictadura del 
oro! Hago caso omiso de los Ministros de Hacienda infelices. 

— Pero, amigo mío, le respondí, después de todos los fra- 
casos que dió el papel moneda, no le quedaba al país más 
dilema que el de ponerse á oro. ¿No lo crees tú así? 

— Yo no niego ni afirmo en absoluto. El papel moneda, 
bien administrado como lo fué después de tu época, vino a 
probar que sólo á él le era factible hacer marchar á ese po- 
bre Lázaro. 

( 1 ) Debo repetir, para que conste, que estas páginas fueron escritas en 1896. 


16 


242 


FRANCISCO PIRIA 


Si vosotros hubierais puesto el papel moneda en buenas 
manos, el Banco Nacional habría sido la gran palanca del 
movimiento del país; pero esc Banco fué incubado al calor 
de una operación organizada solo y únicamente para enri- 
quecer á sus iniciadores ( 1 \ 

Se derramó el dinero en dádivas, propaganda y comp>a 
de propaganda. Fué una verdadera batida al capital nacio- 
nal pequeño, á ese fruto de tantos ahorros y privaciones. 

Los fundadores, que bien pudieron llamarse fundidores, 
empezaron por repartirse millones del capital invertido en 
caja por los accionistas, á título de primas, y el Gobierno 
prohijó la gran manotada, pues él vislumbró para sí tam- 
bién la gran tajada. . . . 

Un Banco que nacía bajo tales auspicios, no podía vivir. 
Su muerte era inevitable. Si en vez de ser el capital iluso- 
rio importado del otro lado del Río de la Plata, hubiera de- 
jado hacerse al capital nacional, sin la intervención de la 
mano muerta del Gobierno, poniéndose al frente de la nueva 
institución personas de reconocida competencia, actividad y 
honradez; si no hubiera primado el estrecho atavismo del 
círculo político al cual se subordinaron todos los intereses 
del país y naufragaban así, desgraciadamente, las más ri- 
sueñas esperanzas, no hay la menor duda de que ni el gran 
fracaso se hubiera hecho sentir, ni el Banco se hubiera hun- 
dido, desacreditando la carta fiduciaria, arrastrando al paL 
á la bancarrota y aplazando diez años más el punto inicial 
del renacimiento nacional. 

¿Entonces, pregunté, más tarde volvióse á la tentativa 

de la fundación de un Banco á papel ? 

— Efectivamente, respondió Horacio, interviniendo de 
nuevo en la conversación. 

Durante la década que sucedió al gran fracaso, el país 
exportó en productos ciento cincuenta millones de pesos 
más de lo que importó en artículos para el consumo; la 

(1) El autor se refiere al Banco fundado por ol sindicato de allende el 
Blata el 89. 


El- SOCIALISMO TRIUNFANTE 


243 


colonización fué gradualmente avanzando en todos los De- 
partamentos; á tal punto, que la agricultura, á cuyo cul- 
tivo habíanse destinado unas doscientas mil hectáreas, al 
concluir el gran crack, diez años más tarde, las hectáreas 
de campo entregadas á la labranza llegaban á la gran cifra 
de ün millón y quinientas mil. 

En el país había plétora de bienestar, pero el medio cir- 
culante era una necesidad imperiosa. La fundación de una 
gran institución bancaria, basada en el elemento económico 
del pueblo, y secundada y apoyada por todo el capital na- 
cional y extranjero, se imponía por la fuerza de la exube- 
rante vitalidad del país; y, en efecto, al producirse el gran 
movimiento, así sucedió. En pos de la gran evolución vino 
el Banco á papel, como decíais en tu época, y con base a 
metálico. 

— Entonces, contesté, si el papel era inconvertible, lo 
habría pasado al nuevo Banco lo que les aconteció á 
los demás Bancos emisores de mi época. Reccrde en pri- 
mera línea el Banco Maná, que facilitó su papel moneda 
abriendo crédito á todo el mundo, alentando todas las ini- 
ciativas, y con cuyo dinero se improvisó la construcción de 
la ciudad nueva, desde la calle Cindadela hasta la calle del 
Yí, y cuyo papel se lo llevaban á convertir arrancándole el 
oro. dejándole sin encaje y conduciéndolo á las puertas do 
la quiebra ; pues es natural y lógico que un Banco que fa- 
cilite dinero y pueda emitir doble en papel moneda de lo 
que tiene de capital en encaje metálico, ese Banco, si quería 
ser liberal, como se entendía en mi época, tenía que fundirse 
forzosamente. 

— Y los que más favoreció, prosiguió mi interlocutor, 
como sucedía en la desgraciada edad en que te tocó vivir, 
fueron los que más gritaron contra él cuando le hubieron 
sacado la sangre, que, amasada con oro, tenía en sus cajas. 

Todos gritaban á una: á la horca! ó la liquidación! a la 
quiebra! á los tribunales! Y el hombre que hasta el día an- 
terior había sido el verdadero protector de los elementos de 
progreso, fué conducido á la quiebra. Cuántos se quedaron 


244 


FRANCISCO PIRIA 


con su oro? y del papel, que, clausurada la institución, se 
compraba á vil precio, se sirvieron para cancelar las deudas 
que con el Banco habían contraído hipotecando sus propie- 
dades y construyendo suntuosos edificios, palacios y parques; 

¡Esa era la honradez de tu época! exclamó Orestes. Por 
esa misma senda siguieron todos los Bancos que quisieron 
ser liberales, y el capital quedó escamado, y la usura más 
desenfrenada y humillante invadió y dominó el campo de 
acción ! 

— Efectivamente, repuse, recuerdo que en mi época sólo 
se daba dinero al 12 y 15 por ciento en la ciudad, avaluando 
por 10 lo que valía 100 y más aún; descontando intereses y 
agregando todavía la cláusula infame de la retroventa! 

¡Invento de la usura para despojar á mansalva! El des- 
graciado deudor debía pasar por toda clase de humillaciones. 

El capital fué el tirano de ese período. Al desgraciado 
que había hipotecado lo que le costó mil, por sesenta ó se- 
tenta, y al vencimiento no podía cancelar, se le ejecutaba 
despiadadamente llevándole ante la cara justicia (le mi 
época! en donde, entre costas y costos, se repartían los cu- 
riales la propiedad, como los fariseos se repartieron la tú- 
nica de Cristo! 

— Vejado, explotado, escarnecido el deudor; despojado 
inicuamente de todo, aún llevaba á cuestas el sambenito de 
pillo! ¡ Esa era la justicia infame de los hombres de tu época! 
agregó Horacio, y prosiguió diciendo: 

Si el capital obraba como colocación en la campaba, el in- 
terés era mayor aún: no bajaba del 15 al 18 %; y como gra- 
cias á los desgobiernos de esa edad desgraciada, el agricul- 
tor estaba condenado á la ruina, era imposible hacer agri- 
cultura pagando semejantes usuras. 

— Luego, si el sistema de Bancos á papel era imposible, 
si la justicia era tan cara, si la agricultura era impracticable, 
¿qué habríais hecho vosotros para cambiarlo todo, para me- 
jorar el país? exclamé. 

— Nosotros, dijo Horacio, habríamos obrado diversamente 
de lo que obraron los hombres de principios del siglo XX, 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


245 


pues no tenemos nada que ver con su período evolutivo, ni 
con sus grandes errores, en los que también incurrieron y 
no podía suceder de otro modo, desde que las grandes evo- 
luciones nunca so producen de golpe, sino lentamente; pero 
no es menos cierto que imprimieron la marcha al país, y éste, 
libro de ataduras, se encaminó por el sendero que al fin ha- 
bía de conducirlo á sus destinos. 

Tanto había de ir el cántaro al agua, que al fin habría de 
romperse! exclamó. Así fué, en efecto. 

— Por última vez los usurpadores del sufragio popular in- 
tentaron sus maniobras maquiavélicas, pero estaba escrito 
que la chaqueta había de triunfar sobre la levita, cum- 
pliéndose la ley evolutiva; pues así como la levita había 
triunfado del kepis, y éste á su vez del chiripá, al fin el poder 
debía volver á las manos del pueblo, de donde sólo pudo 
sacarlo la obcecación de los partidos políticos denominados 
blanco y colorado, que durante largos a ¡tos mantuvieron en 
armas y en fiera lucha á la familia oriental. 

Cansado, pues, el pueblo de ser bestia de carga, se opone 
al triunfo del fraude; las circunstancias forman los hombres 
dirigentes, y surgen caracteres abnegados y patriotas. 

La unión nacional se levanta imponente en todo el país, 
y en diez días, una liga patriótica de más de cien mil ciuda- 
danos se impone á los avances de los usurpadores. 

El libre sufragio impera al fin. La ciudadanía obligatoria 
es solicitada en masa por la población extranjera, que rea- 
liza con ese atrevido paso la consolidación de la paz de la 
República. El sol de la patria brilla en todo su esplendor 
en nuestro hermoso cielo, y una nueva era de prosperidad 
surge como por encanto. 

Ese período establece en la historia del engrandecimiento 
nacional el primer jalón de la gran vía que desde entonces 
recorrió el país, si bien más tarde hubo sus caídas é inter- 
mitencias; pero el gran impulso había sido dado y no había 
poder humano que pudiera detenerlo. 

Ninguna de las grandes conquistas que lentamente ha 
realizado la humanidad desde los más remotos tiempos, se 


24G 


FRANCISCO PIRIA 


ha perdido: podrán las reacciones violentas de la ignoran- 
cia arrasarlo todo, pero sus triunfos serán siempre transi- 
torios; serenado el horizonte, brilla aún más en el cielo, des- 
pués de la oscura noche del error, el astro de la verdad que 
conduce á la humanidad á la senda del progreso. 

Un gran Banco Nacional fué la primera etapa, pues el cré- 
dito debía hacer, como hizo, en efecto, extraordinarios pro- 
digios. 

El Banco Nacional fundóse á principios del siglo xx, con 
el capital del país; todas las clases sociales fueron accionis- 
tas y todos obtuvieron grandes resultados. 

Fundado sobre tales bases, teniendo el apoyo de la na- 
ción, no podía menos que realizar notables mejoras, propen- 
diendo vigorosamente al desarrollo de la producción nacio- 
nal y engrandecimiento de la patria. 

— ¿ Y con qué capital fundasteis el Banco? pregunté. 

— Con veinte millones de pesos oro lo fundaron, respon- 
dió un interlocutor. 

— ¿Y todo el capital fué del pueblo? 

— Es verdad. Durante el período de retraimiento el pueblo 
fué acumulando ahorros, como los había acumulado antes 
de la conciliación del 87, ahorros que entonces se los eva- 
poraron las sociedades anónimas, sin pie ni cabeza muchas 
de ellas, sin sentido práctico ni común las más. 

En el período de renacimiento nacional que se inicia, 
puede decirse, al nacer el siglo xx, con la victoria de la de- 
mocracia triunfante en todo el país, sin odios ni rencores 
para los vencidos, que, convencidos de su error, concluyen 
por fraternizar con los vencedores, concurriendo todos y au- 
nando sus esfuerzos para realizar el engrandecimiento na- 
cional, la idea de la fundación de un gran Banco está en la 
mente y en el corazón de todos: el país necesitaba, después 
del empuje moral, el material, y con las fuerzas numerosas 
diseminadas en los pequeños capitalistas de todas las esfe- 
ras sociales, se fundó, bajo la égida del decreto liberal dado 
por el Gobierno, para concurrir á su vez á tan patriótico fin. 

El Hunco Xaeioual Oriental fué fundado con 20 millones 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


247 


<ie pesos oro, quedando facultado para emitir 40 millones de 
pesos papel. 

El Gobierno facultó al Banco para que invirtiera su capi- 
tal en la adquisición de barras de plata y acuñar 40 millo- 
nes de pesos, que tendrían fuerza legal y circulatoria en todo 
el país, — los que quedarían de reserva permanente para con- 
vertir los 40 millones de papel moneda. 

El oro no hacía falta, pues sobraba, desde que la expor- 
tación anual excedía en muchos millones á la importación. 

El Banco se obligaba á facilitar el capital de que disponía 
A razón del G % anual y á largos plazos. 

Fundó sucursales en todas las villas y pueblos de la Re- 
pública, y A su impulso generador surgió la colonización es- 
pontánea en todo el país. 

Las notas bancarias, desde entonces fueron la única mo- 
neda circulante en todo el territorio nacional. 

Todo aquel que quería convertirlas se presentaba al 
Banco ó A las sucursales, y obtenía plata efectiva. 

Las oficinas públicas sólo recibían notas bancarias y 
plata; el oro no tenía ya curso en el país y la plata no su- 
fría descuento alguno. 

En los primeros tiempos alguno que otro fué A cambiar sus 
notas; pero al año, cuando el pueblo tenía plata, iba A las 
oficinas del Banco en busca de papel. 

Tal era la gran confianza que llegó A inspirar ese coloso, 
cuyas raíces estaban infiltradas en la masa de la pobla- 
ción. 

La liquidación del Banco Hipotecario, momificado bajo 
el peso de una masa de valores que no supo liquidar á 
tiempo, pasó A formar una sección del gran Banco Nacional, 
librándose el Gobierno del peso del servicio de los cuatro 
millones de deuda que creó para su sostenimiento, cuando 
le aplicó el arponazo al declararlo independiente. 

El mismo gran Banco Nacional quedó facultado para 
emitir notas hipotecarias con el interés del 5 %> anual, desde 
uno A diez pesos. 

Esa fué la verdadera caja de ahorros popular: había que 


248 


FRANCISCO PIRIA 


hacer de este país un país económico, y sólo así sería aho- 
rrativo, virtuoso y fuerte. 

Los gobiernos anteriores sólo sabían fomentar el juego 
de la lotería, que era la ruina de todos. 

El Banco facilitaba las notas hipotecarias al 5 °/o de in- 
terés anual, y se colocaban á 10, 20 y 30 años de plazo. 
Del 5 °/o el Banco retenía el 1/2 °/o para su comisión, y el 
4 1/2 % restante era destinado como premios de 10, 20, 50, 
100 y 1,000 i>esos, trimestralmente, sorteándose entre los te- 
nedores de esos valores. 

Al pueblo, que, acostumbrado á jugar, no se le podía sacar 
el vicio de la noche á la mañana, se le dejaba seguir jugando 
sin arriesgar su capital. La sección hipotecaria, á los cinco 
años de fundada, había emitido por más de cien millones de 
cédulas fraccionarias perfectamente bien garantidas, siendo 
el gran papel de circulación, que adquirían, no sólo todos los 
habitantes del país, sino los argentinos, paraguayos y bra- 
sileros. 

A los diez años de fundada esta sección, hacía trimestral- 
mente sorteos por más de cien mil pesos ! 

El Banco Nacional no tenía más obligación que destinar 
el 20 % de sus utilidades á la adquisición de metálico 
para aumentar su encaje, aumentando á la rez en igual 
proporción su emisión fiduciaria. 

El 80 % de las utilidades se repartía entre los accionistas 
como dividendo: entre el pueblo. 

Á los veinte años el capital del Banco se había doblado. 
Tenía 80 millones de papel en circulación é igual encaje de 
plata acuñada. 

El impulso que recibió el país con tan benéfica institu- 
ción fué, como ya lo he dicho, la piedra angular del rena- 
cimiento de nuestra nacionalidad. 

El Ministro Fierro proyecta el gran puerto del Sud, en- 
sanche y embellecimiento de la ciudad, obras que realiza en 
seguida la sociedad Fomento Criollo, cuyos detalles ya co- 
noces. 

La campaña resucita bajo la iniciativa de aquel genio 


EL SOCIALISMO TRIUKFANTE 


249 


creador, la colonización surge á su impulso en todos los 
ámbitos del país. Á ¡nutación de los antiguos colonizadores, 
y teniendo bien presente la importancia económica de los 
1080 kilómetros de vía lluvial que tiene el país sobre el 
Océano, el Plata y el Uruguay, presenta su gran proyecto 
de colonización fluvial. De la expansión de esas colonias 
se propaga el fomento en todo el país. 

En dos años. 170 colonias nuevas pueblan las riberas de 
los ríos indicados y las del Océano. 

En tu edad se empicaban sendos miles de pesos en sos- 
tener institutos y escuelas en donde se formaban inútiles: 
un barniz superficial y en el fondo nada práctico. Una ge- 
neración de pedantes ! 

Y no hablemos de la educación de la mujer, educación 
ideal, falsa, sin fundamento, que á lo único que concurría 
era á producir un desequilibrio en la sociedad. Ninguna hija 
de pobre, con un poco de barniz de sabiduría hueca, en esa 
época consentía en casarse con un pobre trabajador, fuera 
oficial zapatero, carpintero, mecánico, herrero, albañil ó 
peón, etc. 

¡No faltaba más! exclamarían los padres, á su vez míse- 
ros trabajadores; no faltaría más que después de haberla 
educado y saber tantas cosas útiles, como, por ejemplo, cuán- 
tos huesos tiene el cuerpo humano, física, química, botánica, 
etc., la casemos con un pobre trabajador como nosotros, 
condenado á vivir de su trabajo y obligándola á ella, toda 
una señorita, á trabajar para ayudarle á compartir la pe- 
sada carga de la lucha por vivir ! 

Había que reservar á la niña para un señorito, aunque 
fuera un holgazán desnivelado, socialmente hablando, y que 
por haber leído algo, ya se creía él también un sabio. Y la 
niña no se casaba y el desnivel social se producía, y la base 
de la disolución de la familia tomaba cuerpo cada día más. 

Los usos, las costumbres, la ambición y las necesidades 
lo imponían. 

Mientras tanto, la muchacha no sabía ni poner la olla al 
fuego, ni menos hacer un pucherete; no sabía coser ni me- 


250 


FRANCISCO TIRIA 


nos remendar; no tenía noticias y ni sabía cómo se mane- 
jaba una casa; no sabía ni preparar una lejía, ni tenía em- 
butida, en su supina ciencia, la suficiente resignación para 
unirse á un buen hombre trabajador y ser para ól una útil 
y excelente compañera. ¡ V criticabais el sistema clerical que 
enseñaba á rezar! Seamos francos, amigo mío; entre ense- 
ñar á rezar y llenar á la joven inteligencia con un cúmulo 
de pedanterías, prefiero yo de los dos males el menor. 

Rodolfo Fierro instituye las escuelas agronómicas en 
todo el país. En Montevideo establece cuatro, y una en cada 
cabeza de los diez y ocho Departamentos de campaña. 

Desde ese día quedan echados los cimientos de la recons- 
trucción nacional. 

En efecto: un país con doscientos mil kilómetros super- 
ficiales de territorio y cuya población no alcanzaba ni á tres 
cuartos de un millón de habitantes, cuyas rentas eran ex- 
traordinarias, con una producción nacional exuberante, de- 
sierta la campaña, tierras fértiles completamente abandona- 
das, en las que podían vivir holgadamente muchos millones 
de habitantes en medio del más completo y feliz bienestar, 
presentaba amplio escenario para aquella creadora mente. 

En menos de seis meses quedan instituidos y funcionando 
los veintidós institutos agronómicos, en donde el hijo del 
pobre va á aprender una profesión para ser útil al desen- 
volvimiento de la riqueza nacional, una educación práctica. 

¡La Universidad de la República quería clausurada du- 
rante un lustro ! 

Á los dos años funcionaban ya cuarenta y cinco escuelas 
agronómicas, y una década después no había pueblo en la 
República que no tuviera su instituto agronómico. 

La generación que vino en pos de ese período guberna- 
tivo, empezó á recoger el abundante fruto que produjeron 
en el país tan nobles instituciones. 

Y sin embargo, en la edad en que tú viviste, teniendo una 
entrada anual de más de diez y seis millones de pesos, do 
los cuales una gran parte eran absorbidos por los pensio- 
nistas herederos de los que no habían hecho nada en mu- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


251 


i 

chos casos ó habían vivido á costa de la Nación, jubilados, 
viudas militares y menores ídem, y para variar el repertorio, 

1 1 chorrera de militares, jefes y oficiales titulados de recin- 
plaif), que. lo único que reemplazaban eran los pesos del 
presupuesto, ascensos militares, fruto en la mayor parte do 
las dádivas de los nababs gobernantes de esa época, los 
cuales cuando no tenían dinero á mano para repartir entre 
sus allegados, derrochaban el porvenir regalando ascensos, 
por cuyo concepto se gastaba anualmente la bonita suma 
de un millón doscientos mil pesos! 

Aquello que vosotros llamabais impunemente Cuerpo Le- 
gislativo, funcionando en estado permanente, con flagrante 
violación de lo que estatuía la carta fundamental, sistema 
ideado por Santos para mantener contentos á sus amigos, y 
repudiado por los que lo combatían, y que á su vez muchos 
de ellos trepados al poder por el mismo sistema por 61 inven- 
tado, encontraban muy cómodo y conveniente; Cuerpo Le- 
gislativo en donde se perdía el tiempo en fútiles discusiones, 
convirtiendo más de una vez el sagrado recinto en punto de 
amena discusión, en donde el pueblo de la decadencia del 
siglo xix iba á pasar sus ratos de ocio, cuando alguna \ez 
vibraba la palabra austera de algún contado ciudadano al- 
tivo! Y sin embargo, en tu edad, en medio de todo ese de- 
rroche no se podía sostener la escuela agronómica de 1 oledo, 

que varios lustros permaneció desierta, antes que la mano 
derrochadora del Estado invirtiera una pequeha parte do 
los dineros del pueblo en el sostén de tan patriótica y noble 
como regeneradora institución! _ 

¡ Y decían que se preocupaban del porvenir del país, de la 
instrucción y de su adelanto! ¡Y creaban dificultades á la 
agricultura con impuestos sobre los más indispensables ins- 
trumentos rurales ! . , 

El funcionamiento de las escuelas agronómicas «celera 
el progreso del país á principios del siglo xx, como debió 
haberlo hecho medio siglo antes, evitando el decaimiento 
material en que se encontraba nuestro país en el último ter- 
cio del siglo xix 


252 


FRANCISCO PIRIA 


El estanciero, que así se llamaba al propietario (le inmen- 
sas zonas de terreno, en donde vivía patriarcalmente en me- 
dio de sus inmensos rebaños, sólo deseaba que sus hijos fue- 
ran doctores! 

¡Y qué satisfacción tener un hijo doctor! ¡aunque fuera un 
burro! si bien siempre en tales casos resultaba un elemento 
nocivo á la masa social. ¡ Ay de los doctores sin clientela 
metidos en política! Más de una vez fueron los peores ene- 
migos de las democracias. Y el hijo ó los hijos del estanciero 
iban á la capital á estudiar para doctores, para médicos ó 
para cualquiera otra cosa, casi siempre menos para lo que 
debían servir y podrían ser útiles un día 

Claro está que los hijos de los hombres ricos, destinados 
á heredar fatalmente cuantiosas fortunas, según las estú- 
pidas leyes de aquellas épocas, en la mayor parte de los ca- 
sos sólo se ocupaban de vivir cómodamente en la capital en 
medio de los placeres, derrochando los dineros que el padre 
les enviaba. 

Pocos hacían carrera; muchos llegaban á obtener un di- 
ploma allá á las cansadas, tanto como para que dejaran de 
frecuentar la Universidad; y más de una vez la condescen- 
dencia laureó en leyes á algún zopenco y dió título para ma- 
tar sanos á más de un Laguna (*>. Excuso añadir que los 
más no llegaban ni malamente al bachillerato: venían baú- 
les y quedaban petaca*, y digo quedaban, pues la mayor 
parte de los hijos de estancieros ricos poco se preocupaban 
de volver á la estancia á fijar allí su residencia. Por otra 
parte, aquél no era su ambiente. I labíau respirado el ambiente 
viciado de la capital ; y los placeres en la juventud halagan. 
En la vejez prematura termina el hombre, víctima del abuso 
que de ellos ha hecho ó sigue haciendo. 

Al morir el estanciero, el hijo ó los hijos se dividían el 
patrimonio, nombraban á cualquier paisano de mayordomo, 
y ellos seguían en la ciudad haciendo la gran vidorria. 

(1) Nombre de un negro curandero que curaba A los enfermos haden- 
d°U*H dar vueltas de carnero. 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


253 


Así concurrían los hombres dirigentes de aquel tiempo 
al desenvolvimiento de la riqueza nacional, al progreso y al 
fomento del país ! 

Si hubiera habido en cada Departamento un instituto agro- 
nómico, sostenido simplemente con la suma que se pagaba 
por tener, por lo regular, en la Cámara y Senado unos repre- 
sentantes que, como á un incapaz, se le nombraban de oficio 
al pueblo por los gobiernos constitucionales de esa época, 
dejando gratuita y honoraria la representación nacional, con 
esa pequeña suma habría alcanzado para sostener un buen 
instituto en cada cabeza de Departamento, en donde el hijo 
del estanciero habría ido á recibir una educación sólida y 
práctica á la vez ; y al fallecimiento del padre, el hijo, cum- 
pliendo la verdadera misión dentro de las leyes evolutivas 
del progreso social, habría transformado el predio here- 
dado, mejorándolo con arreglo y sujeción á los más avan- 
zados adelantos. 

El pobre, á su vez, recibiendo una educación práctica y de 
aplicación sencilla, en donde todo estaba por hacerse, ha- 
bría encontrado fácil acomodo en la dirección de la gran 
colonización que en pos de ese movimiento debía surgir, im- 
ponerse. 

Eso fué lo que previo, adelantándose á su época, el Mi- 
nistro Fierro, y á él le debe el país, como ya te lo he dicho, 
el punto de arranque de su bienestar. 

Desgraciadamente hubo de echar mano de un nuevo im- 
puesto, y digo desgraciadamente, por cuanto ya el pueblo 
estaba bastante agobiado bajo el peso de Jas cargas que 
los malos gobiernos anteriores le habían echado encima. 

Ha habido en la vida períodos en que el adelanto había 
que imponérselo á I03 pueblos, y aquél fué uno de ellos. 

Las mejoras que posteriormente surgieron para el país, 
compensaran á todos del pequeño sacrificio. 

Por otra parte, el estanciero era quien iba á ser directa- 
mente más beneficiado, y justo era que él concurriera con 
una pequeña parte, ya que de todos los habitantes del país 
era él quien vivía más libre de cargas, pues al que poseía 


254 


FRANCISCO PIRIA 


una legua de campo que valía 20 mil pesos, se le aforaba por 
10 mil y pagaba 65 $ al abo, inclusos las poblaciones y ga- 
nados que en la propiedad pacían y que estaban libres de 
todo impuesto. Pagaba sobre 10, teniendo por valor de cin- 
cuenta. 

El empleado que ganaba 30 S al mes, sin tener capital al- 
guno, y con los cuales vivía, abonaba, por concepto de im- 
puestos directos é indirectos, no menos de S 120 al año, es 
decir, más que el capitalista que poseía cien mil pesos. 

¡Y no tenía sobre qué caerse muerto! 

Creados los veintidós institutos agronómicos con arreglo 
á los más adelantados establecimientos de igual clase exis- 
tentes en Europa ; fundado el gran Banco de emisión garan- 
tida con sucursales en todo el país ; haciendo préstamos á 
largos plazos y bajo interés; fundadas las colonias naciona- 
les en toda la vía fluvial, y en las que el agricultor, en com- 
binación con el Banco, dentro de breves aítos se hacía duefío 
absoluto del inmueble, en el cual, con arreglo á la ley de co- 
lonización y fomento, debía plantar no menos de veinte oli- 
vos en proporción á cada hectárea que poseía, el Mi- 
nistro Fierro presenta el proyecto de vialidad en toda 
la República, cuyas obras deberán construir los conde- 
nados á trabajos públicos; y al efecto se organizan las cár- 
celes volantes, que van armando y desarmando, á medida 
que avanzan, en todo el país, los grupos de trabajadores for- 
zados, vigilados por la tropa de línea. 

¡Qué época la tuya, santo Dios! en que los bandidos y 
malhechores eran mantenidos á cuerpo de rey y sin hacer 
nada, á costa del pueblo honrado y trabajador, con dere- 
cho á recurrir á la prensa á quejarse cuando la comida 
que en la Penitenciaría se les suministraba no era de su 
agrado! 

Los trenes rurales datan de esa fecha; el Departamento 
de la Capital es invadido por ellos. 

Es obra del Ministro Fierro, quien presentó á las Cáma- 
ras un proyecto de ley asignando una garantía de 5 0 o so- 
bre los trenes de trocha angosta que se lleven á cabo con 


El, SOCIALISMO TRIUNFANTE 


255 


sujeción á la red de ferrocarriles económicos, cuyo proyecto 
filé unánimemente aprobado por la Asamblea. 

L1 capital inglés, que ha sido el impulsor de las grandes 
empresas en el Río de la Plata, aunque también fomentó y 
alimentó la rapiña de los sátrapas que saquearon el porve- 
nir del país, á los que facilitó, por vía de empréstito, cente- 
nares de millones, sabiendo el mal uso que de ellos se iba 
á hacer; el capital inglés, que supo pulsar las operaciones é 
infundir alientos á las obras de verdadero progreso, acude 
al llamado, y la casa bancada de Rosber Hitos, y C. a se 
hace cargo de la operación. 

En los ferrocarriles económicos del Departamento de la 
Capital se invierten veinte millones de pesos, y el Gobierno 
no tuvo que pagar ni un solo centavo por concepto de ga- 
rantía, pues el primer año dió un dividendo de 5 %>, el se- 
gundo el 7 ° o, y el tercero el 8 0 /<,, reservándose para di- 
videndo el 7 o/o, pues á medida que el movimiento crece y 
la renta aumenta, Ja Compañía tiene el deber de rebajar las 
tarifas; así, abaratándolas, el tránsito aumenta y la produc- 
ción va creciendo, el producto merma en el precio y el pue- 
blo es el beneficiado. 

El máximum de lo que puede percibir la Empresa es el 
7 % de interés; el mínimum el 5 ",<> y está garantido por 

el Estado. 

Después de los resultados que se vieron y palparon, Pay- 
sandil, Canelones, Salto, y gradualmente todos los Departa- 
mentos, tuvieron los trenes rurales económicos. Una ley de 
gran importancia y suma trascendencia había sido dictada 
á pedido del Ministro de Fomento que la formuló. 

Todo propietario de terreno inculto de pastoreo estaba 
obligado á abonar un adicional de 2 °/oo de Contribución 
Directa. 

Quedaban exceptuados del pago de ese impuesto los que 
probaran tener bajo cultivo el 12 0 o del terreno que po- 
seían. 

El propietario, al entregar el impuesto adicional del 2 °/oo, 
recibía en la Oficina de Impuestos Directos, en que efectuaba 


256 


FRANCISCO P1RIA 


el pago, vales por igual valor del importe adicional que abo- 
naba. Esos vales se recibían en pago de árboles frutales y 
forestales, y parras, formados en las granjas de las escue- 
las agronómicas departamentales, con arreglo á los catálo- 

Todo propietario tenía el deber de plantar en su terreno 
un árbol anualmente por cada hectárea que poseyera, basta 
que probara que sus plantíos estaban en proporción de . 
árboles por cada hectárea que poseía. 

Las direcciones de las granjas de los institutos quedaban 
facultadas para hacer plantar los árboles que consideraran 
más convenientes á las tierras en que debían ser colocados, 
practicando previa y gratuitamente los análisis de ellas. 

Los propietarios recibían, pues, gratuitamente de las gran- 
jas departamentales la cantidad de árboles que se les obli- 

" Twlo el que infringía esta disposición y no justificase ha- 
ber plantado anualmente la cantidad de árboles prescrita, 
abonaba una multa de diez centésimos por cada árbol que 

deiaba de plantar. , * j i 

Todo el producto de las multas, como el del impuesto del 
o o' de Contribución Directa adicional que se les imponía 
á los propietarios, era vertido anualmente en las arcas de 
la Dirección General de las Escuelas Agronómicas. 

Los beneficios de esta ley fueron inmensos; la agricultura 
cundió en todo el país; la estancia se convirtió como por 
encanto en establecimiento agro - pecuario, y como la cna de 
animales seleccionados había ido tomando incremento, favo- 
recida notablemente por el comercio del ganado en pie ex- 
portado al viejo mundo y á los grandes mercados consumi- 
dores de Río Janeiro, Pernambuco y Bahía y otras ciuda- 
de^de importancia, gracias al nuevo tratado de comercio 
r0 n el Brasil, resultó que los estancieros se dedicaron en 
grande escala al plantío de arboledas, desde que haciéndolo 
obtenían gratuitamente de las granjas departamentales las 
plantas que prescribía la ley ; y si no lo hacían, por ejemplo, 
un estanciero que poseía 3,000 hectáreas de campo, que, afo- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


257 


radas á 10 $ la cuadra, importaban 30,000 S, tenían que abo- 
nar el 2 °/oo de adicional, es decir, 60 pesos al a fio, ó sino 
cultivar 360 hectáreas. 

Le convenía, pues, entregar 360 cuadras á la agricultura, 
obteniendo excelente beneficio, y recibir al aíío gratuita- 
mente cantidad de árboles, que, con el andar del tiempo, le 
representarían una fortuna, proporcionándole buena renta. 
Aquel que no plantaba arboleda estaba obligado á consti- 
tuir el área del 12 °/o de su propiedad en praderías forra- 
jeras; estableciendo la mayor parte molinos de viento, pues 
recién en esa época se llegó á comprender la importante in- 
fluencia que ejercería en la agricultura de nuestro país el 
aprovechamiento de una fuerza motriz que nunca faltó, 
como lo fué el viento. 

Excuso decirte que por medio tan sencillo se obligaba á 
los poseedores de tierras á plantar 20 millones de árboles 
anualmente, y que visto el resultado práctico y convenientí- 
simo de la operación, no sólo se conformaban con plantar lo 
que la ley imponía, sino que se excedían en mucho, prove- 
yéndose de ellos en las granjas de las escuelas rurales, con 
arreglo á sus catálogos sumamente bajos; y al décimo abo, 
según la estadística, resultó que se habían plantado en el 
primer decenio mil quinientos millones (le árboles en todo 
el país! excediendo de ochenta mil hectáreas las praderías 
formadas. 

No se detienen aquí las obras del Ministro Fierro, quien 
con sus vastas iniciativas se adelantó un siglo á la época 
(reparando á la vez las incurias del pasado) en que debie- 
ron realizarse sus vastos planes, muchos de los cuales se 
completan ampliamente más tarde por falta de población 
en el Río de la Plata en ese entonces. 

Los territorios de Misiones, Paraguay, Chaco, Bolivia, 
esas inmensas zonas, eran poco menos que desiertos pobla- 
dos por elemento indígena, estacionario, sin iniciativa y re- 
fractario al gran período evolutivo. 

Hoy, aquellos territorios se han convertido en pueblos 
numerosos, ricos, prósperos y llenos de vida. 


17 


258 


FRANCISCO PIria 


Entonces eran desiertos. 

Hoy son mercados tributarios: entonces nada les podíais 
mandar, pues de nada carecían, ni nada teníais. 

La Argentina, con su sistema de papel, os tenía aplasta- 
dos, pues para su movimiento interno le proporcionaba bene- 
ficios tan grandes como eran para nuestro país aplastadores. 

La Argentina, con sus productos similares á los nuestros, 
no podía ser nuestro mercado: era más bien nuestra rival. 

Durante la gran crisis de fines del siglo xix, supo apro- 
vechar el recurso del papel moneda. 

De lo que fué su caída transitoria, debido al abuso, sur- 
gió su gran prosperidad. El papel moneda, en el mecanismo 
interno del país, prestó grandes servicios, y la República, 
en vez de pagar con oro los productos elaborados que reci- 
bía de Europa, los pagaba con materia prima. El oro estaba 
de más, no hacía falta. 

La inmigración, con el oro alto, y el papel como única mo- 
neda para las transacciones internas, al 300 y 400, no expor- 
taba sus beneficios y ahorros: concluía por arraigarse en el 
país, concurriendo así al gran desenvolvimiento de la riqueza 
nacional, surgiendo las industrias allí con arreglo á sus gran- 
des necesidades, si bien se abusó del proteccionismo para 
favorecer á determinados iniciadores en perjuicio de la co- 
munidad. 

El gran Banco que á base metálica se fundó en nuestro 
país á principios del siglo xx, del que ya te hablé, llegaba, 
pues, en el momento oportuno. 

El oro era un fantasma inútil, del que se servían los usu- 
reros para amenazar con él la ruina del país, cuando los que 
lo tenían, salvo raras excepciones, eran los más yrandcs de- 
moledoras, los que ahorcaban toda iniciativa cobrando inte- 
reses usurarios, desprestigiando la propiedad para quedarse 
con ella ! 

La Europa consumía nuestras lanas y cueros; Cuba y el 
Brasil nuestras carnes saladas; pero los productos agrícolas 
iban á aumentar de una manera extraordinaria en los mer- 
cados europeos. 


KL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


259 


Nuestra población era exigua aún, y con los mercados eu- 
ropeos no podíamos calcular para su consumo ventajoso. 

No quedaba más que una puerta abierta. 

A Fernando Fierro le cupo la gloriosa iniciativa que, se- 
cundando armónicamente sus grandes proyectos, debía abrir 
amplio mercado á la producción agrícola nacional. 

El tratado libre de comercio entre los Estados Unidos 
del Brasil y la República Oriental, presentado por él, se san- 
ciona por el Cuerpo Legislativo de ambos países, á princi- 
pios del siglo xx. 

Por ese tratado, la República Oriental decreta el puerto 
franco, la libre entrada á los productos nacionales brasileros 
durante cincuenta años. El Brasil decreta á su vez puerto 
franco y libre entrada á los productos naturales del Uru- 
guay durante igual tiempo. 

Ambas partes contratantes convienen en que mientras 
dure el tratado, ninguna de ellas hará concesiones iguales á 
nación alguna. 

El Brasil, unas décadas más tarde, viola el tratado, y de 
ahí estalla la guerra entre ambas naciones, cuya guerra ter- 
mina con la Confederación de los Estados Unidos del Río 
de la Plata, incorporándose á ellos el Estado de Río Grande. 

La victoria del General Marcos Lavalleja pone fin á la 
gucira el año 1915, después de la gloriosa batidla de Ibicuí. 

Excuso decirte la importancia que dió á nuestro país el 
tratado de librecambio con el Brasil U>. 

Nuestras carnes, cereales, vinos, cuyo producto á princi- 
pios del siglo xx excedía en mucho al consumo del país; 
las frutas, procedentes de los inmensos bosques frutales que 
surgieron por todas partes, debido al gran plan de coloniza- 
ción y fundación de las escuelas agronómicas; los olivares, 
con sus ricos productos, y los bosques estupendos de casta- 
ños decuplicaron la producción nacional, la que encontró 
un mercudo sin competencia, en un país cuyos productos 

(1) Tengan paciencia los brasileros ; pero, entre sor derrotados nosotros 
no mo queda unta dilema. ' 


260 


FRANCISCO PIRIA 


eran completamente distintos del nuestro, no hiriendo los 
intereses de los productores, pero sí favoreciéndolos, y en- 
contrando ambos países sumamente conveniente el libre 
cambio de sus productos. 

El impuesto del 2 », 0 o de Contribución Directa, que hasta 
los estancieros más refractarios pagaron, fué con usura com- 
pensado con la valorización de la propiedad rural y el me- 
joramiento de los precios de sus productos. 

¡Qué época de prosperidad, amigo mío! Aquélla fué la 
edad de oro que vislumbraron los habitantes del Uruguay, 
después de la tremenda caída del último tercio del siglo xix. 

Acabábamos de llegar en un pequeño tren rural, movido 
por el aire comprimido, á la cumbre de la cordillera que se 
denomina aún 'Punta de la Ballena». Á nuestras plantas 
se destacaba imponente la conocida antiguamente por «La- 
guna del Sauce». 

Eran tan infelices tus coetáneos, que lo mismo llamaban 
laguna á un charco que á un lago. 

El «Lago de las Camelias», que así se le llama ahora, 
mide tres leguas de longitud por una y media de latitud. 

Está circundado de hermosas villas, plantíos espléndidos, 
y millares de palacios lo flanquean. 

El ingeniero Aristóbulo Pena fué quien resolvió el pro- 
blema de su navegación, poniéndolo en contacto con el 
Océano, por medio de un canal que abrió desde la barra 
dos kilómetros al Oeste en tierra firme. 

Desde ese día la antigua Laguna del Sauce fué conver- 
tida en uno de los más deliciosos y amenos recreos de todos 
los que el genio humano ideó y realizó en nuestro país. 

El valle del «Pan de Azúcar» se extendía á nuestras plan- 
tas, empezando allí en lontananza, en donde el lago termina, 
el arroyo serpentea y el valle se dilata. 

Avanzábamos lentamente. 

Fonty reanudó su discurso. 

Los demás callábamos. 

— Una de las iniciativas de Fierro fué la asociación de 
empleados, que él concibió y llevó á la práctica, concurriendo 


261 


EL SOCIALISMO TRIUNFASTE 


ni bienestar de muchos miles de individuos y al progreso 
nacional. 

De su época datan con rumbos fijos las asociaciones de 
empleados. 

El Gobierno, por una ley especial, asigna la suma de 
veinte mil pesos á la asociación cooperativa más nume- 
rosa que se dedique á la explotación forestal. Esa suma se 
entregaría á la asociación que á los diez años de fundada 
probara haber invertido en la plantación de montes el ca- 
pital social. 

Un mes después de decretada la ley, se forma en Monte- 
video una sociedad de dependientes de los distintos gremios, 
compuesta de mil individuos. 

Propósito de la asociación : formar bosques forestales ; 
cuota de entrada, diez pesos; cuota mensual que debían abo- 
nar los socios, cincuenta centésimos. La Sociedad admitía 
nuevos socios, los que debían durante el abo presentar sus 
solicitudes de ingreso como tales. 

Sólo se admitían los socios nuevos el l.° de Enero de 
cada año, para cuyo efecto se realizaba una fiesta en el gre- 
mio. 

El tiempo de la duración de la Sociedad era de quince abos. 
Los nuevos socios serían admitidos periódicamente, como he 
dicho, al principio de cada abo, y durante los primeros diez 
abos. Al fin de cada abo cada socio recibía, por las cuotas 
pagadas, una acción que representaba la suma entregada, es- 
pecificando la serie á que pertenecía, pues cada uno de los 
diez abos de admisión de socios representaba una serie. 

Las utilidades se repartían en proporción á la antigüedad 
de las acciones. 

Al décimo abo quedaba cerrada la admisión de socios, y 
cinco abos después se liquidaba la Sociedad. 

La primera de estas agrupaciones llegó á reunir al décimo 
abo, 32,524 dependientes y empleados. 

Durante los quince abos de su fundación percibió, por co- 
bro de cuotas mensuales, más de un millón de pesos, fruto 
del ahorro de los empleados. 


262 


FRANCISCO PIRIA 


A los quince años, al liquidarse la Sociedad, de cuyo seno 
surgieron centenares de igual género, ésta poseía los siguien- 
tes bienes: 

17.000 hectáreas ; de las cuales : 

11.000 hectáreas conteniendo cinco millones de árboles 
forestales, maderables. 

2.000 hectáreas conteniendo tres millones de álamos y 

sauces. , . . 

1.500 hectáreas conteniendo seiscientos nul arboles mi- 

tales. _ , .. r 

2.500 hectáreas conteniendo doscientos cincuenta mu oli- 
vos. , 

La propiedad redituaba en esa fecha, por frutos y made- 
ras, no menos de cuatrocientos mil pesos anuales. 

¿1 valor de los inmuebles estaba representado en la si- 
guiente escala: 

Las tierras habían costado, término medio, 20 ? 
la hectárea; pero pasados tantos años, de- 
bido al aumento progresivo y natural de la 
propiedad, al 15.» año de establecida la So- 
ciedad, resulté» que las 17,000 hectáreas de 
campo valían GO $ la hectárea, é sean. .... S 
5 millones de árboles forestales de 5 á 15 años, 

c/u. aforado á S 1 • • y • * * 

3 millones de sauces y álamos de igual edad, 
aforados á 50 centésimos c/u • • * 

600.000 árboles frutales de igual edad, aforados 

á 50 centésimos 

250.000 olivos en producción de 8 á 1S años, 

pues los primeros que se plantaron estaban 
en tercer año, á 3 § c/u ’ 

Total * 


Cuatro millones seiscientos diez mil pesos de utilidad se 
habían repartido ya por dividendos. 


1 . 020,000 

5.000,000 

1.500.000 

300.000 

750.000 

8.570.000 


el socialismo triunfante 


263 


K1 capital empleado había sillo devuelto cuadruplicado 
del 7.° al 15.° año por producto de frutos y maderas. 

Los empleados, primeros fundadores, que en lo anos ha- 
Ma „ abonado 100 s por cuota» de 50 centfamo. mennak, 

-ladera fortun.l Todo, 

los socios resultaron riquísimos. , j¡ 

Las sociedades cooperativas de empleados y ^peod.e tes 
de todos los gremios surgieron en todo el país; no hu 
pueblo de la República en el que no se organizara alguna 

Asociación con idéntico fin. , 

Excuso explicarte cuánto concurrieron al engrandeci- 
miento del país y al fomento nacional tan útiles msütu- 

C '°E1 ahorro fué siempre la base de la fortuna y engran- 
decimiento de los pueblos. . 

El ahorro enseñó al hombre á pensar en el incierto ma- 

ñaña, v por lo tanto cí prever. # . i 

De aquella edad de verdadero renacimiento surgen las 
escuelas industriales en el país, y Montevideo es la primera 
Capital de Sud- América que instituye escuetos de cocineras 
v sirvientas, dando así una enseñanza práctica y útil á 
mucho elemento femenil que, dedicándose á la costura so- 
lamente, abarataba el trabajo á medida que los brazos abun- 
daban, v era tal el desnivel, que una joven, buena sirvienta, 
ganaba de 14 á 1G $ mensuales y de 18 á 20 una buena co- 
cinera, bien mantenida, y aún así no se encontraban, pues 
eran escasas; mientras una joven cosía de la mañana a la 
noche para comer un miserable pucherete! 

Las escuelas de cocineras y sirvientas mejoraron el ser- 
vicio y contribuyeron al aumento de los precios de las ma- 
nufacturas del país. 

El hombre debe trabajar y le es indispensable una ocu 

pación durante la virilidad. , 

La sociedad debió siempre castigar al vagabundo de pro- 
fesión, al ebrio y al holgazán. 


264 


FRANCISCO PIRIA 


Acabábamos de descender del hipogrifo aéreo tomado en 
el lago de las Camelias. 

— Hemos llegado, díjome Fonty. 

— ¿Adonde? pregunté. 

— A la ciudad de Piriápolis, que prometí hacerte visitar. 

En efecto, ya anteriormente, al oir citar ese nombre, ha- 
bíale preguntado á Horacio si tenía algo que ver con una 
localidad á la que un fomentista de mi época había bauti- 
zado con ese nombre, algo petulante, pues pretendía con 
ello perpetuar su memoria. 

— ¿ Y dónde nos encontramos? 

— En la falda Norte del Cerro de Pan de Azúcar, con- 
testó dulcemente Rosalba. 

— Y la ciudad Piriápolis, que acabas de nombrar, pre- 
gunté á Fonty, ¿dónde se encuentra? 

— Al Sud, entre el cerro y el mar, respondió Horacio. 

— Entonces no hay duda : el ideal del fomentista del si- 
glo xix llegó á realizarse, se hizo carne la sublime utopía 
del soñador. 

— Efectivamente, respondióme mi amigo. 

Yo creía soñar. Aquella ciudad Piriápolis, que había 
oído mencionar en distintas ocasiones, era efectivamente 
fruto de mi siglo, carne de mi carne, idea de mis ideas ! 

Recordé las acerbas críticas que se hacían al hombre 
atrevido, cuando en medio del mayor de los decaimientos 
el país tendía más á despoblarse que á poblarse; en 
aquella época desgraciada en que toda iniciativa era acri- 
billada, por la malevolente atmósfera de los inútiles y pe- 
queños, que no sólo no concebían, pero ni siquiera com- 
prendían los ideales de los que atrevidamente y sin más 
punto de apoyo que su fe, ni más fuerza que su voluntad, 
sin mis aliento que su indomable perseverancia, se lanza- 
ban á la ejecución de atrevidas empresas en un país en 
donde faltaba todo : capitales, crédito, confianza en el por- 
venir, estabilidad política, gente dispuesta al trabajo, y para 
colmo, sin población: ¡un desierto! Así mismo, los muy 
contados que osaban marchar adelante, abrirse paso corn- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


265 


batiendo la glacial indiferencia, eran ti su vez combatidos 
por el indiferentismo imperante y el pesimismo petulante 
que reinaba en plena decadencia de iniciativas, sin que ello 
obstara para que dejaran de seguir adelante, firmes en sus 
convicciones arraigadas en cálculos positivos, que no com- 
prendían aquellos que, por espíritu de la época, los comba- 
tían, socavándoles el terreno para poder un día compadecer- 
los después de realizado el ideal fracaso; que, si no lo de- 
seaban, á lo menos lo presentían y esperaban, raciocinando 
con el criterio con que se juzgaban entonces los hombres 
y sus obras. 

¡Piriápolis! ¿Entonces no era aquello el sueño de una 
mente enferma, desvanecido como la nebia al solé, como 
se creyó en mi época? 

Aquella ciudad, que los que más benévolamente habla- 
ban de ella calificábanla de ciudad ilusoria, una quimera, 
pronosticando que no pasaría de un villorrio, estaba allí 
ante mi vista, extendida voluptuosamente en el espléndido 
valle, llena de movimiento, llena de vida, y rebosando 
progreso! 

¡Oh justicia humana! tardas en llegar, pero al fin, como 
los rayos solares, tú penetras en el fondo de las tinieblas; 
siguiendo la progresiva y rítmica evolución te abres paso, y 
á tu vivificante luz resplandece la verdad, germinando ásu 
influjo benéfico las ideas, como en el seno de la tierra el 
astro soberano hace germinar la débil simiente; y los ideales 
de los hombres que piensan, obran y sienten, se abren ca- 
mino, avanzando siempre, sobreponiéndose á todas las ba- 
rreras del eufemismo, y al fin vencen ; cediendo ante la 
majestuosa é imponente marcha la ¡dea triunfante de todos 
los prejuicios que un pasarlo de ignorancia ha levantado 
como infranqueable barrera al progreso humano! 

El hipogrifo alado de aluminio nos conducía suavemente 
á la cumbre. 

Inmensos bosques rodeaban la imponente montaña de 
Pan de Azúcar, cuyas faldas y laderas estaban matizadas 
de espléndidos palacios, chalets y casas veraniegas. Allí, en 


266 


francisco piria 


lontananza, surcaban por doquiera innumerables convoyes 
de ferrocarriles ( 1 ) movidos por aire comprimido, arrastrando 
con la velocidad del rayo interminables filas de wagones 
cargados de toda clase de productos, todos y de todas par- 
tes convergían á la gran ciudad. 

— Estos ferrocarriles de poderosa resistencia y livianísimo 
peso, díjome Orestes, son construidos con «alumiantino», que 
es un metal diez veces más liviano que el fierro y veinte < e 
más resistencia que el acero. De este mineral son construidas 
las unirías, es decir, el riel sobre el cual recorre la máquina 
impulsora y sus wagones, cuyo riel único tiene apenas 20 
centímetros de espesor; de manera que el planteamiento de 
una vía en estos tiempos y por este sistema, apenas cuesta 
la vigésima parte del precio de antabo, máxime si se tiene 
en cuenta que la univía permite la pendiente basta el 2o %. 
Resulta, pues, que después del descubrimiento del *alu- 
miantino», que se debe al sabio Leonardo Latorre, una linea 
férrea cuesta una bicoca y su movimiento una insignifican- 
cia, gracias al «acumulador de aire comprimido». Los trenes 
acumulan las fuerzas que van desarrollando para impulsar 
la marcha, salvo una insignificante pérdida; de manera que, 
puede decirse, si realmente no se ha llegado al movimiento 
continuo, á lo menos se está ad portan! El acumulador de 
aire comprimido fué inventado por Alcibíades Mitre, inge- 
niero de la facultad del Chubut, en 2037. 

De pronto se detuvo el hipogrifo alado y descendimos. 

Estábamos en la cumbre de la montaba. 

¡Gran Dios! ¡cómo podré transportar al papel cuanto vi 
en aquel momento! Mi pluma se resiste, es torpe; mi mano 
no alcanza á trazar débilmente el grandioso panorama que 
embargaba mi mente atónita ante tanta maravilla ! 

Yo caí de rodillas, dando gracias al Ser Supremo por el 
triunfo alcanzado por la idea del hombre, idea que el Crea- 


( l ) Aunque en el tr.necur.0 del lil.ro ltomímoelo. «el, P»ra su fácil con.- 
prensión, debe con.Ur que en la lecha á que rae redero »c denomman 
nnieam’Us 6 uuiid#». 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


267 


dor le inculcó, y que el hombre, mísero átomo, accionando 
hizo carne! 

Rosalba tendióme su blanca mano, ayudándome á le- 
vantar. 

Fonty y Orestes dirigíanme sus afables y bondadosas mi- 
radas, emocionados al ver mi justa turbación. 

— Vamos, amigo mío, díjome Horacio, ten ánimo; com- 
prendemos tu emoción y ella es justificada. Tú también, 
como los hombres de tu época, contagiado por el ambiente, 
dudaste que algún día esto fuera lo que es, y ese pensa- 
miento turba tu espíritu al ver tanta magnificencia. 

— No! respondí; no, amigos míos, yo nunca dudé del 
porvenir, aunque llegué á dudar, ¿á qué negarlo? del pre- 
sente: digo, de aquel presente! 

— No era para menos, exclamó Orestes. 

Estábamos en la misma cumbre de la montaña, en medio 
de una explanada de más de cuarenta mil metros de super- 
ficie, toda cubierta de espléndido parque. En un costado 
destacábase el «Gran Observatorio Astronómico Nacional», 
al rededor del cual había imponentes y bellos edificios dise- 
minados. 

En el centro del espacioso parque surgía majestuoso un 
templo de forma octogonal, rodeado por grandiosas estatuas 
de pórfido, las que sostenían, haciéndolas veces de columnas, 
el techado que lo circundaba, cuyos arquitrabes eran de do- 
rado metal y los plafones de rico mármol escul turado, de 
inconcebible filigrana: representaban personajes y hechos 
históricos para mí desconocidos completamente, pues eran 
posteriores á mi época. El cornisón, todo de pórfido pulido, 
era algo tan majestuoso, que no alcanza á concebir humana 
mente; la cúpula estaba cubierta de lapizlázub, malaquita y 
ónix rojo, y en el centro destacábase imponente la estatua 
de la Fraternidad, toda de plata maciza, ricamente cince- 
lada y de quince metros do alto. 

Yo quedé atónito ante tanta maravilla. 

Avanzábamos lentamente en dirección al Sud, y poco ha- 
bíamos andado, cuando estuvimos en la parte que mira á 


268 


FRANCISCO PIRIA 


ese viento, en donde el monte surge poco menos que pcrpcn- 
diculnrmente sobre el valle en cuya ladera nace la ciudad. 

¡ Aquello no era un sueño ! ¡ No! 

— ¡Oh, amigos míos! dejad que estreche vuestras manos 
y me convenza de que esto que veo es realidad! No! no! 
yo no puedo creer ! estoy soñando ! exclamé á gritos, como 
un hombre sobrecogido por maravilloso terror. 

Mis buenos amigos comprendieron mi estado de exalta- 
ción en aquel momento y me rodearon, estrechando mis ma- 
nos y prodigándome las más dulces y amistosas frases. 

Fonty, que ya preveía el caso de antemano, había traído 
un frasquito de un líquido del que me suministró algunas 
gotas, y al poco rato mis nervios sobreexcitados se calmaron 
completamente y pudo el cuerpo volver la calma á mi es- 
píritu. 

El semicírculo en forma de herradura con que rodean las 
montañas al pintoresco valle, que presenta su parte abierta 
al mar y abarca una extensión de una legua de ancho por 
una y media de largo, hoy convertido en populosa ciudad, y 
que en mi época conocí desierta y agreste campaña, y algu- 
nos años más tarde alcancé á ver cubierto de viñedos y oli- 
vares la falda del cerro y fondo del valle ; siendo destinada 
á ciudad balnearia la parte que mira al mar besada por 
las tranquilas aguas; ciudad balnearia, trazada entonces 
por el agrimensor oriental Alfredo Lerena; cubierta de 
frondosos árboles la vasta playa, y plantadas con esplén- 
didas arboledas sus amplias calles, avenidas, plazas y pa- 
seos ; los bosques que formaban cuadro ó marco á la pro- 
yectada ciudad: de todo eso que había visto, ya poco ó casi 
nada existe. La acción civilizadora del tiempo lo ha ido 
cambiando todo. Á nuestros pies se extienden los viñedos 
añosos; numerosos chalets rodean las faldas de los cerros: 
palacetes encantadores, circundados de espléndidos jardines, 
cuyas fragantes flores perfuman el ambiente que arrulla y 
nos trae el céfiro suave. 

Allá lejos, al fondo de la maciza población, las mansas y 
tranquilas aguas del grandioso puerto reflejan como plan- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


269 


cha de metal bruñido los millares de naves de todas di- 
mensiones en él estacionadas. 

El bullicio en las calles y avenidas es inmenso. ¡ Cuánta 
vitalidad ! 

El movimiento de pueblo y vehículos esVxtraordinario. 

— Aquel edificio que tú ves allí en el cerrito de la de- 
recha, (lijóme Orestes, es el museo. Construcción majes- 
tuosa, de forma elíptica, surge ¡mpouente sobre un orden de 
veinticinco escalones que lo circundan: es la escalinata 
más majestuosa del mundo, una verdadera maravilla. To- 
dos los escalones son de granito amarillo, pulido, material 
único en su género y que se encuentra en las ricas canteras 
del Departamento de Maldonado. Su valor es incalculable. 
Ea construcción abarca una superficie de veinte mil metros 
cuadrados y está formada con bloques de mármol blanco, 
pulidos de ambos lados, interior y exteriormente, sobrepues- 
tos los unos á los otros sin ninguna clase de liga, trabajo eje- 
cutado con tanta maestría, que apenas, mirando los majes- 
tuosos muros muy de cerca, pueden percibirse las junturas 
entre unos y otros bloques. Rodéenlo externamente ochenta 
cariátides de mármol negro pulido, de colosales dimensiones. 
Esa construcción puede decirse una creación artística, nueva 
en su estilo, severa, imponente, y de una esbeltez incom- 
parable: es obra del eminente genio cisplatino Venancio 
Flores, de la Academia de esta ciudad, á la que ha rendido 
justo tributo concibiendo y llevando á la práctica una ver- 
dadera maravilla. 

Mide setenta metros de alto, y las cariátides que lo circun- 
dan tienen 35 metros cada una y fueron ejecutadas por el 
escultor nacional Lucas Moreno. 

Un cornisón de siete metros de ancho remata este monu- 
mento : es de bronce dorado, obra del artista Demetrio 
Aguirre, y están representados en los bajos relieves los epi- 
sodios de las dos grandes defensas nacionales : la epopeya 
de la Querrá Grande contra los seides del tirano Rosas ; y 
Payeandú indómito contra el enemigo invasor ! 

Aquel otro edificio que tú ves allí, agregó indicándome 


270 


FRANCISCO PIRIA 


con la diestra una colosal construcción, es el Politécnico, 
todo revestido de mosaico y sostenido por 240 columnas de 
pórfido pulido; el salón central tiene ciento cincuenta me- 
tros de largo y alcanza á 1721 el número de estatuas con 
que interiormente e 3 tá, puede decirse, revestido. Represen- 
tan á los hombres de más ingenio de la humanidad que'se 
han destacado en todas las ramas del saber humano. 

— Y esa estatua que veo allí en la cumbre, en medio de 
las encrucijadas de todas las calles y avenidas, que surge 
imponente en el punto en donde parece ser el centro de la 
ciudad, ¿qué representa? pregunté. 

— Es un monumento levantado por una posteridad jus- 
ticiera y patriótica, muy distinta de la maledicente genera- 
ción de tu época, — en la que hasta se le buscaban manchas 
al sol, — erigido á la memoria del generador indómito de la 
nacionalidad cisplatina : representa al General Artigas en 
la batalla de las Piedras. 

El monumento tiene 58 metros de alto; la base es de pór- 
fido negro y rojo, el caballo de bronce, y la estatua de plata 
maciza. La gratitud nacional, por iniciativa espontánea y 
popular, la inauguró en 2048. Es obra del eminente escultor 
nacional Fulgencio Bauzá. El inmenso grupo de esta- 
tuas que lo circunda en su base, representa los generales, 
jefes y ciudadanos que con su espada, con su saber y con 
sacrificios concurrieron eficazmente á la obra de la indepen- 
dencia nacional. 

El colosal edificio que tú ves al costado izquierdo del 
monumento, prosiguió diciendo, es el gran templo de la ciu- 
dad, erigido al Ser Supremo, el abo 2089, por el ingeniero 
uruguayo Leandro Gómez. Abarca una extensión de treinta 
mil metros cuadrados y está sostenido por 220 columnas de 
granito, cada una de las cuales mide 73 metros de alto, y 
fueron extraídas de las canteras de Pan de Azúcar. La in- 
mensa cúpula es de cobre dorado y de gran valor artístico, 
pues en la parte interior está toda cubierta de bajos relieves. 

El otro edificio, más allá en lontananza, revestido de cris- 
tales de mil colores, son las termas, y junto á éstas, aquel 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


271 


otro más alto y rodeado de grandes jardines y espléndidos 
parques, es el palacio municipal. 

— Al pie del Cerro del Toro, aquel edificio cuadrado y 
macizo, díjome Fonty, es la escuela agronómica nacional. 
Esa construcción extensa que tú ves sobre aquel cerro, á la 
izquierda, y en medio de una floresta de olivares, es el hor- 
fanotrofio. 

Piriápolis tiene además una Academia de Bellas Artes, 
que es la segunda del Estado cisplatino; doce grandes insti- 
tutos de educación, una Facultad científica, veintitrés tea- 
tros ; y, dirigiendo la derecha hacia la falda de la montaña, 
indicóme el denominado «Teatro Cómico Piriapolitense», el 
único en su género en todo el país: espléndida construcción 
de moles sillares, completamente abierto, construido en 
forma de herradura, circundado por un orden de veintisieto 
eseaünata.s todas con asientos de mármol y con capacidad 
para veinticinco mil espectadores. 

— ¿ Y aquel edificio que se destaca en el pequeño cerro, 
en frente al «Teatro Cómico»? pregunté. 

— Es el «Pasatiempo Ameno», en donde en las tardes de 
estío se reúne el pueblo. Ochenta mil palmeras lo circundan. 
Eso que tú ves en el centro es el «Teatro Alegre», en donde, 
sin salirse de los límites del buen gusto, sin recurrir al de- 
cadente realismo que en tu edad solía suministrarse á las 
mentes estragadas, nuestro pueblo, que rinde ferviente culto 
á la estética y es admirador de lo bello y de lo bueno y 
agradable, encuentra amenidades para recrear su espíritu, 
nutriéndolo cada vez más en las fuentes de la verdad y buen 
gusto, perfeccionándolo de día en día, alcanzando de esta 
manera el verdadero sentimiento ideal de la perfectibilidad 
humana. 

La ciudad tiene, como todas las del Estado cisplatino. un 
«Tesoro Edificio», que invierte en premios y mejoras públi- 
cas, y anualmente destina veinticuatro mil Artigas para pre- 
miar las doce obras mejores de las que se presenten á con- 
curso anual, y destinadas exclusivamente á serrepresentadas 
en el «Teatro Alegre». 


272 


FRANCISCO PIRU 


En ese momento, por la amplia garganta qué divide en su 
base el cerro en que nos encontrábamos, yéldelos «Gigan- 
tes», que está enfrente, entraban al espléndido valle, y con 
dirección al puerto, interminables convoyes de wagones. 
Aquello, si se me permite la frase, era un vomitar trenes 
sin acabar nunca: cientos y miles, y torios repletos de carga. 

— Son los productos minerales del Departamento y del 
de Minas, díjome Orestes, contestando á la pregunta que 
adivinó iba á hacerle ; unos conducen oro y plata, cobre, 
plomo y otros minerales. 

Las minas del Departamento son inagotables, prosiguió, y 
ya eran conocidas en tu época, si bien nadie se preocupaba 
de ellas. 

Otros convoyes llevan pórfido, mármoles, alabastro, y no 
pocos van cargados de grandes bloques de « ágata blanca », 
'cuyas minas no distan mucho de aquí y son de gran valor. 
Cientos y cientos de wagones van cargados de frutos del 
país, vinos, aceites, castañas, etc., y no pocos conducen car- 
gamentos de ricas maderas, producto de nuestros inmensos 
bosques. Cientos de wagones van repletos de ganado. 

Yo estaba atónito ante tanta vitalidad. 

— Aquel arco colosal que tú ves al frente, y que puede de- 
cirse da entrada por el Norte á Piriápolis, es el «Arco déla 
Paz», levantado en honor al General Marcos Lavalleja, ven- 
cedor de la batalla de Ibicuí en 1945. Tiene cuarenta y 
cinco metros de ancho y 76 de alto ; en él están esculpidos 
en bajos relieves todas las figuras de los insignes guerreros 
que tomaron parte en tan heroica accióu. 

— Pero, ¿cómo puede haber surgido toda esta inmensa 
maravilla? exclamé lleno de asombro; ¿y á qué se debe esta 
vitalidad? ¿qué causa la fomentó? ¿por qué razón y debido 
á cuál poderosa acción se formó aquí esta gran ciudad? 

Á lo que respondió Fonty, diciendo: 

— Los grandes guerreros, como los glandes genios ; los 
populosos centros, como el triunfo de las grandes ideas y 
coronamiento de los colosales progresos que han hecho avan- 
zar al linaje humano, dependieron siempre de las circuns- 


EL SOCIALISMO TRIUNFANTE 


273 


tancias y solo han surgido á la vida real cuando el medio 
ambiente les ha sido propicio. Una batalla revela un genio 
militar . En un período histórico surgen de manera asom- 
brosa eminentes estadistas y sabios, mientras que en el pe- 
ríodo subsiguiente la esterilidad intelectual suele ser com- 
pleta ! 

El triunfo de una idea, que ha sido atrevidamente lanzada, 
algunas veces con un siglo de anticipación, germina en un 
segundo, irradiando al mundo, que atónito contempla el éxito. 
El tránsito continuado de una caravana por un sitio deter- 
minado, desierto hasta la víspera, hace surgir un villorrio; y 
de la misma manera la abundancia de productos de una rica 
zona concurriendo todos á un punto determinado, forman 
una gran ciudad. Ahí tienes explicada la razón del inmenso 
centro que tú ves extenderse á nuestras plantas. 

En tu época, Piriápolis fué un mito ; pero al fundarla, su - 
iniciador, vislumbrando el porvenir, dióle vida. Su ideal no 
fué un sueño quimérico, como se le juzgó en un principio, 
no : fué la clarovidencia del hombre, que en el arcano del 
porvenir descubre la razón lógica de las cosas, y por eso fué 
que, adelantándose á la acción del tiempo, predijo que de 
aquéllo surgiría ésto ! 

Ea iniciativa benéfica de sus inmensos plantíos fué des- 
arrollando en el Departamento el amor á la agricultura; sus 
viñedos y olivares y bosques de castaños, que abarcaban ya 
miles de hectáreas, bien pronto se expanden en todo el De- 
partamento, vistos sus benéficos resultados. 

El espléndido puerto de Piriápolis fué el punto obligado 
para la salida de toda la producción de esta inmensa zona. 

La construcción del puerto de Montevideo se llevó á cabo 
con el granito de las canteras de «Pan de Azúcar», cuyo 
costo apenas montaba á la quinta parte del que importaba 
el mismo material en otros puntos, su extracción era fácil 
y facilísima su elaboración. Un bloque de granito, cuyo 
costo en cualquiera otra parte era de veinte, en las canteras 
de Piriápolis apenas alcanzaba á cuatro ! Y no es eso sólo, 
sino que las canteras de Piriápolis tenían la vía fluvial, lo 
18 


274 


FRANCISCO PIRIA 


que abarataba aún más el precio del material, pudiendo 
suministrar bloques de dimensiones colosales, columnas de 
60 y 80 metros de altura, verdaderas maravillas. 

Él cerro de los Tigres, inmensa mole de pórfido, ha hecho 
la fortuna de muchas sociedades anónimas; y una vez 
construido el primer puerto de Montevideo con el granito 
de Piriápolis, fuó una verdadera revolución la que produjo 
este material en la construcción moderna de aquella época , 
y desde entonces miles de obreros se instalan en la rica 
comarca. 

Hoy, todas las ciudades del Río de la Plata y sus afluen- 
tes se proveen del granito de Piriápolis, y las más notables 
construcciones han sido hechas con ese material. 

La espléndida playa balnearia, cubierto de bosques in- 
mensos plantados por el fundador, y desconocida hasta fines 
del siglo xix,— en un país en donde todos los habitantes se 
bailaban en aguas salobres y sucias,— entra en plena vita- 
lidad en ese mismo período, debido á la continuación del 
ferrocarril del Este, que prolongando su vía, coloca una es- 
tación en la entrada del majestuoso valle; y miles de per- 
sonas afluyen ¿tan amena localidad, en donde surgen como 
por encanto grandiosos hoteles y centenares de líennosos 

chalets. , , 

Aire puro, baños espléndidos en pleno océano; caza y 
pesca abundante; montañas cubiertas de frondosos bosques ; 
excursiones y ascensiones soberbias y encantadoras: todo lo 
había en la localidad, y & eso se debe en gran parte su rá- 
pido incremento. . , . 

El movimiento engendra vida, y á su impulso los horizon- 
tes se dilatan. 

El puerto empieza á verse cubierto de buques, y las minas 
del Departamento comienzan á ser explotadas ; al mismo 
tiempo los bañistas afluyen por millares de ambas marge- 
nes del Plata. . , 

Carreras especiales de espléndidos paquetes establecen 
directamente su servicio entre Buenos Aires y Piriápolis, 
conduciendo miles y más miles de touristas. 


EL SOCUUSMO TRIUNFANTE 


275 


Las grandes canteras entran en plena explotación, en 
gran producción las minas; mientras que la viticultura y 
demás ramas de la agricultura están en pleno apogeo. 

La ciudad surge como por encanto. 

Ahí tienes explicado el génesis de esta maravilla. 

Aquel punto rojo que ves allí en medio de un espeso par- 
que, es lo tínico que queda de su fundación ; es el primer 
edificio construido, el antiguo castillo de su propietario, con- 
vertido por su mandato en escuela pública, la primera 
escuela agronómica del Departamento. 

Ibamos bajando de la montaba Rosalba y yo juntos; 
Orestes y Fonty nos precedían. 

El cansancio invadía mi cuerpo á medida que descen- 
díamos lentamente. Estrechaba en mi diestra la mano de 
mi gentil compaílera. Bellos, esbeltos y numerosos chalets 
poblaban la ladera encantadora y umbría ; descendíamos 
entre fuentes, parques y jardines; en medio del perfumado 
ambiente nos sentíamos voluptuosamente transportados á 
una de esas regiones ideales que el alma sucha en los mo- 
mentos de dulce éxtasis. 

Lagos de cristalinas aguas, poblados por aves de extraor- 
dinaria belleza ; bosques frondosos se extendían en la in- 
mediata llanura, y miles de vehículos cruzaban allá en lon- 
tananza por la majestuosa ciudad, á la que un público in- 
menso daba vida y alegría. El canal que la atraviesa de 
uno á otro extremo, estaba cubierto de blancas góndolas 
metálicas con cortinas de mil colores, y el eco lejano del 
cántico de sus tripulantes llegaba basta nosotros, confundido 
con las melodías que la leve brisa produce al rozar las ver- 
des hojas. 

¡ Cuánta y cuán dulce melancolía arrullaba nuestros se- 
res en ese bello instante ! 

El sol se hundía en el horizonte, envuelto entre gasas de 
coloreadas y fantásticas nubes, despedido por los melo- 
diosos trinos que entonaban los alados pobladores del 
bosque. 

La noche avanzaba lentamente. 


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FRANCISCO PIRIA 







El cansancio invadía mi cuerpo de tal manera, que sen- 
tía necesidad de un breve descanso. 

Comprendiéndolo así mi bondadosa compafíera, invitóme 
á tomar asiento debajo de un verde sauce, cuyas cortinas 
de ramas besaban las cristalinas aguas que brotaban de 
una fuente que surgía junto á su tronco. 

Las estrellas asomaban una tras de otra en el cielo , el 
zorzal lanzaba sus melancólicos cantos. La tranquilidad que 
precede á la triste despedida del día que se hunde en el 
profundo pasado, lo dominaba todo : era la breve hora del 
transitorio silencio. 

Rosalba estrechó mi mano de tal manera, que yo 
sentí una emoción inexplicable. Mis ojos encontraron 
en aquel momento en los de Ella algo misteriosamente ar- 

cano. , 

— ¡Dios mío! exclamé sobrecogido por una emoción sobre- 
natural é inexplicable. ¡Será posible? ¿No me engañan los 
sentidos? 

— ¡No, Francisco! respondióme con dulce acento. 

— ¡ Francisco! exclamé; ése fué mi nombre en otra edad, 
dije recordando; y en aquel momento vi deslizarse ante mi 
vista la serie de vidas anteriormente transcurridas, siempre 
al lado de aquel ser á quien tanto yo había amado, aquella 
alma amiga, alma gemela é inseparable de la mía. 

g{ goy yo, díjoine con todo el encanto amoroso, incom- 
prensible para la mayoría de los mortales, y que sólo saben 
modular los labios de los seres que aman y se comprenden 
é identifican en el amor. 

goy yo, repitió estrechándome entre sus brazos, que 

nunca me he separado de tu lado, pues nuestras almas vi- 
virán siempre y eternamente unidas! 

Fué tan grande la emoción que invadió nuestros seres y 
tan inmenso el inconcebible placer de nuestras almas en ese 
supremo instante, al estrecharla en mis brazos, que mi cuerpo 
y el de Ella rodaron al abismo, mientras nuestros espí- 
ritus, libres de la terrestre envoltura, unidos en estrecho e 
inseparable lazo, vagaban sobre la encantada ciudad, en me- 


EL SOCIAU8MO TRIUNFANTE 


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dio de la bruma crepuscular, entre el día que se despide y 
la noche que avanza 


« ¡Señor! ¡señor! » oigo que gritan en la parte de afuera de 
mi dormitorio, acompañando las exclamaciones con fuertes 
golpes á la puerta. 

Salto de la cama, abro y ¿qué veo? 

Es mi sirviente, el viejo asturiano Manuel. 

— ¿Qué pasa? le pregunto. 

— Señor, son las cuatro de la tarde, y desde ayer noche 
á las 6 está usted durmiendo, y como temía le hubiera su- 
cedido algo, he resuelto llamarle. 

— ¡ Las cuatro ! exclamo sorprendido. ¿ Entonces he dor- 
mido 22 horas ? 

— Sí, señor, responde el pobre hombre. 

— Pero, ¿qué es lo que ha pasado? 

— ¡Ay! señor, yo no lo sé. Lo único que recuerdo es que 
ayer noche el señor se sentía indispuesto y mandóme le pre- 
parara una tisana con unas gotas de remedio. 

Entonces recordé que, encontrándome mal, le ordené que 


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FRANCISCO PIRIA 


me preparara la tisana; pero una idea cruza mi mente en 
ese instante. ¡Será posible? exclamo hablando conmigc 
mismo, anadiendo: 

— ¿Cuántas gotas echó usted en la taza? 

—Señor, yo no sé si habré hecho mal, responde temblandí 
como un azogado; pero como el señor se sentía tan enfermo 
yo creí hacer bien y 

— Pero ¿qué es lo que ha hecho?. • • responda. 

— Como el señor se quejaba tanto, yo creí que si diez go 
tas, como me ordenó le pusiera en la taza, le habían de ha 
cer bien, poniendo más sería mejor, y le eché todo el con 
tenido del frasco. 

¡Qué bárbaro! ¡había echado una dosis suficiente conv 
para matar á un hombre! 

Una tristeza sobrenatural invade todo mi ser. 

Luego, grito fuera de mí, como un loco: ¿soy aún un ha 
hitante del siglo xix ? 

¡Y no haber producido su efecto la providencial pociói 
suministrada! exclamo. 

¡ Resignémonos : sigamos la senda del calvario humano 

¡ Tanta dicha, tanta belleza ; el triunfo de la fraternida 
universal; el socialismo triunfante: todo fué un sueño. . . 
lo que será una realidad en el porvenir ! 


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